Para comerte mejor

Gonzalo Pajares

Me dedico a entrevistar a variopintos personajes: escritores, artistas, cocineros, actores y demás. También me dedico a viajar y a comer, dos de mis placeres favoritos, porque estoy convencido de que es mejor conocer el mundo, comiendo. Y para contar todas estas experiencias decidí crear un blog.

Mi inspiración nace, sobre todo, de la sensibilidad que, desde niño, mis abuelas instalaron en mí. Por eso, no me pidan orden, que me centre en un tema, yo escribo de lo que me conmueve, de lo que amo y también de lo que odio, de lo que he vivido y de lo que me han contado... y si eso les resulta picante, mejor.

Beso con sabor a Mora

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Beso de niños.jpgPerdonen la precocidad, pero mi primer beso lo recibí a los cinco años. Me lo dio una niña dos años mayor: Mora. Y, escandalícense pacatos, fue un beso con lengua.

Mora era mi vecinita de la casa de al lado, la hermana de mi mejor amigo, Bambino. Había nacido con la coquetería en el alma. Lucía sus vestiditos rosados con una gracia y un desparpajo que, ya de grande, solo he reconocido en femme fatales, en mujeres como Marilyn Monroe o como Scarlett Johansson.

Y Mora, siempre volcánica, aparecía de la nada, interrumpía nuestros juegos y nos ordenaba a Bambino y a mí, que debíamos dejar nuestros carritos y soldaditos y ponernos a jugar con ella Hanna de la Selva, una vieja serie animada, y, claro, ella era Hanna; Bambino, el capitán de su ejército, y yo, su esclavo. Sí, su esclavo.

"Bambino, mi amado guerrero, vaya a combatir a los rebeldes de la tribu Zuku, quienes quieren dejar de pertenecer a nuestro territorio. Debes volver con la victoria y con la cabeza del jefe de la tribu rebelde. Es una orden. Y lleva mi anillo del poder, te hará falta". Y Bambino, ante tamaña autoridad, salía del cuarto que habíamos convertido en 'selva' y se iba dando gritos de guerra hacia la sala de su casa, convertida, en nuestra ficción infantil, en el territorio donde estaban los rebeldes de la tribu vecina.

"Y tú, esclavo, qué haces parado allí, abanícame". Y yo, odiándola un poquito, pero fiel al papel que me tocaba en la ficción, cogía un matamoscas y le abanicaba el cuerpo mientras ella, tirada en la cama como una odalisca, se llevaba algunas fresas a la boca. Desde entonces, yo asocio las fresas a la sensualidad, pero, qué jodido, no puedo olvidarme del matamoscas.

Mora, aunque femme fatale, no era tan guapa. Perdónenme, juzgavidas, uno tenía cinco años pero ya sabía apreciar la belleza y, créanme, yo ya la juzgaba con los criterios que usan los grandes. Cuerpazo no tenía, era más bien flaca. Alta tampoco se veía pues, aunque tenía dos años más que yo, era de mi tamaño. Y de cara, no era tan agraciada, más guapa era Mirna, la otra hermana de Bambino, quien era tres años mayor que nosotros.

Y si a Mora le sobraba desparpajo, a Mirna le faltaba carácter. Era una niña bella, tímida, ensimismada... y de eso se valía Mora para maltratarla, para darle órdenes, para decirle, como a mí, que ella era su esclava. Y allí estaba Mirna, dándole masajes en los pies, poniéndole las cremas que habíamos tomado del tocador de su mamá, "pues las reinas debemos estar siempre hermosas", decía Mora, mientras me ordenaba que cambiase de posición, que ahora quería que le abanicase el culo.

Sí, el culo, porque Mora, además de autoritaria, era una deslenguada. Los carajo, los mierda, los puta madre le salían con naturalidad y mucha frecuencia. Y mientras los demás hasta nos avergonzábamos por llamarle poto al poto, ella le decía culo sin problema. Eso, como comprenderán, la hacía más apetecible. Al ver a Mora y Mirna juntas, uno comprobaba que la belleza sin personalidad no vale la pena, que siempre es más hermosa una mujer con carácter, por eso, a lo largo de mi vida, he tenido más Moras que Mirnas. Y sigo igual.

Cuando se cansaba de los masajes y del suave viento de mi matamoscas, Mora nos ordenaba ir a la cocina imperial en busca de alimentos, pues estaba hambrienta. Así, Mirna y yo asaltábamos la despensa familiar y le traíamos galletas de animalitos y uvas, rosquitas y capulí, pan y jugo de manzana. Mora, al recibir lo que le traíamos, nos decía que nada era más placentero que tener a su disposición faisanes y lechones, excelentes frutas y mejores vegetales, estupendos vinos y unos sirvientes tan comedidos. "Esclavos, pélenme las frutas y denme de comer", nos ordenaba. Y allí estábamos nosotros, pelando las uvas, partiendo las manzanas, sirviendo el jugo y dándole todo en la boca, a nuestra majestad, Hanna, la reina de la Selva (y la dueña de nuestras vidas).

