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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Escuela vieja

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Es una de las instituciones más idealizadas por los padres, pero de niños muchos sufrimos la escuela más que disfrutarla: algo crucial a la hora de aprender. ¿Por qué nos preocupa la educación de nuestros hijos pero no la violencia que hay en ella?

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─Todavía puedo recordar el dolor de estómago que sentía de niña cuando tenía exámenes en el colegio ─dice Patricia Biffi.

O lo que es lo mismo: la sensación de tener el desayuno en la garganta mientras se repasaba las preguntas para ver si alguna coincidía con lo último que uno había leído esa mañana.

─Y ahora me pregunto: ¿Cómo puedes rendir bien un examen si te estás muriendo de miedo? ¿Acaso no son situaciones estresantes para un niño que recién está aprendiendo a detectar y resolver sus emociones? ¿No se supone más bien que el colegio debería ser un espacio donde se acompaña al niño en esos procesos? ¿Nadie se pregunta cómo siente un niño a esa edad?

Luego la directora de la obra agrega:

─Aún recuerdo la horrible sensación del domingo en la noche esperando que el día no acabara.

Lo peor: saber que así será durante los próximos once años.

 

                                                     *****

 

Escuela vieja. Todo lo que siempre quiso olvidar sobre la educación peruana no es la clásica historia lineal de enfrentamientos entre alumnos y profesores ni el relato idealizado sobre cómo debería ser una verdadera educación. Son más bien episodios de vivencias recurrentes en colegios peruanos: escenas comunes y cotidianas que uno rápidamente puede identificar en su memoria.

Por ejemplo, está el bullying entre compañeros durante los cambios de hora entre profesores. O los castigos en el patio de colegio bajo el sol de mediodía. Los abusos del policía escolar que entiende con precocidad cómo un cordón rojo en el hombro y un palo de madera en la mano inspiran un respeto colectivo automático. O los arbitrarios test de orientación vocacional que más parecen un reality televisivo.

Eso, si es que las autoridades de la escuela no te dejaban fuera del salón porque tus padres no pagaban las mensualidades a tiempo.

Podría decirse que es una comedia de realismo sucio.

Los personajes: la alumna estudiosa y ejemplar a quien todos le exigen ayuda en las pruebas escritas, la alumna obesa y candorosa con la que nadie quiere jugar, el alumno avispado que ha aprendido que la apariencia es lo más importante de todo, y el alumno hiperactivo que vive una tortura cada vez que es obligado a permanecer sentado ocultando su aburrimiento ante lo que dice el profesor.

Cada uno de ellos interactúa con desconcierto dentro de un sistema que no los comprende pero que les exige obediencia.

Escuela vieja se estrenó en 2013 pero hoy su montaje se produce en un contexto interesante: cuando un sector de la población ─basado más en creencias y dogmas que en argumentos racionales─ reclama una revisión del currículo escolar para los próximos años.

─Y es un momento especial ─dice Patricia Biffi─ porque el nuevo currículo está tratando de que los niños también reconozcan las individualidades y las diferencias entre las personas, mientras que lo que nos muestra la obra es un sistema educativo desfasado que no reconoce al individuo: que solo lo considera parte de una masa uniforme.

 

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¿Qué sentido, uso o fin tuvo para nosotros el aprender de memoria los nombres de los trece, catorce o quince Incas que alguna vez gobernaron el Tahuantinsuyo?

─No tengo la menor idea ─dice el actor Henry Sotomayor entre risas─. Supuestamente parte de la idea de tener un conocimiento general de lo que fue la cultura incaica, pero la manera como nos obligaron a aprender esos nombres responde a una sola exigencia: aprobar el curso. En otras palabras, si acumulas conocimiento considerado válido para ese año en la escuela, basta. Lo importante es pasar al próximo grado, y si para ello tienes que memorizarte nombres y datos irrelevantes, hazlo.

Lo que demuestran esos colegios con ese tipo de pedagogía es que no les interesa lo que más adelante hagan los alumnos con ese conocimiento sin orientación.

