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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Arte desde la cárcel

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Una expo-venta del ICPNA demuestra que los internos de los penales del Perú pueden aspirar a una vida productiva si se fomenta la imaginación y el espíritu de solidaridad. La navidad es un buen momento para pensar en ello.

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Esta es una escena habitual en un día cualquiera dentro de las cárceles del Perú: un recluso descubre que el objeto que realizó en algún taller a partir de un pedazo de cuero o madera obtiene cierto grado de utilidad y belleza ─cobra vida para un posible comprador─ y entonces se echa a llorar.

«Nunca pensé que yo pudiera ser capaz de hacer algo así» es lo que suelen decir estos inesperados artistas mientras se miran las manos con una mezcla de asombro y pena.

En medio de pabellones tugurizados y celdas en las que incluso se duerme sobre el piso, su propia creación les ofrece una esperanza de cambio.

 

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─La Constitución Política del Perú dice que las cárceles son lugares para rehabilitar, no para degradar: tú no puedes ser confinado a una institución del Estado para que te transformes en peor persona.

Carlos Álvarez es el activista que dirige la Asociación Dignidad Humana y Solidaridad, una organización que desde hace más de treinta años promueve diversas expresiones artísticas en penales de todo el país: sus talleres ─de cerámica, talla en madera y asta, forja de metales y elaboración de textiles, entre otros─ son una forma de terapia psicológica de los internos y, en simultáneo, una manera de educarlos en emprendimientos y microempresas.

De esta manera, al salir de presidio, pueden dedicarse a alguna actividad económica formal y recuperar el tiempo perdido.

Todo lo que se produce en esos talleres es lo que se presenta en las expo-ventas que cada navidad realiza el Instituto Cultural Peruano-Norteamericano (ICPNA).

─En el mundo de los penales, tal como ocurre afuera, hay personas que tienen una enorme voluntad de querer vivir de una manera distinta, y si tú les das la oportunidad la aprovechan y les va bien: la prueba son aquellos que encontraron un modo de hacer una vida diferente y encontraron una forma espiritual de resarcirse y reconstruirse a sí mismos.

Luego el activista explica que muchas veces encontró a individuos inmersos en el alcohol y las drogas que hicieron auténticas obras de arte cuando se animaron lo suficiente.

En ninguna parte de la Constitución Política se lee que hay que encerrar a seres humanos y extraviar la llave.

 

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─En los penales de Castro Castro y Lurigancho recordamos con mucho cariño al padre Lanssiers ─dice Roberto Sosa, un expresidiario sentenciado por terrorismo─. En él encontrábamos a un verdadero amigo, a un hermano, un ángel y un sabio. Y a veces también a un niño: nos hacía reír con sus anécdotas. Como esa vez, por ejemplo, en que alguien timbró por accidente a su oficina del colegio La Recoleta. «Aló, buenas tardes, ¿estoy llamando al hipódromo?», se escuchó decir a una señora. «Así es», respondió el padre solo por seguir la cuerda. «¿Y con quién hablo?», insistió la voz algo ansiosa. «Con el caballo», respondió Lanssiers.

En este punto de la conversación los ojos de Roberto Sosa se iluminan y por un momento olvida los doce años y tres meses que vivió en prisión solo con una frazada, un par de pantalones, su cuchara de plástico y su táper para las comidas.

Tenía 24 años de edad cuando ingresó a Lurigancho. Salió al cumplir 36.

Hubert Lanssiers fue un sacerdote belga que en los años noventa fue parte de una comisión que velaba por los derechos de las personas injustamente recluidas o sentenciadas sin pruebas durante los gobiernos de Alan García y Alberto Fujimori.

Lanssiers era un superviviente de la Segunda Guerra Mundial y había visto atrocidades en las guerras de Indochina, Vietnam y Corea donde realizó labor pastoral.

