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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

El sí de los niños [pt. 2]

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                                            ***** [continúa] *****

            No hay registros oficiales, pero por lo que se comenta en Huancavelica, los padres prefieren que sean sus hijos varones, y no tanto las mujeres, quienes viajen a trabajar en solitario.
            
Ellas solo van a las ciudades cuando están acompañadas de papá o mamá o hermanos, o cuando algún pariente posee una casa donde pueda acogerla y responsabilizarse por la joven.
           
Josefina, una estudiante de la escuela de Huacchua, es un ejemplo de esta manera de pensar: cada año se traslada hacia Lima con toda su familia.
            
La joven tiene doce años de edad pero su rostro y cuerpo corresponden a los de alguien de ocho.
            
Según cuenta, por cincuenta soles su familia puede comprar un pasaje en un bus interprovincial desde la ciudad de Paucará y desplazarse hasta El Agustino sin que nadie les pida sus papeles de identificación. Mientras su hermana más pequeña vende caramelos y kiwicha en las calles, acompañada de un primo mayor, Josefina pela papas y zanahorias en la cocina de un restaurante.
           
No bien termina de pronunciar estas palabras, se ríe y tapa la boca por falso pudor. Luego agrega que le encanta trabajar y que volverá a viajar dentro de unos meses.
            
Una de las especialistas de Yachay le pregunta si la capital se parece a Huacchua.
            
─Nooooo, en Lima hay mucho calor y mucho cemento, no tiene nada de verde ─responde.
            
Moviendo los pies y revolviéndose inquieta sobre su asiento, la adolescente comenta que en Lima ha aprendido a jugar en computadoras y que ha conocido las playas y las piscinas. Luego se sobresalta cuando recuerda haber visto en plena calle cómo asaltaban y golpeaban a alguien.
           
─Felizmente a nosotras nunca nos ha pasado nada. Solo a mi hermano le robaron una vez.
           
Cuando le piden que describa cómo es su hogar en el pueblo, la muchacha asume una cierta actitud de orgullo:
           
─Mis papás tienen caballos, vacas, ovejas y chanchos, y en casa tenemos Internet, computadora, dos televisores, tres radios y un videojuego ─dice con voz ligeramente más alta.
            
En contraste, Grecia y Luisa ─dos hermanas de dieciséis y dieciocho años de edad, respectivamente─ casi no pueden evitar hablar en susurros y en el idioma quechua de la zona. Ellas también son del mismo pueblo de Josefina, pero están en la secundaria.
           
Ambas dicen que suelen viajar a Lima con una hermana mayor que posee ─¿casualidad?─ una casa propia en El Agustino, que en su caso ellas siempre piden autorización al juez de paz de su pueblo para viajar, que trabajan cuidando a sus sobrinos bebés, que ya sus padres están pensando en vender la chacra y mudarse también para la ciudad, que a veces también salen a vender frutas en la avenida Abancay de siete de la mañana hasta el mediodía, que fue la hermana mayor quien les dio la idea de hacerlo, que en promedio pueden ganar cuarenta soles al día en la calle, que el dinero lo ahorran y no lo entregan a nadie, que a veces lo gastan en ropa, útiles escolares y en dulces, que les gusta trabajar porque, si no lo hicieran, no podrían comprarse nada, que hasta el momento nadie les ha hecho daño o insultado en la calle, que Lima les encanta, y que sí, a veces se aburren de cuidar a los sobrinos.
           
─¿Y qué hacen los jóvenes de Huacchua cuando terminan el colegio? ─pregunta la representante de Yachay.
           
─Se van, todos se van. De las chicas sí se quedan un montón ─responde una de ellas.
            
─¿Y ustedes están conformes con las autoridades de aquí? ¿Conocen al alcalde?
           
─Sí lo conocemos ─responde la otra─, y ayuda a los niños. Él ha puesto agua potable, ha construido baños públicos y ha levantado la escuela.
            
La escuela es una antigua casona de madera cuyo segundo piso está a punto de colapsar, tiene rotos casi todos los vidrios de las ventanas, y su escalera es una serie de peldaños angostos y sin pasamanos por la que los niños suben y bajan con temeridad. El baño público es una caseta de metal pintada de verde y cerrada con alambres, y que se ubica en las faldas de un cerro. La plaza central del pueblo es un enorme óvalo de fierro y concreto con vanguardistas columnas ondulantes: hay en ella columpios, asientos y esculturas dedicadas a los huacchuas, esos patos salvajes que dan nombre al pueblo.

