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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

El Vendepatria

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Si en cada ocasión que votas empeñas tu país a un político, al menos ahora obtén dinero por ello: esta era la propuesta del candidato que pretendía vender al Perú. En su filosofía había una promesa tácita: Alan García ya no sería presidente por tercera vez.

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La cuarta travesura era la más arriesgada: una agencia de noticias filtraba el audio donde un supuesto canciller chileno le dejaba un mensaje telefónico al candidato presidencial peruano que pretendía vender el país y le ofrecía no solo su apoyo sino también, de paso, el territorio de Bolivia como anexo.

«Nos faltó proponer la devolución del Huáscar ─dijo uno de los creativos a cargo─. Pero igual nos pueden denunciar solo por esto».

La tercera travesura de la campaña era simular una serie de encuestas donde el improvisado candidato desplazaba de los primeros lugares a Alan García y le daba las gracias al pueblo peruano por la espontánea y masiva aceptación.

Una de las frases favoritas del personaje en las redes sociales era: «No quiero ser un presidente más del Perú: quiero ser el último presidente del Perú».

La segunda travesura era lanzar un video donde el candidato ofrecía cien mil dólares a cada peruano como resultado de la venta de su país y proponía que la nación de Grau y Bolognesi pasara a ser parte de Suiza, Estados Unidos, Japón o Alemania, y beneficiarnos de sus eficientes gobiernos como ciudadanos redimidos.

«100milxcabeza» y «Piensa en mañana» ─exhibidos en imaginarios paneles de la ciudad─ eran sus lemas de batalla.

La primera travesura era dar vida al personaje político Jorge Locke ─alias CocoLoco─ y crearle una página web, una biografía, un rostro ─retocado de la imagen de un empresario cualquiera del catálogo de ShutterStock─, cuentas y hashtags y seguidores en Facebook y Twitter y, claro, un partido político que lo cobijara: el PPP o Partido Pragmático Peruano.

El espantoso logo del PPP ─un Perú que encajaba en un ánfora con figura de planeta─ fue diseñado así de manera deliberada: el icono debía sugerir que el partido existía de verdad como cualquier otro de esos que en este momento intentan dirigir nuestro voto para las elecciones presidenciales del año 2016.

Las intervenciones surtieron efecto: miles de personas a favor y en contra de la propuesta vendepatria se abocaron a escribir comentarios y correos por igual, y periodistas de varios medios de comunicación locales solicitaron entrevistas con el misterioso candidato.

Hasta Associated Press y Univisión se interesaron por el tema.

De Perú.21 también llegó una propuesta de reportaje.

Pocos sabían que en el origen de todo ese juego estaba, simplemente, un libro.

 

                                                     *****

 

─Todavía hoy, unos días después de haber debelado la campaña de intriga, hay adeptos que me siguen escribiendo al inbox de CocoLoco: un reputado neurocirujano me acaba de expresar su apoyo y me pregunta dónde se puede inscribir ─dice entre sonrisas Robby Ralston, el autor de El Vendepatria─. Tras la publicación del libro, alguien me dijo por ahí: «Huy, y yo que pensaba votar por ti». Y otro, en Facebook, escribió: «Qué pena, se fue el único candidato decente y honesto que existía». ¿Te das cuenta de lo extraño que resulta que haya gente que enganche con la idea de vender tu país? Qué dramático. O qué desesperado.

Lo curioso es que ni siquiera necesitaron leer el libro...

─¡Imagínate si hubiéramos puesto spots en televisión y radio y banderolas en la calle! Ahora bien, hay que reconocer que estamos en un país donde los candidatos compran votos con bolsas de arroz, y aparezco y les ofrezco cien mil dólares por cada uno: yo creo que si alguien en el mundo real promete a los peruanos cien mil dólares o cincuenta mil o tan solo diez mil dólares, se vende el Perú, definitivamente.

¿Y cuál sería el insight detrás de una propuesta así?

