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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

El club de la pelea

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El campeón peruano Miguel Sarria inaugura su escuela de kickboxing y taekwondo en el Circolo Sportivo Italiano de Lima. Su primera y única regla de combate: no se trata de cuánto aprendas a pelear, sino de que seas capaz de vencerte a ti mismo.

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─Es bueno que te ganen. Es malo que tú pierdas.

Miguel Sarria Fernández se tira un manotazo por la nariz como quien se restriega una vieja herida y continúa:

─Yo pierdo cuando no me entrego por completo, cuando subo al ring con miedo, con inseguridad, trayendo los problemas de afuera o con el dolor de una lesión. Cuando hago eso, ni siquiera tengo que luchar: ya desde allí perdí. Pero una cosa distinta es cuando subo y busco superarme a mí mismo en cada golpe. En ese caso, solo en ese caso, se establece un enorme respeto entre los dos contrincantes. ¿Por qué? Porque si mi rival me ganó a pesar de haberme entregado al cien por ciento, es porque realmente es bueno, porque lo merecía. Y él también me honrará, porque sabe que a ambos nos ha costado y hemos hecho una gran pelea.

Si se trata de eso, de saber que has dado lo suficiente de ti, no solo sabes que conservas el reconocimiento de tus padres y tu entrenador y tu hijo y tu novia y tus amigos y tus competidores que ahora mismo te están viendo por televisión, sino que entonces se justifican esos meses de ocho horas de entrenamientos diarios y esos momentos en que te hiciste varios esguinces en distintas partes del cuerpo y te fracturaron la nariz y las costillas y los nudillos de la mano y no los sentiste y seguiste peleando: todo ese esfuerzo y sufrimiento habrán valido la pena.

Cuando sientes esa satisfacción durante las más de cincuenta veces que ganaste un torneo de artes marciales modernas, dejas de recordar la ocasión en que alguien apagó el televisor dentro de tu cabeza y caíste de espaldas en la jaula.

En esta escuela, de las pocas en la ciudad en la que se enseña técnicas de muay thai y taekwondo y boxeo y kickboxing al mismo tiempo, lo primero que te dice Miguel Sarria desde el primer día de entrenamiento es que de lo que se trata, ante todo, es de formar gente de bien con honor, respeto y lealtad.

Que las artes marciales no son, en realidad, para hacer daño, y que lo valioso es saber que te estás formando con nobleza y enfoque: con un espíritu marcial.

Que lo importante es formarse como campeones de la vida y no solo del deporte.

 

                                                     *****

 

Ahora mismo un grupo de jóvenes universitarios se turna para disparar sus piernas y puños uno sobre el otro.

Sus pies nunca llegan a posarse por completo sobre el tatami de espuma prensada: practican sobre la punta del pie, como si sus golpes fueran una coreografía de ballet. Atrás quedaron los días en que un pie firme sobre el suelo era sinónimo de una postura más sólida: al final eso solo te hacía más pesado al momento de atacar. Hoy ya no demoran al momento de levantar el pie, girar el metatarso y patear: ahora, apenas ven un punto débil en el rival, se lanzan hacia allí y de inmediato recogen la pierna o el puño para escapar al contragolpe.

Estar en puntillas ayuda a los luchadores a ser más rápidos y dinámicos en la pelea.

Es parte de la evolución de las artes marciales.

En el salón completamente rodeado de espejos y ventanales del dojo Sarria Inka Fighters resuenan las frases del instructor.

«Adopten la posición de boxeo».

«Cada golpe es un desplazamiento de piernas».

«Tengan las piernas separadas o de lo contrario serán barridos», son algunas de ellas.

─La base del kickboxing es el boxeo: está basada en muchas de sus técnicas ─dice Miguel Sarria─. El boxeo es un deporte que te hace ser consciente de la importancia del desplazamiento, y profundiza en él. ¿Por qué es importante el desplazamiento? Porque en su conocimiento está la técnica para poder llegar al rival.

