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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

El sí de los niños [pt. 1]

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Una publicación del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables desmitifica las urgencias del trabajo infantil en el Perú. ¿Por qué cientos de niños abandonan la escuela y se exponen a riesgos por una ilusión que no busca superar su pobreza?

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─Tengo sesenta y un años y me llamo Joaquín Peralta.
            
Mientras dice eso el hombre se saca el gorro de la cabeza, se alisa los cabellos revueltos y menciona un segundo apellido que casi resulta indescifrable: sus dientes son un remedo de dientes: los pocos que le quedan están destruidos.
          
─Yo trabajé desde los dieciséis años fabricando ladrillos. Me iba solo a Huancayo, mi papá no me acompañaba, prefería quedarse en el pueblo. Con mi dinero me pasé la vida en lo que fuera hasta que embaracé a la que sería mi señora.
           
Cuando eso ocurrió, Joaquín Peralta regresó a Chopcca, la comunidad campesina de Huancavelica de la que había partido, y se estableció en un pedazo de parcela que le entregó su padre para que la cultive y pueda alimentar a su propia familia.
           
─Y así fue como me quedé aquí, sembrando mis papitas, el resto de mi vida ─dice ahora el hombre.
           
En su rostro curtido por el sol aparece una ligera sonrisa y sus ojos revolotean buscando la aprobación de quien lo pueda escuchar: aún hoy le cuesta saber si lo que está contando es bueno o malo.
            
Entonces agrega:
           
─Con el tiempo mis hijos también viajaron a Huancayo y Lima: se fueron a trabajar en lo que pudieran.

 

                                                    *****

 

En el año 2011 el Instituto Nacional de Estadística e Informática, a través de su Encuesta Nacional de Hogares, llegó a la conclusión de que el número de niños, niñas y adolescentes que trabajaban en el país llegaba al millón 795 mil 100 personas.
           
De esa cifra, cerca de 855,400 apenas tenían entre seis y trece años de edad.
           
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) también se ha pronunciado al respecto: en 2014 indicó que al menos un millón de peruanos menores de edad, cuyas edades oscilaban entre los cinco y diecisiete años, trabajaban en situación de explotación.
            
El problema tiene diversas aristas: ya a principios del mismo año, el Programa Nacional Yachay, del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP) del Perú, advirtió que de los 177 casos de niños, niñas y adolescentes que habían encontrado laborando en las calles del centro de Lima, casi la mitad provenía de una de las regiones más pobres a nivel nacional: Huancavelica.
           
Desde ese lugar de la sierra central cuya capital se encuentra a más de 3,600 metros de altura y soporta una temperatura promedio de 9°C, los menores de edad se desplazaban hacia Lima para vender golosinas y frutas o lustrar calzado.
            
Una menor proporción se encontraba en situación de mendicidad, ahora también considerada como una forma de trabajo basada en la buena voluntad del prójimo ─o en la manipulación sentimental de cualquier transeúnte─.
           
Lo más grave que encontró Yachay: se trataba de niños entre los nueve y doce años de edad que prácticamente se las arreglaban solos en las calles limeñas. En una ciudad con uno de los índices más altos de violencia y delincuencia a nivel continental, casi nunca había alguien que velase por su seguridad.

 

                                                      *****

 

            ─En vacaciones todos estos niños que ves aquí salen a trabajar: se van a Huancayo, Ayacucho y Lima.
          
Federico Vílchez es profesor de primaria en el colegio José María Arguedas de Ccollpaccasa, un poblado a casi una hora de distancia de Huancavelica. Desde su escritorio sirve a sus alumnos gelatinas de colores, pedazos de tortas caseras, yogurt, leche chocolatada y ensalada de frutas que él mismo ha picado dentro de un balde de plástico.
           
Están en las celebraciones por el Día de los Derechos del Niño, que se realizan a nivel mundial cada 20 de noviembre desde hace veinticinco años.
           
