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Plano Cerrado

Juan Carlos Fangacio

Juan Carlos Fangacio

Mi gusto por el cine se conecta con otras aficiones: los libros, la música, el periodismo. Cuando eso ocurre, la cinefilia puede sufrir dos cambios: o se vuelve poco rigurosa, o especialmente sensible a otras influencias. Y está bien, porque no creo que el cine se vea solo a través del intelecto.

El cine es también sensorial y emotivo. Por eso me gustan Tarkovski, Wall-E y los premios Oscar. Por eso el cine fue y sigue siendo, como diría Robles Godoy, un lenguaje misterioso. Y por eso me animo a escribir sobre un cine más ‘democrático’. Aunque eso provoque iras santas. Ahí vamos.

BAFICI 2012: Día 2 (de Borges a Sigur Rós)

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Hoy me escapé un par de horas del BAFICI para ir, a muy pocas cuadras de la sede central del festival, a la que fue la casa del escritor Jorge Luis Borges y donde ahora se ubica su fundación y museo personal. Mientras estaba allí, pensaba si es que él, un cinéfilo riguroso incluso cuando ya estaba ciego, se habría dado una vuelta por este laberinto de películas, esta "filmoteca de Babel". Y mientras pensaba en ello, me encontré con su viuda, María Kodama. Me saludó, estrechamos las manos, cruzamos unas cuantas palabras, y se despidió. Más allá de lo polémica que pueda ser, me di cuenta de que, de alguna forma, este encuentro casual es lo que más me ha "acercado" a mi escritor favorito. Cosa curiosa.

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Pero vuelvo al BAFICI. La primera función de hoy fue Hemel, de Sacha Polak, que causó reacciones encontradas entre mis compañeros. Para algunos muy buena; para otros, insoportable. Yo la vi como una película regular. Me gustó su inicio, que se plantea como una mirada bastante directa a la vida sexual de una joven bastante, digamos, activa. El tratamiento desde este punto es adecuado. Pero cuando se distancia e intenta llevar la historia por nudos más "emocionales", pierde su intensidad y hasta llega al ridículo. Esos puntos bajos afectan duramente la totalidad de la película. La vuelven irregular, la duermen y empobrecen. Pudo ser mucho mejor.

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Policemen, ópera prima del israelí Nadav Lapid, me desconcertó. Porque arranca como un relato bastante extraño sobre un grupo de oficiales de policía -uno con una esposa a punto de dar a luz, el otro enfrentando una enfermedad- en el que, debo confesarlo, no pude encontrar la mínima empatía. Quizá sea que no entiendo el recio mundo policial o que no capto a la cultura judía. Lo cierto es que me enganchó más tras el giro que da poco antes de la mitad del filme, en el que sigue a unos jóvenes que planean un gran golpe social. Y allí la cinta toca, sin miedos, la polémica y el delgado límite entre los reclamos sociales, la revolución o el mero terrorismo. Película interesante que, aun así, deja el sabor a algo inconcluso.

En una clave totalmente distinta ubicamos a Inni, la película sobre la banda islandesa de post-rock Sigur Rós. Para quienes los conocen, saben que no hay pierde con ellos. ¿Quién no quiere o se relaja, aunque sea un poquito, con sus canciones? El íntegro del documental es un concierto ofrecido en el 2008, aunque entre cada tema incluye material de archivo como entrevistas, grabaciones de las giras, entre otras cosas. Y lo que hace el director, Vincent Morisset, es explotar al máximo los efectos visuales para ofrecer un videoclip de poco más de una hora. Una estética de blanco y negro predominante, de texturas granuladas y espejismos bastante atractiva.

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Y aunque también trata sobre música, la obra maestra del día no es sobre una gran banda de rock ni mucho menos de Islandia. Viene de Brasil y es el más reciente documental de Eduardo Coutinho: As canções (Las canciones) sigue una línea ya conocida del director. En este caso, le da voz a unas 20 personas para que -frente a una cámara y sentados en una silla- canten las canciones que marcaron sus vidas y cuenten las historias detrás de ellas. Y así afloran anécdotas y sentimientos valiosísimos, conmovedores y en muchos casos de mucho amor. Por un momento, lo sorprendente de algunos de los relatos da la impresión de que estamos ante un guión preparado, un falso documental. No puedo afirmarlo, pero, de ser así, ¿disminuiría en algo su valía? En absoluto. Porque la riqueza de cada una de estas historias no radica en su veracidad, sino en la vibra con la que son contadas. Como en aquellos viejos relatos transformados, exagerados y acomodados que se cuentan en la familia o entre amigos. Como esos recuerdos que, con el tiempo, vamos ajustando a la forma en que nuestro corazón quiere guardarlos.

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