 

                                                    *****

 

 ─Deberíamos reflexionar sobre por qué nuestras autoridades, las que reciben parte del presupuesto del erario de Huancavelica, no están cumpliendo con la población infantil y no invierten en políticas a favor de nuestros adolescentes. Solo siembran cemento y asfalto en obras públicas. Si invirtieran en proyectos educativos o productivos no tendrían acceso a esos fondos ─denuncia una autoridad de Yauli.
            
Yauli es un distrito de Huancavelica con una población que supera las 35 mil personas: en la zona urbana solo viven 3,600 habitantes.
           
Los demás se encuentran en la zona rural.
            
De esas 35 mil personas, el 40% son menores de edad.
            
Según las investigaciones realizadas por Yachay a principios de 2014, de los 96 casos de niños, niñas y adolescentes huancavelicanos que se encontraron laborando en las calles de Lima, 55 provenían de dos distritos: Yauli y Paucará.
            
─Es verdad. La mayoría de menores de edad identificados son de mi distrito y no puedo estar muy orgulloso de eso ─dice el representante─. Al respecto, solo puedo decir que estamos ante un fenómeno cultural de toda la región: antes viajaban a trabajar exclusivamente los papás y las mamás, pero en los últimos años les ha tocado el turno a los adolescentes, y ahora hasta a los niños.
            
Y es que se aprovechan de los rasgos étnicos de los más pequeños, explica.
            
Pone un ejemplo: si a un niño o niña de la zona lo envían a vender huevos de granja a distritos pudientes como San Isidro o Miraflores, en Lima, automáticamente se los comprarán pensando que son huevos de corral. Sin tener que abrir la boca, sus rasgos físicos desatarán por sí solos toda una serie de creencias sobre la pureza de los Andes y las bondades de sus productos.
            
Si un niño andino ofrece pan en una cesta, ante los ojos de los demás será pan serrano y, por ende, un pan elaborado con ingredientes naturales, no procesado por industria alguna.
           
Será un producto menos artificial.
            
─Ahora bien, un factor que lleva a las familias a actuar así es la pobreza extrema en la que viven. En los centros poblados los padres no tienen acceso a un trabajo fijo, y lo que ganan no llega a cubrir una canasta familiar. Si a esto se suma que lo poco que siembran se pierde por el clima que los golpea con heladas, granizadas y temporadas de sequía, y el hecho de que la tierra ya no abastece como antes, se descubrirá el porqué de las migraciones masivas.
            
La autoridad dice que de niño él también trabajó como lustrabotas en Huancayo, aunque hace la aclaración de que su madre siempre se preocupó de que terminara el colegio. Luego se excusa diciendo que desde su cargo actual no puede realizar acción alguna a favor de los niños de su jurisdicción. No maneja presupuestos y esa potestad solo es privilegio del gobierno regional y los gobiernos locales. Los tenientes gobernadores de Yauli, afirma, trabajan sin recibir paga alguna.
            
─Yo conozco a la mayoría de los padres de esos niños identificados en Lima: algunos son hijos de las autoridades de la zona ─dice─. Una de esas niñas trabajadoras incluso es la hija del presidente de una comunidad cercana, por citar un caso. Pero cuando yo le pregunto por ella, me dice que la joven se le ha puesto rebelde, que ya no quiere estudiar y que no se le ocurre qué otra cosa hacer.
           
Y agrega:
           
─Por lo demás, tampoco puedo insistir sobre el tema porque muchas veces soy agredido o amenazado solo por mencionarlo. Me responden: «En todo caso usted déme trabajo» o «Hágase cargo de mi hijo». Con esos comentarios me atan de manos.

 

                                                       *****

 

 A tres años de su creación, el Programa Nacional Yachay ha atendido a más de nueve mil niños, niñas y adolescentes vulnerables y expuestos a riesgos en las ciudades de todo el país.
            
