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Teatros y Teatreros

Alonso Alegría

Alonso Alegría

Tengo 51 años de teatrero, soy hijo de novelista y de pianista y padre de un músico y de un artista plástico. Estudié muy en serio, y sigo estudiando y enseñando teatro, en Artes Escénicas de la PUCP y en mi taller personal.

Escribo teatro lo más que puedo, soy buen amigo de mis buenos amigos, hago caminata por las mañanas, me encanta la conversación inteligente, hago bromas y escribo piezas sobre la muerte, trato de ser justo, me compro pleitos cual kamikaze, caiga quien caiga —y con frecuencia quien cae soy yo – y en este blog diré lo que pienso y todos harán lo mismo.

LIBERTINOS: UNA OBRA CONSERVADORA Y PACATA

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Pese a que así lo asegura el programa de mano, pese a que así lo declara a la prensa su autor, pese a que eso es lo que le exige su propio desarrollo argumental, la pieza LIBERTINOS de Eduardo Adrianzén, que se está dando en el ICPNA de Miraflores, no es una obra libertaria y contestataria, denunciante y valiente, como bien quisiera ser.  Es una pieza pacata y conservadora que no se atreve ni siquiera a acercarse adonde dice querer llegar.  

La pieza explora el tema de unos 'libertinos' históricos.  Ellos fueron --según la obra-- un grupo de nada simpáticos y --a juzgar por la obra-- más bien tontos jóvenes rebeldes que tuvieron alguna vigencia en Francia a mediados del XVII, y algunos de los cuales fueron llevados a la hoguera por la Inquisición.  Uno de ellos, un elemental poeta, tuvo --según la obra-- cierta mínima figuración literaria (sus escritos le costaron la hoguera, según entendí) sin ni de lejos llegar a las fronteras marcadas más tarde por el marqués de Sade.
Curiosamente, la obra busca constantemente equiparar el momento inquisitorial de aquel entonces con la situación de las libertades en el Perú actual.  La meta enunciada de la obra y del autor es denunciar la censura existente incomodando a los actuales dictadores reaccionarios peruanos (el autor ha declarado haber sufrido censura en la televisión), alterar el orden mental establecido (el de nuestra clase dominante, claro está) y propugnar una actitud contestataria, o por lo menos heterogénea, enfrentada a nuestra pacata e hipócrita sociedad.  Tan hipócrita y pacata, debemos suponer, como la del Francia a mediados del XVII. 

Lo malo de esta explicitada empresa es que el autor no se atreve a cumplir con su propia meta a través de su propia obra.  No pone en escena nada ni de lejos 'censurable' por nadie.  No, ni siquiera incómodo para nadie.  Y no le habla a la juventud contestataria de hoy (algunos de mis más libertarios alumnos de la PUCP testimonian que esta obra no les dice absolutamente nada).  El autor se atreve solamente a sugerir de lejitos esos mismos temas cuya clara explicitación predica --y esto es grave, tratándose de una pieza tan ideológicamente actitudinal como LIBERTINOS, ya que esta timidez --por llamarla alguna cosa-- de la obra contradice el mensaje.  La pieza denuncia que la censura no la deja llamarle 'vino' al vino, pero la pieza misma, al denunciar esto, se cuida mucho de usar la palabra 'vino'.   

Después de la función recalé en un cercano café-restaurante de clase media alta. Estaba  llenecito de señoras y señores, bien vestidos y de avanzada edad, que tomaban su sopita o su trago y charlaban animadamente.  Este café alberga --de esto no tengo la menor duda-- a un poco de lo mejorcito (y más conservador) de Miraflores.  La portada del menú ostenta un ingenioso lema.  Leo y releo, asombrado: "¿Qué carajo es un café?".  Esto está escrito en letra grande.  Valiente y veraz lenguaje para un restaurante cuya meta en la vida es darle placer a la 'gente decente' que lo llena, esa misma gente poderosa y reaccionaria que LIBERTINOS denuncia.  

Sólo que la obra no se atreve a usar un lenguaje ni de lejos tan subido (comparativamente) como el lenguaje del menú de este caro café.  

¿Qué lenguaje sería apropiado para una obra que denuncia la hipocresía y las medias tintas típicas en la 'gente decente' que lee este menú? me pregunto entonces.  ¿Qué lenguaje usarían los protagonistas de la obra, los chicos más contestatarios de Francia, esos que dedican sus vidas a escandalizar conservadores? 

