Para comerte mejor

Gonzalo Pajares

Me dedico a entrevistar a variopintos personajes: escritores, artistas, cocineros, actores y demás. También me dedico a viajar y a comer, dos de mis placeres favoritos, porque estoy convencido de que es mejor conocer el mundo, comiendo. Y para contar todas estas experiencias decidí crear un blog.

Mi inspiración nace, sobre todo, de la sensibilidad que, desde niño, mis abuelas instalaron en mí. Por eso, no me pidan orden, que me centre en un tema, yo escribo de lo que me conmueve, de lo que amo y también de lo que odio, de lo que he vivido y de lo que me han contado... y si eso les resulta picante, mejor.

De anticuchero, en La Parada

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La Parada.jpgTenía 17 años, estudiaba Derecho en la Universidad Católica y me ganaba la vida vendiendo anticuchos, en La Parada.

I

Mi madre había sido despedida del trabajo. Trabajaba en el Pronaa pero Fujimori la dejó en la calle, con un hijo sin padre a quien mantener, con sus ahorros convertidos en polvo por los paquetazos y un título que la acreditaba como ingeniera agrónoma pero que no le servía para ganarse la vida.

Se metió de comerciante. Viajaba a Tumbes, a veces a Tacna, y traía zapatos, zapatillas y, sobre todo, botas de jebe, decenas y decenas de botas de jebe que vendía en Gamarra. Tenía un socio, un compañero de viaje. Él administraba la peluquería que su hermano gay tenía en el corazón de Gamarra, pero como este trabajo no le alcanzaba para mantener a su familia, se unió a mi madre. Viajaban todas las semanas en buses infames, comiendo mal y soportando el acoso de ladrones y policías, quienes veían contrabando en todo. Coimas pagaron mil con tal de salvar su mercadería, pero un día mi madre se cansó de humillarse y retando al policía que la maltrataba, que le pedía más dinero, le dijo: "Métete esas botas por el culo", y subió a su bus, rumbo a Lima. Lo perdió todo, pero conservó su dignidad.

Sin dinero, sin mercadería, visitó a su amigo en su peluquería de Gamarra. Elucubrando nuevos oficios, su amigo le dijo: "Adelita, ¿por qué no vendes comida? Acá hay una cocina que te puedo prestar para que prepares tus cafés, infusiones y sánguches. Los peinadores y quienes vienen a cortarse el pelo pueden ser tus primeros clientes, y mucho capital no necesitas". Con el alma triste pero con necesidades económicas irrenunciables, mi madre empezó a vender café y sánguches de carne, palta y pollo a los clientes de la peluquería más bizarra de Gamarra.

Allí trabajaban tres peluqueros muy amanerados: Titi, Sisi y Manuela, la más vieja. Titi tenía más experiencia, coquetería y carácter, por eso, en ese territorio, su palabra era ley. Había sido el mejor amigo de Samy, el dueño de la peluquería quien, buscando una nueva vida, se había ido a EE.UU. Sin embargo, decidió no cerrar su local limeño: "Para que tengas dónde trabajar, Titicito, para darle chamba a mi familia y para que yo tenga un lugar dónde refugiarme y mantenerme cuando los gringos ya no me quieran". Y para que mi madre tenga un lugar dónde ganarse la vida, Samy, agregaría yo.

Sisi era el más joven, el más bello, el más ensimismado en un mundo donde la exageración era ley. Por eso abusaban de él: Titi, Manuela, sus novios, quienes, la verdad, eran muchos. Manuela era un gay viejo, de unos 65 años, que se dedicaba a hacer pelucas con los cabellos de los clientes. Se vestía como un dandy de los 60, por eso, a pesar de su elegancia, parecía siempre desfasado, cursi. Pero era un hombre al que la vida le había dado sabiduría. Era el único con el que yo podía conversar, pues Titi andaba siempre de mal humor, puteando muy mariconamente a todos, y Sisi tenía más problemas que años.

Curiosamente, en un lugar donde la joda y los insultos eran moneda corriente, todos respetaban a mi madre: "Es ingeniera, ha estudiado", decían, y dejaban sus amaneramientos por un momento... solo por un momento porque, luego, imagino, se decían a sí mismos que uno debe ser siempre lo que es.

