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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Periodismo de ayer y hoy

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En su último libro, el cronista argentino Martín Caparrós describe lo que era hacer prensa sin la ayuda de computadoras. Queda una duda: ¿Deberíamos insistir en la clásica noción de periodismo en un mundo en el que existen Facebook y Twitter?


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           «Desde aquellos años, cuando empecé a trabajar en esto, tanto cambió tanto. Cambiaron, por supuesto, las fuentes de información. En 1974 yo repartía cables de agencia en aquella redacción: unos papeles que surgían de un aparato antediluviano denominado télex, una especie de impresora tamaño baño que recibía vía teléfono sus textos desde la central de cada agencia y los tecleaba con mucho ruido en un rollo de papel continuo. Nadie que no fuera periodista había visto nunca un cable. Los cables eran la única forma de enterarse de lo que había sucedido en, digamos, Vladivostok, San Pablo, El Cairo, Tinogasta. Ver una noticia imprimiéndose en un cable que repicaba la campanita de urgente era saber que estabas por saber algo que nadie más sabía.
           Era una fuente reservada y lenta: sorprende, ahora, cuando nos acostumbramos a enterarnos de lo que está sucediendo en cualquier lugar del mundo desde cualquier lugar del mundo al mismo tiempo. Digo: que yo lea mi diario online en Buenos Aires o Rangún o Barcelona da lo mismo; es como mirar un tuiteo sobre las manifestaciones en Caracas o Niamey. En internet estar muy cerca o muy lejos es igual: la distancia es saber dónde encontrar la página que corresponde ─y poder leerla en el idioma en que está escrita─.

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Es solo una medida de cuánto cambió el trabajo del periodista: dónde y cómo obtiene su información. Es cierto que el mundo se empequeñeció de tan comunicado, pero las noticias locales también seguían caminos muy distintos. En tiempos en que toda redacción tiene varias teles encendidas para ir 'monitoreando' la actualidad, es raro pensar una época en que la televisión no formaba parte del kit informativo: los canales tenían apenas dos o tres noticieros por día, así que, cuando contaban algo, ya era viejo. Aunque la idea de 'viejo' ─de noticia vieja─ era completamente otra: los diarios del día siguiente eran los diarios del día, la novedad de hace unas horas seguía siendo novedad porque tardaba más en difundirse.
           En esos días los teléfonos andaban más o menos ─y, por supuesto, no había celulares, así que mucha gente quedaba desconectada mucho tiempo─. La radio llegaba rápido adonde fuera, pero no le resultaba fácil emitir desde cualquier lugar: tampoco se podía confiar en ella para enterarse al instante.
          No había fuentes secundarias inmediatas. Esa dificultad ─ese arcaísmo─ hacía que los periodistas no tuviéramos más remedio que salir a la calle: ir a buscar personas, preguntar, escuchar, mirar, averiguar, hinchar las bolas.
          Y si queríamos conseguir algún dato duro, lo más probable era que tuviéramos que ir a buscarlo a un instituto, ministerio o biblioteca. Si queríamos consultar información anterior sobre un tema, el archivero nos pasaba unos sobres de papel madera con recortes de diarios donde, a veces ─pocas veces─, estaba aquello que buscábamos.
          Si algo cambió para bien y para mal este oficio fue internet: el hecho de tener al alcance de la mano túmulos de información, el hecho de suponer que no hace falta ir a mirar.