El docente ha debido pedir prestadas las aulas de ese colegio, pues la escuela del pueblo está siendo refaccionada. De hecho, todo el pueblo parece estar en refacciones o en construcción, pues se están instalando tuberías de agua y desagüe por primera vez en su historia.
           
Aquí no se rompen pistas para colocar tuberías: se perfora la tierra.
           
─A ver, niños, respondan: ¿En qué trabajan en Lima? ¿Qué es lo que hacen allá? ─pregunta Federico Vílchez en voz alta a un grupo de estudiantes.
           
─Subimos a los carros a cantar ─responde uno.
           
─Vendemos caramelos ─dice otro.
            
─Yo, chupetes ─dice un tercero.
           
─Nos vamos por la avenida Abancay, la Plaza San Martín, el centro de Lima en general ─dice un cuarto─. Trabajamos todo el día, desde la mañana. Lo hacemos solos. Nuestro papá nos acompaña en el viaje pero vendemos solos.
            
Los niños tienen entre nueve y diez años de edad.
           
Parecen de menos.
            
Otros tres afirman que cuando viajan con su papá, llevan también a varios amiguitos que quieren trabajar en la capital. «Se gana más cantando en los microbuses ─explican─. Solo subimos nosotros, sin el papá, pues él está trabajando en otro sitio. Después ya nos encontramos todos».
           
Y agregan con una sonrisa: «En un día podemos ganar cincuenta o sesenta soles».
           
Todos los niños y niñas de esta aula son de Ccollpaccasa y sus alrededores. Algunos caminan hasta cincuenta minutos para llegar a sus clases atravesando senderos de tierra, cerros y chacras. Estudian desde ocho y treinta de la mañana hasta una y treinta de la tarde. Sus cursos: Comunicación, Ciencia y Ambiente, Matemática, Educación Religiosa, Educación Física y Arte. La mayoría viene de casa sin tomar desayuno. Sus profesores serán los encargados de proporcionárselos gracias a un programa social.
           
En cierto modo, estos menores de edad todavía conservan un privilegio que no poseen sus compañeros y compañeras de las otras aulas: cuando lleguen a primero de secundaria ya no tendrán acceso a esos desayunos de leche de soya en lata, ni a los almuerzos de arroz y menestras que ofrece el Estado.
           
─¿Y dónde duermen ustedes cuando van a Lima? ─pregunta el profesor.
           
─En El Agustino ─responden en coro los niños con sospechosa complicidad.
            
─¿Y les gustaría quedarse en Lima?
            
─¡Sí, nos gustaría!

 

                                                          *****

 

Con frecuencia se menciona que Huancavelica es una región pobre porque no tiene mucho qué ofrecer a sus habitantes, salvo minerales como el mercurio.
            
En este lugar es común que el azogue ─ese metal líquido y gris que se escapa de las manos como si estuviera vivo─ rezuma a los pies de los pobladores cuando están cavando para colocar los cimientos de sus casas.
            
Algunos huancavelicanos mencionan como causa de la miseria la precariedad de la agricultura: la tierra estaría cansada y, con mucho esfuerzo, no produce más que para el consumo de una sola familia campesina. Otras personas argumentan que en realidad la ciudad de Huancavelica ni siquiera debió existir, y que así lo creían los antiguos peruanos: de allí que en realidad la urbe prehispánica más importante estuviera a cuarenta y cinco kilómetros de distancia, en Yauli. La codicia de los colonos españoles ante las minas de mercurio de la zona habría impulsado a fundar una urbe ─la Villa Rica de Oropesa─ donde no era necesario, solo para controlar a los indígenas explotados en los socavones.
           
Puestos a hablar en contexto histórico, no falta quienes aducen que el principal motivo del subdesarrollo agrario de Huancavelica es que originalmente los «chancas» ─los legendarios nativos que se expandieron desde ese lugar hasta Ayacucho y Apurímac hace más de cinco siglos─ solo se dedicaban al arte de la guerra y no al agro: que el hecho de vivir de las invasiones y el pillaje los llevó a despreciar aquellas técnicas que habrían hecho más productivos sus campos.
            