─El hecho de que hay ciudadanos que están tan decepcionados de la política peruana como yo: la venta del Perú sería su forma de expresarlo. Muchos sentimos que este país no tiene líderes: a quién sigo y hacia dónde lo sigo es la pregunta clásica. Ya, ok, yo le doy mi voto a Keiko Fujimori o a PPK pero sé, en el fondo de mí mismo, que no va a ocurrir nada distinto, que no va a haber una mejora real, que no habrá un destino como país.

En redes sociales se racionalizó tanto la propuesta que hasta pronosticaban una inflación con la venta del país y algunos interesados te preguntaron si podrían conservar sus propiedades o también debían negociarlos...

─Sí, y eso demuestra que ya se estaban comprando la idea. Y en el libro sucede algo similar: al principio te das cuenta de que la gente está en contra, pero después lo piensa y finalmente se pone a favor. Esta campaña ha durado seis días, pero yo estoy seguro de que si hubiéramos prolongado el engaño durante un mes, muchas personas, una vez superado el shock, habrían apoyado la propuesta.

Alguien más te preguntó si con la venta dejaríamos de ser peruanos y tú respondiste que no como un texano sigue siendo de Texas: el Perú solo sería parte de otro Estado. En el libro también expones una lógica feroz para subastar al país entero...

─Sí, y te digo por qué: en términos pragmáticos ─y disculpa si suena duro─ este país no debería existir.

¿Por qué?

─Como país el Perú no sirve: ¡Tenemos doscientos años intentando ser una nación y no lo logramos! En una perspectiva pragmática, lo aconsejable sería unirnos o fusionarnos hacia algo o alguien más exitoso. Y mira, desde esa misma óptica, vendiendo el país... también seríamos libres. Solo piensa en esto: ¿Cuánto tiempo de gracia le darías a una empresa que no funciona? ¿Dos siglos? ¡Ni siquiera veinte años!

 

                                                      *****

 

Robby Ralston es publicista de profesión. Alguna vez fue parte de McCann-Erickson y hoy dirige una agencia que lleva su nombre. En cierto momento de su vida vivió en Chile y Ecuador. En este último se refugió durante el primer gobierno de Alan García. Casi toda la promoción de su colegio ─con excepción de dos amigos─ se fue a buscar el futuro en el extranjero: muchos nunca regresaron. En esa época de crisis, hiperinflación y corrupción aprista es que se le vino a la mente la historia de El Vendepatria.

Hoy, de ese candidato político que pretende gobernar el país por tercera vez, dice: «Que Alan García todavía esté vivo políticamente después de ese primer gobierno lo muestra, precisamente, como un zorro astuto. ¿Cómo es posible que seas candidateable después de prácticamente haber destruido el país?».

Aterrizar la idea en papel tomó años: la obra recién fue escrita hace siete años, durante la relativa bonanza económica peruana. Fueron quinientas páginas de una historia ─a decir del mismo autor─ dramática, seca, sin humor, casi melancólica sobre cómo debía ser el país y no lo era.

El publicista la desechó. «Era un libro serio demasiado ambicioso para mí porque yo no soy escritor sino redactor publicitario y hombre de marketing. Era demasiado para ser un primer intento», recuerda.

Robby Ralston volvió a reescribir la historia en 2015 y esta vez como una comedia en menos de 130 páginas. La presentó a un amigo publicista de otra agencia creativa, Tribal 121, y este, tras leerla solo en hora y media, la envió a Saxo YoPublico, una empresa de contenidos, y esta, tras producirla con la agencia de diseño Taller 4, la reenvió a Mesa Redonda, una conocida editorial peruana que se encargó de llevarla al papel, y a Number6, una agencia de prensa y relaciones públicas que luego se encargó de comprometer en la campaña mediática a Carlos Galdós, Aldo Mariátegui y a Alberto Ñiquen de LaMula.pe bajo una sola consigna: plantear una propuesta política distinta así fuera ficticia.

