Este post no tendrá palabras complicadas ni rimas manidas. Tampoco tendrá exquisiteces narrativas. Solo es un post sincero. Señores, me voy. Me voy de este blog. Ya no tengo fe. Ya no soy tampoco una rata. Este será mi último post.
Esta es una carta abierta para ella. Ella, esa persona sin nombre que es una y es ninguna. Que es ella y que es muchas. Un mail que se lo debía. Una carta que jamás fue entregada. Una carta que ya no es carta sino una extraño y largo perdón Una carta que quizás sí es carta, pues sí tiene destino.
Caminaba como cualquier día. Sin rumbo. Sin nada que pensar. Sin nadie en quien pensar. Solo, absolutamente solo. Una de esas caminatas que no te llevan a ningún sitio. Esas caminatas en que cuentas tus pasos. En esas que juegas a no pisar las rayas de la vereda. 536 pasos y 274 rayas después llegué a ese parque que da al mar. Me senté en esa banca rota que siempre me encontraba cuando estaba extraviado. Uno, dos, tres intentos y el encendedor prendió. Cinco cigarros después me dolía la garganta. Cinco cigarros después apareció él.

Una mañana cualquiera de un fin de semana cualquiera. Mi boca está seca, muy seca por las diez cervezas que me embutí en la noche. Siento un sabor rancio en mis labios. Mi cabeza es taladrada por los ecos nocturnos. Prendó la televisión, para intentar llenar el molesto silencio. Un partido de la Liga Premier acompaña mi sueño mañanero. Miró mi Blackberry. Veo la hora, los mails y las actualizaciones del Facebook. Nadie me escribe. Sigo durmiendo.

Ella dormía en mi
cama. Estaba acurrucada hacia la derecha en posición fetal.
Exactamente en la misma postura que yo asumo cuando duermo. Su
mejilla se posaba sobre mi almohada favorita. Sus ojos estaba bien
cerrados con una extraña ternura . Sus labios eran
impresionantemente perfectos en medio del sueño. Su piel se
iluminaba con ese rayo de sol que dejaba pasar las persianas. Parecía
ser tan suave y tersa. Y digo solo parecía.
Ahí esta él. Parado en medio de 50 mil personas y sin embargo está solo. Absolutamente aislado. Como un vampiro sin sangre. Como un zombi sin ansiedad. Era el único tipo con un polo blanco, muy blanco, casi transparente. El único que no saltaba y menos gritaba. A pesar de que un remolido de patadas y puñetes lo rodeaba, él se mantenía impertérrito. Listo para el sacrificio. Listo para ser apaleado, destrozado y cercenado. Pero nadie lo tocaba. Nadie lo miraba. Solo lo despreciaban e ignoraban. Esa era su excomunión por ser un 'tragamujeres'.
Perdón a todos mis lectores. Por cuestiones de trabajo he tenido que viajar a Chile para cubrir el terremoto en ese país. Les prometo que a partir del lunes empezaremos una nueva temporada con actualizaciones más continuas.
Era una noche sin estrellas, ni luna. No había fragancias de jazmines y aún menos una brisa deliciosa que acaricie nuestros rostros. Era un noche ploma sin cielo estrellado, con neblina al ras y humedad asquerosamente abrazadora. Una noche de chela caliente, cigarros Hamilton y amigos borrachos.
No te niegues a los imposibles. Ya sabes que tienes dudas y muchos quizás. Tu sabes que el amor no es solo azar y que las coincidencias no fueron destino. Sabes que un jamás en realidad es un tal vez. Sabes que el despecho es un fuerza que te aleja, pero nunca para siempre.

Tengo tres tatuajes. Uno en la espalda, otro en el brazo derecho y el último en el antebrazo izquierdo. El primero me lo hice cuando tenía 21, el segundo a los 29 y el último a los 32 años, 7 meses, 2 días, 3 horas y 14 minutos. Todos significan, no lo que aparentan, sino lo que solo yo sé. Todos marcan un final. Una tristeza definitiva y una promesa a olvidar.
Siempre me dije. Nunca voy
a estar con una chica que conozca en una discoteca. Es demasiado
frívolo para ser real; y sin embargo, mis últimas dos relaciones
significativas empezaron ahí. En estos guetos oscuros de encuentros
fortuitos. A continuación una historia efímera y con final casi
matrimonial.