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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

El día en que cargué a mi madre

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Una mujer dialoga con su hija sobre el escenario y ambas describen el tipo de vínculo que las une. Una descubrirá cómo retomar sus sueños después de que sus hijos crecen y se van de casa, y la otra qué tanto de su madre lleva en ella.

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 El día que la hija propuso el título de la obra, la madre se asustó.

            ¿«El día en que cargué a mi madre»? ¿Así es como me ve ella? ¿Como una carga?, pensó Bernadette Brouyaux.

            ─Y no, esa connotación no pasó por mi cabeza en ningún momento ─dice Soledad Ortiz de Zevallos, la hija─. Al contrario, la palabra cargar tiene para mí varios sentidos simbólicos no necesariamente negativos.

            Y explica: en su mente estaba el hecho de que su madre la había cargado primero en su vientre y luego en sus brazos, y después el reconocimiento a todo el soporte emocional ─el apoyo─ que le había dado esa mujer a lo largo de su vida para convertirse en quien ahora es.

Para alguien que proviene del mundo circense, además, cargar es algo cotidiano.

─En el circo, cargar es una muestra de confianza, de cuidar al otro, de sostenerlo, de darle una base para construir algo. En ese ambiente uno carga a sus compañeros todo el tiempo y también se deja cargar. Esa palabra no es mala para mí: no puede serlo. Y confieso: al final también me gustó la posibilidad de cargar a mi madre en un espectáculo. Como soy trapecista y equilibrista, soñaba con poder subir a mi madre ─literalmente─ a mi mundo.

Y lo logra. En una escena la madre comparte el trapecio con su hija.

En ese sentido, la obra no es tanto una historia específica como una confesión de vulnerabilidad, de ilusiones, de nostalgias, de expectativas y de gratitudes.

Una confesión de amor pero, sobre todo, de admiración.

 

*****

 

─Ellas se encuentran en un momento en que pueden decirse cosas que quizá antes no: una edad en la que ambas se asumen ya como adultas y en la que las jerarquías verticales madre-hija o padre-hijo dejan de importar ─dice Paloma Carpio Valdeavellano, la directora.

En semejante estado, cada una es capaz de develar detalles de su relación y proponer otros solo para sentirse seguras de que ambas están tomando ─por separado─ las decisiones de sus propias vidas.

Por lo general, una hija no quiere ser una copia idéntica de su madre. Y no es nada personal.

Para algunas hijas ─y algunos hijos─ el instante de diferenciación y desapego nunca llegará.

─En un proceso así es necesario que ambas se asuman de igual a igual. Sin ese punto de equilibrio, tal vez mostrarían sentimientos contradictorios como iras, resentimientos y culpas.

Lo que se narra, entonces, es la historia de una relación: de cómo se construye un vínculo desde el vientre materno hasta la despedida.

 

*****

 

Una madre puede llegar a sentirse muy vulnerable en esta relación con sus hijos. Puede creer que deja de ser esa persona con autoridad y responsabilidad sobre alguien que ha concebido.

Puede también creer que los roles se han invertido y ahora pasa a ser la hija de sus hijos.

Sucede.

─Sí, esos instantes llegan y creo que si bien el afecto nunca se va, tienes que reacomodarte a esa nueva relación, lo cual es muy complejo ─dice Bernadette Brouyaux─. Y es así porque una, como madre, tiene mecanismos de protección hacia sus hijos del tipo «Hey, cuídate, no salgas tarde» o «¿Llegaste a tomar tu remedio?», y claro, esas cosas exasperan: yo también he sido hija de alguien en algún momento, y por tanto no es tan difícil darme cuenta de que algo así también fastidia, porque mi madre también lo hacía conmigo.

Luego agrega:

─Incluso ya siendo adulta, y mi madre anciana, en los momentos en que la veía volvía a sentirme niñita a su lado.

 

*****

 

Bernadette Brouyaux es belga de nacimiento. Llegó al Perú hace algunas décadas y labora en una oficina del consulado de su país. De muy joven tuvo ganas de hacer arte pero no como una carrera. Sin embargo, cuando Soledad demostró que tenía inclinaciones por el arte corporal desde muy pequeña, aceptó inscribirla y llevarla a sus talleres.

Poco a poco la madre fue conociendo a sus compañeros y viendo todas las funciones de los montajes en los que participaba su hija. Se divertía.

Hubo un momento en que ambas tuvieron que separarse: cuando Soledad Ortiz de Zevallos decidió mudarse a Bélgica a los veinte años de edad. Durante esa etapa, Bernadette Brouyaux sintió que debía hacer algo más con su vida.

Ahora, ocho años después y en otra escena de la obra, ella se mira al espejo y rememora lo que pensaba en aquella época: «Yo no quiero ser recordada solo como una madre».

Entonces decidió seguir lo mismo que su hija: actuación. Se inscribió de manera esporádica en pequeños talleres y luego se matriculó en el conservatorio de formación actoral del Teatro Británico de dos años de duración.

Cuando se graduó, cogió el teléfono, llamó a su hija y le propuso hacer una obra.

Juntas.

 

*****

 

─No se me escapa el hecho de que esta obra no esté narrada desde el típico punto de vista del principio-nudo-fin ─dice Paloma Carpio─. Algunas personas me dicen «¡Pero no hay tanto conflicto!», «¿Dónde está el drama?», y claro, uno imagina la representación de las relaciones familiares como algo intenso, tortuoso, y en el caso de estas actrices no es así. Por supuesto que hay partes en que se muestran ciertas tensiones, y es natural que existan. La verdad es que no queríamos ampararnos en la idea del sufrimiento detrás de todas las relaciones entre padres e hijos. La idea era movilizar sentimientos positivos, de afirmación y reconocimiento a lo que somos, y hacia la persona que resulta determinante en nuestras vidas. No necesitábamos explotar conflictos. Más bien deseábamos recuperar sentimientos que nos reafirmaran.

