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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Fausto

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"Cuidado con lo que deseas porque lo podrías obtener", dice una vieja frase: vender el alma podría ser un negocio de todos los días. ¿Implican la curiosidad y la insatisfacción un pacto con el demonio o son tretas para seguir existiendo?

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En el Antiguo Testamento, exactamente en El libro de Job, Dios hace una apuesta con el Diablo.
           
El desafío consiste en inducir al pecado al buen Job, hasta ese momento un siervo ejemplar que ignora todo sobre los tratos entre el Divino y el Maléfico.
           
Dios ─por curiosidad o soberbia, nadie lo sabe─, acepta el reto de poner en juego una vida humana.
           
A partir de ese momento los sufrimientos de Job serán indecibles.
            
Varios cientos de años después, el diplomático, escritor y filósofo alemán Johann Wolfgang von Goethe planteó un relato similar solo que con una ligera modificación: ¿qué habría ocurrido si al siervo ejemplar se le hubiera permitido pactar deliberadamente con el demonio?
           
Así es como se inicia Fausto: una historia que vincula la mitológica escena bíblica con un hecho real del siglo XVIII.

 

                                                     *****

 

─Fausto es un individuo maduro que, si bien vive en una posición muy cómoda, está insatisfecho de la vida y decepcionado de todo ─dice Marian Gubbins, la directora de la obra.
           
Como abogado y hombre de ciencia, el conocimiento en sí se le muestra un imposible. Peor aún: por haber profundizado en ello, Fausto siente que no ha experimentado a cabalidad las pasiones propias de un hombre de su edad.
            
─Como suele sucedernos, a Fausto le atormenta haber elegido un solo camino: sospecha que se ha perdido de mucho, no sabe bien qué, pero intuye que había otros caminos a seguir ─dice Gerardo García Frkovich, el actor del rol protagónico.
            
«No creo saber nada valioso ni haber mejorado la vida de los hombres», dice Fausto en un instante: una frase que el mismo Goethe susurraría en su lecho de muerte.
            
─Precisamente en medio de esos cuestionamientos es que se le presenta Mefistófeles: ante su inacción, el diablo será quien lo animará a hacer cosas, será el motor de algo, la acción misma ─dice Marian Gubbins.
           
Al principio de la conversación Fausto escucha escéptico a Mefistófeles: está tan convencido de su hastío que le da igual entregar un alma en el que no cree.
           
Al final de la conversación Fausto ─por curiosidad o soberbia, nadie lo sabe─ firma el pacto escrito que le extiende el demonio y lo sella con unas gotas de su sangre.
           
─Lo interesante es que él, siendo tan culto e instruido, no tiene ningún reparo en sacrificar o arriesgar eso vital ─el alma, la conciencia o como quieras llamarlo─ que todo el mundo parece cuidar.
           
Gerardo García Frkovich agrega:
           
─Mucho tendrá que ver en su destino el creer que nada lo puede afectar: Fausto terminará cayendo en su propia trampa.   

 

                                                       *****

 

─Todos hacemos algún tipo de transacción con nuestras vidas ─dice Alfonso Santistevan, Mefistófeles en la obra─. La sociedad misma está hecha de ese modo: siempre hay algo que tienes que sacrificar para conseguir algo. Quién sabe si en eso no consiste el vivir.
           
Tras el acuerdo, el demonio se encarga de que Fausto seduzca a una joven virginal llamada Margarita y se acueste con ella pese a las prohibiciones de la época.
            
En su afán de convencer y ganar, Mefistófeles se muestra todo el tiempo como un humilde servidor.
           
Se traviste como lo haría un personaje político.
           
─Y para mí es natural que luzca así: aquí y en cualquier parte del mundo la clase política mantiene un pacto con el diablo, porque lo que el político hace es tratar de conseguir el poder a costa de lo que sea, y ese «lo que sea» significa muchas veces acuerdos con el enemigo, con otro poder. De hecho, sucede también al revés, porque los ciudadanos pactamos con los políticos-Mefistófeles: sabes que no van a cumplir, que nada bueno resultará de esa alianza, pero lo haces porque no hay otra opción: debes elegir a alguien en el mando por el bien común.
            
