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Plano Cerrado

Juan Carlos Fangacio

Juan Carlos Fangacio

Mi gusto por el cine se conecta con otras aficiones: los libros, la música, el periodismo. Cuando eso ocurre, la cinefilia puede sufrir dos cambios: o se vuelve poco rigurosa, o especialmente sensible a otras influencias. Y está bien, porque no creo que el cine se vea solo a través del intelecto.

El cine es también sensorial y emotivo. Por eso me gustan Tarkovski, Wall-E y los premios Oscar. Por eso el cine fue y sigue siendo, como diría Robles Godoy, un lenguaje misterioso. Y por eso me animo a escribir sobre un cine más ‘democrático’. Aunque eso provoque iras santas. Ahí vamos.

'Viviendo al límite' ('Spring Breakers', de Harmony Korine)

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Quiero hablar sobre 'Viviendo al límite' (Spring Breakers, 2012) a partir de su mejor secuencia: aquella en la que un James Franco en papel de gangster toca al piano una balada de Britney Spears, junto a sus ninfas asesinas, al atardecer (pueden verla aquí).

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¿Hay algo que represente mejor el declive de ese submundo adolescente? ¿No engloba esa escena toda la decadencia joven, dulce y pútrida de unos cuerpos tersos, pero afeados por el alcohol y las drogas? ¿No es esta la parte que más se acerca al conjunto de la obra de Harmony Korine?

Y las chicas Disney, retratadas como personajes exagerados y extremos de lo que son en su vida de real de escándalos de TV e internet, de noticias sobre su crecimiento accidentado, de su paso acelerado entre la ternura infantil y la obscenidad violenta. Todo en cuestión de meses. La fama efímera, en un cambio de canal, en un clic.

Y nuevamente Britney Spears como referente, como la vieja figura de una juventud que se desvaneció en menos de una década, entre el exceso de peso, los juicios por agresión, el rapado de su cabello, y demás portadas de revista que no deberían importarle a nadie, pero que siempre lo hacen porque, sí, Britney lo hizo de nuevo, y allí se va -y allí vuelve- la princesa del pop, precursora de todas las musas de neón rosado y chicle globo.

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Las 'vírgenes suicidas' de Korine se lucen mejor -merced del morbo de esta sociedad- cuando tropiezan y decaen, antes que cuando las invade el furor. De allí que las escenas de desenfreno en la película por ratos parecen flotar sin ningún propósito y alargarse hasta la monotonía, como el capítulo repetido de algún reality show de MTV.

Si en 'Gummo' el white trash adolecía una miseria de nacimiento, en 'Spring Breakers' se centra en una basura adquirida, producto de la publicidad, la televisión, la frivolidad y la incomunicación. Las 'niñas bien' devoradas por la peor cara de los Estados Unidos.

Lamentablemente, esos momentos logrados apenas alcanzan la mitad de la película. El resto es una cuidada fotografía que, como ya lo mencioné, se diluye en una cadena repetitiva de excesos que deja poco para la discusión.

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