Gran parte de su trabajo lo realiza no solo con los menores de edad, sino también con los padres. La idea es reforzar los vínculos familiares y prevenir cualquier situación que pueda desembocar en trabajo infantil, mendicidad, explotación sexual y vida en la calle. A través de talleres y servicios especializados, el Programa educa y ofrece alternativas ante problemas sociales como la violencia doméstica, la desprotección familiar, la falta de oportunidades económicas y educativas, y las limitadas habilidades individuales.
            
Son problemas que suelen sufrir tanto los hijos como los padres.
            
El modo de intervención de Yachay es a través de los educadores de calle, un grupo de especialistas que contacta a los niños y adolescentes, identifica sus necesidades, y los emplaza a participar en actividades recreativas y formativas que los ayudan a fortalecer su autoestima y reforzar su desempeño escolar pero que, sobre todo, los hacen ser conscientes del círculo vicioso en el que se introducen cuando se dedican al trabajo o la mendicidad ─ya sea coaccionados o de manera voluntaria─ desde pequeños.
           
Se trata de una tarea lenta y muy meticulosa a nivel nacional, en la que los resultados no necesariamente saltan a la vista de inmediato: dependerá de cuánto se involucren también los menores de edad y hasta sus padres. Muchas veces los educadores deben tomar las precauciones suficientes para no atemorizarlos o herir sus susceptibilidades al establecer contacto. Tras la fase de acercamiento sigue el registro de los datos personales y la manera como viven, a fin de determinar sus carencias y las estrategias de apoyo a implementar en cada uno de los casos.
            
Eso es precisamente lo que ha venido a hacer el Programa en la región Huancavelica: buscar a los niños y adolescentes que en los primeros meses del año fueron identificados vendiendo o mendigando en Lima, corroborar lo que dijeron en ese momento y, en lo posible, conversar con sus padres para ampliar el círculo de influencia.
          
Esa es la razón por la que, en cierto momento, a la entrada de un centro poblado, el vehículo que transporta a los funcionarios del ministerio se detiene a la vera de un camino terroso. Desde la ventanilla le preguntan a una joven por el nombre de una señora cuyo hijo ha sido identificado lustrando zapatos en Lima.
            
La mujer lleva una cesta y, dentro de ella, papas nativas envueltas en bolsas de plástico. Algunas incluso vienen acompañadas con rodajas de queso fresco. Ella las vende.
           
A los que la saludan en quechua les ofrece papas amarillas y arenosas.
           
A los que hablan castellano les entrega papas blancas y duras.
           
Pronto la muchacha dice que sí, claro, que conoce a la señora porque es su pariente, pero que sabe que ahora mismo no está en su casa. Y cuando le preguntan si puede acompañarlos y guiarlos hasta su hogar para conocer algo más de su familia, al principio se escandaliza, luego ríe y finalmente responde: «Pero primero tendrían que comprarme todas mis papitas».

 

                                                       *****

 

 ─Si me preguntas si solo la pobreza es lo que motiva a los niños y adolescentes a trabajar en las ciudades, te diría que eso es una verdad en parte ─comenta Isabel Ale, la funcionaria de Yachay─. El discurso oficial, la lectura que tenemos de las autoridades, es que trabajan por necesidad. Sin embargo, de lo que hemos podido constatar por boca de los mismos niños y adolescentes que trabajan, notamos que también existe el factor del estatus proyectado ante los demás. Es decir, entre ellos valorizan más a los que han viajado a Lima, a los que conocen más lugares, a los que son capaces de traer lo último de la moda a su pueblo, a los que tienen un teléfono celular o visten un jean que los haga aparecer tan igual o mejor que otros compañeros. Digamos que esta mentalidad adquiere un mayor significado en los adolescentes, pues a los niños los impulsa la solidaridad, el querer apoyar a sus padres, o bueno, el hecho de que los envíen a trabajar sin que ellos tengan necesariamente la opción de decidir. De allí que muchas veces digan cosas como «Me mandaron a Lima sin saber lo que iba a hacer exactamente, no sabía para qué».
           
La psicóloga explica que en los adolescentes el estatus cobra más vigencia porque son los más expuestos a los medios de comunicación y el uso de Internet, donde descubren otros estilos de vida y otras formas de adquirir notoriedad. Es en esos ámbitos donde se empapan también de un discurso de consumo, y de expectativas y de identidad en el preciso momento de experimentación e independencia que todo joven atraviesa.
           
