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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Un país tan dulce

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Con humor y cierto pesar, Leonidas N. Yerovi describió hace un siglo al peruano promedio: alguien de buenas intenciones pero indiferente a lo que sucede a su alrededor. ¿Es viable una nación desinteresada en sí misma?

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Con algo de esfuerzo Alberto Ísola hurga en su memoria y recita lentamente estas palabras:
           ─«Ricas montañas, hermosas tierras, risueñas playas, es mi Perú/ fértiles tierras, cumbres nevadas...».
           Se refiere a ese bucólico vals que intenta vincular una naturaleza agreste e irregular con la desconcertante y temeraria personalidad de los peruanos.
           ─Uno piensa qué bonita canción porque habla de valles profundos y detalles de nuestra geografía de los que podemos enorgullecernos porque, claro, ya están dados por el azar, pero a continuación habla sobre algo que más bien no se ha producido: ideales sobre una identidad.
           Luego el actor y director teatral agrega:
           ─No hace mucho, a partir de la reciente visita de Mario Vargas Llosa, un periodista me preguntó sobre cuándo creía yo se había jodido el Perú. Y resulta que para mí el Perú nunca se jodió porque el Perú no existe todavía: siempre nos ha faltado una conciencia de país. Seguimos siendo una mezcla de culturas, de razas y sensibilidades con muy poca disposición para escuchar al otro e integrarse: no pensamos nunca en los demás. Nos falta visualizar un proyecto común.
           Ísola es el director de Un país tan dulce, la obra que inicia las actividades de un ciclo de espectáculos, charlas, exposiciones y publicaciones dedicado a Leonidas N. Yerovi a un siglo de su fallecimiento.
           El título de la obra proviene del verso de un poema del periodista y escritor que finalizaba diciendo «El Perú, un país tan dulce y con tanta indiferencia...».
           Celeste Viale, la dramaturga de la obra, prefirió reducirlo a solo «Un país tan dulce». La frase era demasiado larga. Pero también demasiado certera.

                                                   *****

           ─A inicios del siglo XX, Lima, la capital del Perú, era un jolgorio. Había muchísimos lugares de entretenimiento como casas de juego, teatros y fumaderos de opio donde solían acudir los intelectuales y artistas de la época ─dice Celeste Viale.
           En ese contexto Leonidas N. Yerovi redactaba crónicas y componía versos ─muchos de ellos políticos─ que publicaba en el diario La Prensa. Pronto su lenguaje directo y lúdico se diferenció notoriamente de los estilos rimbombantes y herméticos de los autores de su época.
           ─Yerovi fue un autor popular en el sentido de convocar a las personas: sus contemporáneos fueron más racionalistas y fríos e intelectuales, o más vinculados a las vanguardias artísticas y la política: entre estos el humor nunca existió ─dice Alberto Ísola.
           ─La población se apropiaba de los versos festivos que publicaba en el periódico y en las veladas caseras se recitaban y hacían canciones y hasta representaciones escénicas con ellos, porque gustaba escribir incluso poesías dialogadas con personajes ─dice Celeste Viale.
           La también actriz y directora teatral es la nieta de Yerovi y, como tal, tuvo acceso a sus escritos compilados durante años por su madre en fuentes dispersas como periódicos, revistas y servilletas.
           Para esta obra la dramaturga seleccionó cerca de sesenta fragmentos de los artículos periodísticos, los poemas líricos y las letrillas políticas de su abuelo y los hiló con mucha sutileza en una historia que situó en las celebraciones de un carnaval en la primera década de 1900.
           El libreto incluso lleva notas a pie de página sobre la procedencia de cada texto.
           ─Uno de los grandes problemas con Yerovi es que murió muy joven: él hubiera significado un cambio para el teatro peruano ─dice Alberto Ísola─. Hay algo en su obra que me atrae mucho, y es su mirada: mientras que Segura y Pardo y Aliaga mostraban lados moralistas, Yerovi no intentaba nada de eso. Era un descreído maravilloso.

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En la historia, un periodista y un arlequín entrecruzan caminos: mientras que el primero recorre la ciudad a partir de las comisiones que le encargan y registra distintas realidades ─vidas de artistas de teatro, protestas callejeras y oscuros pactos políticos acordados en Palacio de Gobierno─, el segundo se escapa de las comitivas carnavalescas para intentar llegar a una importante figura política y entregarle una carta que podría cambiar la historia del país.
           En algún momento ambos conversan e intercambian sombreros por error.
           En la trayectoria se escuchan comparsas, zamacuecas, sones, cuplés, cakewalk y tap ─géneros musicales en boga en aquellos años─.
           ─En sus escritos, Yerovi mostraba un lado festivo pero al mismo tiempo su nostalgia: nostalgia de algo que no conoció, que no llegó a ser ─dice Celeste Viale─. Él se mostraba alegre, sí, y es la faceta suya que más se ha dado en conocer, pero la otra era la de un activista político: alguien comprometido con su tiempo.
           Leonidas N. Yerovi fue partidario de Nicolás de Piérola cuando este se oponía a Leguía en su primer gobierno. Había nacido en una etapa políticamente desordenada después de la guerra con Chile y existían muchas dudas sobre lo que debía ser el Perú como nación.
           ─En sus textos, en general, él muestra una patria frustrada ─dice la dramaturga─. Y es que parece echaba en falta una política seria con valores: no olvidemos que vivió en una época de muchos caudillos.
           ─Yerovi solía publicar comentarios sobre política a diario, y si bien la mayor parte era sobre el desinterés y la mezquindad de los gobernantes, también trataba la incapacidad de construir un país ─dice Alberto Ísola.
           En su obra, la misma población aparece como una causa de esa incapacidad.