 

*****

 

Con todo, eso no es lo que sucede en la vida real. Al menos no con frecuencia.

Resulta paradójico que muchas veces cueste tanto acercarse a un padre o a una madre que nos ha dado la vida y, en cierta forma, es parte nuestra.

Cuerpos nacidos de sus cuerpos.

─A veces no tenemos la madurez suficiente para salir del suceso destructivo que ocurrió entre un padre y su hijo, de la pelea que ambos tuvieron, y dejar atrás los viejos rencores ─dice la directora─. En el fondo es poco común que alguien se pregunte cómo reconstruir sus relaciones dentro de casa.

A veces ni siquiera tienen que ser rabietas. También pueden ser envidias de los hermanos.

─Hay relaciones irracionales dentro de una familia, eso es evidente, y claro, si no existe la madurez suficiente, un hijo puede vivir resentido con el padre de por vida y por cualquier factor, y también un padre puede vivir sintiendo rechazo o ira contra su propio hijo, y todo por una cuestión de cómo reprocesaron su vínculo.

En la obra la primera imagen que aparece es la de una semilla que crece, y a decir de Paloma Carpio, es la metáfora de que las relaciones se tienen que cultivar porque nunca son espontáneas ni ocurren de manera natural solo porque alguien nació dentro de un grupo específico de personas.

─Si uno no tiene conciencia de eso, entonces las relaciones se enferman o complejizan hacia algo destructivo más que constructivo.

Frases típicas como «Qué voy a hacer, es la familia que me ha tocado» o «Yo no elegí a mi familia» no suenan tan saludables al final de cuentas: es como asumir que se arrastran pasivos gratuitos.

 

*****

 

─Ahora, después de este proceso, veo a mi madre efectivamente como una mamá pero también la veo como una mujer adulta con sus cosas lindas y hermosas, con sus ilusiones, y también con sus fragilidades y temores ─dice Soledad Ortiz de Zevallos.

─Un día mi hija me dijo «Mamá, ¿por qué no hacemos algo más físico? A mí me gustaría cargarte» ─dice Bernadette Brouyaux─. Y fue así cómo agregamos la parte de las acrobacias. Luego vendría la mímica y las canciones en francés.

Las acrobacias ayudan a representar simbólicamente ciertas situaciones. Los deslizamientos sobre la cuerda floja expresan más sobre los sentimientos encontrados que las palabras, por ejemplo.

Durante los ocho meses que reescribieron el guion, madre e hija tuvieron que confrontarse a los recuerdos de sus propias vivencias: les costó mucho entender la reinterpretación que cada una les había dado.

Eran evocaciones de alguna etapa de su vida pasada y presente ─y hasta futura─.

─No es fácil mostrarte vulnerable en un escenario con tu propia madre al lado ─reconoce Soledad Ortiz de Zevallos.

─Yo formé parte de un taller de teatro testimonial con Mariana de Althaus ─dice Bernadette Brouyaux─. La dramaturga nos comentaba que hasta ahora no existe suficiente material teórico sobre este tipo de arte, lo cual te permite hacer propuestas más libres. Es decir, no es como en el teatro clásico: allí predomina el esquema aristotélico. En el teatro testimonial, en cambio, se permiten varios lenguajes desde dónde narrarnos.

 

*****

 

─En la obra es evidente la admiración entre ambas mujeres porque cada una valora lo que la otra suma a su vida ─dice Paloma Carpio─. En la relación madre-hija siempre hay una suerte de espejo frente a la que una se observa: allí se busca aquello que quieres de la otra persona y aquello de lo que necesitas diferenciarte.

Al final de cuentas cada quien deberá seguir su camino, explica.

En la vida real, Bernadette Brouyaux se reinventó a partir de la carrera de actriz de su hija: una demostración de cómo a veces los hijos se convierten en una guía similar a lo que fueron sus padres para con ellos cuando eran niños.

En la historia, la madre explica que haber criado a su hija, cuidarla y verla crecer día a día fue como volver a nacer una y otra vez.

─Y no es solo ella quien renace: yo también lo hago ─dice Soledad Ortiz de Zevallos─. De hecho, hay una escena en la que represento ser una bebita en sus brazos, y eso es algo que desde hace mucho tiempo yo ya no hacía. La verdad es que a estas alturas es un lujo sentirme tan pequeñita y protegida.

 

 

 

El día en  que cargué a mi madre de Bernadette Brouyaux y Soledad Ortiz de Zevallos.

Dirección: Paloma Carpio Valdeavellano.

Auspiciadores: Embajada del Reino de Bélgica y La Cueva.

Elenco: Bernadette Brouyaux y Paloma Ortiz de Zevallos Brouyaux.

Lugar: Agárrate Catalina - Escuela de Circo y Danza (Av. 28 de julio 277, Barranco, a espaldas de la biblioteca pública).

Horario: Viernes y sábado a las 8:30 p.m., y domingos a las 7:30 p.m.

Entrada: S/ 30 (general) y S/ 15 (estudiantes y jubilados).

          Temporada: Del 15 de abril al 8 de mayo de 2016.
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También se puede comprar las entradas en www.papayapass.com

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