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Radio Pirata

Luis Pacora

Luis Pacora

Tengo 29 años y pertenezco a una generación de transición, que pasó de piratear música caleta en casettes a bajarse colecciones enteras por Internet. Soy periodista y dj. Mezclo música en una disco y en fiestas clandestinas. Colecciono sombreros y vinilos.

Del privilegio de haber convivido desde chico con la música de grupos alternativos locales, de haber escuchado en vivo a muchos de ellos y de presenciar el nacimiento y desarrollo de nuevos proyectos independientes de gran calidad, es que nace esta estación clandestina.

Hola, ¿cómo estás?

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Una calurosa noche de otoño, Daniel Johnston caminaba por primera vez en Buenos Aires. La leyenda del indie folk americano, el genio loco idolatrado por Kurt Cobain, acudió a un pequeño recinto para encontrarse con sus seguidores. Esta no fue una noche cualquiera.  


Daniel Johnston mira hacía abajo. Pero no mira hacia abajo. Mira hacia adentro. Allí donde el Capitán América pide que lo ames porque Jesús nos ama, donde un sensible monstruo de cuatro cabezas nos cuenta que "ella viaja a las estrellas con el corazón roto", donde un pato discute con un mosquito por quien se come las pantaletas de una exuberante mujer. Laurie Allen tiene el número 8, dice Daniel. Él, el 9.

En el patio del Liceo todo era furor. Cabellos color rojo, verde, fucsia, negro, rubio, semirubio, semicabello. Rostros mematoporél, esungeniodivino, quéhagoaquí, quieromifotoparaelfacebook. Juventud en plenitud de sus facultades (o eso parecía) performando la espera del grouppie. Amateur o profesional. Ensayado o azaroso. Honesto o forzado. Cualquier acción es valida cuando se piensa que tenemos la razón y esa razón es utilizada para validar lo que creemos que los demás necesitan.  

Un tornamesa con un disco de "percusión inductiva" era una bonita forma de esperar en los 20 centímetros cuadrados que nos separaban de otros cien cuerpos en reposo por necesidad y apretujados por obligación espacial. Un solo nombre monopolizaba las conversaciones y justificaba la demora: Daniel Johnston, la leyenda del indie folk americano, el músico trastornado, el genio maldito, el niño de 52 años.

Yo pensaba hacerle un dibujo así bonito y regalárselo, pero me colgué y se me hizo tarde loco. El amigo Ramón también esperaba. Aunque poco menos que nosotros. Qué más da. Algunos minutos después una linda chica abrió la pequeña puerta de la librería Moebius y nos invitó a pasar. Como en un reloj de arena, la muchedumbre ingresó casi a empellones. Un rápido vistazo a los cuadros de Daniel, pisotones involuntarios, temperatura elevada, barullo y fotos respectivas. Frustraciones monetarias después, salimos de vuelta al patio de este antiguo colegio de mujeres en el lujoso barrio de Recoleta.

¿Cómo podés definir como arte algo que es hecho por alguien que no es consciente de ello? Mi hermano Jhony, que también esperaba, interpelaba con validez. Ciertamente los dibujos de Johnston carecían de cualquier rigor estético. Trazos torpes, colores encendidos, encuadres de comic, personajes de ciencia ficción, etc. Sin embargo, algo en ellos despertaba una inquietud que muchas veces se resolvía en un giro inesperado de lo que parecía representar. Nada más cercano a la conmoción que producen las grandes obras de arte. ¿Citamos al genial Robert Crumb? o ¿es suficiente justificación el imaginario de un hombre-niño con trastorno bipolar? Tal vez el arte también sea una forma de trastorno.

Cerca de las 9pm., su hora favorita, apareció la leyenda. El músico texano que grabó su primer disco a los 18 años en un reproductor estéreo que tenía en casa. El muchacho que luego de tocar en el festival SXSW, entró en pánico en la avioneta que piloteaba su padre, le quitó la llave y la arrojó por la ventana. El ídolo del movimiento grunge entre cuyos devotos se encontraba Kurt Cobain, Eddie Veder, Beck y hasta el creador de Los Simpsons, Matt Groening. Todo eso es la leyenda. Daniel, aquí, vuelve a mirar hacía abajo. Se desplaza entre la multitud como un santo enfermizo, un niño aturdido por los gritos, las respiraciones, los brazos que parecieran comérselo o al menos arrancar parte de él. Todos creen saber lo que Daniel necesita, sin embargo, sólo él lo sabe.

Me gustaron más sus dibujos que su música, a veces no la entiendo. Los diálogos de la noche tuvieron esta partitura. Nadie entendía exactamente al hombre de 52 años que, entre aturdido y generoso, firmaba autógrafos sobre una mesita improvisada. Nadie lo entendía pero todos querían algo de él. Nosotros también. La vorágine del mediatismo, de la fama, de lo extraño convertido en objeto de consumo, la monomanía que nos supera y nos convierte en eje de nuestros propios deseos, desdibujando por completo al que tenemos en frente.

Vemos lo que queremos ver, entendemos lo que queremos entender. Daniel canta para él, para sus demonios, para su amor no correspondido, para su vaca, para sus superhéroes. Quien no encaja en el mundo, está cerca de encontrarse a sí mismo, decía el enfermo maravilloso de Herman Hesse.   

Flashes, empujones, manos, lapiceros, gritos y emociones después, Daniel pidió que lo sacaran del recinto. Ensayó algunas sonrisas en el camino y volvió a mirar hacía abajo. Nosotros decidimos volver a casa, de tanto andar fisgoneando una hoja con la firma de Daniel había terminando en nuestras manos. Dos calles más abajo nos topamos con una turba de gente que perseguía a Daniel, que caminaba junto a otras dos personas rumbo a su hotel. De pronto un muchacho se le acercó a abrazarlo y darle un beso. Entonces Daniel elevó la mirada y, enfurecido, le dio un empujón, haciéndole notar que no quería un beso, ni un abrazo. Tal vez solo quería volver a su habitación, con sus monstruos, sus superhéroes y la foto de su amada Laurie.  

Texto y fotos de Lucho Pacora


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