Sin embargo, los cafés y sánguches que ellos y sus clientes consumían eran insuficientes para educarme, mantenerme, entonces, mi madre decidió ampliar su radio de acción, y empezó a vender sus productos en las galerías de Gamarra. El verano había llegado y remplazó el café por heladísimos refrescos de frutas y, con la nueva estación, llegó un nuevo asistente: yo.

Mis clases en la universidad habían terminado y ya podía ayudar a mi madre. Antes, ella se había negado porque decía que yo debía concentrarme en los estudios. Por eso, cada vez que yo iba a un bar o me tiraba alguna clase, tenía un inmenso sentimiento de culpa pues sentía que traicionaba el gran esfuerzo de mi madre (y, en efecto, eso hacía, traicionaba el esfuerzo de mi madre).

Pero, la verdad, para los pocos refrescos y sánguches que vendía, yo era mano de obra desperdiciada. Entonces, a Titi se le ocurrió la siguiente idea: "¿Por qué no vendes anticuchos? Así no pierdes tu tiempo y ganas tu platita. De día sigan con los sánguches y los refrescos, pero por la tarde, con el vientecito, ay, la gente quiere sus anticuchitos". Mi madre me miró como preguntándome si estaba de acuerdo, y yo asentí, también con la mirada. Al siguiente día, un estudiante de derecho de la Católica estrenaba parrilla y oficio: vendedor de anticuchos en La Parada.

                                                  II

Mi primer cliente fue Manuela. "Papito lindo, espero traerte suerte", me dijo coquetamente mientras me guiñaba el ojo y me daba cinco soles cuando el anticucho apenas costaba un sol.

Cortar el corazón para los anticuchos había sido un drama; ensartarlos en los palitos, también. Sazonarlos resultó un aprendizaje, encender la parrilla, igual. Sin embargo, lo más difícil fue venderlos. No todos los clientes tenían la generosidad de Manuela y, aunque la calle era muy transitada, los comensales resultaron pocos. Eso sí, el primer día no me fue mal: vendí 40 palitos, imagino por la novedad. El segundo me compraron 15; el tercero, tres... ni para el carbón. Titi volvió a darnos una asesoría comercial. "¿Por qué no metes tu parrilla a La Parada, al mercado, allí hay cientos de estibadores hambrientos, miles de compradores con ganas de un anticuchito?". Otra vez mi madre me miró y yo asentí. 

Al siguiente día, a las 5 de la tarde, estaba yo con mi parrillita y mis insumos entrando subrepticiamente a La Parada. Nos habían advertido que, oficialmente, la venta de comida estaba prohibida dentro del mercado, que solo estaba autorizado a venderla el concesionario del comedor. Pero esa norma, como muchas en el país, era letra muerta, pues allí se vendían papas rellenas y caldos de gallina, chaufas y chanfainitas, papas a la huancaína y, ahora y gracias a mí, anticuchos de molleja y corazón.

Me instalé por los cebolleros, puse la parrilla, saqué el carbón, pero el humo de mierda me delató. Los guachimanes vinieron de inmediato a desalojarme pero fui defendido por los mayoristas cebolleros, quienes impidieron que me botasen. ¿Por qué? Mientras armaba mi parrilla, algunos se acercaron a preguntarme qué iba a hacer y quién era yo. Les dije que quería vender anticuchos en el lugar y que era un estudiante de Derecho de la Católica que, durante el verano, había decidido ayudar a su madre. "¿En serio estudias en la Católica?", me dijeron, y les mostré mi carnet universitario. Eso los llevó a mirarme con respeto y hasta con cariño, por eso, para cuando llegaron los guachimanes, ya me había ganado su corazón y no dejaron que me agarrasen a patadas.

Como era previsible, aquella tarde me fue muy bien. Uno a uno los comerciantes empezaron a pasarse la voz, a contarse que un universitario con grandes necesidades andaba suelto en el lugar y que había que apoyarlo. Mientras les servía sus anticuchos, les contaba que sí, que estudiaba Derecho pero que lo que quería era leer, escribir; que sí, que había leído a Vargas Llosa pero que no creía, como ellos, que era un resentido de mierda que odiaba al Perú por no hacerlo presidente; que sí, que creía que Fujimori era un dictador y su asesor, Montesinos, un narcotraficante, un ladrón y un asesino; que sí, que al siguiente día también iba a estar allí vendiéndoles anticuchos, y que sí, que mañana les pondría un poquito más de ají panka, que ya no iban a estar salados, que también habría camote y no solo papa como guarniciones, y que el choclito lo podía incluir si me pagaban un sol cincuenta la porción.