Finalmente están quienes creen que la situación actual de esa región se debe a que no se ha logrado estimular el interés de los inversionistas y el empresariado, y también por la corrupción de un grupo de funcionarios al momento de administrar los fondos para las obras públicas.
           
Parece una ironía: en esos pueblos donde a duras penas llega la energía eléctrica y solo se puede cultivar unas cuantas parcelas de papas nativas, habas y maíz, el agua es el recurso que más abunda: tanto así que la Central Hidroeléctrica del Mantaro ─la más alta de su tipo en el mundo y uno de los principales sistemas abastecedores de electricidad de todo el país, incluyendo Lima─ se encuentra en Huancavelica.
           
Lo cierto es que hoy en esa región vive casi medio millón de personas, y una importante proporción de esa población habla quechua.

 

                                                           *****

 

En la pared hay un dibujo descolorido por el frío y el calor: en él, una mujer abraza con ternura a un niño que duerme apacible y ajeno a toda realidad.
            
Al costado una frase reza: «Ni bien nace, el bebé tiene derecho a tomar su primera leche llamada corta/calostro».
            
Es el centro de salud de Pucapampa, a una hora de Huancavelica.
            
Un grupo de cuarenta y cinco mujeres están sentadas en círculo alrededor de la posta: han colocado mantas sobre el suelo húmedo por la lluvia de la noche anterior. Sus pequeños hijos corretean alrededor cuando no están sobre sus pechos, succionando. Casi todas las mujeres llevan tejidos multicolores en sus manos. Bordan.
           
Cada sesenta días estas madres son convocadas a este lugar para recibir charlas de otro programa social. Aquí, afuera del único centro de salud a kilómetros a la redonda, les hablan de crianza, higiene, alimentación, enfermedades y violencia familiar.
            
Hoy escucharán algo distinto.
            
─Buenos días. Mi nombre es Isabel Ale y pertenezco al Programa Nacional Yachay del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables. ¿Saben qué significa «Yachay» en quechua? «Aprender», sí, exacto. El Programa vigila que los niños se desarrollen en buen estado y no estén en las calles limeñas donde hay muchos peligros, mucha violencia, muchos robos, muchos secuestros, y donde a veces hasta les pueden quitar sus papeles y hacerles pasar hambre. Ahora mismo nos hemos enterado de que hay muchos niños de esta zona de Huancavelica que están yendo hacia allá para trabajar, sin importarles lo peligroso que resulte.
            
En medio del silencio, una de las mujeres sentadas le susurra a otra: «¿Ahora no quieren que vayamos? ¿No nos quieren ver?».
            
La amiga rompe a reír.
           
─Deben saber que en Lima hay personas malas que se aprovechan de estos niños y los envían a trabajar a la calle. Además, en la calle hay mucha contaminación, no hay árboles, hay muchos vehículos, mucho humo, y también hay gente que les puede quitar lo poco que tienen. Esos niños, al viajar, faltan a clases y pierden el colegio. Incluso nos hemos enterado de que se van a trabajar antes de que finalicen las clases y no terminan el ciclo escolar. ¿Ustedes quieren a sus hijos o no? ¿Los quieren? ¿Sí? ¿Y cómo quisieran que sean cuando crezcan?
            
Las madres murmuran palabras en quechua. Unas cuantas responden un sí poco convencidas.
            
