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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Mascotas

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Hace algunas semanas se promulgó la ley contra el maltrato animal. ¿Por qué habríamos de proteger a nuestras mascotas de nosotros mismos? Quizá porque no solo nos apaciguan: también nos reflejamos en ellas.

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«Animales domésticos somos en principio todos aquellos que nos hospedamos en el hogar y a quienes se les atribuye un alma. Siendo, sin embargo, animales domésticos, los animales-animales poseen un estatus diferencial: es fácil atribuirles un puesto inferior y hasta humillante porque duermen casi por cualquier parte y comen casi cualquier cosa.

 

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Al contrario de lo que ocurre dentro de una familia en que unos apenas se hablan y otros se desdeñan, la presencia de un perro o un gato procura sentimientos que casi todos comparten.

Un perro jamás se enfurruña arbitrariamente y las desavenencias proceden más de que el dueño no entienda al perro que al revés. Así, no solo prestan una compañía activa cuando se los necesita, sino que pueden imbuir en sus dueños atinados auxilios sobre cuestiones psicológicas: el animal de compañía sería el tutor que contribuye a perfilar los juicios emocionales de sus amos, siempre más propensos a la locura.

Las mascotas, además, realizan una impensada función a través de sus silencios. El perro nos mira y en sus ojos se manifiesta no ya lo que él siente que por lo general ocupa un segundo lugar sino el mundo que nosotros sentimos y él intuitivamente comparte con generosidad. Nadie sería capaz de reproducir con su exactitud nuestra emoción y, al cabo, nuestros deseos de vida.

 

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El perro da luz a los ciegos, da serenidad al despechado y proporciona amparo al desamparado. Pero también amará hasta el punto de morir por su amo, de buscarlo a cientos de kilómetros o de llorar adherido a su tumba.

Más allá de los amantes, más allá de los padres o los hermanos, el animal nos quiere a la manera indescriptible en que soñaríamos ser amados. Aman, en definitiva, sin condición, e incluso enfermos, maltrechos. Nunca acumulan un rencor irresoluble e incluso su malestar es tan reparable que una mínima adición de nuestro amor los devuelve al júbilo de querernos como bestias.

¿Puede incluso pensarse que un perro se halla mejor entre humanos que con los demás perros? ¿Serán ya más enseres que perros y, en consecuencia, serán más del domicilio que la jauría, más de nuestra casa que de su casta?

La civilización ha creado estas criaturas que, escindidas de sus parajes, conviven con humanos en hábitats donde se encuentra la cocina, la lavadora, el teléfono o el televisor.

 

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Los dueños suelen bendecir así a sus queridas mascotas: son parte de su vida buena y, cuando mueren, sienten un derribo que solo modera pensar que son perros y gatos, animales al fin, inferiores a la grandeza que nos procuraron.

El ser animado que nos acompaña hasta su muerte y en la mayor parte de las veces muy anterior a la nuestra entrega su vida al pienso de nuestro amor, siempre por debajo del suyo. ¿Hay alguien que pueda garantizar en el mundo una pareja así que viva persistentemente o muera insaciablemente en proporción a nuestro yo?».

 

 

 

Un ensayo de Vicente Verdú.

Fragmentos editados de «Los animales domésticos».

Artículo publicado en Enseres domésticos: amores, pavores, sujetos y objetos encerrados en casa, 2014, Editorial Anagrama, España.

 

 

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