«El proyecto tuvo dos canales: el editorial propiamente dicho y el de la intervención social que se propagó por redes sociales durante una semana ─dice Benjamín Edwards, el director de Tribal 121─. Y nos divertimos mucho en el proceso: con decir que me sorprendió mucho que Robby pusiera en mis manos a su propio equipo creativo, siendo que ambos trabajamos en agencias distintas».

Una red de colaboradores y aliados estratégicos. Un discreto joint venture.

«Yo personalmente, desde mi teléfono, le envié mensajes a los asesores de Alan García, de Keiko Fujimori, de PPK, de Luis Castañeda, y a congresistas y a ministros, y obtuve de todos ellos respuestas muy locas: muchos se creían lo de CocoLoco», dice la representante de Number6. «Tuvimos que rechazar entrevistas en todos los programas de televisión de este país».

El día que esta comunicadora se reunió con Robby Ralston y un posible colaborador mediático en La Tiendecita Blanca de Miraflores para conversar sobre el proyecto, había otros candidatos a la presidencia de la república sentados a su alrededor discutiendo sobre sus propias campañas electorales.

César Acuña era uno de ellos.

 

                                                      *****

 

¿Qué opinas de aquellos que siempre se opusieron a vender el país?

─Que son cuerdos. Porque vender el país no es una propuesta real. Por el contrario, es una propuesta loca que yo lanzo para que nos demos cuenta de que sería tonto hacerlo: nosotros ya sabemos lo que tenemos que hacer ─respetar las señales de tránsito, no sobornar al policía, no ser informales, no desfalcar al Estado─. No es necesario que haya un tipo o una nación que nos diga lo que tenemos que hacer. Y si ya sabemos lo que tenemos que hacer, ¿por qué no lo hacemos?

Pero dentro de ese grupo que nunca estuvo de acuerdo con vender el país, ¿no te parece que su idea sobre la patria era un tanto colegial, casi infantil?

─Sí, definitivamente. Los argumentos de la gente cuerda durante la intervención fueron muy emocionales y nunca racionales: que nuestros héroes, que la tierra que nos vio nacer, que nuestros padres o nuestra comida. La otra parte, en cambio, la que sí estaba de acuerdo con la venta del país, era mucho más pragmática: te decían ok, esto no funciona, intercambiémosla por algo, vendámosla. 

¿Y nos podemos gobernar con ese tipo de pensamiento emocional? ¿Parte de nuestro tipo de política no se deberá a ello?

─Yo creo que la emotividad entre los peruanos es muy fuerte y en cierto grado está bien porque es lo que nos debe impulsar: es bueno que exista esa emoción como pasión. Pero sería positivo que esa emoción se canalizara hacia alguna acción: para elegir a un presidente que te ofrezca un destino y no solo que ofrezca agua para todos como el segundo gobierno aprista ─y que no cumplió─ o venderte gas a doce soles como el humalista ─y que no cumplió─, por ejemplo. Porque recoger la basura de las calles o colocar más policías en servicio no significan una visión de país.

¿Qué debería decir un candidato presidencial para que tú lo elijas?

─Que me diga que quiere desarrollar al Perú en veinte años. Listo, puedo discutir la idea y la forma cómo lo haremos, pero al menos hay una visión de qué hacer con el país. ¿Y cómo lo llevamos a la práctica? Alineando los temas como seguridad, educación, salud pública, crédito financiero e industria detrás de un objetivo a largo plazo, como hacen Brasil y Chile, y no para los próximos cinco años.

¿Sabes a cuántas personas llegó la intervención social del Vendepatria?

─Si ves los números registrados notarás que son pequeños: CocoLoco tuvo casi 100 followers en Twitter y 600 o 700 en Facebook, y el PPP, que tuvo sus propias redes, algo similar. No es como para decir guau, qué locura de campaña. Y sin embargo, el video fue visto 18 mil veces.

¿Y cómo interpretas eso?