Así pasé mi verano del 93, vendiendo anticuchos en La Parada, mientras mi madre vendía refrescos y sanguchitos en Gamarra.

Así conocí un mundo sórdido y, a la vez, feliz, donde había niñas y niños que se prostituían por un sol, por un plato de comida... por un anticucho; pero también había mamachas inmensas que, con un palito que tenía un clavo incrustado en la punta, recogían todas las verduras y tubérculos que se caían de los camiones mientras eran descargados, y luego los vendían por montoncitos, y así mantenían a sus familias.

Y allí, en La Parada, me di cuenta de que el mundo era hostil, que tenía sus guachimanes que te reprimían y perseguían, pero que había almas generosas como la de Eladio, el rey de la cebolla, un millonario apurimeño que se convirtió en mi mejor cliente, quien me ayudaba a encender la parrilla, me defendía de los guachimanes y hasta me daba una mano cuando los clientes se aglomeraban.

Y allí, en La Parada, me rencontré con mis tíos Wilman, César y Pedro, quienes se ganaban la vida como estibadores, y sentían la obligación de comprarme un anticuchito todos los días, porque "qué jodido, sobrino, tú tan inteligente y desperdiciando tu talento vendiendo anticuchos en La Parada, no hijo, este no es tu mundo", y me pagaban diez soles por un anticucho que costaba un sol.

Y allí, en La Parada, conocí a Papá Chacalón y su música bellísima; sus letras llenas de desengaño amoroso y de marginalidad con las que me sentía tan identificado. Porque tenía dolor y era un muchacho provinciano que tenía que ganarse la vida en una ciudad que no era la suya (pero que igual quería).

Y allí, en La Parada, conocí a Juan, un carretillero ayacuchano de mi edad, que había salido de su pueblo por la violencia de Sendero y del Ejército. Solo huyendo se pudo librar del servicio militar o de una escuela senderista de adoctrinamiento. En Lima, a pesar de tener primaria y secundaria, no había encontrado trabajo, así que como sus tíos y sus primos 'limeños' se metió de carretillero en La Parada. Quería estudiar, ser ingeniero, pero plata no tenía. Además, cuando compró un prospecto para ingresar a la UNI se había dado cuenta de que su educación ayacuchana había sido una mierda. Así lo conocí, derrotado. Sospecho que se acercó a mí porque, a su lado, yo era un privilegiado que sí estudiaba. Me preguntaba por la Católica, por el campus, por mis profesores, por mis compañeros y, sobre todo, por mis compañeras: si eran lindas, si vivían en bonitas casas, si sabían que yo vendía anticuchos en La Parada.

No, no lo sabían. La mancha con la que me juntaba, Los Antisocials, andaba en otra, ensimismada; metidos todos sus integrantes en sus problemas existenciales. Allí se hablaba de todo pero nadie mostraba su corazón. Hoy, que lo escribo, me pregunto si, ante mis patas, me hubiese avergonzado de mi oficio de anticuchero. Sospecho que sí. Años después, cuando en verdad nos hicimos amigos, se los conté, pero por vanidad, para darme ínfulas, para demostrar que tenía calle, mundo, experiencia, que había recorrido el lado más oscuro de esta Lima sórdida... y había sobrevivido.

El verano terminó y tuve que regresar a la universidad. Mi madre me dijo que tenía que dejar mi oficio de anticuchero y que ella tomaba mi lugar, pues con los refrescos y los sanguchitos no le estaba yendo nada bien. Tomó la parrilla y yo le presenté a Eladio, el rey de la cebolla, pues supe que ella iba a necesitar su protección ante la horda infame de guachimanes que, en ese lugar sin normas, representaba la ley.

Y así, con el oficio de anticuchera, durante dos años mi madre se ganó la vida y me educó en una universidad privada que, por dinero, no me correspondía. Sus sacrificios eran inmensos y sus malos ratos constantes, pues Eladio empezó a mostrar los primeros síntomas del cáncer que lo mató, y se ausentaba mucho en busca del tratamiento que lo curase.