─Todo eso juega a favor, potencia y hasta le otorga un cierto matiz natural a la decisión de ir a Lima a trabajar y ganar dinero a como dé lugar.
           
Por supuesto que ese no es el único elemento que se cruza en esta problemática, pero la identificación de las motivaciones juveniles podría ayudar al momento de diseñar planes de acción a futuro.
            
─También están las expectativas de todo adolescente. Lo normal es que sepan que su comunidad les ofrezca las oportunidades de estudio y desarrollo individual que necesitan. Pero si no se les ofrece nada, solo les queda la posibilidad de salir de allí, de irse, y solo se quedan cuando tienen hijos y forman una familia. Todo eso genera la percepción de que en el campo no aprenden nada valioso y que en la ciudad sí, y además pueden ganar dinero ─y donde, a su vez, los demás integrantes de la familia, hasta los más pequeños, también pueden obtenerlo─. Si la ciudad aparece ante ellos como un doble y triple beneficio, ¿qué puede retenerlos?
            
La constatación de que en el hogar no hay suficientes alimentos ni ingresos hace que cualquier hijo se preocupe y quiera actuar para colaborar con sus padres. Frente a algo así no hay otra opción.
           
Otro componente es la menor capacidad de decisión que tienen los padres sobre sus hijos a medida que estos crecen.
           
Isabel Ale dice:
            
─Influye mucho la edad: mientras más pequeño sea el niño, más probabilidades tiene el padre de inducirlo o permitirle que vaya a un trabajo. Pero cuando el niño crece, la decisión ya recae directamente sobre él y no habrá nadie que le pueda impedir trabajar. Entonces, ¿qué hacer para que los padres puedan intervenir y evitar que sus hijos se les vayan de las manos? Porque lo cierto es que cuando estos jóvenes se sienten enganchados a un trabajo, abandonan los estudios, y ya sabemos en lo que eso concluye en la mayoría de casos: en que nunca dejarán de trabajar en oficios precarios y repetirán el círculo de pobreza y de trabajo precario para la siguiente generación.

 

                                                      *****

 

 La escuela de Pucaccasa está situada literalmente al borde de un abismo. Si una pelota se saliera de los márgenes de la losa deportiva, simplemente se perdería.
            
Debajo de la montaña decenas de luces resplandecen como espejos al sol: son las calaminas de latón de los techos de las casas esparcidas por doquier.
            
El centro educativo fue construido hace veinticinco años y solo tiene los niveles de inicial y primaria. La secundaria más cercana está a hora y media de allí. Ochenta y cinco niños y niñas estudian en sus aulas en la actualidad. No tiene sala de cómputo ni laboratorios, y sus cinco profesores se trasladan todos los días desde Huancavelica.
            
En las paredes de cada salón se lee «Patria-Dios-Estudio» acompañado del conocido proverbio incaico del Ama sua, ama llulla, ama quella. Casi siempre las frases están coronadas con una imagen del Sagrado Corazón de Jesús.
           
En la oficina de la dirección un adolescente con uniforme escolar gris responde con monosílabos a una serie de preguntas. Su nombre es Mario y se ha llegado a él por azar: es el homónimo de un muchacho de ese pueblo de ciento veinte familias que estuvo trabajando en Lima hace algunos meses.
            
Por casualidad resultó que este Mario también suele viajar a la ciudad a lustrar zapatos.
            
─En su familia son cuatro hermanos, y él ha tenido que hacerse cargo de ellos desde hace seis años, cuando su padre fue abatido en un tiroteo durante el asalto a una empresa ─dice Modesta Yépez, una autoridad de la escuela─. Su papá era parte de la banda.
            
El joven tiene catorce años de edad, pero su fisonomía es la de alguien siete años menor: él es uno de los quince escolares con anemia de ese lugar.
            
Dice que recién en el año 2014 ha viajado a Lima y que allí trabajó cuatro horas al día: con eso se aseguró hasta cuarenta y cinco soles. Con lo que pudo ahorrar compró útiles escolares y ropa, y hasta le alcanzó para entregar trescientos soles a su madre.
            
Todo lo narra en quechua. Un educador de la calle lo traduce.
            
─Tengo un tío con el que comparto las ganancias. Con él trabajan mis otros dos primos, también de mi edad. Salimos todos juntos a vender.
           