Digresión: La palabra 'follar' es un inocente verbo importado de España que para nosotros resulta útil eufemismo que suplanta a ese otro verbo, fuerte y hasta grosero, que sólo usamos los peruanos cuando nos atrevemos a pronunciarlo --y sólo en muy privado, claro está.  

Pues bien: ya bien entrada la obra, el líder intelectual de los libertinos recita a grandes voces un 'escandaloso' poema.  Desplazándose de un lado a otro del escenario, subiendo y bajando plataformas, declara a voz en cuello que le gustaría "follarse al viento, follarse a las piedras, follarse al Rey, follarse al Papa".  

"Follarse al Papa", dice este chico.  Y no se nos mueve un pelo.  En parte porque este antipático personaje grita a voz en cuello que quiere ´follar´, pero no muestra arrechura ninguna. Pero principalmente porque 'follar' no es una palabra que nos conmueva.  Ni siquiera nos escandaliza.  Es una palabra de salón pituco.  

Adrianzén debió escribir --y el montaje decir-- esa palabra prohibida cuyo equivalente francés seguramente usaban los poco eufemistas 'libertinos' del título.  Y entonces hubiéramos escuchado "cacharse al viento, cacharse a las piedras, cacharse al Rey, cacharse al Papa".  

Asu. Al Papa

Si esta frase resulta fuerte leída en la pantalla de una computadora, imagínense escucharla aullada por un personaje que está mostrando en escena verdaderas ganas sexuales (no sólo indicadas ganas seudoeróticas) de 'cacharse al Papa'.  Ahí sí que el Presidente del ICPNA hubiera parado la oreja.  Ahí sí que la cosa hubiera llegado a oídos de Cipriani.  Ahí sí que el grito de este libertino hubiera sido libertario.  ¿Y no es esto lo que se supone la obra persigue?  ¿Desafiar a los poderosos que hoy nos imponen --según la obra--una extensa, cruel e injusta censura? 

Pues sí.  La intención de la obra es esa. Pero estos libertinos, de puro pacatos acaban pareciéndonos unos autocomplacientes adolescentes.  No son, ni de lejos, los héroes que la obra necesitaba retratar.  Parecen más bien ser --hay que usar las palabras apropiadas-- unos vulgares pajeros.

Pero la intención iconoclasta del tímido autor no solamente arremete contra la censura moral, sino también contra casi todo lo que resulte más fácilmente denunciable de nuestro entorno y todo lo que huela, aunque sea levemente, a censura o dictadura en el Perú actual. Por más que estemos en la Francia del XVII, la obra y su montaje nunca dejan de recordarnos, siempre de manera primaria, lo 'pertinentes' y 'actuales' que quieren ser.  

Al principal y muy retrógrado clérigo de la obra le escuchamos decir, textualmente, "los derechos humanos son una sandez" (ah, miren, eso rima con 'cojudez').   Más adelante los conservadores quieren castigar a alguno que, desde España, ha arremetido contra la culinaria nacional (ah, miren, yo no sabía que el cargamontón contra Thais hubiera sido un acto dictatorial).  Cómodamente instalada en su búnker de 'alusiones a la limeña' (entiéndase alusiones clarísimas pero anónimas y por ello perfectamente negables por quien las profiere) este fácil espectáculo va acumulando víctimas fáciles de su escarnio (entre ellas Larcomar, no me pregunten por qué) hasta que termina arribando, predecible, a su muy bienvenido final.  

Es entonces que los actores --que no los personajes-- me dicen personalmente, en mi cara pelada que yo, público, soy víctima de una férrea censura y que sólo conozco aquella verdad que los poderosos me permiten conocer.  Esto es ahora mentira.  Estamos en tiempos de Internet, Wikileaks, Vatileaks y demás yerbas, y esta situación sólo sigue siendo cierta en Cuba, Corea del Norte y unos pocos países más.  

Al final a obra se hace aplaudir a medias por aquellos del público que, inocentemente, creen haber presenciado un trabajo contestatario y valiente. Es que ellos no saben qué cosa es, de verdad,  contestatario y valiente.  Ni tampoco se pueden imaginar lo que esta misma obra podría haber sido, si para serlo hubiera encontrado a tiempo sus cojones.