«Yo no quiero ser un mero repartidor de agua bendita ─solía decir el sacerdote─. En la cárcel no basta con dar una charla, celebrar una misa y dar media vuelta. Estos detenidos necesitan instrumentos para salir en libertad y dejar atrás no solo las rejas físicas sino también las mentales, porque ha sido una gran miseria lo que los ha traído aquí, una experiencia penosa que los ha arrastrado hasta la cárcel, y necesitan cambiar».

Con ese tipo de reflexiones es que Hubert Lanssiers fundó la Asociación Dignidad Humana y Solidaridad a principios de la década de 1980 al lado de Carlos Álvarez. Desde entonces se empeñó en proyectar películas, organizar charlas con escritores y artistas plásticos, y armar bibliotecas dentro de las prisiones.

Con el tiempo apareció la idea de formar talleres de arte para que los internos aprovecharan los tiempos muertos de su reclusión y lograran aprender algo productivo y mantenerse alejados de los delitos.

Hoy esos talleres se han replicado en las cárceles de Tumbes, Cusco, Puno, Huaraz, Huánuco, Piura, Chimbote, Cañete y Huancayo, por mencionar unas cuantas: algunas piezas de la exposición del ICPNA de este año proceden de esos lugares.

Cuando Lanssiers murió en marzo de 2006, su féretro ingresó a Castro Castro y Lurigancho para que los reclusos de todos los pabellones se despidieran de él.

Muchos de los reos más duros y agresivos lloraban ante la imagen de ese hombre fallecido a los 76 años de edad.

 

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¿Por qué ayudar a personas que han cometido crímenes y deben pagar sus culpas cuando hay tantos inocentes que sufren en las calles?

Ese es otro clásico de todos los tiempos: los cuestionamientos que suelen hacerle a Carlos Álvarez por su labor en las cárceles.

Esa postura «justiciera» olvida que en el Perú solo el 30% de la población penitenciaria ha sido juzgada: el enorme porcentaje restante todavía no ha pasado por un juicio y espera una sentencia. El mismo Hubert Lanssiers, en su libro de ensayos Los dientes del dragón, calculó que en las oficinas del Poder Judicial existía tal cantidad de expedientes abandonados que podía demorar siglos revisarlos todos.

Ese era el término exacto: siglos. Cientos de años.

La paradoja es que una situación así hace que el sistema penitenciario resulte más costoso al Estado: los penales rebosan de ciudadanos de quienes ni siquiera se sabe si son culpables pero hay que mantenerlos. Allí hay un enorme gasto.

Debe haber quienes se benefician de este permanente estado de injusticia.

─Como creyente católico, sé que toda persona es alguien inacabado y en oportunidad de ser algo ─dice Carlos Álvarez─. Eso significa que una persona, por muy duro que haya sido su crimen o delito, no puede ser condenada eternamente, y mucho menos asesinada.

Y agrega:

─Mientras haya vida hay esperanza, y desde esa esperanza todos nos podemos redimir.

Visto desde esa perspectiva, una persona recluida es alguien que merece la oportunidad de resarcirse y reintegrarse a la sociedad como un mejor ciudadano. La fe, en este caso, establece que solo con amor se le puede rescatar y hacer que se reencuentre consigo mismo y con Dios.

Desde un punto de vista más terrenal y menos religioso, allí donde hay ausencias y necesidades todos tenemos una responsabilidad: es por completo absurdo que una persona salga de las cárceles con más mañas y vicios que cuando ingresó.

De lo contrario, la indiferencia ─que nace del odio y el rechazo y la incomprensión─ regresará convertida en algo peor a la misma comunidad que la generó.

Evangelizar, aclara el activista, no es simplemente recitar la Biblia.

─Evangelizar es sobre todo compartir la vida desde la perspectiva de amar al prójimo. Si tú tratas a estos reclusos como seres humanos, y compartes con ellos conocimientos y alegrías y esperanzas, estarás proponiéndoles un camino que los preparará para el resto de sus días.

