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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Búnker

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En situaciones desesperadas lo usual es guarecerse en un lugar para sobrevivir. Pero siempre habrá algo que ese espacio no garantizará: que el conflicto no exista dentro de uno. ¿Qué sucede cuando necesitamos protegernos de nosotros mismos?

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Un modo de refugiarse de los bombardeos de artillería y aviación suele ser esconderse bajo tierra en refugios de paredes de cemento y láminas de hierro.
           
Los búnkeres, además, suelen estar camuflados no solo para pasar desapercibidos sino también para sorprender al enemigo: desde allí francotiradores pueden apostarse para disparar con impunidad. Son, así, observatorios de guerra: los búnkeres prolongan los campos de batalla hasta lo insospechado.
           
Ya en el siglo XVI un militar francés decía que toda fortificación es un arte, porque se construye de tal manera que, cuando el enemigo ataca de manera frontal o lateral, siempre puede ser arrasado por los defensores. En el siglo XX, los búnkeres alemanes de la Segunda Guerra Mundial jugaban a desplazar su centro de gravedad con formas geométricas caprichosas, de manera que desviaran el impacto de las balas y las ondas de choque de las bombas.
           
Hitler, quien solía repetir que en la humanidad «la idea de la seguridad obsesiona y colma la vida», ordenó que en las playas al norte de Francia se construyeran más de quince mil búnkeres enterrados en la arena para enfrentar a los aliados.
            
Él se suicidó en su búnker favorito a nueve metros de profundidad.
           
No es fácil destruir los búnkeres. Por lo general los lanzallamas pueden exterminar a quienes están dentro, pero para derruirlos se necesitan bombas especializadas o con ojivas nucleares: si antes el hombre debía defenderse de piedras y flechas, luego debió hacerlo de bolas de fuego, y finalmente, de olas destructoras de calor y desintegradoras de átomos. El búnker, en ese sentido, ha sido construido para el nuevo clima de los tiempos.
           
En las últimas décadas Israel ha utilizado búnkeres en su conflicto con los palestinos.
            
Paul Virilio, un filósofo y urbanista contemporáneo, dice esto sobre los búnkeres nazis hoy convertidos en museos del horror: «Me interno en el búnker y una pesadez singular me oprime: siento que me abrasa el espesor que alcanzan las paredes como una segunda envoltura fisiológica que amplifica ciertos sentidos y protege los movimientos». Más adelante agrega: «Su dinámica es esperar, actuar, esperar la respuesta, reaccionar: los búnkeres, más que receptáculos, son binoculares gigantes».
            
Lo más estremecedor de estas estructuras es la ambigüedad de su funcionalidad: su capacidad de protección y ataque en simultáneo. Desde esa perspectiva, los búnkeres son peligros salidos de la tierra misma: un espacio volátil e inflamable proclive a estallar a cada paso del enemigo.
           
Sabido todo esto, ahora habría que figurarse lo que le sucede a una sociedad cuando cada uno de sus integrantes habita o conforma búnkeres imaginarios.
           
Cuando vive en un enfrentamiento constante desde fortines mentales.

 

                                                           *****

           

            ─Hay muchos tipos de búnkeres, qué duda cabe, desde los que te ayudan a protegerte hasta los que te condenan a encerrarte de por vida ─dice Augusto Mazzarelli─. Hay personas que edifican su búnker para subsistir: a algunas les funciona y a otras no.
           
En la obra el actor uruguayo encarna a un italiano de avanzada edad que un día de 1992, en pleno conflicto con Sendero Luminoso y el MRTA, llega a Lima para visitar a lo que queda de su familia.
           
El anciano, aunque se sorprende por la violencia y la inseguridad en las calles de la capital, sabe lo que es vivir así: alguna vez fue un soldado desertor del ejército fascista que salvó su vida al internarse durante semanas en un búnker.
           
Durante todo ese tiempo en la oscuridad, el hombre vivió con la angustia de que alguien lo descubriera y fusilara.
            
─Con todo, el peor búnker es aquel donde uno se autoconfina: el búnker de ti mismo, donde te parapetas emocionalmente. Ese es el búnker más complejo, porque te encierras y dejas de levantar la cabeza para ver el mundo.
            
Augusto Mazzarelli dice:
           
─Eso es lo más grave que le puede suceder al ser humano: cuando solo es capaz de preocuparse por sí mismo.

 

                                                             *****

 

La nieta del italiano vive en el sótano de una casa de Miraflores, a unas cuantas manzanas de Tarata: es huérfana de madre y estudia en una universidad que ha sido convertida en bastión terrorista y que en unas semanas más será intervenida por la policía y el servicio de inteligencia del gobierno de turno.
           