Si los alumnos logran ser conscientes de esto, no solo mejorarán su ataque y guardia ─una de las claves del boxeo es la autoprotección─, sino que podrán moverse con facilidad y acomodarse mejor para golpear con mayor efectividad.

En estas ligas, para nadie es un secreto que la fuerza no sale de las piernas ni de los brazos sino de las caderas.

Si pesas setenta kilos, y utilizas bien tu cintura y caderas, todos esos setenta kilos se transmitirán a un solo golpe noqueador.

─Si desde el techo te cae una madera cuadrada, te puede golpear y herir, pero si desde esa altura te cae una madera en punta, te puede atravesar y desmayar y hasta matar. Pues bueno, esto es lo mismo: un buen trabajo de cadera hace que tus brazos parezcan esa madera en punta. Si tú lanzas tu puño solo con la fuerza de tu brazo, le harás daño a los huesos de tu mano, pero si utilizas la cadera de manera adecuada, podrás quebrar cualquier cosa.

Mientras el campeón mundial de kickboxing habla, un alumno de diez años de edad que recién ha iniciado sus entrenamientos está simulando golpes demasiado fuertes ante una niña de su mismo tamaño. Matías Defazi, el instructor argentino y también competidor de kickboxing que acompaña a Sarria Fernández en la escuela, le dice al niño de gafas que no utilice tanta energía y no la derroche: que por ahora solo se trata de aprender las técnicas.

 

                                                        *****

 

A sus treinta y siete años de edad, Miguel Sarria posee una marca de setenta peleas ganadas en artes marciales modernas ─taekwondo, kickboxing, full contact y muay thai─ en torneos nacionales e internacionales.

Ha peleado por convocatoria muchas más veces, por supuesto. La última se transmitió hace algunas semanas en el Canal Fox.

De su récord de peleas ganadas, veintiséis fueron por knock-out.

─Muy pocas, la verdad ─dice él─. Y es por mi punto débil y no tengo ningún problema en reconocerlo: no tengo pegada, no tengo mucha fuerza como para noquear de un solo golpe. Me toma mucho tiempo lograrlo. Pero en cambio soy muy rápido en todo. Tengo velocidad por naturaleza: está en mi biotipo.

Los cuerpos son distintos: cada uno posee sus propias destrezas, explica.

Hay luchadores que ni siquiera necesitan entrenar mucho porque ya saben que tienen mucha potencia en sus manos: bastará que su rival les deje un flanco abierto en cualquier momento para soltar el gancho noqueador.

Hay otros luchadores que quizá no tienen mucha técnica y mucha potencia, pero en cambio son muy resistentes a los golpes: nunca caen, soportan el castigo incluso cuando les envían patadas a la cabeza y solo empiezan a pelear de verdad cuando el rival ya se agotó.

Otros luchadores que no son muy fuertes ni muy resistentes son muy hábiles para mezclar técnicas de varias disciplinas en simultáneo y confundir al rival. Y están aquellos que solo saben utilizar un solo golpe ─patada o puño─ pero que son demoledores, y también los luchadores que tienen mucho estado físico y corren todo el tiempo alrededor del contrincante, esquivando sus golpes hasta cansarlos, y los que no son tan rápidos pero son duros como troncos y uno prácticamente se estrella contra ellos cuando va a atacarlos.

Pero también están aquellos luchadores que no tienen mucha cabeza: uno apenas los roza con un codo en los parietales y se desmayan. Son cuerpos demasiado sensibles a los golpes. O no muy resistentes a las sacudidas en el rostro. Luchadores con el mentón ligero.

Nacieron así, con esas características.

En parte de eso se trata estas peleas: de saber reconocer las habilidades individuales y explotarlas ─o cuando menos, simularlas─ y reconocer las debilidades individuales y esconderlas ─o cuando menos, disimularlas─. Como en la vida cotidiana.

─Aquí nada es absoluto: esa relatividad es lo que hace que estas disciplinas sean preciosas ─dice el competidor.