Pero un día, a ese esclavo que era yo, se le ocurrió ir al territorio de Hanna (es decir, de Mora), con un chupetín en la boca. Al verme, Mora se puso de inmediato en el cuerpo de su personaje y me ordenó que le diese mi chupetín. Y bueno, uno cree en la ficción (y hasta las escribe), pero yo era un niño engreído -e hijo único- de cinco años, y si bien podía traerle uvitas y rosquitas y hasta abanicarle el culo, eso no impedía que fuese un niño egoísta, al que no le gustaba compartir sus golosinas.

"Esclavo, te he dicho que me des tu chupetín". "No, es mío". "Pero tú eres mío, y todo lo tuyo es mío", me cagó. Pero, a los cinco años, la lógica de las deducciones no funciona, así que me enterqué y le dije "no". "Bambino, mi capitán guerrero, traiga usted ese chupetín", le ordenó a su hermano. Bambino dando gritos de guerra se abalanzó sobre mí, sobre mi chupetín... y yo lo recibí con un puñete que le sacó sangre de la nariz. Vencido, ese ex capitán victorioso, fue en busca de su mamá.

"Mirna, el chupetín", ordenó Hanna desde sus cimas. "Yo ya no juego", dijo Mirna, rebelándose por primera vez ante la autoridad de su hermana, y se fue. Pero Mora no era una mujer que aceptase las derrotas así nomás. Se me acercó y me dijo: "Dame tu chupetín". "No, es mío". "Pero ya te he dicho, esclavo, que tu eres mío y lo tuyo es mío", insistió. "Mora, qué pesada eres, yo ya no juego". Y empecé a salir de aquel cuarto que era nuestra selva de mentira.

"Shalo, si me das el chupetín, te doy un beso", me dijo. Y eso fue música para mis oídos. Primero, porque no me dijo 'esclavo' sino me llamó por mi nombre. Segundo, porque me ofrecía miel en estado húmedo. Tercero, porque siempre me han gustado los retos, conquistar a mujeres aparentemente inalcanzables... y a veces, aunque ya no sea por un chupetín, lo he logrado.

Recogí mis pasos y me puse a su lado. "¿Un beso?". "Sí, tontito, no escuchaste bien", y, al decirlo, Mora dejó de ser Hanna de la Selva, la reina salvaje y se transformó en Marilyn, purita sensualidad. "Uno no, si quieres dos", le dije, desde mi aparente viveza y aprovechando la situación. "No, solo uno, pero con lengua", me dijo Mora, y me mató.

¿Qué era un beso con lengua? ¿Se usaba la lengua al besar? ¿Acaso un beso no solo consistía en unir los labios? Aparentemente no, y Mora, convertida en Marilyn, me lo iba a demostrar. "¿Nunca has besado, no sabes lo que es un beso con lengua?", me dijo desde su recuperada estratósfera, reconociendo mi sorpresa y timidez. "Sí sé, ya", le dije, demostrándole con mi mirada esquiva que mentía.

"Ya, dame el chupetín", ordenó, y yo, ya paralizado por el miedo, la sorpresa y la timidez, solo atiné a abrir la boca, a dejarme quitar ese caramelo hecho bolita. Mora se lo metió a la boca, lo saboreó y exclamó: "¡Qué rico, es de mora, como yo! Ahora, tu premio". Y yo, que seguía con la boca abierta, vi como esa reina guerrera y autoritaria se acercaba, me jalaba hacia a ella y dirigía su lengua libidinosa, grosera y viperina hacia mí. Desde entonces, cuando la mujer con la que salgo es especial, llevo un chupetín de mora en el bolsillo, para sentir que aquel beso que recibiré será tan mágico y tan dulce y tan libertino como el que me dieron por primera vez.

12 comentarios

que alusinante... buena compadre...

Colorao, me gusto, pero hubieras hablado de la otra MORA y haber si para la proxima el heroe es Bambino

Ya veo dónde aprendiste a decir lisuras...

Colorete, la otra Mora es nuestra Mora, ambos tenemos historias que contar allí. Recuérdame una que se pueda contar y procedo con la narración.

POR UN CHUPETIN TE LA DISTE UN CHAPETIN, PROVECHO SHALO...., ME RECUERDA TU HISTORIA ALGO SIMILAR, JAJAJA.... TIEMPOS AQUELLOS....

Ya besaste con lengua a los cinco años. Y yo que me tuve que esperar hasta los 18... :p

Alucinante, pero desde el punto de vista actual. En esos momentos solo vivias la ficción infantil, no creo que erótica con la que la sientes ahora. Alucinante.

Alucinante, pero desde el punto de vista actual. En esos momentos solo vivias la ficción infantil, no creo que erótica con la que la sientes ahora. Alucinante.

Alucinante, pero desde el punto de vista actual. En esos momentos solo vivias la ficción infantil, no creo que erótica con la que la sientes ahora. Alucinante.

Buen texto Gonza..¡¡ un abrazo..¡¡

Que tal cuentazo

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