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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Kafka enamorado

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¿Es posible amar una idea de alguien antes que a ese alguien? El desaparecido escritor Ricardo Piglia relata la historia real que protagonizó el célebre y oscuro narrador checo con quien fue su primera lectora.

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««¿Será cierto que uno puede atar a una muchacha con la escritura?», se preguntaba Kafka en una carta a Max Brod seis meses antes de conocer a Felice Bauer.

En 1912, el primer año de esta relación epistolar, Kafka escribe casi trescientas cartas. Dos, tres y hasta cuatro cartas por día. Solo palabras escritas. Casi nunca se ven, solo se escriben. Los amantes se encuentran en el texto que leen.

Kafka se da a leer no solo para seducir, sino también para mantener la distancia.

 

                                                           *****

 

Hay algo extraño en el modo en que Kafka se fija en Felice desde el primer encuentro.

La noche del 13 de agosto de 1912, Kafka va a la casa de Max Brod con el manuscrito de su primer libro para preparar la publicación. Pero al llegar se encuentra con una sorpresa. Ahí está Felice Bauer, una pariente lejana de Brod que vive en Berlín, está de paso por Praga y al día siguiente viaja a Budapest.

Al día siguiente Kafka escribe a Brod: «Ayer, al ordenar los breves textos, me hallaba bajo el influjo de la señorita, y es muy posible que debido a ella se haya deslizado una que otra torpeza».

Kafka ha puesto los ojos en esa mujer. A su manera, claro, si nos guiamos por la anotación que hace en su diario una semana después. Una descripción fría y despiadada, típica de él. «Cuando llegué a la casa de Brod ella estaba sentada a la mesa y, sin embargo, parecía una criada. No tuve la más mínima curiosidad por saber quién era, pero enseguida me entendí con ella. Cara larga, huesuda. Cuello desnudo. Blusa puesta con desaliño. Nariz casi rota, pelo rubio, algo lacio, nada atractivo, barbilla robusta».

«Parecía una criada». Habría que ver en ese comentario un signo de interés. Así suelen ser las mujeres que aparecen en las novelas de Kafka. La criada es casi la única figura de mujer (con sus transformaciones) que aparece en sus relatos con una función muy concreta. Estas sirvientas vulgares rondan las escenas masculinas y se asocian con las prostitutas. Básicamente, son mujeres a las que se paga para que sirvan.

 

                                                          *****

 

Esa noche pasan la velada en dos cuartos separados por una oscura sala central. En uno de los cuartos, Felice se sienta junto a él. Felice muestra cierto interés, todos conversan. Pero algo, en un momento imperceptible, define todo. Felice dijo que le entusiasmaba copiar manuscritos y pidió a Brod que le enviara unos cuantos a Berlín. Al oír esto, Kafka se asombró tanto que dio un golpe en la mesa.

Felice Bauer, la mecanógrafa, la mujer-copista: Kafka se fija en ella para siempre. Podríamos decir que la mujer perfecta para un escritor como Kafka (que concibe la escritura como un modo de vida) es una copista. Una lectora que vive para copiar sus textos como si fueran propios.

Felice, la mujer-lectora ligada a su escritura sin fin, alguien capaz de sacarlo de la profundidad de su masa de manuscritos.

Si tenemos en cuenta el sentido de la escritura continua e interrumpida de Kafka, la fantasía parece muy directa. De hecho, la mayor parte de sus textos está en cuadernos. Se encuentran a menudo hojas sueltas intercaladas. Kafka pasaba de un texto a otro, sin distinción entre los garabatos y el original.

La figura de la mecanógrafa es imaginariamente la intermediaria: copia un texto para hacerlo legible, para enviarlo al editor.

 

                                                           *****

 

Algo de la historia de la técnica entra en esto. Felice está en el límite de la transformación de la figura de la mujer que lee. Trabaja copiando textos. Escribe a máquina. La máquina de escribir separa históricamente la escritura artesanal y la edición. Cambia el modo de leer el original: lo ordena. De hecho, fue inventada para copiar manuscritos y facilitar el dictado, pero rápidamente se convirtió en un instrumento de producción.