Sarria Fernández empezó en las artes marciales modernas a los diez años de edad. A los catorce ganó su primer campeonato. Él veía que su padre ─médico y director de un hospital─ todo el tiempo leía libros y se instruía. Lo admiraba por eso. Sin embargo, no sentía que pudiera leer tanto, no encontraba mucha pasión en la vida intelectual. En la escuela no era un mal alumno pero tampoco el mejor. Quería un reconocimiento por algo distinto, y lo encontró en el deporte. Cuando empezó a ganar en combates y ganó seguidores y sintió que había gente que se enorgullecía de él, supo que había encontrado su lugar. Luego estudió comunicaciones casi becado en una universidad privada gracias a su arte en el taekwondo y trabajó ─cerca de una década─ en La República y Perú.21 como periodista de investigación. Un día de 2011 renunció a su cargo de redactor. Rechazó la oferta de canales de televisión que le ofrecían triplicar su sueldo de prensa escrita. El año anterior había ganado un título sudamericano de kickboxing y ahora tenía la oportunidad de pelear por el mundial en una categoría específica. Se dedicó a entrenar todos los días a todas horas durante meses.

Quienes lo conocían le dijeron que estaba loco, que no podía dejar su trabajo estable, que todo era un albur. A eso se sumaba el hecho de que ya tenía un hijo y debía velar por él. A veces no tenía dinero ni para los pasajes para ir a entrenar pero se mentalizaba: se decía a sí mismo que no era posible haberse equivocado.

Consiguió el título mundial de kickboxing en el año 2012. Y también en 2013.

 

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─En estas disciplinas hay dos tipos de luchadores: los atletas que pelean y los peleadores que se vuelven atletas ─dice Miguel Sarria.

En el taekwondo los campeones deben ser verdaderos atletas, porque las condiciones físicas para ganar requieren tener un tronco pequeño y unas piernas largas y ser rapidísimo. En cierto modo, es un deporte elitista: exige muchos requisitos biológicos que muchas personas simplemente no comparten, así se aprendan todas las técnicas.

─Por el contrario, en el kickboxing no siempre gana el mejor atleta: gana el que tiene más fuerza interior, más ganas de querer lograr una victoria, más corazón.

Porque puedes ser un atleta muy preparado, veloz y efectivo, pero si en un descuido te golpean y caes al piso y te asustan, no sirvió de nada todo tu entrenamiento.

─Depende de la personalidad psicológica de cada uno. Tus logros siempre van a depender de lo que llevas dentro: si no ejercitas lo suficiente, o si ejercitas mucho pero a la hora de pelear dudas mucho o te dejas llevar por el miedo, no lo lograrás ─dice el competidor.

Se necesita mucho entrenamiento de las emociones.

Algo de esto sucedió en junio de 1980 con el enfrentamiento entre el norteamericano «Sugar Ray» Leonard y el panameño Roberto «Mano de Piedra» Durán: Leonard era un talento puro reconocido por el que menos: un atleta con mucha preparación. Durán, por su lado, era un peleador nato, sin muchas técnicas y variantes pero muy insistente: podían haberle arrancado la cabeza y sin embargo seguir peleando y golpeando muy fuerte. Y fue de esta manera que al final el latino venció al favorito mundial.

A Miguel Sarria le encanta contar estas escenas: son sus historias de motivación.

─En otra pelea famosa, un boxeador argentino que por todo talento solo tenía un jab maravilloso tuvo que enfrentarse a otro que era el campeón del mundo. ¿Y sabes qué hizo? Se concientizó. Él se decía: «Yo sé que en toda la pelea solo tendré una sola oportunidad para encajar mi golpe favorito, y voy a poner todas mis fichas en ese golpe. Mientras tanto, no me importará que me golpee: solo esperaré a que mi rival se descuide y me brinde esa oportunidad que necesito». Y así sucedió: el campeón del mundo, en un instante, se confió y dejó un flanco por donde ingresó el jab maravilloso. Fue noqueado. El argentino ganó solo por haber sabido esperar su oportunidad y no haberse dejado intimidar por la superioridad del otro.