Pronto empezarán a desaparecer los profesores y los alumnos.
            
Algunos serán asesinados. Otros, torturados.
            
La joven no tiene madre: esta falleció víctima de una enfermedad y ahora tiene a su abuelo ─al padre de su madre─ tocando a sus puertas y pidiéndole que le explique con insistencia por qué en sus últimos días ella se aisló tanto de él.
           
La nieta no sabe qué responder. Solo le explica que está trabajando en el proyecto de un documental sobre la guerra europea de 1939-1945 para un curso y que él la ayudará con su testimonio de primera mano.
            
Sabe que en su universidad es peligroso hacer cualquier referencia a la guerra interna que se vive en el país.
            
El mayor peligro para ambos sobrevendrá, sin embargo, de su vecino: un muchacho inescrupuloso que buscará beneficiarse de la preocupación del abuelo por conocer la verdad sobre sus familiares.
           
Luego vendrá la persecución de la policía y los atentados que los obligará a cuestionar los búnkeres ─reales y simbólicos─ en los que se cobijan.

 

                                                          *****

 

─La obra finaliza precisamente en un momento esperanzador: cuando cae Alberto Fujimori y llega al poder Valentín Paniagua ─dice Jorge Chiarella, el director de Búnker─. La historia se queda allí para que en este año 2015 nos preguntemos qué pasó con esa esperanza.
            
En la última escena el dictador, quien hasta ese momento había aparecido como el personaje victorioso que logró neutralizar al terrorismo, renuncia al cargo de presidente de la república desde el extranjero tras conocerse los casos de corrupción de su gobierno.
            
Quince años después el fujimorismo pretende gobernar nuevamente.
            
En el mundo real.
           
─Si todo volviera a repetirse, significa que no llegamos a aprender nada de tanto dolor ─dice Mayra Couto, la actriz que interpreta a la joven estudiante─. Lo peor es que en el fondo siento que vamos hacia lo mismo, que después de que el terrorismo «desapareciera», los ciudadanos limeños han empezado a creerse «divos» y a mostrarse indiferentes con los demás y desconocer que en realidad somos parte de un colectivo.
           
Y agrega:
            
─Con frecuencia olvidamos que el terrorismo de los años noventa, en buena medida, se alimentó de la desigualdad, de la injusticia y la discriminación racial tan brutal que existe en el país.
            
─Al final uno entiende la impulsividad y el idealismo de la joven por querer cambiar la realidad, pero también la ecuanimidad del anciano ─dice Mateo Chiarella, el guionista de la obra─. Este le dice a la nieta que debe aprender de la historia: que el mundo está lleno de sufrimientos pero también de alegrías, y al hacer el balance entre ambos, entiende que es allí donde se puede reflexionar sobre la propia vida. El hombre representa a alguien que, a través de la experiencia, sabe darse cuenta de qué es lo que se gana y lo que se pierde en el mundo con cada acción suya.

           

                                                                            *****

 

A veces las personas se refugian en búnkeres no necesariamente por seguridad.
            
─Se les puede habitar por distintos motivos: por soledad, por tristeza, por protección y también por egoísmo ─dice Bruno Espejo─. Y cuando es egoísmo, se establecen en ese búnker como en un espacio de confort: se sienten bien allí dentro, se regodean entre sus paredes estén solos o no.
           
El actor interpreta al joven que se identifica a sí mismo como un peruano que tiene que sobrevivir a cualquier precio, así sea introduciendo la mano en el bolsillo de los demás. Al fin y al cabo ─dice en la obra─, eso es lo que se hace a todo nivel en el Perú: desde el presidente y el congresista hasta el empresario y el padre de familia y el profesor y el sacerdote y el comunero.
           
Es el sujeto «criollo» y vivaz que podría reconocerse en cualquier lado: alguien para quien la ética no es siquiera un tema a plantearse.
           
─Mi personaje es así no por inmoralidad o amoralidad sino por ego puro ─dice Bruno Espejo─. Él está satisfecho: por eso, aunque suene paradójico, nunca se muestra pesimista. Por el contrario, está contento con su manera de vivir. Lo que más le molestaría sería, más bien, que le dijeran que así no debería conducirse en la sociedad: reaccionaría mal, se opondría tajantemente.
           
Así es como se levantan estructuras herméticas propias: culturas donde no entran balas y argumentos y que han atravesado razas, estilos de vida, formas de ser y cargos.
           
─El búnker mental es sinónimo de enclaustramiento, sí, pero a veces también de la comodidad ─dice Mayra Couto─. Es como quedarte con un novio solo porque no quieres estar sola. Esa comodidad personal hace que no observes lo que está alrededor, y si no lo observas por ti mismo, es como si no existiera.
           