Kafka está en el momento del paso de la escritura a mano, en cuadernos, a la escritura a máquina que se ha comenzado a difundir en esos años, ligada básicamente al comercio y el mundo militar.

«El inconveniente de escribir a máquina es que uno pierde el hilo», le dice Kafka a Felice en su primera carta. La máquina de escribir no es para escribir, produce una deriva, se pierde la continuidad, la mano se aleja del cuerpo, se mecaniza. Antes que la claridad de la grafía, interesa el ritmo corporal de la escritura, muy ligado para Kafka a la respiración, a los órganos internos, a los ritmos del corazón.

La máquina de escribir no le sirve a Kafka para la escritura personal. La asocia con la burocracia, con los textos legales (dictámenes, informes, legajos), con una escritura despersonalizada y anónima.

La máquina de escribir y el dictado están ligados para Kafka al mundo de la oficina. En su cueva, en su madriguera, es otra la idea de copia que circula, otro tipo de máquina. La mujer sola, que trabaja y se gana la vida, Felice Bauer, la mecanógrafa de profesión. La lectora-copista, la mujer-máquina de copiar: eso es lo que Kafka ve en ella.

En ese proceso surge la ilusión de una mediación. Una figura interna, una mujer amada ─una mujer a la que se ama por eso─ que hace lo que Kafka no puede hacer. Felice Bauer, la pequeña mecanógrafa, como la llama Kafka.

 

                                                           *****

 

Todos los escritores son ciegos: no pueden ver sus manuscritos. Necesitan la mirada de otro. Una mujer amada que lea desde otro lugar pero con sus propios ojos. No hay forma de leer los propios textos si no es bajo los ojos de otra persona.

Kafka, sensible a la mirada del otro, lee sus propios textos con los ojos del enemigo.

En su caso están los dos movimientos: la soledad de la escritura y la necesidad de un contacto ligado a la lectura de sus escritos. Piensa en una mujer que lo mire compasivamente, comprensivamente, frente a la cual adopta una posición infantil, subordinada. «Hoy te enviaré El fogonero, a ver si lo acoges con cariño, siéntalo a tu lado y elógialo como él lo desea», le dice en una carta de 1913. Y cuando le envía su primer libro, le escribe: «Te ruego que seas considerada con mi pobre librito. Son aquellas pocas hojas que me viste ordenar la noche en que nos conocimos».

Y están los dos movimientos de la mujer-lectora-ayudante. Por un lado, la copia de los manuscritos que es preciso pasar a máquina. El momento de la socialización, tan necesario para Kafka: imaginar una mujer amada, la mujer-máquina-de-copiar, que se ocupa de ese paso decisivo. Y por otro lado, la lectura y la escucha atentas. La mujer dispuesta a acompañar lo que se escribe. Leer a alguien en voz alta lo que se acaba de escribir es un ejemplo clásico de esto.

 

                                                        *****

 

Hacia el final, cuando Kafka ya se ha desengañado de Felice, cuando ella lo ha decepcionado, escribe en su diario el 24 de enero de 1915: «Tibia petición de que le permitiera llevar un manuscrito y copiarlo». Ahora es la copista indiferente.

Y en el mismo párrafo Felice aparece como una extraña que se desconecta: «También le he leído algo mío, las frases se embrollaban de forma repulsiva, sin la menor conexión con la oyente, que estaba tumbada en el canapé, con los ojos cerrados, y acogía mi lectura sin decir palabra».

Ya no hay vínculo entre ellos, todo ha terminado a estas alturas».

 

 

 

* Un ensayo de Ricardo Piglia.

Fragmentos editados del artículo «¿Qué es un lector?» publicado en El último lector, 2014, DeBolsillo, Argentina.

 

 ** Dibujos de Franz Kafka.

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