Luego el instructor agrega:

─Por eso siempre digo que, a diferencia de lo que se cree afuera ─donde todo se ve físico─, estas peleas son mentales.

  

                                                                    *****

 

            Otras frases que salen de las bocas de Miguel Sarria y Matías Defazi esta noche de entrenamiento:

            «No se pongan tensos o perderán fluidez y se cansarán más».

«Observen al rival todo el tiempo, aun cuando los golpeen. Si cierran los ojos cuando viene el puño o la patada, perderán el equilibrio fácilmente».

Rodrigo Vargas tiene 21 años de edad y lleva diez meses entrenando kickboxing. Jorge Mojovich tiene 22 y lleva doce meses preparándose en lo mismo. Ambos son estudiantes universitarios: uno de medicina y el otro de administración. El primero siempre ve videos y quisiera llegar a participar en algún torneo: por eso toma suplementos vitamínicos y entrena hasta tres horas y media. El segundo, que también es bombero, lo hace solo por deporte pero también toma suplementos vitamínicos para reponerse del desgaste físico.

Ambos reconocen que sus padres los apoyan aunque no pueden evitar preocuparse: saben que en algún momento alguien les fracturará un hueso o les romperá una ceja o un diente.

Ni Rodrigo ni Jorge sienten nunca los golpes que se envían cuando están sobre el tatami: la adrenalina no se los permite.

Para ellos el dolor solo es una ligera molestia debajo de la piel que poco a poco va aumentando de intensidad conforme se alejan de la escuela, rumbo a casa.

Cuando no están ensayando entre ellos, los luchadores repiten todos los pasos de combate frente al espejo: disparan puños y piernas a los espacios vacíos de sus cuerpos reflejados. Se imaginan que ellos mismos son el rival.

En el dojo, uno de los ejercicios más comunes es reforzar los muslos y tobillos con flexiones para que sirvan como soportes cuando levanten la pierna para golpear. Otro es el de realizar series de diez patadas sucesivas alternando las piernas derecha e izquierda.

En promedio, después de cinco o seis potentes patadas sucesivas por cada lado, el cuerpo se arquea hacia adelante y el luchador empieza a bajar la guardia.

Es en esas ocasiones que los instructores dicen:

«Cuando pateen a la cabeza, mantengan la mirada recta: nunca bajen la barbilla».

«Tengan siempre las manos arriba protegiendo el rostro, incluso cuando suelten los puños».

En cierto momento Miguel Sarria se acerca a uno de los jóvenes y le da un consejo mientras apunta hacia sus riñones: «Ten cuidado: si dejas ese flanco libre y te golpean allí, te van a molestar».

En este lugar nunca, por nada del mundo, se menciona la palabra dolor.

 

                                                       *****

 

─No, esto no es nada comparado con lo que podría ser si boxearan ─dice el instructor─. No es cierto que en estas disciplinas modernas los luchadores se hagan más daño.

Miguel Sarria ha estado también en torneos de boxeo.

─El deporte más duro del mundo ─y eso está comprobado por la ciencia─ es el boxeo. Para ser boxeador hay que tener cojones.

Imagínate esto: subes a un ring, peleas doce asaltos de tres minutos cada uno y al final resulta que recibes, por decir un número cualquiera, mil golpes. De esa cantidad de golpes, por lo menos ochocientos fueron directamente hacia el rostro y la cabeza.

Esa es la proporción. Está comprobado.

Si solo un golpe en el rostro puede aturdirte, trata de pensar lo que serían 799 más.

─En el kickboxing, como es más fácil patear que tirar un golpe en la cara, de los mil golpes que se puedan dar al contrincante, solo cien llegarán a la cabeza.

Además, los asaltos en los campeonatos por un título son solo cinco.

Todos esos factores reducen considerablemente las posibilidades de un accidente cerebrovascular.