En una escena de la obra, una alumna debe repetir de memoria lo que ha leído sobre unas fiestas andinas. Cuando ella intenta ser más expresiva y narrar lo que también ha vivido con sus padres en un viaje al interior del país, la profesora la interrumpe: le pide que se restrinja a lo que está en el texto.

La niña continúa su mecánico discurso con los brazos pegados al cuerpo.

─Y así es la escuela: por lo general te obligan a aprender una lección de memoria cuando tú podrías probar a contarla de otro modo ─dice Mavi Vásquez─. No te enseñan a apropiarte de lo que vas a decir ni de tu espacio ni de tus conocimientos: es como si los datos que te proporcionaran no fueran tuyos. Y si algo no lo explicas en tus propias palabras, nunca te pertenecerá.

La actriz continúa:

─¿Por qué sucede eso? Quizá la institución está acostumbrada a apoyarse en una cultura del libro que busca seguir todo lo que está escrito al pie de la letra, sin interpretaciones.

Si te sales del guion, corres el riesgo de que la profesora te diga que «lo correcto es así» y señale lo que está en el papel.

 

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Es curioso, pero en la obra los niños se hostigan entre ellos porque se encuentran inmersos en una institución que a la vez los hostiga.

Desde esa perspectiva, el bullying escolar es comprensible si se considera que es el mismo sistema educativo el que los agrede con sus normas estrictas, sus obligaciones sin sentido y sus restricciones.

─En estos episodios se evidencia un grado de violencia de los profesores para con sus alumnos, y de alguna manera esto rebota entre ellos porque se preocupan y agobian ─dice Henry Sotomayor─. Así, hacer sentir mal al otro ocurre casi de manera natural, como si fuera un juego.

─Hay que verlo de esta manera: los niños no se sienten aceptados en el espacio en que se encuentran ─dice Mavi Vásquez─. Ya el hecho de estar en una escuela con criterios de evaluación basados en la rigidez y la simple memorización provoca que no se sientan en el mejor lugar del mundo.

Y agrega:

─Si estuvieras en un lugar más amable, quizá te desenvolverías mejor y tratarías mucho mejor a quienes te rodean.

Peor aún, quienes hablan del bullying en los colegios suelen responsabilizar solo a los alumnos y nunca a la institución: los someten a una doble presión.

─Hoy se habla mucho del bullying, pero no olvidemos que antes eso era visto como una simple «dinámica» escolar ─dice Patricia Biffi─. Los padres de familia lo entendían como una preparación al mundo real: si lo soportabas ibas a poder soportar todo lo demás que viniera en la vida.

Quién sabe si la violencia de la ciudad no nace de la violencia gratuita de la escuela: una suerte de círculo vicioso donde la institución reproduce las dinámicas de la calle y viceversa.

 

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Estudios sociológicos sobre la interacción entre los escolares peruanos demuestra que en las aulas los niños siempre buscan una característica especial entre ellos.

Por ejemplo, si eres demasiado alto o demasiado bajo o demasiado flaco o demasiado gordo en comparación con el promedio del salón de clases.

Las orejas grandes o la nariz muy larga o el color de la piel también sirven para la cosificación.

Lo mismo si demuestras que tus padres tienen mucho o poco poder adquisitivo.

─Cualquier cosa que tenga que ver contigo, con tu identidad, con tu ser, será utilizado para definirte ─dice Patricia Biffi─. Cualquier detalle o rasgo que se salga del estándar servirá y los demás se aprovecharán de ello.

¿Y qué sucede entonces con los niños que no soportan esa «dinámica»?

─Ese es el punto: ¿Qué pasa con los niños que no pueden defenderse, al menos en ese momento, con los puños, o porque simplemente están en otro lugar en términos emocionales? ¿Cómo actúa la escuela en esos casos?

La directora dice que es allí cuando la institución se convierte en un gran fracaso.

─Es en esos instantes que miles de niños repiten de año y miles de niños prefieren dejar el colegio, y en el mejor de los casos otros miles finalizan la secundaria con mucho esfuerzo para luego darse cuenta de que no están preparados para ingresar a la universidad.

Y entonces viene la pregunta que uno preferiría no hacerse: ¿Asististe a clases solo porque tus padres no tenían otro espacio dónde dejarte mientras trabajaban?

