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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Almacenados

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En una época de desempleo a nivel mundial, odiar la voz del jefe nunca ha sido más saludable: nadie piensa dedicar décadas de su vida a la compañía donde labora. ¿Qué nos impulsa a escapar de ese trabajo que tanto costó obtener?


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Uno siempre lo ha sospechado: detrás de ese empleado ejemplar y proactivo de la oficina se esconde una ficción.

Quizá no sea la de que todo trabajo dignifica. Quizá no sea la de que está creciendo a nivel profesional. Quizá no sea la de que está haciendo dinero para sus proyectos personales.

Quizá crea que realmente está haciendo algo que vale la pena.

 

                                                    *****

 

Hoy el trabajo ─el empleo, el puesto, el laburo─ es un fin en sí mismo.

─El trabajo se ha convertido en un fin para conseguir la felicidad, y ya no para conseguir aquello con lo que uno pueda comprarla después ─dice Marco Mühletaler.

Luego el director de la obra agrega:

─Ahora la oficina y el horario son tablas de salvación. Nos permiten reducir la ansiedad de sentir que, tal vez, estemos perdiendo el tiempo. Saber que llegamos todos los días a una hora y salir ocho horas después nos da un cierto respiro: ¡Un día más sin sobresaltos!

En la historia, dos hombres se encuentran en el almacén de una empresa de productos industriales: el señor con reumatismo que está a punto de jubilarse tras casi treinta años de servicio en ese lugar conoce a quien será su reemplazo: un joven de veintitantos años de edad ansioso por reinsertarse en el mundo laboral.

Uno está al final del camino. El otro, al principio.

Pronto se hará evidente la diferencia generacional: si para el anciano el empleo es sinónimo de orden, disciplina y tradición, para el muchacho es sinónimo de obligación, tedio y dinero.

El primero idealiza su trabajo y lo considera una alta responsabilidad frente a sus jefes. El segundo piensa en cómo hacer lo suyo sin aburrirse en los ratos libres.

Sin embargo, pronto encontrarán que tienen algo en común: que cada quién elige creer lo que le resulta más conveniente así no lleve a nada en el largo plazo.

 

                                                      *****

 

─Mi personaje es un hombre anciano que se entregó por completo a un empleo en una época que ya no existe más: cayó el Muro de Berlín, cambió el contexto económico y social, y la sindicalización entró en crisis ─dice el actor Alberto Ísola─. En ese sentido, él representa el mundo de los preceptos, de las órdenes sin discusión, de los métodos de trabajo: un mundo desaparecido.

Es de una época en que se creía con fervor que quien trabajaba mucho podía salir adelante rápidamente.

El anciano no puede evitar observar con angustia el ánimo de su joven reemplazo: el desenfado, la inquietud y las ganas para hacer el trabajo más divertido son poco menos que imperfecciones para su mentalidad.

La circunspección del señor recuerda la solemnidad y la entrega con que nuestros padres y abuelos hablaban de sus empleos en el mismo lugar durante treinta o cuarenta años. En su cabeza nunca se les habría ocurrido cuestionar las estructuras jerárquicas ni mostrar insatisfacción y ganas de estar en otro lugar.

Con esas concepciones probablemente no funcionaba la conocida fórmula de «si me genera dinero, me transformaré en lo que sea».

Para algunos esta fórmula es pragmatismo contemporáneo.

Para otros, simple cinismo.

─Ahora el trabajo ya no dignifica al hombre porque hace algo que quiere y ama y reivindica y fortalece: eso no existe más ─dice el actor Óscar Meza─. Tal como lo veo, hay más bien una búsqueda de estatus: es poder decir «Yo tengo trabajo de lo que sea», «Tengo a tantas personas a mi cargo», y desde allí ir escalando a lo que puedas.

─El cheque a fin de mes y los bonos y las gratificaciones son muy buenos, sí, pero ya no son suficientes para las nuevas generaciones ─agrega Marco Mühletaler─. Las nuevas preguntas son: ¿Es bueno este empleo para mi desarrollo? ¿Y qué impacto tiene en mi entorno lo que hago cada mañana?