                                                    *****

Se dice que detrás de las antiguas celebraciones de los carnavales se escondía un intento por subvertir el orden y las jerarquías: durante unos días específicos se permitía profanar lo considerado sagrado así sea imaginariamente.
           Digamos que era el único momento en que era posible hacer escarnio de un dios, un mandatario, un sacerdote, un militar o un mercader poderoso de la comunidad.
           Sus verdades eran dichas entre representaciones de humor. Solo así se soportaban.
           Luego se volvía a lo mismo de siempre.
           En Perú, Leguía instituyó los carnavales como celebraciones apoteósicas de diversión, despilfarro y ocio acostumbrado: los psicosociales de aquel entonces.
           Yerovi parecía imaginar a los limeños sumergidos en un constante carnaval mental: enfocados en distracciones y placeres inmediatos antes que preocuparse en saber en qué se gastaba el dinero de sus impuestos y cómo se establecían las obras públicas y las necesidades del país: esa era su principal crítica a la población a principios del siglo XX, durante los preparativos por los cien años de la república.
           En la historia cualquiera observa a cada uno de los personajes ─los que tienen poder y los que no─ y siente que nada ha cambiado a puertas del bicentenario.
           ─Esa es la referencia al país indiferente: impasible, distraída, una comunidad completamente desarticulada y sin interés por armar un proyecto organizado y de vida en común ─dice Celeste Viale.
           Y agrega:
           ─ No es casual que Lima, la capital, fuera siempre representada como la ciudad del carnaval perpetuo.
           Un estado en el que nadie es responsable de nada.

                                                     *****

─Yerovi era un hombre muy particular: tenía ideas de avanzada pero al mismo tiempo muchos temores, como los sindicatos y la lucha obrera en sí, por ejemplo, y cuando lo lees notas esa ambivalencia, porque por un lado se presenta como alguien progresista pero por el otro como alguien conservador.
           El director agrega:
           ─Era un criollo con una posición muy clara en contra de la oligarquía de la época, pero eso no lo salvó de hacer comentarios racistas en ciertos momentos.
           ─Si bien su aspiración era un país en democracia y la construcción de una república sustentada en valores, también tuvo sus propias contradicciones: no soportaba ver a los inmigrantes chinos, por citar un caso, porque los consideraba una comunidad muy cerrada en sí misma ─dice Celeste Viale.
           Yerovi tampoco se comprometió con el movimiento indigenista porque su trabajo era esencialmente urbano: solo le interesaba que pudiese existir instituciones sólidas y una clase política respetable.
           ─Como autor, él ha sido poco estudiado a pesar del valor de su obra y su participación en la vida política y social de inicios de siglo XX ─explica la dramaturga─. Este ciclo de homenajes es precisamente una manera de difundir todo lo que hizo: yo quería que esta historia sea una vitrina de su trabajo.
           Y luego dice que situó Un país tan dulce en el ambiente de un carnaval porque la tarde en que Leonidas N. Yerovi fue asesinado dejó escrito en su máquina de escribir algunos versos sobre esa fiesta: pensaba publicarlos al día siguiente de ese 15 de febrero de 1917.
           ─Pero había algo más en la predilección de mi abuelo por esas fechas: en sus poemas solía hacer muchas alusiones a lo que sucedía luego de carnavales. Y es que claro, después de esas celebraciones, sigue la semana del miércoles de ceniza, una etapa de penitencia ─dice Celeste Viale.
           Y agrega:
           ─Es decir, después del jolgorio, arrepentimientos quedan.



           Un país tan dulce
. Varieté político-carnavalesca de las letrillas, poemas y artículos de Leonidas N. Yerovi.
           Producción: Aranwa Teatro.
           Dramaturgia: Celeste Viale.
           Dirección: Alberto Ísola.
           Elenco: Miguel Álvarez, Janncarlo Torrese, Laly Guimarey, Renato Medina, Lorena Rodríguez y Mayra Nájar.
           Lugar: Teatro Ricardo Blume (Jr. Huiracocha 2160, Jesús María, altura de la Cámara de Comercio de Lima).
           Horario: Jueves, viernes y lunes a las 8 p.m. y sábado y domingo a las 7 p.m.
           Entradas: S/. 50 general, S/. 40 jubilados y S/. 25 estudiantes.
           Temporada: Del 16 de marzo al 8 de mayo de 2017.


 

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