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Para comerte mejor

Gonzalo Pajares

Gonzalo Pajares

Me dedico a entrevistar a variopintos personajes: escritores, artistas, cocineros, actores y demás. También me dedico a viajar y a comer, dos de mis placeres favoritos, porque estoy convencido de que es mejor conocer el mundo, comiendo. Y para contar todas estas experiencias decidí crear un blog.

Mi inspiración nace, sobre todo, de la sensibilidad que, desde niño, mis abuelas instalaron en mí. Por eso, no me pidan orden, que me centre en un tema, yo escribo de lo que me conmueve, de lo que amo y también de lo que odio, de lo que he vivido y de lo que me han contado... y si eso les resulta picante, mejor.

En enero

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Hace algunos años, en un bar, conocí sus labios. Desde ese día, ese lugar es mi bar favorito y, esa boca, un imán que no puedo olvidar.

Es bella, es tímida, tiene un andar de gacela y me supo querer sin condiciones. Mi padre, quien también vive sus afectos a mil, me dijo que así deben ser los amores que valen la pena. Yo discrepo con él porque yo, como él -a pesar de las apariencias y de nuestros espíritus acalorados- más sé de soledad que de compañía.

Pero volvamos a ella. En el tiempo que pasamos juntos me dediqué a poner a prueba esa boca. No soy un tipo fácil, mi corazón es desbocado, difícil de controlar, y ando siempre tan necesitado de cariño que si hay algo que domina mis días es la intensidad... y, otra vez, la soledad.

Pero ella llegó a mi vida en enero, cuando estaba triste, cuando estaba solo, cuando nadie guiaba mis pasos... y eso es un cruel castigo para mí que adoro caminar por el mundo, a pesar de mi espíritu solitario (o quizás por él), tomado de la mano, conducido por unos dedos que sean firmes, por una mano que le muestre un rumbo claro a mi corazón.

Y ella, a pesar de su aparente fragilidad, supo estar allí, atenta a mis miedos, a mis angustias, a mis desórdenes. Por eso la quise, por eso me imaginé una vida a su lado, por eso, cuando la veía solo sentía ternura... y algo de paz.

Nuestro primer beso estuvo rociado por el coctel que siempre será mi punto de encuentro con ella: un capitán, un trago a la altura de su elegancia, de su belleza, de su cariño.

Porque mis días a su lado fueron como un capitán: hermosos en sus colores naturales, frescos como su cuerpo desnudo, con carácter por su intensidad y ligeramente amargos porque, lo siento, también me tocó estar.

Y ahora que vivimos este enero que, por ella siento aún mágico, yo solo sé que no hay imán-boca que me entregue las mieles acres de un buen capitán, que mi mano sigue desasida, sin nadie que la guíe. Entonces, vuelvo a preguntarme qué me toca hacer: ¿rescatar el pasado?, ¿construir un futuro?

No, ya me cansé de vivir del pasado. El sábado iré al bar de nuestros afectos, pediré dos capitanes y los beberé a su nombre: el primero por lo que vivimos (y bebimos) y el segundo porque ese coctel borre de una vez las huellas de mi desamparo y me permita empezar una nueva vida, con otras mieles y, ay, con otras sequedades.

2 comentarios

Feliz ano amigo Pedro Picapiedra

Me gusto tu sensibilidad.

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