 

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Ahora mismo, en la exposición de arte del ICPNA, hay cerca de doscientas piezas únicas: ninguna ha sido elaborada en producción en serie. Todas han sido hechas a mano, muchas veces sin utilizar moldes, y en el caso de los cerámicos, han pasado por hornos a alta temperatura durante cuatro o cinco horas.

Conocer las técnicas para llegar a producir un colorido plato decorativo con una base de vidrio y dibujos en altorrelieve, por ejemplo, puede implicar seis meses de esfuerzo: basta que haya una pequeña zona húmeda en la arcilla para que la pieza estalle al cocerse dentro del horno.

Eso le sucede hasta al mejor ceramista del mundo.

En las cárceles de todo el país ha habido una sana competencia por llegar a esta expo-venta denominada «Desde la prisión: veinte años de arte y esperanza»: en los talleres siempre se les dice a los presos que lo que tienen que provocar en los demás no es lástima, sino admiración y aprecio por lo que hacen.

Cada uno de sus trabajos pasa necesariamente por un proceso de curaduría.

Las piezas más accesibles cuestan cincuenta o sesenta soles. Las más costosas ─las más complejas─, mil.

Una parte de ese dinero servirá para que los internos inviertan en más materiales de fabricación y seguir produciendo sus piezas, las cuales luego venderán en dos canales de distribución: por consignación a través de familiares directos y amigos ─padres, hijos, tíos, vecinos─ y a través de pequeñas redes de comercio.

Esto último es el caso de ese negociante provinciano que cada cierto tiempo viaja hasta el penal Miguel Castro Castro de Lima para comprar un millar de alcancías de cerditos muy artísticas y graciosas que luego revenderá en Huánuco.

En Cusco, los presidiarios colocan artesanías en los mercados turísticos de la región.

La otra parte del dinero que obtienen los reclusos será destinada a sus familias o pasará a ser ahorrada para el día en que salgan en libertad.

 

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Rubén Ayala nació hace 44 años en un lugar de Ayacucho que forma parte del VRAEM, allí donde se suele cultivar coca. Su familia, de escasos recursos, se dedicaba a la producción de cacao y maní, pero nunca conseguían mercados interesados. Peor aún, en 1990 el gobierno fujimorista los incentivó a sembrar ajonjolí y se comprometió a comprarles lo cosechado. Nunca cumplió. Muchos campesinos del valle se endeudaron.

Atribulado, Rubén Ayala se mudó a Lima. En la capital se empleó de lo que pudo ─vendedor ambulante, mano de obra en construcciones─ hasta que ahorró lo suficiente para adquirir un auto de segunda mano y utilizarlo de taxi.

Un día de 2003 transportó a un sujeto que, entre la cochinilla que llevaba para una empresa de Chorrillos, escondía un cargamento de cocaína. De eso el conductor solo se enteró, según afirma, cuando la policía detuvo su vehículo para una inspección.

Rubén Ayala fue recluido en el pabellón nueve de Lurigancho ─el de sentenciados por tráfico de drogas─ durante trece años.

Acaba de salir de la cárcel hace tres meses y ahora es colaborador voluntario de la asociación.

─Yo no llegué a conocer a Lanssiers pero recuerdo que mis compañeros hablaban de él con mucho respeto. Con sus talleres, el padre y Carlos Álvarez parecían entender que a un ser humano no puedes confinarlo en algún lugar y olvidarte de su existencia.

Y dice:

─Simplemente ellos partían de esta premisa: una persona que llega a prisión algún día tiene que salir. Entonces, para ese momento, ese exrecluso debe contar con una serie de herramientas que le permita afrontar su nueva realidad.

Mientras estaba en la cárcel, Rubén Ayala se las ingenió para hacer negocios. Primero se dedicó a preparar jugos y comidas light para los visitantes de los internos. Luego ingresó a los talleres de arte del penal, aprendió las técnicas y se dedicó a vender sus obras talladas en madera.

─A veces me encontraba con autoridades que querían cerrar mi puesto de comidas o que me sacaban del taller porque decían que «Un preso es un preso y debe estar encerrado y castigado y no debe trabajar». En esas ocasiones yo solo debía obedecer.