O esta, que es mucho más difícil de concebir: ¿Fue tu colegio una especie de guardería de once años de duración?

 

                                                         *****

 

─Es terrible la situación de esos niños que, además, tienen personalidades consideradas diferentes o marginales ─dice Mavi Vásquez─. Y es que la idea del colegio es uniformizar a todos, sin valorar las características de cada uno. Se entiende también que lo individual no fuera muy tomado en cuenta, sobre todo en esos salones enormes donde antes participaban cuarenta o cincuenta alumnos: literalmente, una masa de niños.

En esos contextos también resultaba injusto solicitarle al profesor que enseñara algo a un grupo tan grande y heterogéneo.

La única opción que le quedaba era controlar a esos muchachos en vez de tratar de sacar lo mejor de cada uno.

Digamos que la desmotivación para el docente estaba implícita en el mismo reto de enseñar en esas condiciones.

─Yo siempre digo que la buena educación en el Perú es un privilegio ─dice Henry Sotomayor─. Y es que si no tienes los 250 dólares mensuales como mínimo para pagar por un colegio con una enseñanza distinta, solo te queda matricular a tu hijo en ese sistema que toma al niño como un producto en masa, donde todos deben ser iguales, sin creatividad ─¿cómo tenerla si no tienen libertad para expresarse?─ y sin espontaneidad.

 

                                                       *****

 

Los defensores de la escuela tradicional suelen argumentar que, si uno es capaz de mostrarse crítico y reflexivo con esa institución es porque, mal que bien, aprendió a ser así en el colegio.

Su lógica postula algo como que «Gracias a esa escuela, con todos los defectos que enumeras, tú eres ahora un profesional lo suficientemente pensante como para deliberar sobre ella».

─Y están completamente equivocados ─dice Henry Sotomayor─. La capacidad crítica y reflexiva uno las desarrolla con independencia de la escuela. Quizá una o dos personas se cruzaron con un profesor que les permitió mejorar su nivel de pensamiento, pero estoy seguro de que la mayoría, el noventa por ciento de los niños, encontró el impulso en otro lugar: en su casa, a través de mentores, en la universidad, o incluso en su trabajo.

Y dice:

─Yo conozco profesionales que se volvieron reflexivos y críticos recién cuando se hicieron profesionales. Y claro, uno se pregunta qué fueron antes.

─Definitivamente mi lado pensante no lo desarrollé en el colegio: lo desarrollé a pesar del colegio ─agrega Patricia Biffi─. Y es que yo era una mala estudiante, pero apenas llegaba de clases a mi casa me ponía a leer: prefería hacer eso a realizar tareas.

─Ya he escuchado antes ese argumento cerrado y al final esos defensores se auto-responden con un indulgente «La escuela no te hace daño, mírame, yo he salido bien de allí» ─dice Mavi Vásquez─. Pero no piensan que puede haber ciertos ámbitos de su vida que no funcionan precisamente porque estuvieron sumidos en un sistema específico por más de una década.

Y finaliza:

─¿Te imaginas? Once años es mucho tiempo en términos de formación. Son once años de nuestras vidas y de pronto ingresamos a la universidad y aprendemos las cosas más por shock, a la mala, y de allí continúa el trabajo, la vida profesional: son distintas realidades a las que te enfrentas de pronto, y en ese trayecto algo sucede: sientes que algo se ha perdido en el camino. Como cuando a los zurdos los obligas a escribir con la diestra, por ejemplo.

 

 

 

Escuela vieja. Todo lo que siempre quiso olvidar sobre la educación peruana. Creación colectiva.

 

Concepto y dirección: Patricia Biffi.

Producción: Alianza Francesa.

Elenco: Alexa Centurión, Claret Quea, Henry Sotomayor y Mavi Vásquez.

Ilustración de afiche: Jesús Cossío.

Lugar: Teatro de la Alianza Francesa de Miraflores (Av. Arequipa 4595).

Funciones: Jueves y viernes a las 8. p.m.

Entradas: S/. 30 general y S/. 25 estudiantes y adulto mayor (disponibles en Tu Entrada y la boletería del teatro).

Temporada: Del 2 al 24 de marzo de 2017.

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