El silencio y la duda lo invaden cuando se le pregunta por el nombre de su tío. Uno de los entrevistadores intenta tranquilizarlo: «Esto es reservado, hijo, no te preocupes». Mario suelta: «Juan». «¿Juan qué?», le preguntan. Mario mira hacia todos lados, pero sus labios no se despegan. «No va a pasar nada con que lo sepamos», le aseguran. El joven insiste en que Juan es el hermano mayor de su mamá.
           
─¿Pero realmente es tu tío? ─le preguntan.
            
─No es pariente exactamente. Solo vive en la misma comunidad que yo.
           
Luego comenta que fue el tío quien lo motivó. «Vamos a ir a Lima, me decía, aunque no sabía exactamente a qué», confiesa, y menciona que el año pasado estuvo en Ayacucho cultivando papas en parcelas ajenas durante un par de meses.
           
Fue con dos niños de la zona. También el tío los llevó.
            
─Podríamos estar ante un caso de trata de personas ─comenta en voz baja una de las especialistas de Yachay.
            
O no. En los Andes el tío y el padrino es una figura cultural y decisiva. Suele ser un compadre, un dirigente o una persona reconocida en la comunidad o de mucha confianza, a quien se le trata con un ilusorio vínculo de parentesco a fin de quedar bajo su protección. Con frecuencia son ellos, y no los padres, quienes viajan con los niños hacia las ciudades.
            
Por supuesto, una vez lejos de la familia no se sabe exactamente qué sucede entre ellos y los menores, o si hay algún acuerdo o «agradecimiento» económico de por medio que pudiera pervertir el interés inicial.
            
─Pero también debemos tener cuidado con indicar lo que no es ─dirá Isabel Ale más adelante─. Solemos tener una representación casi caricaturesca del tratante, como el hombre mafioso y malo que llega a un pueblo y se lleva a los niños y las niñas en grupo, casi secuestrados, pero no necesariamente es así. Además, puede haber casos en los que efectivamente se trate de un familiar o vecino que realmente se preocupa por el bienestar de los niños y confía en que nada malo les sucederá en la calle.
            
En el caso de Mario, la relación con su tío todavía se vislumbra demasiado ambigua, en términos jurídicos, como para pensar en responsabilidades penales.

 

                                                        *****

 

            ─Una vez me robaron. Salí de mi pensión en El Agustino y me fui a La Parada a comprar mercadería para vender. De pronto me sujetaron del cuello entre cuatro personas. Se llevaron los noventa soles que tenía. Era mediodía. No podía hacer nada, así que regresé a mi habitación a esperar a mi padre, quien recién llegaría de trabajar a las seis.
            
Esto sucedió cuando Hildebrando Gómez tenía trece años de edad. Hoy tiene veinticinco y es padre de una pequeña niña. El poblador nació y se crió en Tacsana, un pueblo de la región. Un día se aburrió de Lima y regresó a su hogar. Se enamoró, se casó y ahora conduce autos, conocidos como «colectivos», en el tramo Huancavelica-Yauli y los pueblos anexos.
           
─Cuando estás en la calle no siempre almuerzas. De hecho, solo desayunas y cenas. Depende de cuánto ganes ─dice─. A veces, si no vendes lo que te has propuesto ni siquiera tienes ganas de almorzar: solo te concentras en seguir trabajando. Mi límite en aquel entonces era obtener treinta o cuarenta soles al día: con eso costeaba mi alimentación y mi transporte. En un mes podía llegar a ganar entre ochocientos y novecientos soles.
           
Surco, San Isidro y Miraflores eran sus espacios favoritos para comercializar artesanías y tejidos como ponchos, guantes y bufandas. Su hermano lo acompañaba en esos meses de vacaciones escolares, de diciembre a marzo.
           
Su propio padre también hizo lo mismo en algún momento.
            
─Trabajar en Lima es difícil: a veces vendes y a veces no. A veces tu almuerzo es solo una gaseosa y un bizcocho, y a veces te vas a dormir sin cenar.
           
Hildebrando Gómez explica que solía almorzar en la calle, y cuando se resfriaba o enfermaba del estómago se las arreglaba para seguir trabajando. Trataba de curarse con hierbas medicinales que compraba en los mercados municipales.
            