─Ustedes quieren que sus hijos sean profesionales, ¿verdad? ¿Y qué más? ¿Queremos que estén tristes toda su vida? No, ¿verdad? Queremos que estén felices. Pero para que sean profesionales, ¿qué tienen que hacer? Tienen que estudiar. Si los mandan a trabajar pierden sus estudios, y encima hasta les puede suceder algo malo. ¿Ustedes estarían contentas con algo así? Lo que queremos es que estos niños y estas niñas crezcan sanos y sean profesionales y estén aquí, mucho más seguros con su familia. Porque cuando los mandan a Lima sufren y lloran. Si mandan a trabajar a sus hijos crecerán con traumas y estarán tristes. Allá en Lima les pegan, los maltratan y hasta pueden abusar de ellos sexualmente. Para evitar eso es que estamos aquí, y queremos que ustedes nos ayuden, porque nosotros también queremos que sus niños crezcan contentos.
           
Las mujeres rompen su mutismo y empiezan a hablar entre ellas. En quechua.
           
Otras vuelven nuevamente a tejer.
           
Ante la distracción, una de las encargadas de la posta les advierte en un dudoso castellano: «Cuando se habla no se teje, si no sacamos tijeras y cortamos tejido».
            
─¿Ustedes han criado a sus wawas y les han dado de lactar, verdad? Entonces entendemos que los quieren, que los aman. Pero si los envían a trabajar, el juguete comprado con ese esfuerzo no compensará la violencia a la que estarán sometidos en la capital ─dice la funcionaria de Yachay.
            
Luego pregunta:
           
─Cuando sus hijos e hijas viajan a Lima, ¿con quiénes lo hacen?
           
─Con su papá o su mamá ─responden algunas mujeres.
           
─¿Y quiénes de las madres que están aquí viajan también?
            
Una señora vuelve a murmurar sin que la especialista se entere: «Todas vamos».
            
Otra levanta la voz: «Nos vamos todos y dormimos juntos. A veces el papá se va a trabajar a una parte distinta de Lima».
            
Una tercera la apoya: «Aquí no hay nada qué hacer en esos meses, por eso nos vamos».
            
Alguien más dice algo que, a casi cuatro mil metros de altura y con campos resecos por la helada, suena a simple instinto de supervivencia: «Hay personas que tienen que irse porque aquí no tienen nada, ni para abrigarse ni para cultivar sus papitas o cebada».
            
Entonces el interés se disuelve y las mujeres vuelven a sus tejidos y sus conversaciones.
            
A la salida del lugar, una mujer vende chupetes de hielo con sabor a piña, fresa y chocolate. Más allá se extienden algunos campos oscurecidos con abono que ─se rumorea─ empresarios chilenos han alquilado para sembrar maca, ese cultivo que suele absorber demasiados nutrientes de la tierra y dejarla infértil por buen tiempo.

 

                                                        *****

 

Allí, por la carretera de esa ciudad donde se levantan carteles que prohíben la caza de venados y pumas grises, y que por tramos es golpeada por peñascos que se desprenden de las montañas, suelen circular decenas de niños y adolescentes que se van a trabajar a Lima durante los primeros meses de cada año.
           
Durante sus vacaciones escolares.
            
─Si vienes en los meses de enero, febrero y marzo, y recorres los hogares de la zona, notarás que no hay nadie: ni padres ni madres ni hijos. Todos estarán en la capital.
            
Modesta Yépez, una autoridad del Centro Educativo 36385 de Pucaccasa, explica en qué condiciones viven los alumnos y alumnas de la región en su improvisado ambiente.
            
─Según comentan los mismos niños, en Lima se quedan en El Agustino, en el cerro San Pedro. Se alojan en una casa donde hay más niños que también han viajado desde provincias. En una sola habitación conviven hasta seis personas. Duermen no en colchones, sino sobre cartones en el suelo. Y solo van a ese lugar para dormir, porque luego trabajan todo el día.
            
Por lo general esos menores de edad ofertan productos andinos como kiwicha, habas tostadas o miel de abeja en distritos residenciales como San Borja, San Isidro, Miraflores y La Molina.
            
Se los venden a los changas: palabra quechua que designa a las personas adineradas o «pitucas».
           