Valiente y contestatario de verdad hubiera sido gritar con arrechura aquel verbo chocante.

Valiente y honesto hubiera sido mostrar la parte legítimamente censurable del comportamiento de esos libertinos (tiene que haberla) y la parte legítimamente sensata de sus censores (tiene que haberla).  

Valiente --y convincente-- hubiera sido que la obra no se moviera solamente en ese facilón blanco-y-negro que los maniqueos adoran y cultivan, sino más bien que buscara los muchos tonos de gris que esconde todo asunto cuando es planteado con entereza y ansias de encontrar una verdad escondida.  

Valiente y éticamente válido hubiera sido, pues, presentar ambos lados de la cuestión, con ambos lados defendidos por personajes válidos.  Pero esto no sucede.  Los censores-conservadores que aparecen en LIBERTINOS (los enemigos de la fácil y falsa tesis de la obra) son representados por un clérigo, a quien el autor no le permite desarrollar totalmente sus argumentos, y por una partida de caducas y risibles viejas totalmente estereotipadas que sueltan absurdos lugares comunes.  

Valiente hubiera sido mostrar piel desnuda cuando viniera al caso y no como un adorno o un deleite para los ojos, y representar los actos sexuales que fueran apropiados con alguna semblanza de verdad.  Pero no.  De un bello seno solitario que el personaje nos muestra después de desnudarlo sin motivo ninguno, de un elegante calato dorsal igualmente inmotivado, de un falsísimo fellatio demasiado largo y de un coito tan fingido como gratuito, LIBERTINOS no pasa ni a cañones.  

¿Qué hubiera sucedido si la obra se corría el riesgo de ganarse la censura que denuncia?  ¿De ganarse el ostracismo y el desprecio del público pacato, ese mismo que ahora mismo le paga una entrada de cuarenta soles y aplaude correctamente su final?  

Interesante pero imposible conjetura, porque eso hubiera sido correrse un riesgo real, y esta pieza no tiene voluntad de ser verdaderamente peligrosa.  Sólo tiene vocación de  parecerlo. Con lo que se convierte, paradójica y reveladomente, en una obra tan falsa y pacata como las actitudes que dice denunciar.  

¿Veremos algún día en la escena peruana una pieza que, por poner un ejemplo, exponga y  ataque, con todos sus gestos, palabras y actos, y por supuesto con nombre propio, las arbitrariedades, argucias y falsedades del cardenal Juan Luis Cipriani (es un ejemplo entre muchos)?  ¿O una pieza que nos presente, como personaje serio y no como caricatura, un cura pederasta y la verdad de su abominable comportamiento (es otro ejemplo entre muchos)?  Yo espero que sí.  Habrá de suceder, por supuesto.  Cuando alguien de verdad quiera correrse todos los riesgos que tan loable y libertaria empresa conlleva.
6 comentarios

Me dejo una sensación parecida pero, como comentabamos con un amigo después, me gustaría ver el libreto original. ¿No será acaso decisiones / errores en el montaje y no en la dramaturgia? El autor estuvo sentado muy cerca mío y no se le veía muy complacido con lo que miraba ...

ALONSO ALEGRÍA COMENTA: Es demasiada la falta de consecuencia de la obra como para adjudicársela sólo a la dirección: también está, y principalmente, en el texto. La falla fundamental es la pacatería de la obra, no sólo del montaje: ese no atreverse a usar el lenguaje adecuado, esa falta de balance en la presentación de las denuncias --los dos puntos de vista deben estar presentes siempre, o la obra se convierte en un simple panfleto. Por otro lado, autor y director son muy amigos desde antaño, el director ha montado obras anteriores del autor y me extrañaría mucho que no se hubieran entendido bien durante el montaje. Gracias por su comentario y no deje de leernos y de escribirnos! AA

Me parece que es una obra con mucho higado y poco cerebro.

ALONSO ALEGRÍA COMENTA: Eso es cierto. Y lo malo es que, para que el contenido del hígado impacte al enemigo, hace falta que la obra tenga sesos y huevos. Gracias por su comentario, no deje de escribirnos! AA

Parece que faltó un Moliere, o el espíritu de la Antigua Comedia Griega, donde se decían de todo (con nombres directamente). En suma, algo del desparpajo de Aristófanes que no dudó en poner al buen Sócrates por las nubes.

