Soy un viejo teatrero, hijo de un novelista y de una pianista y padre de un músico y de un artista plástico. Estudié muy en serio y sigo estudiando y enseñando teatro, en la PUCP los lunes y cuando puedo el resto de la semana. Mis dramaturgos preferidos son Shakespeare, Ibsen, Miller y Becket.
Soy buen amigo de mis amigos, perdono pero no olvido, camino por las mañanas, me encanta la conversación inteligente, hago chistes y escribo obras sobre la muerte, trato de ser justo caiga quien caiga -con frecuencia el que cae soy yo- y en este blog diré lo que pienso.
Como texto teatral esta pieza no agrega nada a lo que ya conocemos del irlandés Malcolm McDonagh, de quien hemos visto dos obras: EL HOMBRE ALMOHADA y EL TENIENTE DE INISHMORE, ambas dirigidas por Juan Carlos Fisher.
Ricardo Morán, quien dirige esta REINA DE BELLEZA DE LEENANE ha hecho un trabajo igualmente excelente con esta pieza del famoso autor. La puesta está impecable y los actores se muestran inmejorablemente verosímiles, totalmente entregados y absolutamente convincentes, y esto es también, y sobre todas las cosas, labor del director de escena. Pero para mí, ésta es una magistral realización de una obra inferior, como si McDonagh
SIGUE
Esta entrada está aquí para que expresen su opinión quienes hayan visto este montaje. Tal opinión puede incluir, por cierto, su opinión sobre por qué yo no opino sobre este montaje. Y también puede incluir, por supuesto, opiniones de quienes pertenecen a la categoría de "no ha visto/sí opina" (siendo estas opiniones con frecuencia las más divertidas).
No se pierdan 'La puerta del cielo'.
Es la mejor obra peruana de las últimas décadas.
No haré un recuento de lo que se trata la obra. Solamente les contaré algunas experiencias. Noté, a mitad de la pieza, que la señorita de unos veinticinco años sentada a mi lado y a quien no conozco, estaba literalmente en el filo del asiento. Igual que yo. Miré más allá y vi que muchísimos del público también inclinaban el torso hacia adelante, en actitud de no perderse una palabra. No es que estuvieran intentando escuchar mejor --era una escena muy intensa y fuerte. Es que no querían perderse un ápice de lo que estaba pasando.
Hoy es sábado por la noche y vengo de ver LA PRUEBA de Lukas Bärfuss en el Goethe de Jesús María. No sé si me he repuesto todavía.
Los actores, maravillosos todos, tuvieron que salir a saludar tres veces. Y yo quedé sin poder levantarme de mi asiento de la emoción, de la impresión, del inmenso gusto artístico que había tenido.
El espectáculo es casi demasiado intenso, denasiado fuerte, demasiado conmovedor, demasiado inteligente. Hay momentos que recuerdan a Shakespeare por lo magníficamente bien desarrollados y escritos, momentos que evocan a Sófocles por lo filosóficos y humanamente significativos, y momentos --esto es asombroso-- que nos remiten a la realidad política peruana actual y nos hacen ver la calaña a la que pertenecen la mayoría de los políticos actuales, tanto los suizos como los nuestros.
En fin, la polivalencia ideológica y emocional de este montaje --junto con su total unicidad interna-- son un ejemplo para todos los que pretendemos escribir buen teatro en el Perú.
Es que el gran Bärfuss ha entendido perfectamente que, si se trata de decir algo importante, la clave está en comenzar por una premisa sencilla. Aquí la premisa es: "Un marido se hace la prueba de ADN y resulta que no es el padre de su adorado hijo". Esta premisa es una bomba de tiempo, por supuesto, igual que son bombas de tiempo aquella en la que un rey griego descubre que ha tenido cuatro hijos con su propia madre, o aquella del fantasma del rey danés le pide a su hijo que vengue su asesinato.
Y lo que Bärfuss ha entendido también es que el arte del dramaturgo no está tanto en ínventar la premisa como en desarrollar las circunstancias que la van complicando y, con ello mismo y por ello mismo, otorgándole el significado que queremos darle.
En fin, quedé anonadado con LA PRUEBA.
Tanto el espectáculo como la obra son arte mayor, arte de primerísima calidad, arte de nivel mundial que me enorgullece como teatrero y como peruano.
Más adelante pondré aquí un comentario algo más detallado sobre la dirección, la preciosa escenografía y las estupendas actuaciones --todas son extraordinarias.
Mientras tanto, por favor no perderse alguna de las tres funciones de la próxima semana, que es ya la penúltima. Si vieron LA NOCHE ÁRABE, vean esto. Si vieron LAS NEUROSIS SEXUALES DE NUESTROS PADRES, vean esto. Si no vieron ninguna de las anteriores, vean esto. Si jamás han ido al teatro, vean esto, porque no lo olvidarán jamás.
* * *
Desde hace tiempo, diversos mensajes a este blog se quejan de reacciones del público. Muchos lamentan comentarios en alta voz. Uno propone que al inicio de la función no sólo se pida apagar celulares sino también que el público no comente en voz alta. No me parece. Si el espectador está en libertad de irse del teatro o de quedarse, de reír y de no reír, de llorar y de no llorar, ¿por qué no habría de comentar nada? Tiene ese derecho, con tal de no molestar al vecino, por supuesto. Si bien a los teatreros nos parecen terribles los comentarios tipo 'qué churro que es ese actor', nos encantan aquellos que denotan una profunda sumersión en lo que está pasando en escena, esas palabras o frases que a algunos espectadores 'se le salen' sin pensar.
Si intentáramos controlar el comentario en voz alta --hablo de aquel que no molesta-- acabaríamos matando el deleite del teatro, que es lo principal que debemos lograr, tanto según Aristóteles como según Brecht y Artaud.
Algunos lectores se quejan también de risas a destiempo, carcajadas que hacen pensar que los espectadores reilones son insensibles a la tragedia que se está desenvolviendo en escena.
Inventemos un ejemplo extremo: un personaje simpático se pega un tiro en escena y el público se ríe. ¿Podemos culpar al público por no aquilatar la tragedia? No me parece. La culpa es siempre del espectáculo.
Yo estoy convencido de que, si el público se ríe mal, si suelta una carcajada cuando esperábamos un sollozo, la culpa es estrictamente de la obra, de la dirección y/o de las actuaciones, por no haber planteado las cosas de tal forma que el público sencillamente no pueda de ninguna forma reírse, porque está comprendiendo a pie juntillas lo que estamos queriendo decir.
Una risa a destiempo es, igual que un silencio inoportuno, estrictamente cuestión de cómo se hacen las cosas. Si acaso uno cuenta un chiste y nadie se ríe, ¿es eso acaso culpa del público? No, pues: es culpa del chiste, que no es tan bueno, o de quien lo cuenta, que no lo supon contar.
Aquí sigue un interesante comentario de una espectadora y lectora tanto de mi columna en Perú.21 como de este blog.