Más adelante, y a varios kilómetros de allí, en Ccollpaccasa, Leoncio y Rufino ─de dieciséis y dieciocho años, respectivamente─ dirán que esos productos suelen comprarlos en el mercado mayorista de la avenida Aviación, siguiendo indicaciones de sus propios padres. Que diariamente van probando qué es lo que tiene más salida como negocio. Que da lo mismo subirse a un bus o estar en una esquina. Y que al día pueden llegar a ganar entre veinte y treinta soles. Ocasionalmente, cuarenta.
           
«Los niños más chicos siempre ganan más: cincuenta soles al día, por lo menos».
            
Leoncio y Rufino también revelan que cuando están en Lima trabajan de lunes a sábado, y que los domingos salen a jugar fulbito o se van de paseo con otros varones migrantes como ellos. El Parque Zonal Cahuide, el Parque de la Leyendas y la playa Agua Dulce son sus espacios favoritos.
            
─En este pueblo los niños salen a trabajar desde los siete u ocho años ─dice Modesta Yépez─. A partir de ese momento tratan de aprender el castellano y se acompañan entre ellos.
           
Y agrega:
            
─Por aquí es común que los padres, cuando se enteran de que algunos niños de otras familias han viajado a Lima y regresan con dinero, se acerquen a esas familias y les digan: «Llévate a mis hijos también». Son los mismos padres quienes lo proponen. A veces los papás le dicen a sus niños: «¿Y cuándo pues te vas a ir para Lima?».
            
En esos casos siempre hay un tío, tía o abuelo que se hará cargo de llevarlos.
            
A veces ese tío, tía o abuelo no necesariamente es su pariente.
            
─Y eso que anteriormente se dieron casos de niños que viajaban a trabajar antes de que terminaran las clases en diciembre, pero desde que existe cierto programa social las familias se sienten condicionadas y ya no les permiten que hagan eso. De todos modos, muchos niños se dan cuenta de su realidad por sí solos, sin que nadie les diga nada. Todos viven hacinados dentro de sus casas y a las justas tienen cultivos ─ni qué decir de ganado─, y cuando encienden la televisión se comparan con quienes viven en las grandes ciudades. Desde ese momento se dicen a sí mismos que deben trabajar para salir de esa situación. Y viajan.
            
Quizá la televisión les proporciona referencias de individuos exitosos basadas en su relación con el dinero y su capacidad para adquirir bienes. El problema es que eso será toda su idea de superación personal.
            
Lo más curioso, explica la mujer, es que cuando los niños regresan de Lima, el resto de su comunidad también los califica de changas.
            
─Como ahora visten jeans y zapatos, significa que se han «alienado».

 

                                                           *****

 

La iglesia de rojo ladrillo y amarillo etéreo de la Plaza de Armas de Huancavelica se ve más imponente con el sol. Algo similar ocurre con los campos de sus pueblos: al sol uno se siente invitado a correr entre las parcelas y sortear las piedras y esos ichus que parecen haber nacido resecos.
            
Sin sol, sin embargo, todo cambia. Esas llanuras verdes se vuelven grises y las peñas que las salpican aparecen más grandes y sombrías ─como si les transmitieran su inanimidad─ y el aire se convierte en ráfagas heladas que punzan narices y oídos y los perros y rebaños vagan inquietos hasta que el cielo se deshace en una lluvia pesada y todo lo vivo corre por la tierra al caer el primer rayo y el paisaje se convierte en lo más inhóspito y abandonado que el ser humano pueda imaginar y es en ese momento cuando uno piensa que una ciudad, con toda su arquitectura previsible y una muchedumbre permanente ─al menos como testigo anónimo de lo que a uno le pudiese ocurrir─, no es después de todo tan mala idea para vivir.
            
─En la zona rural de Huancavelica fallecen muchas personas cada año a causa de las descargas eléctricas: casi no hay pararrayos, recién se están implementando ─dice una de las especialistas de Yachay en la región.
            