─Que hubo mucha más gente que se enteró de esto: no lo comentó, no lo compartió, pero sí se enteró. Y esto es lo increíble del mundo digital: cómo las redes sociales funcionan más allá de lo que dicen los tuiteos y los likes, porque claro, tú lees la noticia, la procesas, la interiorizas y puede que ni siquiera la comentes o compartas.

La entrevista de La Mula a CocoLoco llegó a tener más de 6 mil registros...

─Sí, y hay un montón de lecturas que no se marcan, que los números no registran: la web es más potente de lo que pensamos.

Y sus mensajes se activan con los presupuestos que cada persona lleva en sí...

─Exacto, y a eso voy: yo creo que la propuesta es tan loca y chocante que implica un voto oculto.

¿Un voto oculto por el Vendepatria?

─La cantidad de comentarios que se publicaron en redes sociales es casi igual a las que llegaron por inbox. Es decir, hubo gente que no necesariamente estaba dispuesta a hacer público su apoyo porque, claro, cuando aparecía alguien así venían otros que inmediatamente lo atacaban y le enrostraban que cómo iba a vender su patria, la tierra de sus hijos, la tierra que lo vio nacer.

La voz de la conciencia que eligen ser muchas personas en las redes sociales...

─Así es. Y por eso creo que la propuesta de vender el Perú tiene voto oculto y más respaldo del que se pensaba.

 

                                                      *****

 

Discurso presidencial de Jorge Locke/CocoLoco en las primeras páginas del libro:

«¡Compatriotas!». Compatriotas... Así empiezan todos los discursos de los políticos que hemos escuchado o leído en los últimos doscientos años. «¡Compatriotas!».

Así es como durante doscientos años nos han engañado desde la primera palabra en cada uno de sus mensajes. Porque para ser compatriotas existe la necesidad básica de tener una patria. Y eso, mis queridos amigos, es algo que no tenemos en el Perú. No la tenemos ahora, no la tuvimos en el pasado y es muy difícil que, con los políticos que tenemos, nos pongamos de acuerdo para tener una en el futuro.

Vayamos al principio. ¿País? Tenemos uno: ahí está el territorio peruano perfectamente delimitado y reconocido por la ONU. ¿Nación? Tenemos una: la nación somos nosotros, la gente que vive y hace el Perú. ¿Estado? Tenemos también: un desastre, pero ahí está el Estado peruano, mal que bien organizado y lleno de ineficiencias y problemas. ¿Patria?

¿Patria?

Ahí sí que cojeamos.

Para mí la patria es algo que tiene que ver con los sentimientos, con la historia de la nación y, sobre todo, con su futuro. Una patria es un sueño compartido por todos los habitantes: un destino común. Y de eso, de eso, no tenemos nada.

«¡Despatriotas!». Así deberían empezar los discursos. Porque vivimos despatriados: sin ningún objetivo común que nos una y nos diga para dónde tenemos que ir, cómo debemos vivir.

Si existiera un objetivo común, ese debería estar en la Constitución de la República del Perú. ¿Y adivinen qué? ¡Sí lo está! ¡En el artículo primero de nuestra Constitución está el objetivo de nuestro país! Seguro que la mayoría de ustedes no lo habrá leído jamás, pero ahí está, y dice así: «La defensa de la persona humana y el respeto de su dignidad son el fin supremo de la sociedad y del Estado».

La defensa de la persona y el respeto a su dignidad: para eso existimos como país. Ese es nuestro «fin supremo».

Defender a las personas y respetar su dignidad.

¿Alguien ha leído antes un objetivo nacional más cojudo que ese?

¿Nuestra razón es defendernos y ser dignos? ¿Eso es todo? ¿Treinta millones de peruanos pagando una burocracia gigantesca para... defendernos y ser dignos? ¿No les parece absurdo? ¿No les parece absolutamente pasivo, tímido, falto de cojones y nada motivador?