Los puntos más vulnerables ─a veces mortales─ suelen estar al centro del cuerpo humano: frente, garganta, plexo y testículos. Los órganos internos ─el hígado, el estómago, los pulmones─ rara vez estallan por los golpes. Lo que sí estallan son las arterias de la cabeza.

─En toda la historia del MMA solo ha habido un fallecido: en los años noventa murió un ruso en un torneo durísimo donde se peleaba sin guantes. En el boxeo, en cambio, en cien años de historia, ha habido quinientos muertos ─dice Miguel Sarria─. Eso ya da una idea de lo intenso que es como deporte: no solo se trata de prepararse para encajar en una determinada categoría de luchador, sino que también es necesario acostumbrar el cuerpo a los golpes.

Pero hay un punto donde la adrenalina juega una mala pasada a los peleadores.

─Se ha demostrado que un boxeador o un luchador de kickboxing, por igual, están preparados para levantarse del piso así estén noqueados ─dice el competidor─. A mí me ha sucedido. Me han tirado al piso y me he levantado y he seguido peleando, por inercia. Mi cabeza la sentía como si acabara de despertar de una larga noche de sueño, pero como todavía estaba consciente, como no me había desmayado, seguía en la pelea. Y bueno, ahora sé que eso es lo último que debía hacer: en esas situaciones es que los luchadores mueren. Porque al estar así, aturdido, peleas sin ritmo, te vuelven a noquear, vuelves a levantarte, vuelves a golpear aturdido, y allí es cuando aumenta tu riesgo de caer, víctima de un derrame cerebral.

 

                                                       *****

 

Hubo un momento en que se creyó que las artes marciales modernas ─taekwondo, kickboxing, MMA o vale todo, muay thai─ desplazarían en importancia a las tradicionales ─judo, karate, jiujitsu, kung fu─.

Se decía que un karateca no tendría oportunidad en un ring de MMA, por ejemplo. Hasta que un karateca brasileño de renombre mundial, Lyoto Machida, demostró que no era cierto: que con sus técnicas podía doblegar a peleadores más grandes y macizos que utilizaban piernas, brazos, codos y rodillas en sus golpes.

─En la actualidad no hay disciplina menor: todo se complementa. Al final la estrategia vale más que la fuerza ─dice Miguel Sarria─. En un torneo de kickboxing no es que las patadas o los puños tengan más puntos: se evalúa la eficacia de los golpes en conjunto.

Alguien puede dispararle cincuenta golpes a un luchador, pero si todos caen en su guardia y son bloqueados, significa que no hay efectividad.

El otro puede responder con un solo golpe, pero si este logra atontar o noquear al rival, la efectividad habrá sido del cien por ciento.

Las posturas de combate también influyen, sobre todo por la fuerza de inercia: los golpes son más contundentes cuando el otro ataca: si alguien se abalanza sobre ti, tú podrías hacer un giro y apuntar el talón hacia su estómago. Cuando el otro avance, recibirá el impacto de tu pie por completo.

Tu superficie de impacto fue tu talón. El suyo, su estómago.

Tu rival saldrá disparado.

A diferencia de lo que se ve en las películas, aquí no importa mucho la coreografía: se ha dado casos de luchas donde un peleador hizo un jab/low-kick, otro jab/low-kick y al tercero el contrincante cayó al piso. También ha habido casos de peleas que se iniciaron con un solo golpe noqueador y listo, no hubo necesidad de hacer más movimientos.

─Por eso los kickboxers se concentran en ser efectivos con el low-kick, la patada baja: uno, porque no cansa mucho, dos, porque es muy efectiva ─después del tercer golpe los músculos de las piernas se resienten y ceden─, y tres, porque si las alternas con las manos, no necesitas patear a la cabeza ─lo cual suele ser muy agotante─ ni patear con salto.

El competidor dice:

─En esto, lo más simple es lo más efectivo. Todo arte marcial busca precisamente eso: mayor efectividad al mínimo esfuerzo. El truco está en golpear sin que te toquen.