ALONSO ALEGRÍA COMENTA: así es, efectivamente, y los griegos aludidos estaban dentro del público y el público se reía de ellos --y no nos creamos el cuento de que la antigua Grecia era una democracia total, recordemos lo que le convidaron a este mismo Sócrates por corromper a la juventud con sus enseñanzas!

Bueno, en todo caso Aristófanes hacía comedia, y la comedia es el vehículo más seguro. Ese mismo público ni menos aún los aludidos hubieran tolerado una obra en la que se los atacara en serio --hubiera sido una 'tragedia de actualidad', si la hubiera habido-- con personajes reales usando nombres y apellidos. Impensable, no solamente por las convenciones teatrales de la época, sino porque todos hubieran seguido los aciagos pasos de Sócrates.

Como casi mencioné en mi comentario, es muy fácil --y políticamente muy seguro en términos de censura-- presentar un cura pederasta muy en joda, muy caricaturesco y muy estereotipado, como ese que el mismo Adrianzén presentó en su obra RESPIRA.

¿El muy pequeñito Victor Prada como cura pederasta en RESPIRA? Esta caracterización no asusta ni escandaliza a nadie más que a la directora del BRITÁNICO, ¡que es miembro del Opus Dei!

Lo peligroso de verdad, lo arriesgado de verdad sería escribir y presentar un muy serio cura pederasta en una obra seria, en un drama. Purito fuego resultaría aquello.

Saludos y no deje de escribirnos, por favor! AA

No estoy del todo de acuerdo, Alonso. Es más, me parece que las palabras que usas son muy duras para el trabajo del prójimo. Quizás pueda concordar en algunos puntos, en otros no, pero lo cierto es que Libertinos me emocionó un poco más que a ti. Me gustó particularmente el final.

No se si sea necesario usar la palabra "cacharse" para escandalizar, ni que el gran problema sea que usó la palabrita tal o cual y que no era tan dura como la otra. Al contrario, me gustó el monólogo del Burdel de las Musas de Libertinos, más aún que un monólogo de Respira, en que uno de los personajes gritaba incesantemente "país de mierda" y ya resultaba efectista.

Pero lo que más me desconcierta, Alonso, es una crítica tan demoledora. OK, hay que decir las cosas sin reparos absurdos, como defiendes, y ahí estoy de acuerdo. Pero la necesidad de desarmar, casi destruir el trabajo de alguien más, me cuestiona. Hacer teatro en nuestro país es un esfuerzo enorme, encontrar respaldo de instituciones es verdaderamente difícil, trabajar en otra cosa que te permita vivir mientras haces teatro roza ya lo trágico. Darse el trabajo de hacer un montaje teatral es ya un hecho digno de ser aplaudido, sobre todo cuando la obra no pertenece al teatro "mainstream", que cuenta con patrocinios y sí, puede generar ingresos (al cual obviamente no desmerezco, valga la aclaración). Me parece que hay puntos bastante interesantes en Libertinos, y así no te gustara, me parece que usar un medio público para desbaratar el trabajo ajeno es también criticado en la obra, y hacerlo me parece un poco injusto.

Me refiero al lenguaje de la crítica, más que al contenido, porque la discrepancia me parece extraordinaria. Así que discrepo con la actitud, que felizmente el Internet me permite decirlo también. Saludos.

ALONSO ALEGRÍA COMENTA: Hola Sebastián, gusto de tenerte de vuelta. Sí, mi comentario se siente indignado, pero es que me resultó indignante que para denunciar la pacatería la obra fuera pacata, y que no se atreviera a arriesgarlo todo si lo que defiende y aplaude es arriesgarlo todo. Creo que para hablar de la valentía, una obra tiene que ser valiente. Y lo demás son vainas.

El teatro peruano se ha forjado con la crítica dura, Sebastián. Estamos tan bien como estamos en parte por la crítica dura, que mete un poco de miedo y hace que todo el mundo se esfuerce un poco más. Pregúntale a cualquier teatrero de más de 60 años cómo eran las críticas de José Miguel Oviedo, aquel que recomendaba a ciertos actores repensar su vida y dedicarse a la agricultura. Háblalo con Sara Joffré, ella te dirá un par de cosas sobre el bien que hizo ese tipo de crítica, ante la cual lo que yo pueda poner es piropo.