Del pabellón de la cebolla, huyendo de los guachimanes, mi madre pasaba al de la papa (donde la protegían mis tíos Wilman, César y Pedro), y, luego, al de la zanahoria y, después, al del tomate, viviendo a salto de mata, quemándose las manos con la parrilla caliente, cuidando esos anticuchos que la permitían pagar mi boleta de la universidad y el alquiler de la casa. Y muchos meses a las justas le alcanzaba para esos dos gastos y para sus pasajes. ¿Qué comíamos? Lo que mi madre, palito con clavito en la punta, recogía de lo que se caía de los camiones que traían papas y camotes, tomates y cebollas, choclos y zanahorias. También funcionaba el trueque: mi mamá cambiaba un anticucho por un poco de menudencia de pollo o res.

Un día, en esas correrías, se le cayeron las mollejitas y los anticuchos. Empezó a lagrimear al ver el espectáculo de esas vísceras regadas por el piso. Pero como siempre ha sido una mujer práctica y de carácter, las recogió, las lavó, las volvió a sazonar y las vendió.

Sin embargo, las cosas se fueron poniendo más feas, los guachimanes la conocían y ya no la dejaban ni siquiera entrar. Puso su parrilla en la puerta del mercado pero los clientes no llegaban. Mis boletas se iban acumulando y ya no teníamos ni siquiera para el alquiler.

Y, saben, la vida siempre puede ser peor. Por mis desmanes de adolescente sin control y con mala alimentación, me dio tuberculosis. Lo descubrieron en un chequeo de rutina en la universidad. Los doctores me llamaron, me dieron el diagnóstico, y me dijeron que debía retirarme al menos ese semestre, hasta curarme, de la Católica; que había un programa del Estado que iba a cubrir mi tratamiento, que este duraba un año, y que me curaría si lo seguía rigurosamente.

Y yo, que he tenido días tristes, recuerdo ese como uno de los más dolorosos. Llegué a casa y, temblando y avergonzado (porque tenía vergüenza por tener una enfermedad de 'pobres'), se lo conté a mi mamá. Lloramos juntos y, aunque nos queremos, empezaron sus reproches: Que tu vida es una mierda, que tu vida es descuidada, qué crees que no me doy cuenta de que paras borracho, fumando, que nunca estudias, que paras trayendo mujeres a la casa, que no comes lo que cocino porque te alucinas pico rico, que tienes una enfermedad que va a avergonzar a mi familia para siempre.

Abrumado por sus ataques, solté una de las frases más hirientes que he dicho hasta hoy: "Yo soy un tuberculoso, pero tu eres una anticuchera de mierda. De qué te sirve haber estudiado en una universidad, ser una ingeniera y no dedicarte a tu trabajo. ¿Acaso no te ufanas de ser una buena profesional? Consigue trabajo, pues. ¿O te sacaste la mierda estudiando para ser una anticuchera y criar un hijo tuberculoso?". La cachetada que recibí me rompió la nariz. Sin inmutarse, mi madre me dijo: "Sígueme". Bajamos al primer piso, donde estaba el cuartito donde guardaba su parrilla, me dijo "cárgala" y nos fuimos al descampado donde botábamos la basura. Me quitó la parrilla y, mientras lloraba desconsolaba, cogía los restos de carbón y los botaba uno a uno, lentamente, en un inmenso recolector, prolongando aquella ceremonia del adiós. Luego tomó la plancha, el lugar donde durante dos años se cocinó nuestra cotidianidad, nuestro sustento; donde veía su vida hecha mierda, desperdiciada, y la botó. Después cogió el cuerpo de la parrilla y, sacando fuerzas de no sé dónde, le rompió las patas, las dobló y las tiró con fuerza, como sacándose un cuchillo clavado en el corazón. "Allí se va mi vida", murmuró llorosamente, mientras botaba lo último que quedaba de la parrilla. Al oír esta frase descarnada el llanto también apareció en mi rostro y nos abrazamos. Ha sido el entierro más triste al que he asistido.

Al siguiente día, por la mañana, fuimos a Tepsa a comprar un pasaje y me dijo: "Tú te vas a Cajamarca, con la familia, a curarte. Y yo me pongo a buscar trabajo de ingeniera, que para eso estudié".

29 comentarios

buena historia!

Las cachetadas de mama duelen, pero duele muchisimo el mas hacerlas llorar. Buena historia

Viejo, que fuerte la historia. Como da vueltas la vida y no apreciamos el esfuerzo y sacrificio de quienes nos aman.