El mal ─o la idea del mal─ en toda relación humana es solo una parte de las negociaciones entre los hombres, y las figuras políticas serían los filtros de esa parte negativa que hay detrás de toda sociedad, explica el actor.
           
─Todo tiene un precio e implica un sacrificio: nada es perfecto ni bondad pura ─dice Alfonso Santistevan─. De allí el famoso pacto fáustico: el arquetipo que evoca cuánto los seres humanos debemos sacrificar para conseguir nuestros ideales.

 

                                                      *****

 

Según la directora de la obra, la joven doncella de Fausto existió en la vida real: se llamó Susanna Margaretha Brandt y vivió apenas algo más de veinticinco años.
           
─Ella era una muchacha que trabajaba en una hostería de Frankfurt, la ciudad donde Goethe acababa de iniciar labores como abogado. Alguien la sedujo ─se dice que un noble holandés─ y quedó embarazada. Del hombre no se supo nada más.
           
En ese tiempo ser una madre soltera era casi un delito: las recriminaciones no se hicieron esperar y pronto sus padres y empleadores le volvieron la espalda.
            
Margaretha dio a luz en condiciones precarias y en la más completa soledad. Inexperta y nerviosa, no pudo evitar que el bebé se le escurriera de las manos ensangrentadas y falleciera al caer al piso.
           
La mujer, espantada, vendió unos pendientes ─lo único de valor que tenía─ y con el dinero se dio a la fuga.
            
Fue atrapada y ajusticiada en 1772. Nadie quiso creer en su inocencia.
            
─En su condición de jurista, Goethe tuvo acceso a los documentos del juicio y pudo leer los testimonios y lo que ella decía para defenderse ─dice Marian Gubbins.
            
A partir de ese caso y la leyenda del doctor Fausto ─un médico medieval de quien se comentaba había vendido su alma al diablo─, el autor escribió en clave de verso su famosa obra.
           
─En la historia, Margarita es una pequeña faceta de todo lo que Mefistófeles le ofrece a Fausto ─dice la actriz Vania Accinelli─. En el amor que él llega a sentir, ella es solo un tipo de felicidad a explorar.

 

                                                       *****

 

Cuando Mefistófeles aparece en escena por primera vez se le percibe apasionado y hedonista ante un Fausto descreído e indiferente, pero conforme el abogado se enamora de Margarita y se vuelve impulsivo, el demonio se torna más bien prudente y contenido: más racional que el mismo Fausto.
           
El demonio no se parece en nada a esa imagen de la Biblia que lo representa como un ser tentador, lujurioso e instintivo.
           
Por el contrario, muchas veces es demasiado coherente y lógico.
           
─Esa representación mítica del diablo no es más que una caricatura que las religiones hicieron para hacerlo comprensible y negociable ─dice Marian Gubbins─. El dilema entre el bien y el mal es mucho más complejo: solemos pasar de un lado al otro con mucha facilidad y los argumentos sobran en los dos casos.
           
En ambas posiciones hay razones y sinrazones, agrega la directora.
            
─El demonio se aprovecha mucho de la inconformidad humana: es como si existiera en función a eso ─dice Gerardo García Frkovich─. Te provoca en la medida que sientas que por determinada opción tú no podrías ser feliz de acuerdo a tus creencias morales. En eso radica la tentación: en seducirte para ir por el lado donde no quieres o sabes que no debes ir.
           
Mefistófeles es el ser que encarna la pura tentación del todo.

 

                                                       *****

 

─Ver la historia de Fausto como la consecuencia de no pensar en la responsabilidad de los deseos sería una lectura algo conservadora y moralista, casi cristiana ─dice Alfonso Santistevan.
           
El actor no cree que la obra se trate de una simple lucha entre el bien y el mal.
           
