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Rudy Torres

Rudy Torres

Soy periodista, blogger, melómano, chalaco y ex fumador. Me gusta el cebiche, las ‘chelas‘, el ají de gallina, escribir, conversar, preguntar, la buena compañía, la soledad, la consecuencia, caminar de noche y dar la contra. Soy el encargado de esta travesía, pero acepto rutas alternas.

Esta es una agenda nada disciplinada de actividades culturales que -debido a su carácter inestable, reflexivo y transgresor- quizás no figuren en medios oficiales. Una aventura por laberintos propios y ajenos, un paseo por el arte con vocación transformadora. Quedan invitados.

Al otro lado de Ribeyro

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Hoy se cumplen 17 años de la muerte de nuestro más grande cuentista y a pesar de que su obra llega cada vez más lejos, la letanía de la modernidad nos hace preguntarnos qué tanto conocemos de la obra de Julio Ramón. ¿Cuál de los cuentos de Ribeyro te gusta más y por qué?

- Estoy inventando una nueva lengua.
- ¿Puedes darnos algunos ejemplos?
- Sí: dolor, amistad, libre...
- ¡Pero esas palabras ya existen!
- Claro, pero ustedes ignoran su significado.
de Dichos de Luder, JRR
 
En días en que Facebook ha reemplazado a los diarios, las tildes han pasado de moda, los pocos libros que se leen son bestsellers de autoayuda o marketing personal y la estabilidad económica no evita que el 'ombliguismo' siga reinando en el país, regresar a la obra de Ribeyro crea una verdadera perspectiva de las cosas.
 
EL FLACO. Julio Ramón Ribeyro Zúñiga nació el 31 de agosto de 1929 en Lima. Tuvo un hermano y dos hermanas y una vida tranquila dentro de la clase media. Estudio Letras y Derecho en la Pontificia Universidad Católica del Perú, donde coincidió con Pablo Macera y Luis Felipe Angell 'Sofocleto'. Inició su carrera como escritor con el cuento "La vida gris" que publicó en la revista Correo Bolivariano en 1948.

 En 1952 ganó una beca de periodismo otorgado por el Instituto de Cultura Hispánica, que le permitió viajar a España para estudiar un año en la Universidad Complutense de Madrid. Al culminar su beca, viajó a París para preparar una tesis sobre literatura francesa en la Universidad La Sorbona. Vivió mucho tiempo en París, en donde aún vive su hijo, Alemania y Bélgica, desarrollando infinidad de trabajos para solventar su estancia en Europa, desde barrendero hasta periodista de la agencia France Press.
 
Es considerado uno de los mejores cuentistas de la literatura latinoamericana y figura de las Generación del 50, al lado de Mario Vargas Llosa, Enrique Congrains, Carlos Eduardo Zavaleta, Alejandro Romualdo, Washington Delgado, Juan Gonzalo Rose, Carlos Germán Belli, Francisco Bendezú y Pablo Guevara. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, alemán, italiano, holandés y polaco. Aunque el mayor volumen de su obra lo constituyen sus cuentos, también destacó en otros géneros: novela, ensayo, teatro, diario y aforismo.
 
Entre sus galardones se cuentan: Premio Nacional de Novela (1960), Premio de Novela del Diario Expreso (1963), Premio Nacional de Literatura (1983), Premio Nacional de Cultura (1993) y Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (1994), el cual no pudo recibir por estar muy enfermo.
 
Ribeyro falleció el 4 de diciembre de 1994 luego de retratar con una prosa sencilla pero dura una Lima llena de marginación, de miseria, de aristocracias y de personajes que luchan por salir del abandono. Recordemos uno de los Dichos de Luder

"Estoy preocupado -dice Luder - He leído que nuestro nuevo presidente no fuma, ni bebe ni juega ni enamora. ¿Y qué? Me espantaría ser gobernado por un hombre que haya ganado un premio de virtud."
 
LA PALABRA DEL MUDO. Detrás del silencio suelen vivir ausencias bastardas y dolores con rostro. Algunos, hijos de la sociedad; otros de nuestra colección de hubieras. Ribeyro lo entendió a pesar de  la vida relativamente tranquila que tuvo durante su infancia y juventud. El lugar de enrumbar la ruta fantástica de Mellville, Kipling o Poe, el autor de La palabra del mudo erigió a los desvalidos para construir su ideario.
 
"El aire está lleno de nuestros gritos pero la costumbre ensordece", dijo Beckett alguna vez. Ribeyro lo repitió una y otra vez en sus historias. Cada vez más alto y más fuerte, desde la soledad de su habitación, la bodega en donde compraba los Inca o las charlas con amigos. Pero, fue a través de pordioseros, enfermos, prostitutas, pobres y 'perdedores' que ese eco realmente se hizo escuchar.
 
Fue con estos personajes que se expresó mejor, pero no solo a través del cuento, del que era un notable cultor. También bajo la sorna de Luder o encallando en la tentación, esa que siempre nos llama y a veces abrazamos.
 
"Porque en la mayoría de mis cuentos se expresan aquellos que en la vida están privados de las palabras, los marginados, los olvidados, los condenados a una existencia sin sintonía y sin voz. Yo les he restituido ese hálito negado y les he permitido modular sus anhelos, sus arrebatos y sus angustias", sentenció el autor de "Solo para fumadores".