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Y los diplomas: en estas décadas el periodismo se convirtió en una cosa que se estudia. Es otro cambio decisivo: produjo profesores, analistas, gente que sabe y que perora, el delirio incluso de hablar de 'ciencias de la comunicación'. Y un flujo incontenible de jóvenes perdidos: el periodismo se ve fácil, aprenderlo no suena laborioso, hay periodistas que parecen ricos, que parecen famosos, que parecen tan vivos. Miles y miles de chicos convirtieron su estudio en un boom inesperado.
           Así que los periodistas dejaron de formarse según el mecanismo medieval del aprendiz: ya no se usa que un muchacho inquieto consiga ─por insistencia, por contactos, por azares─ acercarse a una redacción y empezar, desde lo bajo, a hacerse con los gajes. El mecanismo le daba al oficio un aura rara que se correspondía con el humo, el alcohol, las noches largas, la sensación de estar fuera de algo, dentro de otra cosa. Un periodista, entonces, no tenía grandes posibilidades: podía, con suerte, escribir mejor que otros, averiguar más, conseguir un aumento, ser jefe y olvidarse de escribir. No podía, digamos, armarse un programa de televisión para llevarse mucha plata hablando bien de quienes la tienen y deciden dársela.

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En esos días casi nadie firmaba una nota: en los diarios argentinos, por ejemplo, las notas no aparecieron con nombres hasta fines de los ochenta. Hace cuarenta años no: la enorme mayoría de los periodistas eran operarios de una cadena de producción, trabajadores.
          Desde entonces el cambio fue doble, paradójico: por un lado, para ser periodista hay que estudiar; por el otro, todos somos periodistas ─o muchos se lo creen─. La difusión de noticias y mensajes ya no es prerrogativa de los medios: cualquiera puede hacerlo en variados vericuetos de internet. La gente de poder intenta aprovecharlo: en Twitter, por ejemplo, habla sin que la interpele. La gente sin poder intenta aprovecharlo: en todos los espacios de la red habla y habla. El problema, como siempre, es quién escucha.
           Hace cuarenta años había menos periodistas autónomos: menos free lance, menos autoproducción, menos espacios para hacer periodismo fuera de las instituciones. Lo cual, por supuesto, permitía que las empresas y los gobiernos y los demás poderes controlaran mucho más el flujo de la información. También hacía que los periodistas se sintieran más unidos y más potentes en sus reivindicaciones: en esos días nadie dejaba de cobrar sus horas extra, por ejemplo.
           Aunque en general las empresas periodísticas no eran grandes conglomerados ni estaban dirigidos por empresarios que no habían escrito más que cheques. Eran, si acaso, iniciativas de algún grupo político con ganas de influir o de algún periodista aventurero. En cualquier caso, gente cuyo negocio no siempre era contar pavadas para vender un poco más o vender sus páginas a las empresas o gobiernos con los que quieren hacer algún negocio.

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También las redacciones han cambiado mucho. Entonces eran lugares muy ruidosos. Las máquinas de escribir producían más que nada batahola y una forma distinta de escribir. Corregir esas hojas de papel pautado era humillante y laborioso: los buenos no llenaban sus copias de tachones. Así que convenía pensar las frases antes de teclearlas: pensar las frases antes de teclearlas. Ni mejor ni peor: muy diferente.
           Diarios y revistas ofrecían, en general, notas más largas: más confianza en los textos. No habían aparecido esos editores que trabajan para lectores que no leen y tratan de pelear contra el avance de la web y la tele llenando sus páginas de fotos, dibujitos, infografías, colorines.
           Hace cuarenta años nadie decía la palabra fuente, nadie la palabra ética, nadie medio ni multimedio, nadie cobertura ni pirámide ni lead. En cambio ya existía esa ilusión de que hay periodistas profesionales y periodistas ideologizados. Como si los 'profesionales' no tuvieran ideología. Como si creer que la propiedad es privada, las elecciones la manera de elegir gobernantes, la familia nuclear la forma de organización social primaria ─y unas cuantas pautas más─ no fuera ideología.
           Llamamos ideología a ese conjunto de normas que, por tan impuestas, creemos naturales. Obviamente no lo son: cambian con los cambios de poder, los tiempos».


           Lacrónica.
           Autor: Martín Caparrós.
           Editorial: Círculo de Tiza.
           Fecha y lugar de publicación: 2015, Madrid.


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