 

                                                         *****

 

La paradoja de esta nueva actitud ante el empleo ocurre precisamente en instantes en que existen niveles alarmantes de desempleo y subempleo en todo el mundo.

El joven de la obra ha permanecido desempleado durante dos años.
           Aun así evidencia su desencanto en el nuevo cargo.

─Los derechos laborales tradicionales ya no son tan atractivos como antes. La libertad, aunque cueste caro, es un valor determinante para las nuevas generaciones ─dice el director─. La vida es cada vez más tailor made, es decir, hecha a medida. Los jóvenes buscan que el trabajo se adapte a sus necesidades y no lo contrario.

Quizá esto se deba a cómo se vincula hoy el rol del trabajo con la satisfacción personal y que los empuja a empezar una y otra vez, a decir de Marco Mühletaler.

La línea de carrera y los ascensos ya no importan mucho si te sientes desgraciado en tu puesto.

─Yo lo siento como un intento por ganarte la vida con más independencia y con mayor propensión a tomar riesgos ─dice Óscar Meza─. En la obra mi personaje es el único que sabe a lo que va: sabe lo que hay que hacer y cómo debe comportarse porque quiere irse a casa con su dinero, y si en el camino puede divertirse, lo hará. Se siente más realista que su compañero por jubilarse y, a la vez, que tiene más herramientas para «sacarle la vuelta» a sus empleadores.

─La competencia y el miedo al desempleo siempre existieron, pero hoy las condiciones han cambiado y los han agravado: la profesionalización y la capacidad de viajar mucho más que antes y ver el mundo han cambiado el «equilibrio» que existía ─dice el director de Almacenados─. Hoy no solo debes ser bueno en lo que haces, sino que también debes acumular «valores agregados» como experiencias en extranjero, idiomas, títulos, etcétera.

Y continúa:

─Quizá este fenómeno sea una más de las terribles consecuencias de la globalización.

 

                                                         *****

 

En contraste, el anciano nunca pudo dejar su trabajo: creía su dignidad en juego.

No renunció por temor. O tal vez por orgullo.

─El almacén es como una cárcel ─dice Alberto Ísola─. O bueno, sí puedes salir, sí puedes volver, pero en un lugar como ese, sin ventanas y donde nunca sucede nada, en el que te pasas la mayor cantidad de horas de tu vida, ¿qué harías para no enloquecer?

El anciano lo ve todo de manera tan esquemática, que hasta sus caminatas las realiza en línea recta.

La única manera de convencerse era crear un orden para sí mismo, dice el actor.

─Un orden vacío, si quieres, pero orden. Sin ello, el empleo se le haría insoportable. Buscó aferrarse a un ritual aunque fuese absurdo.

Era su manera de aprovecharse del «sistema» sin dejar de pensar que estaba cumpliendo con su encargo: una estrategia para creerse productivo.

Y sin embargo.

─Bertolt Brecht siempre hablaba del oportunismo de las pequeñas oportunidades: aquellas con las que salvas un escollo y crees aprovecharte del sistema, pero en las que en realidad solo lo perpetúas ─dice Alberto Ísola─. Y es que mientras el anciano reinventa su empleo por vergüenza y pudor, el joven también lo hace aunque desde la astucia y la conveniencia.

Y agrega:

─A pesar de todo eso, a pesar de sus intentos, ninguno cambia nada, ninguno resuelve nada en el fondo. Y eso es lo que me fascina de esta historia: que dos personas de distintas generaciones, con ideales muy distintos, coincidan en la misma necesidad.

 

 

 

Almacenados de David Desola.

Producción: Centro Cultural de la Pontifica Universidad Católica del Perú (CCPUCP).

Dirección: Marco Mühletaler.

Elenco: Alberto Ísola y Óscar Meza.

Lugar: Teatro del CCPUCP (Av. Camino Real 1075, San Isidro).

Horario: De jueves a lunes a las 8 p.m.

Entradas: De venta en Teleticket (de Wong y Metro) y boletería del teatro.

Temporada: De octubre a diciembre de 2016.


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