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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

La muerte y la doncella

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Una mujer decide torturar a quien cree fue su violador, pero al final utiliza su venganza para lograr algo más. ¿Es la impunidad un desagravio para una víctima?

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La mujer apunta el arma a la cabeza del hombre amordazado y atado a una silla.
           
Él es un reputado doctor de una ciudad cualquiera en un país cualquiera.
           
La mujer le pide que confiese todo el daño que le hizo hace quince años, cuando la violó y torturó en lo que supone eran las instalaciones de un cuartel.
           
La mujer le grita al rostro todo lo que ha tenido guardado durante tanto tiempo y le exige al hombre que escriba un testimonio donde reconozca su culpa y responsabilidad.
           
Si no lo hace, disparará.
           
El hombre está pálido y cuando puede solo atina a hablar de inocencia.
           
No entiende nada de lo que ella dice.
           
La mujer tampoco está segura de que ese doctor sea realmente el hombre que la penetró y agredió durante meses mientras permanecía con una venda en los ojos.
            
Las únicas pruebas que tiene contra él son su voz y el olor de su piel.
           
Su voz y su olor.

 

                                                    *****

 

─Frente a cualquier tortura, la muerte es una liberación.
           
El primer actor Hernán Romero interpreta al doctor secuestrado: al presunto victimario.
           
─Con la muerte siquiera dejas de padecer. El torturado, en cambio, queda marcado para siempre con el recuerdo del abuso, con el recuerdo de su sufrimiento y humillación. Eso ─todo eso─ te marca para siempre.
           
En la obra, los torturadores requerían los servicios de un doctor que les dijera cuándo debían detener los suplicios: se cuidaban de no asesinar a sus martirizados para prolongar el interrogatorio.
            
Frente a ellos, la víctima era un ser desprotegido al cual le podían hacer cualquier cosa que se les ocurriera. Nadie nunca lo sabría. El anonimato estaba asegurado.
            
Pronto el doctor aprendió a disfrutar la incertidumbre y el dolor ajeno.
            
Ahora ese mismo sujeto ─o al menos eso es lo que quiere pensar la mujer─ ha llegado a su casa por casualidad y ella lo ha secuestrado.
           
Peor aún, hay un momento en que a la mujer le resultará secundario comprobar si el doctor fue realmente su torturador: asfixiada de impotencia, está absolutamente convencida de que la impunidad lo cubre todo.
            
No puede probar una violación sistemática ocurrida en el pasado.
            
Su obstinación es tal que la víctima cree que para hacer justicia debe convertirse en victimaria.

 

                                                     *****

 

─No hay nada, absolutamente nada, que te permita resarcir el daño hecho por la tortura ─dice Mikhail Page, el director de la obra─. Por eso en estos casos no solo importa actuar contra la impunidad, sino también utilizar otros mecanismos de apoyo psicológico: esos traumas te producen un abandono interior que no se repara necesariamente con justicia.
           
─¿Cómo se castiga algo así? Hoy se considera que un castigo ejemplar para un torturador es la cárcel ─dice Cécica Bernasconi, la actriz que interpreta a la protagonista─. Sí, por supuesto, eso es duro, pero comparado a lo que se le hace a una persona torturada, no parece suficiente. Solo es suficiente para los estándares sociales.
            
La tortura es un crimen irresuelto: casi parece una categoría abstracta a la hora de sancionar. Para algunos filósofos y teóricos del Derecho ni siquiera la pena de muerte puede resarcir lo que la crueldad humana llega a hacer en uno.
           
Los torturadores disfrutan el poder de dejar algo de sí mismos en las mentes y cuerpos de sus víctimas por el resto de sus días.
           
─Sí, yo también creo que la tortura no tiene castigo ─dice Hernán Romero─. Una persona torturada está destruida moralmente y ofendida, y de alguna manera y hasta sin querer descargará en su entorno esa cosa fea que le dejó el torturador. Por eso digo que con la tortura no solo se le hace daño físico a una persona, sino también a los que la rodean.
            
Y agrega:
           
─En ese sentido, la tortura es un mal para toda la humanidad.
           
─Yo soy muy escéptica con la idea de justicia para este tipo de situaciones ─dice Cécica Bernasconi─. Del total de culpables por tortura en el mundo, ¿cuántos realmente pagan? De un cien por ciento, ¿apenas el diez cuanto mucho? ¿Y al final salen libres? Yo creo que la mayoría de los responsables de estos crímenes no lo pagan nunca.
           
En el programa de mano, el dramaturgo y escritor chileno Ariel Dorfman menciona que la responsabilidad no solo recae en aquellos que torturaron sino también en aquellas comunidades que, con sus opiniones y silencios, los apoyaron.
           
Más aún, el autor de La muerte y la doncella se pregunta qué tanto aquellas «élites democráticas» que hoy hablan de memoria y reconciliación ─y hasta de amnistías─  sacrifican sus ideales para poder hablar de estabilidad y paz en sus países desde cargos públicos.
           