Para muchos críticos -entre ellos Pedro Escribano, Ricardo Gonzales Vigil, José Miguel Oviedo y Víctor Coral- "Los gallinazos sin plumas", "La insignia", "Solo para fumadores", "El doblaje", "Silvio en el Rosedal", "Por las azoteas", "El profesor suplente" y "Alienación" son sus cuentos más logrados. Solo falta leer su Decálogo del cuento para entender sus motivos para escribir y sonreír saboreándolos. Pero a través de sus entrevistas también es un buen camino.


LOS MOTIVOS DE RIBEYRO. Alguna vez JRR comentó sus motivaciones para escribir, dejando claro que podía enunciar unas cuantas sin que eso significase que fuesen las únicas. "Yo no escribo por una sola razón, sino por varias. Estas son las principales":

Para deshacerme de ciertas obsesiones y sentimientos opresivos.
Para tratar de dar forma y comprender mejor las ideas e intuiciones que me pasan por la cabeza.
Para contar alguna cosa que merece ser contada.
Para crear, sin más recurso que las palabras, algo bello y permanente.
Por una necesidad humana de ser reconocido, apreciado, admirado y querido (como diría mi amigo Alfredo Bryce Echenique).
Porque me divierte.
Porque es lo único que sé hacer más o menos bien.
Porque me libera de cierto sentimiento de culpabilidad inexplicable.
Porque me he acostumbrado a hacerlo y para mí, más que una rutina, es un vicio.
Para que mi experiencia de la vida, por muy pequeña que sea, no se pierda.
Porque el hecho de hacerlo solo, con mi máquina de escribir y una página en blanco, me da la ilusión de ser absolutamente libre y poderoso.
Para continuar existiendo, una vez muerto, aun cuando sea bajo la forma de un libro, como una voz que alguien hará el esfuerzo de escuchar.
En cada lector futuro, volvemos a nacer.
 
INDELEBLE TENTACIÓN. La soledad, la frustración y el fracaso son los ejes de literatura de Ribeyro. El manejo de tiempos, su rigor con la palabra y ese silencio casi musical distintivos mayores de su obra. El manejo abreviado de la descripción, su particular humor y esa fijación por la biografía parte de su sello. Sin embargo, todo esto no significaría nada si el alto grado de reflexión con el que cuenta su obra, sin la condición de observador nato o reinventor de realidades que poseía JRR.
 
La tentación de fracaso, La palabra del mudo, Prosas apátridas, y Dichos de Luder son a todas luces sus obras principales -pese a que sus tres novelas son de gran calidad- y remarcan una más que la otra su discurso narrativo.
 
La primera es un diario y a la vez un laboratorio en que se reflexiona acerca de su propia condición. El fracaso es un arte y saber fracasar la condición del artista. El vocablo procede del italiano fracassare, 'romper algo estrepitosamente' e incluso él mismo se catalogó "como barco que sale en busca del naufragio / levo anclas cada día para hacerme a la vida".
 
Es indudable que tanto Ribeyro como sus maestros fueron quienes mejor supieron naufragar. Basta con leer Esperando a Godot de Beckett, El gato negro de Poe o Arrepentimiento de Maupassant para constatarlo. Más tarde podremos ver que el propio Julio Ramón fue un  "náufrago de sí mismo", como comentó alguna vez Enrique Vila-Matas.
 
Y es que JRR sobrevivió a su instinto de autodestrucción (adicción al alcohol y el tabaco), al cáncer que camino con él casi tres décadas, las críticas que devinieron en él cuando fue funcionario estatal y su propia temor a seguir escribiendo, para mal o bien.
 
José Miguel Oviedo, crítico y amigo personal, confiesa que "todo, casi todo, en la vida de Julio Ramón Ribeyro ha ocurrido como tratando de destruir al escritor que hay en él, y nada, sin embargo, ha logrado destruirlo".

Es inevitable, a estas alturas, evitar el rastro de Juan Carlos Onetti, ese notable narrador uruguayo, que al igual que Ribeyro no recibió nada del boom. Sin embargo, ahí están El pozo, Juntacadáveres, Tan triste como ella y otros cuentos. Un verdadero maestro del relato corto (mucho más denso que Ribeyro eso sí) que creó ese tipo de personales que gritaban muy alto para no oír sus propios pensamientos. Individuos desarraigados y perdidos en la esperanza, si acaso la tenían. Onetti, al igual que Ribeyro también naufragó.
 
Ribeyro comenzó a tener éxito en Perú hasta recién en los años setentas y no fue hasta los noventas en adelante que tuvo mayor repercusión internacional. Solo hay que recordar que el Premio Rulfo se lo dieron poco antes de su partida e incluso en ese entonces, Ribeyro pensaba que no era un gran escritor. Pero lo fue y la crítica lo llamó así, tras su muerte.
 
Ribeyro, al igual que Eielson o Watanabe pertenecía a esa especie de rara avis que se sumerge en el mundo de otra manera, para hacernos ver lo invisible y poner manos a la obra. Mientras tanto, esperará la muerte sentado, con el tablero de ajedrez empezado, fichas blancas en mano, como en la escena inicial El séptimo sello, de Ingmar Bergman. Pero no se hallará solo, el humo lo acompañará hacia el final.
 

2 comentarios


"Para deshacerme de ciertas obsesiones y sentimientos opresivos"... GRANDE.
A mí me encantan "Solo para fumadores" y "Alienación", pero sus Dichos de Luder son geniales

Ribeyro deberia ser lectura obligada en los Colegios .. para mi es superior a mvll, tiene mas alma... ENORME Julio Ramon

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