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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Leer según Umberto Eco

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El desaparecido escritor y semiólogo sospechaba de la excesiva reverencia a los libros solo por ser libros. "Ser cultos no significa necesariamente ser inteligentes", solía decir. Él proponía algo distinto: interpretar libremente sus contenidos hasta hacerlos nuestros.

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En el año 2010 Umberto Eco y Jean-Claude Carrière ─actor, guionista y dramaturgo francés─ se reunieron de manera alternada en sus casas y conversaron sobre el pasado, presente y futuro del libro como objeto a la luz de una pregunta muy persistente en esos días: ¿lo digital reemplazaría al libro de papel alguna vez? En el camino, Eco reflexionó sobre algunos escenarios más sutiles como la relación entre la narrativa y la cultura, el rol del editor y el coleccionista, la quema de libros y las librerías del siglo XXI, y sobre Internet y la obra abierta a las interpretaciones del lector. Estos son algunos fragmentos editados de esa conversación de por sí fragmentaria pero nunca pretenciosa.

 

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«Hace veinte años, la NASA u otra organización gubernamental norteamericana se preguntaba dónde enterrar exactamente ciertos desechos nucleares que conservan su poder radiactivo durante diez mil años. Su problema era que, de encontrarse en alguna parte, no se sabía con qué tipo de señal marcarla para impedir el acceso. ¿Acaso no hemos perdido en dos mil o tres mil años la clave de muchas lenguas?

Los expertos encargaron a un lingüista y antropólogo, Tom Sebeok, que estudiara una forma de comunicación para superar esas dificultades. Tras analizar todas las soluciones posibles, la conclusión de Sebeok fue que no existía lengua alguna, ni siquiera pictográfica, susceptible de ser entendida fuera del contexto en que había nacido. La única posibilidad, según él, era constituir hermandades religiosas que deberían hacer circular entre sus miembros un determinado tabú como "No tocar aquí" o "No comer aquí". Un tabú puede pasar de una generación a otra.

 

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Existe una forma de estimular la lectura. ¿Cómo consiguió el marqués Fuscaldo llegar a ser el hombre más sabio de su época? Heredó de su padre una biblioteca inmensa que le importaba un bledo. Un día, abriendo un libro al azar, encontró entre las páginas un billete de mil liras. Se preguntó si sucedería lo mismo con los demás libros y se pasó el resto de su vida hojeando sistemáticamente todas las obras que había heredado.

 

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Para darse a conocer existe el camino de la creación (la de los artistas, la de los fundadores de imperios, la de los pensadores). Pero si una persona no tiene la capacidad de crear, entonces puede elegir la destrucción de una obra de arte o, a veces, de sí misma.

Tomemos el caso de Eróstrato. Pasó a la posteridad por haber destruido el templo de Artemisa en Éfeso. Como era sabido que había encendido el fuego solo para que su nombre pasara a la posteridad, el gobierno ateniense prohibió que se pronunciara su nombre a partir de entonces. Pero no fue suficiente. La prueba de ello es que recordamos el nombre de quien incendió el templo de Éfeso y hemos olvidado el nombre de su arquitecto.

Eróstrato tiene, está claro, numerosos herederos. Hay que mencionar entre ellos a todos esos que van a la televisión a contar que su pareja los ha engañado. Es una forma típica de autodestrucción. Con tal de salir en la primera página de los periódicos, están dispuestos a todo. Lo mismo sucede con los asesinos en serie que, en el fondo, quieren que se los descubra para que se hable de ellos.

 

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Podemos insistir en los progresos de la cultura, que son manifiestos y tocan a categorías sociales que antes estaban excluidas. Pero, al mismo tiempo, hay cada vez más estupidez. Los campesinos de antaño no eran tontos por el hecho de que estuvieran callados. Ser cultos no significa necesariamente ser inteligentes. Pero hoy todas esas personas quieren hacerse oír y, por desgracia, en algunos casos solo nos hacen sentir su imbecilidad. La imbecilidad de un tiempo no se exponía, no se dejaba reconocer, mientras que la de ahora ofende nuestros días.

 

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En la historia de la humanidad algunos libros desaparecieron por motivos de censura religiosa o porque las bibliotecas tendían a quemarse con facilidad al igual que las catedrales, pues unas y otras estaban construidas en gran parte en madera. En la Edad Media, que se quemara una catedral o una biblioteca era algo tan normal como que se cayera un avión en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. El hecho de que la biblioteca de El nombre de la rosa acabe por quemarse no refleja de por sí un acontecimiento extraordinario para su época.

