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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Las bibliotecas del futuro

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Ya no basta con ser almacenes de libros de todas las épocas. En tiempos en que lo digital permite que la información fluya y se reelabore, las bibliotecas están cambiando: no solo buscan crear experiencias para los usuarios, sino también mejorar sus vidas.

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La definición clásica de una biblioteca es esta: «Una institución cuya finalidad consiste en la adquisición, conservación, estudio y exposición de libros y documentos». Así lo resume la Real Academia Española, y en las otras cinco acepciones sobre el mismo término también hace referencias a libros: textos escritos, palabras.
           En nuestras cabezas, entonces, una biblioteca es un espacio donde se almacena físicamente toda la información escrita información: no conocimiento producida por el hombre a lo largo del tiempo.
           Sin embargo, la estadounidense Loida García-Febo miembro de la junta ejecutiva de la American Library Association dice que ese es un concepto ya desfasado para el siglo XXI.
           Desde su perspectiva de bibliotecaria, una película también es una fuente de información.
           ¿Y una fotografía? Ídem.
           ¿Una pintura y un grafiti? De todas maneras.
           ¿Un cómic y un periódico y una revista? Sin lugar a dudas.
           ¿Y una obra de teatro y un álbum de música del género que sea y un videojuego? Definitivamente.
           Todos esos formatos compiten ahora con los libros. Y ninguno es más importante o más serio que el otro. Su valor, más bien, aumenta o disminuye en función a lo que esas informaciones pueden producir en la mente de cada persona: en su propia subjetividad. Y recién allí será conocimiento. Para bien y para mal.
           Entender eso es una parte de la actualización de las bibliotecas en nuestra época.

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El propósito fundamental de toda biblioteca es ayudar a las comunidades donde se asienta: ya sea una biblioteca académica, pública, privada, escolar o especializada, debe contribuir a mejorar la calidad de vida de quienes acuden a ella.
           ¿Hoy las bibliotecas tienen también una preocupación social aparte de la cultural?
           ─Se trata más bien de un apoyo formativo y educativo. Por ejemplo, si en Estados Unidos alguien busca trabajo, en las bibliotecas públicas encontrará programas que ofrecen ofertas precisas sobre plazas de trabajo, y lo mismo habrá para aquellos que quieren saber más sobre el sistema de salud pública o de la educación pública.
           ─Entonces se trata de alternar programas culturales y sociales al mismo tiempo.
           ─Así es. Nosotros, como bibliotecarios, somos agentes sociales: somos parte de la ciudadanía y a la vez damos acceso a la información. No olvidemos que este es un derecho que está incluido en la Declaración de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas: se trata de proveer información que mejore las condiciones de vida de las personas.
           Visto así, un bibliotecario es una figura clave como un docente...
           ─Exacto, porque ayuda a encontrar información precisa a alguien que primero la va a analizar, luego entender y finalmente utilizarla a su favor. En ese sentido, lo que hace el bibliotecario es complementario a la docencia.

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La American Library Association (ALA) es una organización fundada en Estados Unidos en 1876: en ella se gestaron algunos debates que después garantizarían el libre acceso a la información.
           La viabilidad sobre la censura a cierto tipo de obras, por ejemplo. O la inconveniencia de vetar el ingreso a las bibliotecas por razones segregacionistas.
           En las últimas décadas, una de sus iniciativas es la lucha contra la pobreza a partir de información de calidad.
           Hoy la ALA no solo participa en comisiones públicas y privadas para promover y mejorar bibliotecas, sino que también busca la manera de que poblaciones diversas se interesen por sus contenidos. Incluso presenta distintas especializaciones dentro de lo que es el servicio bibliotecario: atención a niños, promoción de bibliotecas escolares, desarrollo de colecciones, adelantos tecnológicos y gestión de bibliotecas, entre otras.
           Por su parte, Loida García-Febo es una experta en temas de bibliotecología, derechos humanos y poblaciones multiculturales que ha laborado en veinte países incluyendo su natal Puerto Rico en comunidades bibliotecarias de corte académico, público, escolar y especial, y ha participado en comisiones de Naciones Unidas y el Congreso de los Estados Unidos. En Perú, ella fue una de las expositoras en el VI Seminario Internacional de Bibliotecología e Información SIBI 2017 que se realizó en mayo en el Instituto Cultural Peruano Norteamericano (ICPNA).
           Loida García-Febo acaba de ser elegida presidenta de la American Library Association para el periodo 2018-2019.