Una historia impresionante e interesante.
Tienes suerte, tu Madre vale su peso en oro....Merece mis respetos.

En el primer piso de la casa, esperando a mi hijo que se esta alistando para ir a la ceremonia de graduacion del colegio, buen colegio ya ingreso a la universidad, lagrimas muchas lagrimas al recordar lo duro que fue terminar la universidad cuando murio mi padre y tuvimos que vender alcohol con agua hervida en un pequeño espacio que nos dio mi abuelo cerca almercado central en el Cusco, nunca habia imaginado hacer eso jamas pero si llegar a donde ahora estamos ...................
De echo que esos momentos dificiles te hacen mucho mas fuerte...........................................no hay duda

mierda tío, gracias por desahuevarme

Los que tenemos mas de 30 de alguna manera hemos visto esfuerzos de nuestros padres, derrotados, cansados, queriendo renunciar y si a esto sumas que ellos pensaron y hablaron que no valías la pena tanto esfuerzo...te causa dolor...pero eso te enseña a no querer ser nunca lo que viste en ellos, el problema está cuando te das cuenta que resultaste ser peor, vil, resentido con quien debió ser tu adoración...

Increible historia. Listo para una pelicula...increible!

Escribes mejor que VARGAS LLOSA. Firme!

Hace muchos anos, mi Padre y yo dejamos nuestro país en los anos 1968, yo tenia 20 anos fue la mejor decisión de mi viejo, en Lima las casas que el general Manuel Odria hizo, se pagaba al equivalente a un dólar por mes, y la mayoría debían 6 0 7 meses, al llegar a este nuevo país que es mi patria ahora y lo quiero mas que mi vida, en 2 meses trabajando mi padre y yo pudimos mandar la plata para cancelar la comprar de la casa, y por todos esos anos no podíamos mi siquiera pagar las mensualidades, en los anos que viví en el Perú gracias a Dios no fueron muchos para mi, mi padre vivió 50 anos en el Perú imagínense todo lo que mi padre paso, en mi nuevo país el mismo dia que llegamos mi padre me dijo hijo parece que yo e estado antes aquí, en los anos que pasaron viendo a mi padre tan feliz y que no hablara del Perú, para mi los primeros 3 meses fueron los mas malos creía yo, por mis amigos mi barrio el Alianza Lima mi equipo de mi vida no sabia que a los 3 meses se me pasaría todo eso, y pasaron 35 para que yo regresara al Perú, miren lo que yo le hacia a mi padre, quiero un carro y no tengo plata solamente quiero el pronto y las mensualidades las pago yo, mi viejito lindo me decía cuanto quieres 2 o 3 mil dólares yo te los doy, saben porque se lo decía por verle la cara de felicidad, que si podía darles a sus hijos lo que sus padres no pudieron darle a el, en este maravilloso país mi padre se sintió como un verdadero ser humano, siempre me decía hijo este país es vendito por Dios, hijo quiere a este país mas que el tuyo defiéndelo con todas tus fuerzas, porque no hay otro como este país, para que todos los que quieran venir tengan lo que nunca pudieron tener en su país, este país es de las oportunidades y si estudias no hay quien te pare, yo con 62 anos y los pasados 15 anos ganando mi salario muy bueno con secundaria del Perú, y mi hija que estudio en una universidad en Texas privada, el dia que se gradúo a los 20 anos comenzó a ganar 2 veces mas que yo en el ano, 20 anitos y soltera, por eso siempre le daré las gracias a Dios y a mi querido viejito por hacer ese movimiento y sacar a la familia del Perú, PADRE DONDE ESTES GRACIAS, TU HIJO QUE TODOS LOS DIA TE EXTRANO,

En esta entrada a tu blog haz encontrado la novela que tienes que escribir

Me has hecho llorar...Maldito...¬¬ FELIZ NAVIDAD!!!

Después de tiempo volví a leer su columna porque su título me llamó la atención. Veo también que cambió su presentación... va a tener más libertad para escribir, eso está bien. Como su historia hay muchas más en la PUCP. Soy del código 89 y desde esa época, hasta supongo cerca el año 2000, la población de la PUCP se hizo más selecta, se podía ver eso en la apariencia de los estudiantes. Como su historia recuerdo muchas más, recuerdo por ejemplo la de un estudiante que venía vestido como un campesino -literalmente-, estudiantes cuyos padres tenían los más modestos oficios, estudiantes como Jaime Bayly, R. Romero, etc. Saludos.

