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Plano Cerrado

Juan Carlos Fangacio

Juan Carlos Fangacio

Mi gusto por el cine se conecta con otras aficiones: los libros, la música, el periodismo. Cuando eso ocurre, la cinefilia puede sufrir dos cambios: o se vuelve poco rigurosa, o especialmente sensible a otras influencias. Y está bien, porque no creo que el cine se vea solo a través del intelecto.

El cine es también sensorial y emotivo. Por eso me gustan Tarkovski, Wall-E y los premios Oscar. Por eso el cine fue y sigue siendo, como diría Robles Godoy, un lenguaje misterioso. Y por eso me animo a escribir sobre un cine más ‘democrático’. Aunque eso provoque iras santas. Ahí vamos.

Festival de Lima: 'La noche de enfrente', de Raúl Ruiz

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Acaba de pasar el que vendrá
C.V.

La última película de Raúl Ruiz es un fascinante cuento sobre el tiempo y la muerte. Y también sobre los recursos que tenemos para enfrentarlos. Y aunque parecen invencibles -y la película aborda esa imposibilidad de combatirlos en un plano racional-, Ruiz, paradójicamente, arremete contra ellos con pura libertad creadora. Por eso su filmografía trasciende tumbas y relojes.

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Bella y simple en su tratamiento; oscura y compleja en la profundidad de sus dimensiones. 'La noche de enfrente' revela desde su arranque varias capas por analizar, pero hay una que me interesa sobremanera: la del lenguaje.

¿Servirán las palabras para atravesar esa barrera autoimpuesta entre los vivos y los muertos? ¿Nos permitirán cruzar hacia esa noche de enfrente, pese a lo profundo de su oscuridad?

¿Y podrán las palabras servirnos como puente hacia el pasado? ¿O, quizá, hacia un futuro que ya conocemos?

Los juegos temporales que plantea Ruiz -en una narración centrada en un personaje enorme, Celso, como niño y como anciano- parten, creo yo, desde las posibilidades que ofrece el lenguaje. De allí que en una de las primeras secuencias, el personaje de Jean Giono dicta una lección literaria en francés y en español, ante un grupo de alumnos con los ojos cerrados. La aceptación de la comunicación -del lenguaje- a ciegas, basada en la creencia absoluta.

Y a partir de allí, todos los saltos temporales irán de la mano con un guion magnífico (también de autoría de Ruiz) en el que las conjugaciones lingüísticas se contraponen, se anudan, vuelan en formas imposibles e inexplicables, como en el famoso verso vallejiano que sirve de epígrafe a esta nota.

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Celso, el protagonista, es un anciano a punto de jubilarse y a punto de morir. Él lo sabe, todos lo saben. Y así lo cesan, lo agasajan, le organizan despedidas, "porque no ha dejado de dejarnos" (otro juego de palabras). Celso, el hombre que está por partir, y que al parecer siempre lo estuvo. Celso, el hombre, el viejo, el niño, que repite una palabra, 'Rododendro', como símbolo de algo que fue (o que promete ser, ya no sabemos en esa maraña de saltos en el tiempo). Celso, el hombre que le abre los brazos a una muerte que llega en sus propios zapatos, solo que 70 años más joven. 'Rododendro', una pieza más del enigma que se cierne sobre toda la obra del director chileno.

Por último, no puedo dejar de expresar mi desacuerdo con quienes califican esta película como un "testamento" de Raúl Ruiz. Y es que, sí, es su última película, la que no pudo culminar en vida. Pero estoy convencido de que su realización estuvo impregnada de la vitalidad de un trabajo sumamente personal, de la energía de un joven cineasta en experimentación, de la frescura de una ópera prima, de la plenitud de un artista no en ocaso, sino en apogeo.

Ante tamaña obra maestra, solo queda rendirse y admirarla como se admiran los más grandes misterios de la vida.

Uno de los puntos más altos del Festival de Lima, sin duda. Se puede volver a ver este sábado 17 a las 8 p.m. en Cineplanet Alcázar.

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