Soy un viejo teatrero, hijo de un novelista y de una pianista y padre de un músico y de un artista plástico. Estudié muy en serio y sigo estudiando y enseñando teatro, en la PUCP los lunes y cuando puedo el resto de la semana. Mis dramaturgos preferidos son Shakespeare, Ibsen, Miller y Becket.
Soy buen amigo de mis amigos, perdono pero no olvido, camino por las mañanas, me encanta la conversación inteligente, hago chistes y escribo obras sobre la muerte, trato de ser justo caiga quien caiga -con frecuencia el que cae soy yo- y en este blog diré lo que pienso.
Alonso Alegría
Horacio y un grupo de soldados están todos muertos de frío y de susto, envueltos en la terrible desolación de las murallas del castillo de Elsinore, junto al mar. No es víspera de Navidad ni cosa por el estilo. Ellos escuchan, a lo lejos, que se está celebrando en el castillo el prematuro matrimonio del tío Claudio con la mamá de Hamlet. [sigue]
Se lo celebra con cañonazos de salva, bombardas y mucho trago (así lo dice el texto de Shakespeare). En este ambiente es que los soldados tienen el temido y esperado encuentro con el Fantasma del viejo Rey Hamlet. Esa alma en pena se aleja muy de pronto. El soldado Bernardo dice "Casi nos iba a hablar cuando cantó ese gallo". A lo que Horacio acota: "Yo he oído decir que, cuando escucha el cantar del gallo, todo espíritu errante por la tierra o por el mar vuelve a su guarida".
Y Marcelo agrega, quizás para tranquilizarse: "Dicen algunos que durante la Noche Buena, cuando celebramos el nacimiento del Señor, esta ave del amanecer se la pasa cantando la noche entera, y entonces, dicen, ningún fantasma pena, la noche es sana, ningún hada se mueve, todas las brujas pierden sus poderes, así de dulce y de bendita es esa noche". A lo que Horacio responde: "Así me han dicho, y yo lo creo en parte".
Yo también 'creo en parte' en la capacidad del canto del gallo para ahuyentar las penas -tanto las almas errantes como las penas del alma--y por eso creo del todo en estas bellas palabras de Shakespeare, que merecen ser escuchadas o leídas durante todas las navidades limeñas, para que no se escuchen, caray, esas inexplicables salvas de cohetes y bombardas de todo tipo, que nada tienen que ver con la paz de Belén y del pesebre, sino que se escuchen acaso villancicos -de preferencia ninguno demasiado gringo, quizás alguno de Ariel Ramírez--y a lo mejor, por algún lado -agucemos el oído justo a las doce--algún gallo despistado estará comenzando a cumplir la ancestral tarea de mantener a raya, por una sola noche en todo el año, a todas las almas en pena.
Y también, por cierto, a todas las penas.
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El texto es preciso para este tiempo, mi querido Alonso. No podria esperar menos de este blog. Un fuerte abrazo y.. Feliz Navidad!!!
Muchas gracias por tus palabras y que tengas un lindo año. AA
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