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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Reivindicación [comercial] de la mierda

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¿Por qué un producto tan menospreciado se convierte de pronto en una tendencia en las artes plásticas, el cine y las redes sociales? Un ensayista alemán intenta una explicación: en cada inodoro se esconde una señal de los tiempos.

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          «La cultura humana se basa en la mierda. No solo porque nuestras ciudades ─prototipos de la civilización moderna─ se erijan sobre inmensos sistemas de aguas residuales. Y no solo porque nuestro metabolismo no existiría ─y por consiguiente la vida misma─ sin la expulsión de excrementos, sino porque a través de la limitación de la mierda sabemos lo que es la cultura en realidad: sin sombras no es posible la luz, sin suciedad no es posible la limpieza: necesitamos enfrente a alguien inculto para poder tenernos a nosotros mismos por seres civilizados.
          En ese sentido, necesitamos la mierda para eliminarla y reafirmarnos por medio de ella: la mierda es indispensable para nuestra autognosis como personas modernas.

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No obstante, por norma general, nos negamos a admitir su papel fundamental: casi ninguna otra materia natural se diluye de manera tan apremiante como la que diariamente se origina en nuestros organismos. Y aunque apenas dos tercios de la población mundial cuenta con un retrete y 2.600 millones de personas en la Tierra carecen de acceso a baños, en la mayor parte de nuestro industrializado mundo occidental se hace desaparecer por completo la mierda de lo público.
           Agustín de Hipona ya señalaba que «nacemos entre heces y orina», y así comienza nuestra controversia con la materia oscura. Aprendemos que la palabra «mierda» es tabú y hacemos uso de ella como arma, provocación o chiste. El Antiguo Testamento proporciona instrucciones exactas de cómo mantener el campamento de guerra limpio de contaminación fecal: «Llevarás en tu equipo una estaca, te darás vuelta y taparás tus desechos» (Dt. 23, 13-14). Y en el siglo XII el filósofo y médico judío Maimónides defendió que quien quisiera evacuar lo hiciera lo más lejos posible de su prójimo o en el aposento de la casa más aislado.
           Pero solo a comienzos de la Edad Moderna las excrecencias se hacen tabú y reciben una carga de vergüenza e incomodidad: es el momento en que el hombre empieza a convivir en un sistema social cada vez más estrecho y complejo que aumenta la necesidad de autocontrol. Las normas de decencia se trasladan progresivamente del papel a la psique: en reglas registradas en los tratados de cortesía o en decretos de la corte durante el siglo XVI, y que la mayoría interiorizó. Así, las técnicas de limpieza higiénica y simbólica se refinaron de forma paulatina: en 1857, el estadounidense Joseph Gayetty inventó el papel higiénico. Y hoy las heces se sumergen en inodoros, y se venden pastillas y aerosoles que disimulan el olor que surge en ellos.
           Nuestra concepción occidental de civilización está, pues, vinculada de forma inseparable a la desintegración de la mierda, y su relativa visibilidad o invisibilidad es una escala para medir los niveles de desarrollo de un país. En ese contexto es significativo que la palabra latina para «excreción», excrementum, tenga la misma raíz que la palabra para «secreto», secretum.

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Pero todo lo que baja tiene que subir, como se podría expresar en la variación de un popular proverbio. Y ya se sabe que lo que oprime empuja cada vez con más fuerza hacia la superficie: lo oculto exige que se le libere de su oscura tumba. Hoy en día, la mierda experimenta un sorprendente renacimiento.
           En la producción cultural ya casi no se puede prescindir de los excrementos: obras como el Shit Head de Marc Quinn, un busto al que el artista dio forma a partir de sus propios desechos, podría captar la atención de un público escandalizado pero a la vez divertido. Películas como Borat, Jackass y Slumdog Millonaire juguetean con la mierda, y en la pornografía las variantes de erotismo anal y fecal gozan de popularidad.
           ¿Qué convierte a esta sustancia, la más cotidiana y humana, en un tema de inspiración para el arte y el cine? La causa probable de este renacimiento es que lo excrementicio representa un reto potente en nuestra sociedad postcapitalista: en un mundo racionalizado, estructurado en todos sus ángulos, adaptado a la máxima eficiencia y a un funcionamiento sin dificultades, la mierda representa algo parecido a una última frontera: una sustancia aparentemente sin sentido ni valor, que no se adapta a la lógica de la economía del mercado.
           A fin de cuentas, el ser humano dedica un año de su vida entera a una actividad que no produce resultados aparentes: la mierda es lo absurdo, simplemente lo superfluo. Su sola presencia cuestiona el ideal del homo economicus sensato y adaptado al beneficio.

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En último término, la nostalgia contemporánea de la mierda también podría expresar un deseo romántico de huir del mecanismo represor de la civilización occidental, o al menos de oponerse a él con un proyecto de vida que tampoco niegue los malolientes inconvenientes de la existencia. Cuando el personaje cinematográfico de Borat se presenta en una elegante cena de gala con una bolsa de plástico llena de mierda, ¿nos reímos del provincianismo del kazajo o de las reacciones de consternación de sus invitados, todos ellos norteamericanos obsesionados con la higiene y el control?
           Es posible que este fortalecido interés se deba a que, en un sentido exagerado, estamos continuamente rodeados de mierda. Al fin y al cabo, nuestro actual mundo de consumo está lleno de bienes producidos con descuido y sin una atención especial, provistos de un reducido valor mental y corporal que, como un montón de mierda, se vuelven a eliminar lo antes posible tras su fabricación: en la misma medida en que los verdaderos excrementos desaparecen de nuestra vida, podría decirse que aumenta la mierda producida por la industria y los medios de comunicación.
          Quizá también por esto nos fascina lo fecal: en cierto modo representa el arquetipo para los objetos fetiches de nuestro mundo de mercado. Al fin y al cabo, la mierda se distingue por su cualidad como materia ambigua: es una condición básica de la vida, pero al mismo tiempo está considerada una sustancia sucia o mortal. Y representa el prototipo de la pérdida de valores, pero según las creencias alquimistas puede transformarse en oro.
           Además, la mierda se encuentra en lo más profundo de nuestro cuerpo, y en cierto sentido es una parte de nuestro ser, pero una vez expulsada la percibimos como extraña y repugnante».


           Fragmentos editados de
La materia oscura: Historia cultural de la mierda de Florian Werner, Tusquets Editores, 2013.


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