─Fausto ─y su álter ego, el demonio─ representan el principio de la contradicción. Fausto es el hombre que busca certezas, las verdades absolutas, mientras que Mefistófeles representa aquello que relativiza y contradice todo, esa voz en el fondo de ti que te dice que lo que buscas no existe en realidad: solo existe la búsqueda en sí.
            
Mefistófeles no sería más que el complemento de lo que somos: aquello que hace que estemos en una lucha permanente en nuestro interior.
            
Aquello que nos hace humanos.
           
─Y mira por dónde la obra es muy vigente: estamos ahora mismo en una sociedad que necesita certezas, y cuando no las encuentra, las inventa. Por eso es que solemos pensar que vivimos no en un mundo de contradicciones sino solo de «buenos» y «malos», y nos forzamos a tomar partido por uno u otro.
            
Olvidamos la contradicción como el espacio de tensión y natural negociación: la plataforma que nos obliga a fundamentar argumentos opuestos.
            
─Y una sociedad no puede existir sin reconocer sus diferencias. Nos quejamos de la falta de diálogo cuando en realidad no queremos ver nuestra natural contradicción.
           
Alfonso Santistevan agrega:
           
─Así solo negamos la posible conciliación entre partes distintas.

 

                                                       *****

 

─En mi caso, he llegado a creer que Fausto, Mefistófeles y Margarita son una sola persona ─dice Gerardo García Frkovich─. Fausto es el individuo capaz de tomar una decisión racional, y Mefistófeles y Margarita ─con todo lo que representan ambos personajes─ son los dos posibles caminos que tiene enfrente.
            
En ese juego de posibilidades estaría el drama: en el libre albedrío.
           
─No sé si es una tragedia que el hombre pueda desear y en simultáneo tenga voluntad para hacer algo ─dice Marian Gubbins─. Solo sabemos que si hacemos algo, quizá nos equivoquemos y resulte para mal, pero si no hacemos nada, nunca sabremos qué podría haber salido bien. La vida está llena de azares, pero a la vez de oportunidades para hacer cosas constructivas.
            
La insatisfacción como una bendición y una maldición al mismo tiempo.
            
Fausto expone el bien y el mal no como lo que otras personas pueden hacerte pasar, sino como el bien y el mal que tú mismo puedes hacerte ─dice Vania Accinelli─. Cometer acciones al margen de la felicidad de los demás también es condenarnos a ser infelices.
           
Es lo que sucede con Fausto y Margarita después de su romance.
           
Ella también pactará con su propio Mefistófeles al arriesgarse a querer algo.
            
Esta es una de esas historias donde el amor termina siendo un lastre.

 

                                                     *****

 

Tras pasar la noche con Margarita y minutos antes de que la obra finalice, Fausto es conducido por Mefistófeles a un aquelarre donde participará en una orgía con brujas.
            
En esa antesala del averno, Fausto entenderá que al haber encontrado algo distinto en Margarita siempre podrá hallar algo nuevo ─incluso más allá de ella misma─. Y ya no querrá detenerse.
           
─Sí, ese pequeño infierno es muy sensual, y tiene que ser así ─dice Alfonso Santistevan─. No olvidemos que el infierno ha sido una fantasía en todas las épocas: siempre tendremos la posibilidad de imaginarnos qué es y cómo es y dónde está. Sin duda, solo esa fantasía provoca conocerlo. Provoca incluso más que el cielo.



           
Fausto, primera parte, de J.W. von Goethe.
           
Producción: Teatro La Plaza.
           
Dirección: Marian Gubbins.
            
Coreografía: Mirella Carbone.
           
Elenco: Alfonso Santistevan, Gerardo García Frkovich, Vania Accinelli, Ana Cecilia Natteri, Pilar Núñez, Joaquín Escobar, Fernando Castañeda y Claret Quea.
            
Lugar: Teatro La Plaza, Larcomar, Miraflores.
            
Funciones: De jueves a martes a las 8 p.m. Domingos a las 7 p.m.
           
Entradas: En Teleticket (de Wong y Metro) y boletería de la sala.
           
Temporada: Del 30 de abril al 23 de junio de 2015.

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