«Ojalá que mi enemigo sea muy fuerte. De esa manera no tendré compasión ni remordimientos al vencerlo», solían decir los hombres de un pueblo nativo norteamericano antes de partir a una guerra.

─Yo conozco entrenadores que innecesariamente buscan volver agresivos a sus alumnos. O entrenadores desequilibrados o con problemas de drogas que les encanta pegar y humillar a sus alumnos o que buscan pelea fuera del ring. Hay de todo en estas disciplinas ─dice Miguel Sarria─. Pero en mi caso, cuando se trata de enfrentar a alguien, yo no tengo ganas de matarlo: al contrario, sé que ante todo esta es una pelea conmigo mismo.

Muchas veces los peleadores olvidan que estas luchas son el equivalente a un duelo entre caballeros: que no están peleando con un anónimo que no conoce nada de las reglas, sino con otro profesional que maneja las mismas técnicas de golpe y guardia.

No es una pelea donde uno se va a desahogar con alguien ni pretende hacerle daño: pensar así solo demuestra una enorme inseguridad personal.

El instructor agrega:

─Antes que pensar en ganarle al otro, primero debo ganarme a mí mismo: debo vencer mis miedos de subir y que me noqueen o de hacer el ridículo por no estar a la altura o de morir allí mismo de un mal golpe. Y al subir al ring ya estoy luchando contra esos miedos. Y esos miedos se acaban cuando cae el primer guantazo.

 

                                                        *****

 

Miguel Sarria Fernández, el campeón de artes marciales que suele pegar una fotografía de su contrincante en el techo de su cama y al lado del espejo de su baño como una forma de prepararse para un futuro campeonato, el maestro que suele ponerse más nervioso cuando ve a sus alumnos pelear por un título que en una lucha suya, el padre de familia que entrena taekwondo y judo con su hijo de nueve años y por quien siente mucho orgullo por sus habilidades, el competidor que ha conseguido que una compañía como SkyFoods sea su auspiciador y proveedor permanente de suplementos vitamínicos, el ciudadano que prefiere darle la espalda a los buscapleitos que a veces lo hostigan en la calle aunque sabe que con solo un golpe los neutralizaría, el luchador que se mentaliza que no habrá nada que lo detenga en una pelea hasta no escuchar el timbre de la campana, ese mismo hombre es muy sentimental cuando observa antiguas transmisiones de boxeo.

─En el año 2005 un boxeador muy conocido, Chico Corrales, se enfrentó contra un mexicano más joven. En el décimo round Chico cayó noqueado, le hicieron el conteo y se levantó como pudo, empezó de nuevo, y nuevamente cayó noqueado.

A esas alturas, menciona el instructor, se creía definida la pelea: nadie daba un centavo por Chico Corrales. Tenía el rostro demasiado hinchado y fue necesario conseguirle otro protector bucal porque había perdido el suyo. Aun así insistió en volver a escena.

De pronto el veterano boxeador resucitó y comenzó a lanzar golpes cruzados y noqueó a su rival intempestivamente.

─Y pienso que esa fue la enseñanza de Chico Corrales: el mejor round de tu existencia puede ser la pelea que estás perdiendo ahora mismo: tú puedes estar en una mala situación, pero nunca debes encerrarte en ella y buscar, más bien, la salida.

Y dice:

─Chico Corrales había caído dos veces, pero cuando ganó y alzó los brazos y enfocaron sus ojos, te juro que yo, al verlo en la pantalla, me emocioné: las lágrimas me saltaron y la piel se me erizó. Acababa de ver la vida resumida en un ring.

 

 

Fotografía de Alberto Orbegoso Simarria

 

 

Dojo Sarria Inka Fighters.

Disciplinas: Kickboxing, muay thai y taekwondo.

Instructores: Miguel Sarria, Matías Defazi (competidor argentino) y Sabrina Meli (competidora argentina).

            Lugar: Circolo Sportivo Italiano (Juan Pablo Fernandini 1530, Pueblo Libre, Lima).

Informes: 203-7890 anexo 2016 y deportes@circolo.pe

 

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