─Yo nunca tuve un accidente en Lima, pero sí conozco casos: no hace mucho a un joven paisano mío lo atropelló un bus de pasajeros bajo un semáforo. Le quebraron la pierna. Eso fue en 2013. Lo tuvieron que traer a Huancavelica para su tratamiento. Lo curaron con emplastos de lagartija sobre sus huesos. Sanó pero ya no quiere regresar a Lima.
             
El transportista comenta que para todos los habitantes de su comunidad es común considerar las calles de Lima como una fuente rápida de ingresos. «Basta que uno se vaya y regrese para que contagie a los demás, los convenza de que allí se gana dinero y te dan cosas. Y la verdad es que cuando llegas a Lima te tratan bien, te dan propinas o comida. Yo creo que por eso mucha gente se va para allá: si los trataran mal se regresarían de inmediato a su tierra».
            
La caridad mal entendida.
            
─Con todo, no enviaré ni dejaré que mi hija se vaya para Lima ─dice─. En el fondo me parece muy penoso todo lo que viví esos años. Yo sé que hay quienes dicen que es una forma de conocer un nuevo lugar y ganar dinero al mismo tiempo, pero nunca creí eso. Una vez que estás allí no es para pasearte sino para trabajar, de lo contrario ese día no comes.
            
Y agrega:
            
─Mi hija tiene que estudiar. Es mejor que yo ahora trabaje para que ella logre ser algo en el futuro, pueda defenderse y esté más tranquila.

 

                                                                    *****

 

            Algo que ha quedado evidenciado con las entrevistas de Yachay en Huancavelica es que las fechas en las que niños y padres viajan a Lima suelen coincidir con una especie de temporada neutra en la agricultura: entre enero y marzo no hay siembra ni cosecha en la región.
            
Entre julio y agosto ─las vacaciones escolares de medio año─, tampoco.
            
La siembra se realiza entre abril y junio.
           
La cosecha, entre setiembre y noviembre.
            
La naturaleza deja espacios en blanco.
           
De allí que uno de los argumentos de los padres y madres de familia para viajar y trabajar sea que en esos meses no hay nada que hacer en sus comunidades.
            
Otro punto que también queda demostrado es que los niños, desde los cinco o seis años, realizan tareas que podrían considerarse trabajo, solo que lo hacen en las parcelas paternas o maternas. De alguna manera, esto los prepara y estimula para pasar a faenas cada vez más complejas.
           
Por eso es que luego se les hace fácil embarcarse en oficios más riesgosos y en lugares más alejados.
           
Al mismo tiempo, no es temerario suponer que muchas veces los niños prefieren viajar antes que exponerse a la violencia doméstica en sus hogares, un problema todavía común y arraigado entre las familias andinas. La fórmula podría resultar atractiva: huir para hacer dinero. Para las madres la idea también podría parecer ventajosa por un evidente mecanismo de protección.
            
─Lo que está muy claro es que para estos niños y adolescentes el trabajo es un orgullo. En el mundo rural es muy común sentirlo así ─dice Isabel Ale─. En cierto modo influye hasta en su identidad, porque trabajar desde muy pequeño le otorga responsabilidades, y si resulta que es hombre, y además es hermano mayor, las tendrá de gran envergadura. Estas «obligaciones» los inducen a salir a ganarse la vida casi de manera involuntaria, hasta en situaciones de calle, y claro, si consideramos que los padres también vivieron lo mismo en su momento, ya se les convierte en una costumbre.
            
La funcionaria de Yachay finaliza:
            
─La pregunta que queda a partir de todo esto es: ¿Y cómo se rompe esa costumbre? Pues tratando de darles oportunidades de trabajo y desarrollo personal en sus mismas comunidades. Ahora, ¿qué hacer para que esto resulte factible? Ese es el próximo paso que debemos dar.


                                                                         Un reportaje de Carlos Chávarry Valiente.

* Texto original de la investigación. La versión publicada por el ministerio se titula «Destino: Lima. Crónica de una infancia en busca de oportunidades» y fue adaptada a sus políticas de lenguaje inclusivo.
** Salvo los funcionarios, los nombres de las personas citadas
se modificaron para resguardar su identidad.
*** La publicación fue presentada oficialmente por el Programa Nacional Yachay el jueves 17 de setiembre de 2015 en el Centro Cultural de España. 

 

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