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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Cuentos de rock y lucidez

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Brujas que se enamoran de príncipes, lagartijas que ocasionan cataclismos y vasijas que hablan son los protagonistas de los cuentos populares de François Vallaeys. ¿Por qué estas historias se han narrado a través de miles de generaciones?

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           El periodista confiesa que admira a François Vallaeys desde que a comienzos del año 2000 alguien le entregó una versión pirata de su primer disco de cuentos Hace tiempo que nunca.
           El periodista confiesa que en aquel entonces ─joven universitario sin dinero y sin muchas probabilidades de tenerlo─ se encargó de copiar ese disco en su computadora con mucha diligencia.
           El periodista también confiesa que fue en ese instante, escuchando esos cuentos musicalizados por Rafo Ráez, que se prometió que algún día entrevistaría a François Vallaeys.
           Y ahora el periodista confiesa otra promesa que se hizo en esa época de descubrimientos: que definitivamente debía tener los discos originales del narrador.
           El día para cumplir todas esas promesas llegó muchos años después cuando se estrenó, a sala llena, Cuentos de rock y lucidez en la Universidad del Pacífico y nuevamente con el apoyo de Rafo Ráez.
           Ese día el periodista adquirió los discos originales de François Vallaeys ─el Hace tiempo que nunca es uno de ellos─ y le pidió autógrafos y una entrevista a los cuales el narrador accedió solícito y muy amablemente.
           Tan solícito y amablemente que, cuando reafirmó su buena disposición con un «Conversemos aquí mismo, rapidito nomás», el periodista siguió admirándolo.

                                                     *****

─Tú hablas mucho de la sanación a través de los cuentos populares. ¿Las historias nos hacen necesariamente mejores?
           ─No nos hacen mejores desde un sentido ético, pero sí nos hacen más sensibles y capaces de entender y superar los problemas de la vida. Por ejemplo, una vez narré El hombre justo, y a la salida se acercó una señora y me agradeció por ese cuento en especial y agregó: «Mi padre ha fallecido hace muy poco, y al escuchar esa historia entendí que la muerte era necesaria». Ese es el tipo de fuerza que hay en el cuento popular.
           ─Es una sanación que pasa por la reelaboración y la experiencia de cada quién...
           Exacto. Y digo que el cuento popular es sanador porque cuando lo narras sientes que esculpes viejas energías.
            ─Eso suena a Jung...
            ─Es muy junguiano: tal como yo lo veo, el cuento popular es una energía, es un viejo sabio energético, y ese sabio que sabe hacer bien las cosas te sana ayudándote a resolver problemas personales de una manera de la que a veces no eres consciente. Al escuchar las palabras del cuento, en tu mente se activa una chispa creativa que despierta ese inconsciente colectivo que todos llevamos dentro para encontrar soluciones.
             ─Entonces quién sabe si llevamos inscritos esos relatos en nuestros genes...
             ─Yo estoy absolutamente convencido de ello.

                                                    *****

François Vallaeys explica que no es casual que en los cuentos orales siempre se toquen los mismos temas que también se encuentran en la literatura, el teatro, la pintura o la escultura: la muerte, el desencuentro, el engaño, el amor, la ternura, la fragilidad, el perdón o la salvación, por citar algunos. Son las tramas humanas y filosóficas por excelencia.
           Aun así, la narración de cuentos populares es un arte relegado en la actualidad. El narrador lo percibe, por ejemplo, cuando al momento de organizar el espectáculo y vender las entradas no encuentra la forma de incluirlo en una categoría que no sea el teatro. «En espacios como Teleticket no hay un rubro de cuenta-cuentos para adultos: solo para niños. Pero lo que yo ofrezco no es para niños», dice.
           La confusión es posible si se considera que son relatos hechos sobre un escenario, a la luz de las velas, con música de fondo tocada en vivo. Y más cuando François Vallaeys gesticula, canta y baila en el escenario como lo haría un actor.
           «Pues no, no es teatro. La narración de cuentos es un arte escénico como el teatro pero no es lo mismo. Y digo por qué: en el teatro se representa a los personajes frente al espectador, mientras que en el cuento se evoca al personaje en la mente del espectador».
           Y continúa:
           «Que mi estilo de narración sea actoral es otra cosa, pero podría no ser así. De hecho, hay muchos narradores de cuentos que no apelan a la actuación y son muy buenos, mucho mejores que yo».