Esos funcionarios nunca se imaginaron que, con una gestión más efectiva de los espacios, se podría establecer tiendas con las piezas fabricadas allí y generar ingresos.

Carlos Álvarez explica:

─Si las autoridades tuvieran más iniciativas, el Estado podría conseguir que los internos costearan sus propias comidas y los servicios y todo lo que necesita para producir en los talleres ─luz, agua─, y hasta para sufragar la reparación civil ─que nadie cumple nunca─. En otras palabras, se costearía todo el tiempo de la estancia de los reclusos en el penal, con el agregado de que estos se convertirían en pequeños empresarios y recuperarían una forma de vivir sana y legal.

 

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El ejemplo de los talleres de la organización fundada por Hubert Lanssiers ha sido reproducido con éxito en casi todos los penales del país. En Lurigancho, por ejemplo, cada pabellón cuenta con sus propios talleres: de cerámica, zapatería, bisutería, tallado, pintura. Algo similar sucede en Castro Castro. Muchas veces estos espacios son promovidos y manejados por los mismos internos.

Los talleres están abiertos todos los días desde las siete y treinta de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Si es necesario, los reclusos pueden trabajar de noche.

─Nosotros consideramos los penales como una ciudad: una ciudad distinta ─dice Rubén Ayala─. De ese modo, si alguien quiere salir adelante, buscará en qué ocuparse. Al fin y al cabo, tiene todo el tiempo del mundo.

En la expo-venta del ICPNA hay un gallo elaborado con desechos de metal: su plumaje está compuesto por tenedores y cucharas. Su creador, inicialmente un fabricante de llaveros, debió perfeccionarse durante tres años para poder ensamblar y fundir cada elemento en su lugar.

En otra parte de la sala se puede apreciar un florero vanguardista y una botella tallados exclusivamente en asta de buey, así como un violín cuyas clavijas y puente están fabricados en cuerno de animal. En una pared cuelga un pirograbado que representa la última cena de Cristo: sobre una lámina de madera, el artista utilizó un cautín para quemar y componer una serie de trazos que luego formarían el dibujo en su totalidad.

Algunos de los artistas de esta expo-venta tienen 25 años de edad. Otros, casi 70.

Este 2016 la asociación ha decidido crear la marca Maki Llinka ─manos de arcilla, en quechua─ cuyo catálogo comprenderá todos los trabajos que se realizan en los talleres de cerámica de las cárceles. Con ello espera poder comercializar las piezas a mayor escala y, sobretodo, ingresar a mercados más competitivos.

 

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─Fue recién en la cárcel que comprendí lo que era Sendero Luminoso en su verdadera dimensión: un dogma ─dice Roberto Sosa─. Noté cómo se le daba culto a la personalidad de Abimael Guzmán como si se tratara de una divinidad. Eso me espantó. Fue gracias al padre Lanssiers y los libros que nos traía que pude entender todo eso.

La Odisea era uno de esos textos.

Un día se encontró con el sacerdote belga en Lurigancho: este ya conocía todos los detalles de su expediente. «Huy, Roberto, ¿qué te pasó? ¿Por qué te has creído Dios?», le soltó. El reo enmudeció y se hundió más en su congoja. «Pero no te preocupes, siempre hay un camino ─prosiguió Hubert Lanssiers─. Además, tú estás en libertad desde hace rato».

Confundido, Roberto Sosa le preguntó qué quería decir. «Es que se nota en tu semblante: cuando estabas con Sendero se te veía renegado, con cólera, reprimido. Ahora luces alegre porque estás en tu mundo, tocas música y confeccionas tus zapatos en el taller. Y haciendo todo eso ya estás justificando tu existencia: estás transformando lo material en algo útil, y cuando eso útil se va afuera de la cárcel y sirve a alguien, tú eres libre».

