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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Una historia más

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Durante los casi siete años de existencia de este blog, siempre me preguntaron por qué nunca hablaba de mí mismo en los post: por qué casi todo estaba escrito en tercera persona, sin opiniones. Quizá esta fábula lo explique. Es una despedida.

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«El rey cayó gravemente enfermo, y los doctores que le atendían le recomendaron reposo. Lo más probable, le dijeron, es que no volvería a salir de su palacio.

            Aunque gozaba de todas las comodidades imaginables, el rey sufría en silencio: se preocupaba por sus súbditos y temía que el confinamiento forzoso le distanciara de su pueblo. Llegó entonces hasta sus oídos la noticia de la existencia de un joven pastor de cabras, famoso en la región por su excelencia como narrador de historias. El rey hizo que lo fueran a buscar y lo condujeran ante él. Le propuso un trato: le daría cuanto pidiera a condición de que le contara historias de sus súbditos. Así sabría lo que necesitaban y temían.

El pastor aceptó. Con las riquezas que recibió a cambio puso a sus padres a salvo de la pobreza y viajó por todo el reino. Al regreso, sentado junto al rey, le contaba los hechos más increíbles que había visto: la de aquel soldado, tan valeroso él, que había hecho retroceder a todo un ejército con la única arma de su mirada, o la de aquella mujer tan hermosa que no conseguía pretendiente alguno porque su belleza intimidaba a los hombres y les hacía alejarse, avergonzados.

Durante años el pastor viajó por valles, ríos y ciudades, y siempre encontró las historias más hermosas que alguien pudiera haber escuchado.

Un día, de un modo casi accidental, el rey pidió al pastor que le contara su propia historia. El pastor se quedó callado. No supo qué decir. Trató de hablarle al rey de sí mismo, pero no fue capaz. El rey, ofendido por su silencio, le dio un plazo: si en tres días no le contaba su historia, haría que le cortaran la cabeza.

Pasaron las horas, días y noches, y por más que el pastor trató de contar su propia historia, no pudo.

La mañana del cuarto día se cumplió la orden del rey.

Pasaron muchos años hasta que el rey se enteró de la existencia de otro hombre, un herrero, famoso en la región por sus narraciones. Lo hizo llamar. Cuando lo tuvo frente a él, le pidió que le contara una sola historia: la mejor. Si era lo suficientemente bueno, le daría cuantas riquezas pidiera, a cambio de que viajara por el reino y le contara historias.

Entonces el herrero le contó la historia de un joven pastor de cabras que había sido un excelente narrador de historias que, sin embargo, era incapaz de contarse a sí mismo, porque al igual que todos los buenos narradores de siglos enteros, él se contaba a través de todos sus relatos, y cuando hablaba del valor ajeno, de la cobardía o de la belleza de otras personas, hablaba en realidad de su propio valor, de su propia cobardía y de su propia belleza.

El rey logró así comprender su error y conservó al herrero a su lado hasta el fin de sus días».


Tomado de Contra la hipermetropía de Fernando León de Aranoa, Debate, 2010.

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