De esta manera, las razones por las que los libros se quemaban eran las mismas que empujaban a las personas a colocarlos en un lugar seguro y, por lo tanto, a coleccionarlos. Esto es lo que hacían las órdenes monásticas. Probablemente las correrías de los bárbaros y su costumbre de incendiar las ciudades antes de abandonarlas contribuyeron a esto. ¿Hay algo más seguro que un monasterio? Se guardaban libros al amparo de las amenazas que pesaban sobre la memoria. Y al decidir salvar algunos libros y otros no, se empezó a hacer una operación de filtro.

 

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En cada libro se incrustan, en el tiempo, todas las interpretaciones que hemos dado de él. No leemos a Shakespeare tal como escribió él. Nuestro Shakespeare es mucho más rico que el que se leía en su tiempo. Para que una obra maestra lo sea, debe ser conocida, es decir, debe haber absorbido todas las interpretaciones que ha estimulado, que contribuyen a hacer de ella lo que es. Es el caso de La Gioconda, por ejemplo. Leonardo hizo cosas que considero mejores, como la Virgen de las rocas o la Dama con armiño. Pero La Gioconda ha recibido más interpretaciones que, como estratos de sedimentación, se han depositado sobre el lienzo en el tiempo, transformándolo.

 

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Con Internet hemos vuelto a la era alfabética. Si alguna vez pensamos que habíamos entrado en la civilización de las imágenes, pues bien, la computadora nos ha vuelto a introducir en la Galaxia Gutenberg y todos se ven de nuevo obligados a leer.

Pero para leer es necesario un soporte. Y este soporte no puede ser solo la computadora. ¡Pasémonos dos horas leyendo una novela en la computadora y nuestros ojos se convertirán en dos pelotas de tenis! Además, la computadora depende de la electricidad y no te permite leer en la bañera ni tumbado de costado en la cama. El libro es, a fin de cuentas, un instrumento más flexible. Las variaciones en torno al objeto libro no han modificado su función ni su sintaxis desde hace más de quinientos años.

El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor. No se puede hacer una cuchara que sea mejor que la cuchara. Quizá evolucionen sus componentes, quizá sus páginas dejen de ser de papel. Pero seguirá siendo lo que es.

 

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El renacimiento religioso no está vinculado a los periodos de oscurantismo. Es al contrario. Florece en las eras hipertecnológicas que, como la nuestra, corresponden al final de las grandes ideologías, a periodos de extrema disolución moral. En momentos como estos necesitamos creer en algo. En la época en que el imperio romano alcanzó su máximo poder, cuando los senadores se dejaban ver con prostitutas y se ponían carmín, los cristianos bajaban a las catacumbas. Se trata de movimientos de reequilibrio bastante normales.

 

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Cuando yo era niño, una librería era un lugar muy oscuro, poco acogedor. Ingresaba y un hombre vestido de negro me preguntaba qué quería. Era tan angustioso que me marchaba enseguida. En contraste, nunca ha habido en la historia tantas librerías como las de hoy: bonitas, luminosas, con tres o cuatro pisos, en las que se puede ir y venir, hojear los libros, hacer descubrimientos. Y cuando voy a esos lugares descubro que están llenos de jóvenes. No es necesario que compren y tampoco que lean. Basta que hojeen, que echen un vistazo a la contraportada: también nosotros hemos aprendido muchísimo leyendo solo reseñas.

Es posible objetar que sobre seis mil millones de seres humanos el porcentaje de lectores sigue siendo muy bajo. Pero cuando yo era pequeño, éramos solo dos mil millones en el planeta y las librerías estaban desiertas.

 

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Virgilio pidió en su lecho de muerte que quemaran la Eneida. Quién sabe si en esos sueños de destrucción no anida la idea arquetípica de una destrucción con fuego que anuncia el reinicio del mundo. O quizá la idea de que, cuando yo muero, conmigo muere el mundo».

 

 

 

* Fragmentos de Nadie acabará con los libros de Umberto Eco y Jean-Claude Carrière. Editorial Lumen, Argentina, 2010.

 

** Fotografía de Vasco Szinetar.

 

1 comentarios

Estimado Carlos, fragmentos escogidos con sutileza y estilo! Gracias por este homenaje a uno de mis escritores favoritos. Saludos!

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