Ni siquiera cobijarse dentro de esas casas de ladrillos de adobe y techos de paja o latón asegura refugio durante una tormenta eléctrica: se han dado casos de rayos que atravesaron las paredes. De allí que la costumbre de los lugareños sea guardar sus herramientas y utensilios de cocina de metal bajo mantas de piel de ovejas y en rincones muy específicos.
            
A nadie, además, se le ocurre tener encendido el teléfono celular cuando hay rayos y truenos cerca. Una sola llamada puede suponer una descarga que luego dejará un fuerte olor a metal y carne chamuscada.

 

                                                           *****

 

─No estoy segura de que solo sea por pobreza ─dice una maestra que ha pedido ser identificada solo como Jovita─. Creo que también está la idea de hacerse de un dinero extra. El viaje de los menores de edad se ha hecho una costumbre de todos los años para ahorrar y adquirir cosas que los padres no pueden comprar.
            
La profesora enseña los cursos de Computación y de Ciencia y Tecnología y Ambiente en la escuela de Huacchua, otro centro poblado en los alrededores de Huancavelica, a más de cincuenta minutos entre las montañas, en el distrito de Paucará.
            
─Por ejemplo, a los muchachos les encanta estar a la moda: ven a un compañero o compañera que viene de Lima con un jean y también quieren lo mismo. Igual sucede con las zapatillas, el reloj y los teléfonos celulares, y son buenos teléfonos, smartphones. Por aquí los papás nunca podrían proporcionarles ese tipo de accesorios.
            
A veces los adolescentes viven en pueblos donde aún no se han implementado los servicios básicos, pero ellos ya tienen acceso a dispositivos digitales.
            
Minutos atrás Romualdo, uno de los alumnos de Jovita, ha confesado en voz baja y con la cabeza gacha que él trabaja en Lima desplumando pollos dentro de un restaurante.
           
Los demás estudiantes del aula se han reído a carcajadas.
            
─El viaje a Lima les cambia la mentalidad, los influye muchísimo. En primero de secundaria ellos recién están comenzando a viajar, pero cuando llegan a quinto grado piensan que lo único que importa es el dinero. Terminan el colegio y solo piensan en ir a Lima a trabajar y darse sus gustos. Son muy pocos quienes siguen estudiando alguna profesión.
            
Luego la profesora explica que cuando les llama la atención por esa manera de ignorar los estudios universitarios, los adolescentes se excusan argumentando que no tienen dinero.
            
─Pero yo les digo que sí tienen, solo que se lo gastan en cosas que no son prioritarias. Eso nace desde casa, porque los padres y las madres les dan esa libertad. El varoncito suele decir que se va y la mamá no hace ni dice nada. Los hijos hombres ya no les deben obediencia. Entonces, cuando converso con las señoras, me dicen: «Pero profesora, ¿yo qué puedo hacer? Se han escapado. ¿Adónde voy a ir a buscarlos? No los voy a amarrar». Y claro, los niños, al ganar su dinero, se sienten independientes y comentan con orgullo que ellos mismos se la buscan porque sus padres no les dan nada. Así, de paso, papá y mamá ya no tienen derecho a criticarles nada.
            
Incluso se han dado casos en que los padres tratan de justificar la inasistencia de sus hijos a la escuela. Les dicen a los profesores que sus niños estaban enfermos o que tuvieron que ayudar en la chacra. A veces hasta «piden permiso» para que los alumnos falten a clases: si estudian, aseguran, nadie cuidará el ganado de su propiedad.
            
«Nuestras vacas también tienen que comer», es toda la explicación que dan.
            
─Con dinero cambia todo. Ya en Lima los varones jóvenes tratan con muchísimas personas, en general a perfectos desconocidos, y cuando regresan a sus tierras ya están más rebeldes y poseen códigos sociales distintos a los de su comunidad. A veces hasta se vuelven más agresivos o borrachos.
           
¿Y por qué los amigos de Romualdo se rieron cuando hizo su confesión? 
            