Esa frase, la primera de nuestra Constitución, debería ser nuestra inspiración: ¡Nuestra patria! Y es lo que escucharon: nuestra patria, nuestra razón de ser y vivir, consiste en defendernos y ser dignos.

¿Defendernos de quién? ¿Ser dignos de qué?

¡Bah!».

 

                                                      *****

 

─Lo único que tengo en común con el Vendepatria son algunas frustraciones y la edad y la cantidad de hijas: como autor no quería estar acordándome de cómo era su familia mientras escribía el libro.

¿Cómo qué frustraciones?

─Como la de tener un país tan lleno de potencial humano y recursos que no es capaz de resolver sus problemas más elementales.

En realidad cada vez que votamos por un presidente le estamos vendiendo el país a ese político y a su lobby por una ilusión.

─Exacto. Y mira: ahora mismo no tengo en la cabeza ni un solo proyecto de ley positivo que haya salido de este Congreso de la República. ¿Qué ha hecho el Parlamento en los últimos cinco años por lo que merezca ser recordado?

Hmmm. ¿La aprobación de la ley contra el maltrato animal?

─¿Pero eso te parece relevante a nivel país? O sea, ¿debería existir una ley contra el maltrato a los perritos? Y peor, porque maltrato contra los toros y los gallos aún sigue existiendo. ¿Tenemos un Congreso para eso? ¿Les pagamos millonarios sueldos a los congresistas para que nos den leyes de ese calibre? Solo se dedican a enfrentarse entre sí.

¿Pero esos pleitos políticos no son parte del ejercicio de la política, de la negociación que existe en las democracias?

─Es que no discuten sobre algún proyecto o algo positivo para el país: discuten para tratar de enviarse unos a otros a la cárcel y ponerse zancadillas y, mientras, no avanzamos como país. Por ejemplo: discuten sobre el matrimonio gay pero no a profundidad, no se fijan en las implicancias: todo se resume a discursos tipo porque soy católico estoy en contra, porque soy gay estoy a favor. ¿Así se hace política?  Ese es nuestro nivel de liviandad e irresponsabilidad política.

Pues hay cierto sector incluso mediático que se pasa por alto ese tipo de consideraciones en los candidatos con tal de que representen un determinado modelo económico...

─Y sí, casi todos representan el mismo modelo económico, y no parece que exista otro modelo para el país: este ha demostrado que funciona pero que se debe perfeccionar con cuidado y al detalle: allí están temas como la minería, las AFP, la salud pública.

¿Pero no te parece que ese mismo modelo que parece funcionar es el que te está imponiendo indirectamente a esos candidatos sospechosos de corrupción?

─Pues te diré que hay candidatos que en las encuestas están más abajo que los primeros y son buenísimos y de lejos mejores alternativas. Porque tal como yo lo veo, necesitamos que un candidato no nos diga lo que quiere hacer él por su cuenta sino que nos diga hacia dónde va el país como colectivo. ¿Tú sabes qué quiere hacer Keiko Fujimori o Alan García con este país? Yo no lo sé, y lo mismo digo de Acuña y PPK: son figuras que quieren hacerse cargo de este país pero no dicen hacia dónde lo quieren llevar, y ni siquiera sé si lo tienen claro.

Pregunta obligada: dado tu fijación con los políticos de turno, ¿serías un candidato político?

─¿Yo presidente? Jamás. Yo sería un fantástico dictador constitucional. Si me proponen ser algo así, perfecto. Sería muy buen dictador, te lo aseguro: yo impondría mis ideas, asesinaría gente, cerraría instituciones, mandaría a todos a la cárcel. ¿Lidiar con un Congreso así? De ninguna manera, no estoy para perder el tiempo. Si me proponen ser dictador constitucional, en ese caso acepto encantado.

 

 

 

El Vendepatria de Robby Ralston.

Edición en papel: Editorial Mesa Redonda.

Edición digital: Saxo YoPublico.

De venta en librerías Communitas, Crisol, Íbero, La Familia, El Virrey y Época.

http://elvendepatria.com/

 

 

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