Quienes nos metemos a comentar públicamente el trabajo de los colegas --no es poco riesgo para un colega-- no podemos en conciencia asumir una actitud de 'teatrero-no-come-teatrero'. Tenemos que decir la verdad de lo que sentimos y pensamos como espectadores. Con mucha frecuencia expresamos lo que están pensando los colegas pero no se atreven a decir en público. ¿Te has fijado que son poquísimos los comentarios de colegas teatreros que aparecen en este blog? Pero muchísimos leen lo que aquí se escribe.

Sebastián, querido amigo, tengo el DOBLE de años de ejercicio teatral que los años que tú tienes de EDAD, por el amor de Dios. ¿No te parece un poquito impropio recordarme el trabajo que cuesta hacer teatro? Sin ánimo de joder, Sebastián, te recomiendo lo siguiente: emparéjate, ten hijos, comienza a tener que pagar colegios y ASÍ Y TODO Y CON TODO insiste en hacer teatro hasta los 72 años. Eso sí que merece respeto, pero solamente respeto personal y profesional. Si la cagas sobre el escenario, te caerá de todo, a la edad que sea. Como debe ser.

No dejes de leernos ni menos de escribirnos! Abrazo de A

Particularmente, me pareció una obra bien escrita, que transcurre siguiendo unos tiempos perfectos para cada escena. Sin embargo, durante el casting creo que está bien darle la oportunidad a las nuevas generaciones de actores pero siempre y cuando estén preparados. Con la excepción de Camila McLennan, el elenco más que dejar fluir las conversaciones, daba la impresión que estaba recitando un texto aprendido de memoria, unos más que otros, es cierto, pero en conjunto, las actuaciones pudieron ser mejores y estar a la altura del buen texto de Adrianzén. La palabra FOLLAR yo la hubiera cambiado a nuestro lenguaje coloquial pero ésta se usa en España y no en Perú. Por lo demás, pasé un rato interesante.

ALONSO ALEGRÍA COMENTA: Efectivamente, el elenco no fue óptimo, salvo excepciones. Y me alegra que usted haya pasado un rato interesante --quizás yo me tomo las obras más a pecho, analizo más y, por ello mismo, sufro más. Pero no deje de ir al teatro y de escribirnos siempre! AA

Me parece demasiado pretencioso que se obligue a los actores a decir que "cualquier parecido con la realidad no es coincidencia". ¿No podemos darnos cuenta solos? ¿Larcomar? ¿Ripley? ¿Los "subtes" parecidos a los libertinos? Como alguien que suele estar de acuerdo con muchas de las opiniones de Adrianzen y que ha disfrutado mucho algunas de sus obras, luego de "Libertinos" se hace mas dificil defenderlo. Pobres actores, pero al menos queda claro que el aplauso es exclusivamente para ellos.

ALONSO ALEGRÍA COMENTA: Yo soy hincha de Adrianzén en sus obras de tema personal, como EL DÍA DE LA LUNA, una bella pieza que ha tenido difusión internacional. Mi problema aparece cuando Eduardo se mete a 'trascender' usando un tema o un personaje o una situación 'trascendente'. Es entonces que le entran las inseguridades artísticas e ideológicas y se pone explícito y machacón emitiendo opiniones que jamás van contra la corriente de lo que piensan sus pares y que no lo hacen correr verdadero riesgo personal ante el poder. ¿Denunciar la censura sufrida? ¿Cuál censura? ¿La de unas tetas y un tire en una telenovela? Vamos, vamos...

Aunque quizás yo sea tan radical porque crecí en un ambiente político en el que por tus ideas ibas preso a una cárcel de verdad (mi padre estuvo preso tres años y luego fue exiliado), y viví de cerca otro proceso histórico en el que mucha gente fue muerta por sus ideas (lo de Chile del 73, cuando Eduardo estaba por cumplir diez añitos) y nos pusimos a refugiar chilenos, y también tuve amigos y parientes exiliados por el gobierno militar 68-80. Pero en fin, cada quien hace lo que puede o le sale del forro. Gracias por su comentario y hasta pronto! AA

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