─Supongo que el tipo que tiene millones de dólares al que le dicen «Señor, su industria está deforestando el Amazonas y hay centenares de indígenas afectados» y le importa un pepino, supongo que ese tipo debe estar encerrado en su propio búnker, pues es como si dijera «A mí no me interesa lo que sucede en el mundo» ─explica Augusto Mazzarelli─. De hecho, hay personas que van así por la vida, con esa idea en la cabeza.
           
Luego el actor replantea la situación: «Entonces le podríamos preguntar a ese sujeto: "Y díganos, señor, ¿para qué quiere tanto, qué es lo que va a hacer con toda esa riqueza para cuando ya no existan personas?"».
           
─Porque de eso se trata esa manera de pensar: de generar una riqueza ya absurda, que llena de rabia e indignación, mientras que la pobreza se erige también como otro búnker, pero forzado.

 

                                                               *****

            

            Si los búnkeres pueden ser imaginarios pero impactan de manera concreta en la realidad, la política ─el arte de gobernar millones de vidas para perseguir un futuro mejor─ puede llegar a convertirse también en un pretexto para recluir mentalmente a poblaciones enteras.
           
No es casual que sus representantes ─individuos o grupos de poder como medios de comunicación y grandes empresas─ confronten otras perspectivas con agresividad y ofrezcan cualquier cosa a los ciudadanos a cambio de que sean parte del club: sobre todo en épocas electorales.
           
Tampoco es casual que existan búnkeres con candidatos políticos clonados entre sí o donde todo es un sálvense quien pueda.
           
─Pero no nos equivoquemos: sus invitaciones solo son aparentes ─dice Mateo Chiarella─. Si piensas como ellos, bienvenidos a su búnker, pero si no piensas como ellos, te abandonan sin alternativas y hasta dejan de considerarte una persona con expectativas y necesidades.
           
Y dice:
            
─Eso, si es que no te persiguen y desaparecen.
            
El dilema pasa a ser, en todo caso, saber de qué sirve ocultarse en un refugio si el mundo entero está contra uno: ¿De qué o de quién estaría protegiendo realmente el búnker?
            
La contextualización de la obra en tiempos de Alberto Fujimori no es azar.
           
─A mí no se me pasa por alto que Fujimori y el modelo económico neoliberal se necesitaron y necesitan todavía ─dice Jorge Chiarella─. Cuando se establecieron en los años noventa, fue como si hubieran dicho «se acabó todo idealismo» y, con ello, se acabaron las reivindicaciones sociales y laborales.
           
─Yo me lo tengo claro: que el fujimorismo, después de cómo terminó su gobierno, parezca tener opciones para el año 2016, es una demostración de que los peruanos, todos, como colectivo social, como país, hemos jugado mal nuestras cartas ─dice alguien del elenco─. Que nuestra realidad sea así quince años después de que Fujimori saliera del poder, es culpa de cada uno de nosotros.
           
Que el fujimorismo exista hoy como opción política, incluso con su fundador encerrado en la cárcel por corrupción y crímenes contra la humanidad, debe significar algo.
            
Alguien más dice:
            
─Después de que se hiciera conocida la corrupción de su gobierno, el descaro con el que se hicieron los robos y se afectaron a miles de vidas ─e incluyo también a los torturados, a los muertos en vida─, después de ver los vladivideos, la televisión y la prensa chicha de la época, solo puedo advertir que todo eso se oficializó en la vida de los peruanos y que hoy eso parece común en la sociedad.
           
Común, frecuente, normal.
            
La voz agrega:
           
─Y sí, claro que Fujimori hizo cosas buenas y que fueron notorias, pero eso no anula todo lo anterior: votar por alguien en su línea es como tener una pareja que te compra una casa bonita pero que dentro de ella te golpea, encierra y esclaviza.
           
Una casa, una construcción, un espacio.



           
Búnker de Mateo Chiarella Viale.
           
Producción: Aranwa Asociación Cultural.
            
Dirección: Jorge Chiarella Krüger.
           
Elenco: Augusto Mazzarelli, Bruno Espejo y Mayra Couto.
            
Lugar: Teatro Ricardo Blume (Jr. Huiracocha 2160, altura de la Cámara de Comercio de Lima y Residencial San Felipe, Jesús María).
            
Funciones: Jueves, viernes y lunes a las 8 p.m. Sábados y domingos a las 7 p.m.
           
Entradas: En Teleticket (de Wong y Metro) y boletería de la sala.
           
Temporada: De octubre a diciembre de 2015.

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