Un célebre filósofo refugiado del antisemitismo nazi, Vladimir Jankélévitch, dijo alguna vez que, así como nadie podía comer o dormir o tener sexo por alguien más, nadie podía dar perdón por un desaparecido que no fuera el mismo desaparecido.

 

                                                     *****

 

El único contrapeso de la mujer ─y la esperanza del doctor─ es su esposo, un conocido abogado y activista que encabeza una comisión de investigación sobre excesos causados por una dictadura. Él está tan sorprendido de la reacción de su mujer, que solo alcanza a proponerle un trato al doctor: que finja un arrepentimiento que no siente ni sabe explicar.
           
Si ella dispara, todo se acaba para los tres.
           
─Este hombre se muestra tan racional ante la situación, que la mujer piensa que es un poco indiferente a todo lo que ella ha sufrido y se muestra recelosa ─dice Gerardo García Frkovich, el esposo en la historia─. Aún así, sabe que es el único con quien podría tomar una decisión.
            
─Él adopta una postura más fría pero también más humana y preventiva al rogarle a su mujer que pase la página, que no se quede allí ─dice Mikhail Page.
           
En el montaje el esposo casi representa al espectador: este nunca llega a entender por completo el grado de desesperación de un torturado por lo inconcebible del crimen.

 

                                                     *****

 

Hay un límite entre la justicia y la venganza que se desvanece cuando un torturado tiene en sus manos la posibilidad de decidir la suerte de su verdugo.
           
En un instante el esposo le dice a la mujer que no puede colocarse al mismo nivel de sus torturadores. Ella solo actúa impulsada por algo que no podrá identificar sino hasta el final.
           
La confesión puede ser un pretexto.
           
─Tener a alguien secuestrado, amarrado y con una pistola al frente sin saber lo que va a ocurrir al siguiente segundo es una forma de tortura ─dice Mikhail Page─. Pero es la única manera en que la mujer cree puede ser escuchada.
           
Quizá ella está racionalizando en voz alta todo aquello que le sucedió y ocultó.
           
Mientras eso ocurre hay una marcada posición de ventaja y desventaja y la mujer parece disfrutarlo: por primera vez siente lo que tal vez sintieron sus captores: saborea la ansiedad y la angustia del otro.
           
La presunta culpabilidad de su víctima pasa a un segundo plano.
           
─Es verdad: hay visos de goce en ella ─dice Cécica Bernasconi─. Pero a mí no me parece que sea una venganza: solo está tratando de generar un acto reparador para sí misma.
           
Quizá se está preguntando si realmente es capaz de perdonar.
           
Quizá está decidiendo cómo suicidarse después de ajusticiarlo.
            
─Ella lo tortura, sí, pero a un nivel distinto, psicológico, y sin ese disfrute morboso de su verdugo ─dice Gerardo García Frkovich─. De hecho, ella dice que no es una venganza: solo es su intento de hallar una confesión. Si realmente quisiera vengarse, le haría al doctor lo mismo que cree le hizo a ella.
           
El actor dice:
           
─Todo ese tiempo intenta encontrar un equivalente a su tortura y no lo encuentra.

 

                                                      *****

 

Si la mujer no estuviera equivocada, ¿podría perdonar a alguien que no muestra arrepentimiento alguno?
           
─Después de todas las atrocidades que te hicieron, solo tienes dos opciones: o te vas a la mierda con tu vida, o perdonas y decides vivir ─dice Cécica Bernasconi.
            
A eso se reducen las expectativas de todo superviviente de un crimen.
           
Vivo muerto en vida o vivo tratando de olvidar.
            
─Yo creo en el perdón pero no en el olvido ─dice Mikhail Page─. Y es que olvidar no es algo que nosotros podamos hacer adrede: podemos tener la voluntad de perdonar, pero eso no significa que te lleve a olvidar.
           
─Definitivamente perdonar es una prueba muy grande para el hombre: de allí que siempre se haya dicho que su carácter es divino ─agrega Hernán Romero.
           
Divino. Sobrenatural. No humano.
            
─Ahora, ¿qué significa perdonar? Si tú me torturas y yo te perdono, mi perdón no te hace bueno. Mi perdón solo significa que yo me libero de tu carga, de tu recuerdo, y que no te llevo más dentro de mí, pero tú, como torturador, seguirás siendo el mismo sujeto que causaste dolor, y ya te arreglarás con Dios o con Satanás por eso.
            
Y dice:
            
─Porque, ¿qué otra cosa no es odiar o ejercer venganza que beber veneno deseando que sea otro quien muera?



            La muerte y la doncella de Ariel Dorfman.
           
Dirección: Mikhail Page.
            
Producción: Teatro de Lucía/Acau.
           
Elenco: Hernán Romero, Cécica Bernasconi y Gerardo García Frkovich.
            
Lugar: Teatro de Lucía (Bellavista 512, Miraflores).
            
Horario: Jueves, viernes, sábado y lunes a las 8 p.m. Domingos a las 7 p.m.
           
Entradas: S/. 50 (general). Lunes populares. De venta en Teleticket (de Wong y Metro) y boletería.
           
Temporada: De julio a setiembre de 2015.

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