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¿Cómo ha evolucionado el concepto de las bibliotecas en los últimos años?
           ─La biblioteca, más que un lugar, es un concepto que privilegia el acceso a una información que puede resultar en conocimiento. Esa idea se ubicó durante siglos en espacios físicos particulares. Pero hoy, con la tecnología, el concepto ha cambiado y las bibliotecas también pueden proveer información digital en forma de e-book, películas, diarios, cómics, pinturas, esculturas, fotografías, mapas o música, lo que sea.
           ─¿Las bibliotecas digitales podrían reemplazarlas?
           No lo creo. Una biblioteca virtual no puede cumplir los mismos servicios que una física, pero su alcance es mayor porque puede llegar a más comunidades.
           ─En países tercermundistas como el Perú se dice que las bibliotecas digitales podrían ser más económicas que las físicas...
           ─En realidad deberían complementarse. Hoy existen muchas bibliotecas cuyos espacios físicos precisamente sirven también de soporte para las bibliotecas virtuales: ambas conviven a la perfección porque el espacio físico se utiliza para reforzar el vínculo, la interacción y la convivencia entre los ciudadanos. El conocimiento también está en ello.
           ─¿Y cómo se definen los contenidos de las bibliotecas?
           ─En función de las necesidades de las comunidades. No solo se estudia cómo facilitar el acceso a la información, sino también el tipo de servicios que proporcionará esa biblioteca, a quiénes se lo va a dar, qué forma tendrán esos contenidos, cómo hacer para que produzcan el mayor provecho, y cómo se ha de gestionar ese espacio de intercambio para que se traduzca en nuevas ideas.

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Cuando cursaba la escuela primaria, Loida García-Febo tenía un privilegio inusual que pocos niños de su edad podían permitirse: ver a su madre cuando quisiera durante las horas de estudio.
           Ella era la bibliotecaria de su escuela.
           En esos instantes, la funcionaria no solo le explicaba sobre las motivaciones de los autores en determinados momentos históricos, sino que también le hablaba del impacto que sus obras habían tenido para transformar sociedades enteras.
           Su madre no le hablaba de un conocimiento erudito: le hablaba de convivencia.
           En el tiempo, la futura especialista entendería algo más de esas palabras: que toda lectura implica un cierto interés por la humanidad.

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En Latinoamérica, las editoriales creen en el predominio del libro de papel sobre el digital, y a este último casi no lo difunden como opción...
           ─Esa «confrontación» entre el mundo del libro de papel y el libro digital fue algo que se discutió hace veinte años en Estados Unidos. Hoy ya nadie piensa así: nosotros abrazamos la tecnología, trabajamos con ella y confiamos en ella: la impulsamos.
           ─¿Ese conservadurismo editorial no es un intento de asegurar un antiguo modelo de negocio?
           ─Es que hay algunos temas en el mundo editorial que aún no se han solucionado respecto a la tecnología. Por ejemplo, el costo del libro impreso y del e-book al momento de ser adquiridos por las bibliotecas.
           ─¿Cómo así?
           ─En Estados Unidos, un libro de papel puede costar veinte dólares pero uno electrónico cuesta noventa. No es como comprar un libro en una librería electrónica.
           ─¿Pero no se supone que los costos de producción de un e-book son menores?
           ─Las editoriales argumentan que un e-book se paga una sola vez pero se presta muchas más veces que uno físico. Y es que si vas a Amazon y compras un e-book, este se descargará exclusivamente en tu dispositivo personal, pero cuando una biblioteca compra un e-book, tiene las 56 semanas del año para prestarlo a terceros. Ahora pensemos en esto: con lo que cuesta un e-book, ¿cuántas copias impresas del mismo título podríamos adquirir?
           ─Pero, ¿acaso en las universidades, cuando faltan libros o no son devueltos a tiempo, uno no los fotocopia? ¿Con eso no se produce indirectamente un problema de copyright?
           ─Así es, pero las editoriales prefieren que siga funcionando así. Y esto, en verdad, es un problema para las bibliotecas de todo el mundo: imagínate lo que sucede cuando una biblioteca no cuenta con un gran presupuesto para comprar todos los libros que necesita.