                                                     *****

En todos tus relatos siempre aparece una frase muy divertida que a la vez es inquietante y filosófica: «Pero un día, porque siempre llega un día en los cuentos...». ¿Qué significa exactamente?
           Es mi leitmotiv, mi marca personal, para expresar un punto de quiebre en la historia. Pero sí, en realidad es muy filosófica, como casi todo en el arte de contar cuentos.
           Y tú eres filósofo de profesión. ¿Existe un vínculo entre la narración de cuentos y la filosofía?
           Lo hay. Y es que los cuentos populares tienen miles de años y han pasado de boca a boca en el tiempo: piensa en los millones de veces que una historia ha debido ser contada para que no desaparezca. Y ahora imagínate que traes esa historia al año 2017: prácticamente te reúnes con esos millones de personas que contaron lo mismo generaciones tras generaciones, civilizaciones tras civilizaciones. Esos cuentos son una especie de comunión de la humanidad pasada y presente alrededor de una serie de sentimientos, sentidos, problemáticas y soluciones. Eso, en resumidas cuentas, es la definición de la filosofía.
           ─¿Pero qué hace que esos cuentos sobrevivan en el tiempo?
           ─Solo las historias que conmueven y pueden ser narradas son las que sobreviven. Explico: la inmensa mayoría de las historias que crean los literatos y escritores son muy buenas para ser leídas pero imposibles de ser contadas. Es decir, tú no puedes contar a Mario Vargas Llosa o Gabriel García Márquez: los puedes leer y aprender de memoria sus párrafos escritos pero no los puedes narrar. En cambio, los cuentos populares sí pueden ser narrados: o bien con mis palabras o bien con tus palabras y siempre pueden sonar mejores.

                                                      *****

Doctor en filosofía por la Universidad de París Este, especialista en ética aplicada a las organizaciones y responsabilidad social universitaria y catedrático en la Escuela de Posgrado de la Universidad del Pacífico, François Vallaeys asegura que él no selecciona los cuentos de su repertorio: ellos lo eligen como su narrador, viven dentro de su cuerpo.
           «Los cuentos están a mi lado de manera permanente, me acompañan, me eligen, entran en mí, me susurran François, tú me vas a contar: solo así es que puedo narrarlos, porque de lo contrario, solo los balbucearía y nadie entendería. Aquí no sirve la memorización de los cuentos: eso te hace perder espontaneidad. Solo hay que sentirlos y recrearlos. Y por eso es que resulta muy difícil narrarlos: porque debo ponerme en una posición de fragilidad personal para que las palabras fluyan de mi boca».
           El narrador compila sus cuentos a través de sus viajes alrededor del mundo pero, sobre todo, de libros de cuentos populares, de los que todos creen conocer. En los últimos años, el título de cada espectáculo suyo suele estar acompañado de otra frase en letras más pequeñas: «Para que no se apague la luz». Y a veces la luz está representada con la grafía de una vela.
           «Se trata de un simbolismo. Por un lado, representa la luz que se enciende en la pantalla mental del oyente cuando en realidad no hay nada allí, solo su imaginación. Y por el otro, a un nivel más profundo, significa que no se apague la memoria de la humanidad, que pasa por la primitiva domesticación del fuego que, a su vez, creó la vela, la velada, y así el arte de narrar historias».

                                                     *****

─En algún momento has dicho que es necesario desconfiar de las historias porque muchas veces estas son narradas por los ganadores y no por los perdedores...
           ─Así es.
           ─¿Y cómo sabes que los relatos que tú cuentas no son precisamente de los ganadores?
           ─Se me ha pasado por la cabeza, sí, pero en estos cuentos populares esos ganadores son, por decirlo así, personas campesinas, iletradas, humildes, que no tiene estatuas en el centro del pueblo.
           ─Tú reivindicas mucho lo que proviene de la tradición y la cultura popular, pero lo popular también se equivoca...
           ─¡Por supuesto que se equivoca! Pero pensemos en esto: ¿cuándo un cuento popular se equivoca? Cuando es un cuento mal planteado, distorsionado...
           ─¿Inmoral?
           ─No necesariamente. Y es que puede haber cuentos geniales sin moral. Es el caso de Pulgarcito: su tema es la miseria extrema, y para salir de esa miseria el personaje engaña al ogro, engaña a su mujer, le roba su tesoro y regresa a casa. Pulgarcito no es un héroe moral, y así como él, hay muchos héroes inmorales que son más bien astutos y sagaces por pura supervivencia, y porque no todo en la vida es ética ni contiene moralejas.
           ─¿Entonces no deberían verse los cuentos desde una perspectiva de la moral?
           ─No lo creo. Más bien esos cuentos «inmorales» tienen su valor en otro lado: en su dignidad, por ejemplo. Porque para mí la dignidad de Pulgarcito que engaña para salir del paso es la dignidad que tiene el hombre para levantarse con esperanzas cada mañana a pesar de que no posee nada.

