Soy un viejo teatrero, hijo de un novelista y de una pianista y padre de un músico y de un artista plástico. Estudié muy en serio y sigo estudiando y enseñando teatro, en la PUCP los lunes y cuando puedo el resto de la semana. Mis dramaturgos preferidos son Shakespeare, Ibsen, Miller y Becket.

Soy buen amigo de mis amigos, perdono pero no olvido, camino por las mañanas, me encanta la conversación inteligente, hago chistes y escribo obras sobre la muerte, trato de ser justo caiga quien caiga -con frecuencia el que cae soy yo- y en este blog diré lo que pienso.

VON BISCHOFFSHAUSEN sobre EL CHICO DE LA ÚLTIMA FILA

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COMO NO HE VISTO LA OBRA TODAVÍA, PONGO AQUÍ UN INTERESANTE COMENTARIO DE NUESTRO PERMANENTE COLABORADOR GUSTAVO VON BISCHOFFSHAUSEN, GRAN AFICIONADO AL TEATRO Y CATEDRÁTICO DE LA PUCP.

En palabras de Juan Mayorga (programa de mano) El chico de la última fila es una obra de adultos y jóvenes, maestros y alumnos, padres e hijos; de personas que ya han visto demasiado y personas que están aprendiendo a mirar, planteada desde la mirada inicial de un joven escribiente, Claudio.

Bajo esta perspectiva, el complejo juego de múltiples miradas que se suceden, determinan, entrecruzan y confunden domina esta obra de Mayorga, que exige un público alerta y atento tanto al texto (lo dicho) como a la puesta en escena escogidos.

Una respuesta es asumir este reto mediante una propuesta de escena de estructura metateatral, léase "teatro dentro del teatro". Y esto es lo que Sergio Llusera, director de la puesta en escena, se propone en el Centro Cultural PUCP, buscando presentarnos, en sus palabras, una historia de personas que podríamos reconocer en la calle o en nuestros entornos más inmediatos. Y lo logra bien.

Cuenta para ello con un clima acelerado y siempre expectante; un elenco que les permite desenvolverse con fluidez en el ágil juego de miradas; una adecuación al vocabulario y expresiones de nuestro hablar limeño; y un empleo inteligente --vía iluminación, voz en off, o gestualidad-- de los rápidos cambios de puntos de vista expuestos (por los chasquidos de dedos de Claudio, por ejemplo, sabemos que estamos cambiando de receptor).

Por último, cuenta con una escenografía que busca reforzar la acción dramática, en simultáneo, en tres espacios diferenciados; biblioteca de casa del profesor, casa de la familia examinada y espacios intersticiales, parque, aula y sala de exposición. Sin embargo, una sutiliza, que quizás no lo es tanto, acerca de la escenografía. En detalle, a mi parecer, la escenografía (y en menor grado el vestuario), solo adornan la puesta en escena, en lugar de enriquecerla dramatúrgicamente.

Me explico. Los elementos escogidos para esta bella y aséptica escenografía (los muebles parecen salidos de un escaparate de tienda),distraen la apreciacion de las contradicciones establecidas por las múltiples miradas, al fortalecer en demasía u homogenizar la mirada de los contemplados o cuestionados, satisfaciendo al mismo publico que debe cuestionar. En otras palabras, si se intenta que el texto derribe o cuestione certezas o contradicciones de nuestras cómodas vidas --seguir creciendo, privada y públicamente-- la escenografía nos distrae de un mejor logro de ese efecto.

Finalizando. El chico de la última fila es una obra interesante y provocadora para un público atento, y es de Juan Mayorga, uno de los dramaturgos más conocidos de España en la actualidad (Premio Nacional de Teatro 2007). A verse de todas maneras.

Nota: Me ha servido para delinear esta apreciación el artículo de Valeria Mozzoni, Teatro español en Tucumán: El chico de la última fila de Juan Mayorga, elaborado a raíz de la escenificación de El chico de la última fila en Tucumán, Argentina en el 2007.

 

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