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En la antigüedad, bibliotecas enteras desaparecieron no solo por intolerancia religiosa sino también por la precariedad de su arquitectura: al estar construidas en madera, el fuego consumía sus contenidos recopilados durante siglos en cuestión de horas. Y en la Edad Media, muchos aristócratas solían transportar colecciones enteras de libros durante sus largos viajes por Europa: sus carruajes eran una suerte de bibliotecas ambulantes: un farragoso antepasado de los USB portátiles.
           Lo cierto es que hoy, en momentos en que la información digital fluye sin límites y puede replantearse bajo la forma de nuevos productos y servicios, las bibliotecas se están modernizando y ofrecen algo más que solo libros.
           Ahora mismo, en Estados Unidos, las bibliotecas alternan entre programas culturales y sociales. Entre los primeros se incluyen los préstamos de libros a casa. O la proyección de películas, los conciertos y recitales de música, los foros con actores de cine y teatro, y los clubes de padres e hijos. Y entre los programas sociales están los cursos para adquirir competencias laborales o para lograr el equilibrio individual y familiar. Y también están las charlas para que los estudiantes sepan cómo financiar sus carreras universitarias con préstamos crediticios, o para que los profesionales aprendan qué aspectos deben considerar para adquirir una casa o una oficina ─desde las hipotecas hasta el tipo de materiales a considerar en su construcción─.
           Incluso hay programas que ya no se sabe si son culturales o sociales: espacios donde se trata de involucrar a las personas en temas con los cuales inicialmente no están muy interesados o desconocen su existencia.
           Es el caso, por ejemplo, de las «bibliotecas humanas»: en determinados horarios se invita a enfermeras, bomberos, maestros, cirqueros, policías, ingenieros o mecánicos para que se sienten al mismo tiempo en diferentes mesas con varias sillas vacías disponibles: cualquier persona puede alternar con ellos y hacerles preguntas sobre sus profesiones y sobre cómo hacen su trabajo cada día, y qué es lo que más les gusta, y qué no, y qué desafíos suelen tener, y qué es lo que más han aprendido de sus labores.
           La conversación puede ir en diferentes direcciones, según cada quién.
           Lo mismo se aplica con extranjeros y se les pregunta por lo que han vivido, sobre lo que han aprendido del país que los acoge, y lo que pueden narrar de sus propios países.
           Niños y adultos disfrutan estas conversaciones por igual: muchas veces encuentran coincidencias y también motivaciones para superar ciertos retos de sus vidas en particular.
           Las nuevas bibliotecas ya no ofrecen solo información sino experiencias: quieren convertirse en ágoras.

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Hay quienes afirman que se lee menos desde que existe lo digital...
           ─No lo creo. Al contrario, hoy los niños están leyendo mucho más: leen artículos desde sus teléfonos y diarios en internet y se envían mensajes y comparten mucha información por redes sociales. Y si investigamos, notaremos que leen mucho sobre cómics, sobre viajes, sobre animales, sobre historias de otras personas. Influye mucho que los contenidos puedan ser viralizados.
           ─Y hay quienes dicen que leer cómics no es lo mismo que leer libros.
           ─Pues en la sociedad norteamericana, los clubes de cómics dentro de las bibliotecas son muy populares y promueven mucho la lectura. Sí, claro, un cómic no será literatura científica pero te impulsa a leer. Y para mí un niño que lee cómics es mejor que un niño que no hace nada. Para estos niños, leer cómics es una manera divertida de leer.
           ─¿Y se dan cuenta de que a la vez están aprendiendo?
           ─Yo creo que sí saben que están aprendiendo sobre ciertos temas y lo disfrutan y se interesan. Y no solo eso: luego observan que a su alrededor hay otros clubes: de personas vinculadas a la investigación científica y periodística, de videastas y fotógrafos, de artistas plásticos y de aficionados a series de televisión y películas...
           ─Y de esa forma se enganchan.
           ─Los bibliotecarios consideramos que todas esas personas perciben y prefieren la información desde esos formatos, y que así es como la convierten en conocimiento.
           ─Para las bibliotecas todo eso cuenta como lectura...
           ─Exacto. Atrás quedaron las apreciaciones particulares solo si lees libros «serios»: eso no hace más que obviar los diferentes gustos: hay personas que gustarán leer novelas y otras preferirán la neurociencia o la astronomía. Lo importante no es tanto lo que se lee sino la persona que lee. Que prefiera un tema u otro no la mostrará más o menos inteligente. Una persona que lee en algún momento saltará a otro tema y así. Eso es realmente lo valioso: que la persona lea. 



*Crédito de la fotografía: The Guardian. The library space at The Stephen Perse Foundation Junior School en «School libraries shelve tradition to create new learning spaces», 2015.

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