─No es una cuestión de orgullo ─responde Jovita─. Es solo que para un grupo de niños acostumbrados a cantar o vender caramelos en la calle, desplumar aves es un oficio considerado solo para mujeres.

 

                                                           *****

 

En la ciudad de Huancavelica, durante una reunión de trabajo entre los funcionarios y funcionarias de Yachay y las autoridades regionales y locales, un hombre fornido y de bigote tupido toma la palabra y pide más tolerancia para comprender el trabajo infantil en la zona.
            
─Al fin y al cabo, el trabajo fortalece las experiencias de vida de los niños y las niñas y les ofrece conocimientos ─dice, micrófono en mano.
            
Andrés Segovia Loayza representa al Instituto para la Investigación y el Desarrollo Económico y Social de Huancavelica (INIDES), y al mismo tiempo es presidente de la Coordinadora Departamental de ONG de Huancavelica, un grupo de organizaciones que promueven proyectos de desarrollo infantil, entre otros, en la región.
           
Él y varias de sus asociadas no creen que el trabajo infantil sea necesariamente malo.
            
─Todos hablan del trabajo infantil como un asunto a castigar, como si fuera un crimen. Pero así no se llega a entender la realidad del problema ─dice─. Pongo un ejemplo: si un delincuente incurre en un delito, más que pensar en cómo sancionarlo deberíamos analizar qué es lo que lo ha llevado a eso, qué lo motivó. Lo mismo sucede con el trabajo infantil: antes de prohibirlo deberíamos analizar cuáles son sus causas.
            
Su opinión es que los niños ya están acostumbrados a trabajar desde muy pequeños en el campo ─con frecuencia desde los siete años de edad─ y que, lejos de generarles inconvenientes o aburrimiento, esa actividad consolida las destrezas que más adelante necesitarán para dedicarse a la agricultura.
            
─Los papás entregan a sus hijos una pequeña chaquitaclla con la que removerán la tierra, según sus fuerzas. Por sí solo ese hecho no significa que ya estén trabajando: por el contrario, con ese acto simbólico recrean lúdicamente acciones que más adelante sí tendrán un significado económico, y al mismo tiempo refuerzan su identidad dentro de la comunidad.
           
Algo así como cuando una niña recibe una muñeca o un set de cocina de plástico para reforzar el sentimiento maternal que se espera de ella como mujer, explica el vocero. De allí que las madres encarguen a sus hijas que cocinen entre los mismos sembríos, cuando no que recojan la leña y la bosta, mientras que sus hermanos cosechan.
            
Juego de roles en medio de los cultivos.
            
─¿Qué te quiero decir con esto? Que lo que para algunos parece trabajo, para otros ─en este caso los jefes de familia y los hijos de esta zona del país─ es una manera legítima de educar ─señala Andrés Segovia.
            
En otras palabras, para los miembros de una familia rural la chacra sería un espacio de interacción, y ese espacio lo intentan reproducir cuando viajan a las urbes.
           
Al menos esa es la perspectiva de un sector de la sociedad civil.

 

                                                             *****

 

La rutina de los menores de edad en Huancavelica podría resumirse del siguiente modo: se despiertan a las cinco de la mañana y preparan el desayuno porque a esa hora sus padres ya están en los campos. Luego de alcanzarles sus alimentos salen hacia el colegio. Dependiendo de la distancia, regresan a sus hogares entre las dos y tres de la tarde. Dejan sus mochilas y cuadernos y se dirigen a ayudar a sus papás y mamás, ya sea que estén labrando la tierra o pastoreando animales. Si su ayuda no es tan urgente, aprovechan para hacer las tareas, ver televisión y preparar lo que comerán todos. Cenan a las cinco o seis de la tarde, y a las siete de la noche la familia entera se encuentra ya acostada, dispuesta a dormir hasta el día siguiente.
            
No almuerzan.
            