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Cosas que François Vallaeys nunca hará ─aparte de no contar cuentos para niños─: escribir cuentos y contar cuentos peruanos.
           «En el fondo yo soy un narrador de pocos relatos. Y salvo La caca de vaca y La gota de lluvia, no me interesa escribir más cuentos. ¿Para qué habría de hacerlo si ya hay millones en el mundo? Qué soberbio sería yo al tratar de agregar algo a la tradición oral que ya lo tiene todo».
           Y sobre lo segundo, dice que él no puede concebirse relatando cuentos costeños, andinos y selváticos sin provocar un sentido de alienación que distorsionaría la base misma del relato. «Imagínate a un ciudadano francés imitando el acento andino: el riesgo sería que el público se ría observando mi rostro de extranjero hablando como un campesino peruano. Eso no tiene sentido. Mi trabajo aquí, más bien, es ser un chacaruna, un hombre-puente: traer al Perú los cuentos de otras tierras, y provocar en ustedes las ganas de narrar sus propios cuentos».

                                                     *****

─Tú estás en contra de los cuentos pasteurizados, de los relatos estilo Walt Disney.
           ─Es verdad.
           ─Se entiende que los cuentos de los hermanos Grimm eran muy duros y crueles porque servían para preparar a los más jóvenes en sus contextos de escasez, de pestes, de hambrunas, de guerras por cualquier motivo. ¿Pero ahora tendría sentido esa crueldad?
           ─La crueldad es una necesidad precisamente para la sanación. Recordemos lo que decía Freud: los seres humanos tenemos pulsiones de muerte y tendencias agresivas, pues no todo es color de rosa en nuestras mentes. Y el cuento popular actúa justo allí: no rechaza lo patológico que hay en nosotros, sino que lo realza y lo supera y lo trasciende para transformarlo en algo purificador.
           ─Hoy los cuentos se plantean como los spin-off de Star Wars: se crean los personajes según su grado de simpatía entre el público y cuánto vendan...
           ─Exacto, esos donde la mariposa persigue y besa al arco iris: son versiones sin esencia de los cuentos populares, relatos incompletos propuestos con una mirada castradora que, además, son reducidos como un arte menor dirigido a un público infantil. En esos relatos el problema ya no es urgente ni feroz y la solución, por tanto, no es inteligente, y el niño prefiere distraerse en pantallas de videojuegos y televisión. Por eso mismo es que yo estoy a favor de que se narren los cuentos populares originales. Serán fuertes, sí, pero es lo mejor.
           ─Un cuento popular, entonces, y pese a las apariencias, es una construcción muy compleja perfeccionada en el tiempo...
           Así es. Y es que los cuentos te permiten manejar el tiempo. No olvidemos que el ser humano no solo puede vivir: tiene que existir. Y para existir debe encontrarle un sentido a la vida. Entonces no solo tiene que vivir su vida, sino narrarse la vida que vive, y esa narración es lo que le da los sentidos, las etapas, las iniciaciones, los puntos de quiebre y también los finales. El cuento popular, al final, resume todo eso.



           Cuentos de rock y lucidez
de François Vallaeys y Rafo Ráez.
           Producción: Centro Cultural de la Universidad del Pacífico.
           Narración: François Vallaeys.
           Música: Rafo Ráez.
           Diseño y operación de luces: Mario Ráez.
           Lugar: Teatro de la Universidad del Pacífico (Jr. Sánchez Cerro 2121, Jesús María).
           Horario: Sábados a las 8.30 p.m. y domingos a las 7 p.m.
           Entradas: S/. 50 (general) y S/. 25 (estudiantes y jubilados). De venta en Teleticket y boletería del teatro.
           Temporada: Del 6 al 20 de agosto de 2017.


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