Después de tiempo volví a leer su columna porque su título me llamó la atención. Veo también que cambió su presentación... va a tener más libertad para escribir, eso está bien. Como su historia hay muchas más en la PUCP. Soy del código 89 y desde esa época, hasta supongo cerca el año 2000, la población de la PUCP se hizo más selecta, se podía ver eso en la apariencia de los estudiantes. Como su historia recuerdo muchas más, recuerdo por ejemplo la de un estudiante que venía vestido como un campesino -literalmente-, estudiantes cuyos padres tenían los más modestos oficios, estudiantes como Jaime Bayly, R. Romero, etc. Saludos.

qué conmovedora historia...los sacrificios que realizan nuestros padres por sacarnos adelante, y que a veces por nuestra inmadurez no sabemos valorar en su momento, sin embargo a veces los conflictos tambien sirven para sacar lo mejor de nosotros y no dejarnos vencer por las dificultades

conoci a tu padre un profesional de exito y conoci Cachito

Me conmoviste con tu historia. Muy buena! Me hiciste llorar al final, en serio. Es que hay cosas de tu historia q se parecen a la mia. Mi mama tambien tuvo q trabajar vendiendo en un mercado, y empezo como ambulante, para ya despues adquirir su puesto, donde vendia verduras. Y tambien la ayudaba en ocasiones. Y tambien hubieron momentos donde me sentia culpable x desaprovechar sus esfuerzos, cuando no iba a clases, o malgastaba el poco dinero q teniamos. Ahora todos sus hijos tenemos 1 buen trabajo, y ella ya no tiene q preocuparse mas x nosotros, y en varias ocasiones mostramos nuestra gratitud. Pero deberiamos hacerlo mas seguido. Gracias por (sin intencion, obviamente) recordarmelo.

Viejo, me haz hecho llorar... leerte me dio una paliza, tienes razon, nuestra verguenza a veces hace que seamos unos pobres de mierda, sin embargo, hoy me decidí a otra vez tomar un nuevo rumbo, creo que ya basta de tanta desorganizacion en mi vida y tanto relajo, hoy me decidí a cambiar, tu madre es no se, no hay palabras para decirle cuanto vale, y mi madre , alla donde esté espero que a partir de ahora no se vuelva a avergonzar de este hijo que trajo al mundo.
Te deseo toda la suerte del mundo man, aunque con el amor de tu madre ya para qué...

Es una historia muy interesante y nos hace reflexionar de como estamos actuando en la vida.
Sobretodo a valorar los sentimientos y cariños de nuestros padres y demás familiares que se enforzaron por nosotros.

joputa, me conmoviste

que bien los que se fueron, los que nos quedamos nos sentimos orgullosos de haber sacado a este pais de la ruina, orgullosos de haber pasado hambre y ahora ser mejores, buenas anecdotas para contarle a mi hijo quien a veces no cree que haya sido posible.

gracias gordito, lo necesitaba

Me aterrizaste en one.Cada que la cagamos nos fregamos a nosotros mismos.Gracias! Gente que reconoce sus errores y tiene la valentia de publicarlos vale mil!

Gonzalito buenisima historia. Tienes muchas mas? Sguire leyendo.

Estas historias vividas nos hacen fuertes y vencedores......y cada vez escribes mejor ...ahora te falta contar la historia de la Comisión de Servicio ----.cuando se canceló el pedido del restaurand de la avenida la Colmena...............jajajaja ..

Buena Colorao, ahora en tiendo de quien era la sazón en el carbonazo

hace mucho no lloraba mientras leia una historia, muy buena!!!

ptamare gordo e mierda me desawebaste firme yo ke me sentia pobre pta ke ahora se ke hay sacrificios por seguir adelante gracias

Buena historia, ciertamente me identifico con la tuya, ya que en cierto modo estudio en la PUCP pero como dices en lo económico no lo es para uno;sin embargo, con esfuerzo de mis padres y el mio puedo pagar mi boleta. No es por juzgar pero creo que la gente de provincia son bastante trabajadores, inmunes a la adversidad, valientes como lo es tu mamá y los mios,por cierto, también.

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