Sus desayunos y cenas son tazas de agua con cucharadas de azúcar o sopas con algunos ─nunca todos juntos─ de estos ingredientes: morón, papas, ollucos, alverjas, fideos, chuño o bien un par de papas sancochadas. Nada más. En sus mesas no hay verduras ni carne de ningún tipo.
            
En estos pueblos no se conoce el pan.
            
La existencia de un restaurante en estas comunidades es un mal chiste.
            
Padres e hijos están obligados a consumir lo que hay: pensar en proteínas, carbohidratos y vitaminas es un lujo que no pueden permitirse en este contexto.
           
En Pucapampa, por ejemplo, viven cerca de ciento cincuenta familias. Casi todas se dedican a sembrar papas, habas y maíz solo para autoconsumo. Pero para que sus productos soporten las heladas ─ese frío intenso que carcome a los vegetales─ deben cultivarlos lo más profundo posible en la tierra: a -4°C muy pocas especies sobreviven.
            
Cuando el clima arrasa con los sembríos, las familias deben comer lo que sea.
            
En otro pueblo, Pucaccasa, una profesora comenta: «La tierra ya no produce, ya no sirve, hay que trabajarla con fertilizante y hace falta apoyo técnico. La papa ya no sale como antes, crece agusanada».
           
En estos lugares ─donde llamas, ovejas y cerdos conviven con vacas y caballos enflaquecidos─, lo que más brota de la tierra es hierba de baja calidad. En escenarios así, los negocios agrícolas son inviables. A veces un kilo de papa cuesta setenta centavos en los mercados locales ─0.22 centavos de dólar al cambio actual─, y solo los insumos para mejorar la tierra y hacerla productiva suponen muchísimo más que eso.
            
En cierto modo se entiende la falta de iniciativas empresariales. Más aún si se considera la lejanía de esos territorios y las dificultades para entrar y salir de ellos.
           
─Como Estado tendríamos que hacer atractivo y productivo el campo, con tecnología que los mismos comuneros puedan agenciarse. Con ello no solo se beneficiarían los campesinos de manera individual, sino que también contribuirían a formar polos de desarrollo, y disminuiría las migraciones de niños, niñas y adolescentes ─dice Isabel Ale, especialista en articulación con actores sociales de Yachay─. Sin embargo, este ha sido siempre el problema de fondo: ¿Cómo generar esa tecnología para comunidades tan alejadas, donde vive una población de no más de quinientos o mil habitantes? Para el Estado, supuestamente, algo así representaría demasiado gasto para tan poco beneficio. O al menos esa es la forma en la que lo explican los macroeconomistas y tecnócratas. Ellos suelen decirnos: «Los resultados son distintos si con esa misma inversión potenciamos a una población en Lima».
            
En esta situación es frecuente que los niños de Huancavelica presenten cuadros de anemia y desnutrición.
           
En la región también resulta común que la principal causa de mortandad infantil sean las neumonías, y no tanto por la inclemencia del clima o la disponibilidad de vestimenta adecuada: el sistema inmunológico de los más pequeños está vulnerado debido a la falta de nutrientes elementales.
            
A esto habría que agregar que la desnutrición también genera una problemática educativa nacional: una alimentación deficiente en un niño, prolongada hasta los once años de edad, repercutirá en un nivel muy bajo de sinapsis neuronal, lo que le dificultará desarrollar su capacidad para el pensamiento abstracto. De esta manera, cuando el joven pretenda finalizar la instrucción secundaria y postular a una carrera profesional, tendrá problemas de aprendizaje.
           
Su desarrollo intelectual como ciudadano será muy limitado.
            
Por otro lado, la calidad de la alimentación también es la razón por la que el físico y estatura de los adolescentes de estos centros poblados casi nunca coincide con el correspondiente a su edad cronológica: pueden haber cumplido quince o dieciocho años de edad y, sin embargo, tener la apariencia de un niño de nueve o trece años.
            
Son parte de generaciones de individuos desnutridos.


                                                   ***** [continúa] *****

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