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Plano Cerrado

Juan Carlos Fangacio

Juan Carlos Fangacio

Mi gusto por el cine se conecta con otras aficiones: los libros, la música, el periodismo. Cuando eso ocurre, la cinefilia puede sufrir dos cambios: o se vuelve poco rigurosa, o especialmente sensible a otras influencias. Y está bien, porque no creo que el cine se vea solo a través del intelecto.

El cine es también sensorial y emotivo. Por eso me gustan Tarkovski, Wall-E y los premios Oscar. Por eso el cine fue y sigue siendo, como diría Robles Godoy, un lenguaje misterioso. Y por eso me animo a escribir sobre un cine más ‘democrático’. Aunque eso provoque iras santas. Ahí vamos.

Festival de Lima: 'Las historias que contamos', de Sarah Polley

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Godard decía que hay que hacer "películas de ficción que parezcan documentales, y documentales que parezcan películas de ficción". La segunda mitad de esta premisa la ha seguido la canadiense Sarah Polley con 'Las historias que contamos' ('Stories We Tell'), un notable documental que la ratifica como una cineasta de gran talento y estilo.

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Puede que su propuesta no sea novedosa: entrevistar a los miembros de su familia para que narren las historias de sus vidas e ir construyendo así un álbum familiar en video; alternar material fílmico de archivo y grabaciones caseras que subrayan la idea de la memoria; o cruzar el documental en sí con el proceso de creación del mismo, como si ensamblara dos trabajos paralelos.

Y digo que no es novedad pues mientras veía la película, pensaba en otros ejemplos más o menos recientes, también de corte autobiográfico: 'Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo', por ejemplo, con su indagación en el parentesco, su intriga y sus misterios; 'Tarnation', que también se centra en un personaje central e intenso; o la más reciente 'Papirosen', de Argentina, por su profunda mirada al mundo familiar.

Pero Polley destaca por su excepcional habilidad para construir, deconstruir y reconstruir un prisma de historias con el montaje. Su estilo de narración atrapa, seduce, conmueve, e incluso rebaja la gravidez con instantes de humor impecables. Todo para iluminar la figura descollante de su madre fallecida y los secretos que irán apareciendo de a poco, como si de un guion ficcionado se tratara.

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La directora aprovecha el efecto Rashomon para proponernos la búsqueda de una verdad que nunca es única, aunque sí es contundente: porque para cada testigo o protagonista los hechos siempre tendrán un valor irrefutable. De allí que el recurso estético de recuperar material grabado en Super 8 -y, además, insertar falsos fragmentos documentales recreados con ese mismo formato- adquiera una importancia fundamental para resaltar la noción de los recuerdos como único camino hacia la verdad anhelada.

Y dentro de todos esos juegos de la ficción y el documental, de las verdades y las mentiras, de lo vivido y lo imaginado, subyace una potente historia de amor no correspondido, de desamor, de amor furtivo, maternal, fraternal, y familiar en general. El relato de una mujer a la que, como decía un entrañable cuento, "no podemos juzgar porque era de un plano distinto. Era de luz y de aire".

Notable trabajo que se volverá a proyectar en el Festival de Lima este jueves 15 de agosto a las 2:15 p.m. en el Centro Cultural PUCP. No se la pierdan.

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