─En la sociedad solemos condenar la realidad cuando sufrimos un asalto o un secuestro, y claro, a nadie le gusta ser violentado por un delincuente o criminal, pero el problema es que nunca pensamos quién fue ese ser humano a los cuatro o cinco años de edad ─dice Carlos Álvarez─. En la cárcel te enteras de que el 90% de los reos no tuvo alguna oportunidad en la vida: muchísimos crecieron abandonados.

Un menor de edad que vive en la calle porque su padre es un borracho y su madre ya no existe, y que además debe cuidar a otro hermano o hermana de otros marginales, no tiene más remedio que aprender a defenderse como sea y adoptar los códigos de la calle.

Un adolescente que crece en el VRAEM tiene más probabilidades de ser productor o comercializador de cocaína que de convertirse en ingeniero o médico: en esos pueblos donde no llega el Estado, las familias dependen por completo de la economía de las drogas.

Esa debe ser la razón por la que hoy en día la mayor cantidad de acusados por narcotráfico en los penales son campesinos. Y se cuentan por miles.

─Nadie quiere enfocarlo de esta manera: esas personas cometieron un delito, sí, pero es porque no tuvieron una manera de vivir distinta que no sea a través del delito.

Y entonces el activista agrega:

─Luego nos quejamos cuando en la cárcel esos ciudadanos son empeorados por las malas juntas. No advertimos que, con esa manera de actuar, somos nosotros como sociedad quienes nos convertimos en fabricantes de delincuentes y delitos.

 

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─¿Cómo es la navidad en la cárcel? ─repite la pregunta Roberto Sosa.

En este punto el exrecluso cierra los ojos y tartamudea.

─En silencio: los senderistas celebran el cumpleaños de Mao el 25 de diciembre y se hacen los indiferentes con la navidad. Todo el pabellón de los terroristas permanece sumido en el mutismo hasta que se escuchan los cohetes de la calle. Y es en ese momento cuando recuerdas a tus padres y te echas a llorar en tu cama.

─Yo diría que las navidades en prisión son alegres y tristes a la vez ─explica Rubén Ayala por su lado─. Alegre porque está permitido que pases el día con tus familiares el 24 y el 25. Pero triste porque cuando se van por la noche vuelves a estar solo.

Y dice:

─Esa fecha es un pasaje de sensaciones: a la medianoche escuchamos los cohetes que estallan en la calle y vemos el espectáculo de las bombardas en el cielo, y entonces nos abrazamos con los compañeros y tomamos café. Es nuestra manera de brindar entre nosotros.

 

 

 

Exposición-venta «Desde la prisión: veinte años de arte y esperanza».

 

Organización: Asociación Dignidad Humana y Solidaridad (con apoyo de las embajadas del Reino de los Países Bajos, de Bélgica y de España, CAF-Banco de Desarrollo de América Latina, Fundación Mokichi Okada, Cáritas Ginebra y la Dirección Académica de Responsabilidad Social (DARS) de la Pontificia Universidad Católica del Perú).

Producción: Instituto Cultural Peruano-Norteamericano (ICPNA).

Auspicio: VISA, Master Card y Procesos MC Perú.

Curaduría: Carlos Álvarez Osorio.

Lugar: Galería del ICPNA de Miraflores (Av. Angamos Oeste 120, en el cruce con la Av. Arequipa).

Horario: De 11 de la mañana a 8 de la noche.

Temporada: Del 15 de diciembre al 23 de diciembre de 2016.

Ingreso libre.

 

 

 

*Rubén Ayala, aparte de su negocio de cerámicas, posee una empresa de catering para eventos (bautizos, bodas, cumpleaños) en San Juan de Lurigancho.
Si se desea contar con sus servicios, se le puede encontrar al 934-550-621.


**Roberto Sosa, por su parte, dicta cursos en talleres de talla de madera

y trabajo en cuero y ofrece productos a pedido en estos materiales.

Se le puede encontrar al 991-801-629 y en el correo roberto_sosa2010@yahoo.es

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