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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

El alma buena de Szechuán

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Una mujer ayuda a los más necesitados de su pueblo y a cambio se ve obligada a transformarse en alguien que no es. ¿Puede la solidaridad llegar a convertirse en la sospecha de algo malo?

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En la obra, antes que las luces se apaguen sobre el escenario, hay un epílogo.
           
En él, uno de los personajes le dice a los espectadores que no se conformen con el final de la historia que acaban de observar.
           
Les pide, más bien, que lo reinterpreten: que se inventen un nuevo final.
           
El que creamos pueda ser el mejor ─el más generoso─ para todos.

 

                                                       *****

 

─Mi padre suele decirme que antes que la política y la religión, lo que más se necesita en la vida es ser bondadoso y caritativo con quienes te rodean: si tú sabes que con tus actos no estás afectando a alguien, todo estará bien.
           
A continuación, Verónica Ríos recita el diálogo de la protagonista:
           
«Se trata de no dañar a ninguno ni a uno mismo, y se trata de colmar de dicha a uno mismo y a los demás. Eso es la generosidad».
            
En el montaje la actriz comparte el rol protagónico con otra joven: ambas son el mismo personaje en simultáneo.
           
La prostituta de la historia.
           
La mujer que a su vez necesitará disfrazarse de otra persona para protegerse a sí misma cuando decida hacer el bien a los demás.
           
En un medio hostil, el desprendimiento puede ser más tortuoso e incomprendido que el mal.
           
─Es una paradoja: la bondad ya no tiene buena fama ─dice el actor Álvaro Freundt─. Es lo que sucede con la protagonista: si se comporta de manera altruista, todos buscarán aprovecharse de ella. Por eso es que decide convertirse en alguien completamente ajena a lo que es para ─otra paradoja─ seguir siendo lo que es.
           
La bondad en su forma más pura brilla cuando está allí: uno la ve y se complace ante su espectáculo, dice.
           
─Y sin embargo, está rodeada de mierda ─aclara.
           
Luego el actor menea la cabeza de un lado a otro y sonríe.
           
─Quién sabe: quizá por eso es que brilla.

 

                                                        *****

 

Cierto día tres dioses llegan a un pueblo lejano y paupérrimo con una misión: encontrar el alma más noble y solidaria que haya sobre la tierra.
           
Si no la encuentran demostrarán su hipótesis de que los seres humanos necesitan ser exterminados: una reminiscencia bíblica.
            
En Szechuán la única persona capaz de darles albergue y escucharlos será una prostituta sumida en la miseria. En recompensa, y como una forma de afianzar su espíritu generoso, los dioses le entregarán dinero para que siga haciendo el bien con su existencia.
           
Ella entonces decidirá invertir en una tienda y abandonar su oficio.
            
Las dificultades, no obstante, surgen cuando una serie de individuos se acerca a su puerta: los indigentes que le ruegan pan y alojamiento para pasar la noche, la policía que quiere cerciorarse de que allí no se infrinja la ley, los acreedores ansiosos de cobrar el alquiler, las vecinas envidiosas de su buena estrella y los hombres que la pretenden.
           
En un momento dado la mujer siente que no puede satisfacer a todos y crea a un personaje: un hombre inflexible y autoritario que mantendrá a raya a todo aquel que intente aprovecharse de su compasión.
           
Quienes la conocen pronto comprenderán que ese señor de bigote y traje negro que se presenta en el pueblo como un familiar lejano es ─aunque les cueste reconocerlo─ el equilibrio que ella necesitaba.
           
Su plan, sin embargo, la terminará sumiendo en más problemas.
           
Sobre todo cuando se enamora.

 

                                                       *****

 

─Ella es alguien que gusta de ayudar a los demás y no puede dejar de hacerlo no solo porque siente pena sino también porque ya ha asumido un rol ─dice Urpi Gibbons, la directora de la obra.
           
Eso sucede en las relaciones humanas todo el tiempo: por ejemplo, cuando asumimos el rol del simpático, del líder, del disciplinado o del provocador.
           
─A la mujer le cuesta desprenderse de su etiqueta de «ángel de los suburbios» porque quizá, en el fondo, no quiere aceptar la agresividad como parte de sí misma y busca canalizarlo en otro personaje.
            
No es una estupidez que alguien insista en ser el piadoso de la historia.
           
Urpi Gibbons, quien alguna vez estudió psicología, explica que lo ideal y saludable es que todo ser humano esté consciente de sus impulsos generosos y sus impulsos agresivos y sepa lidiar con ambas.
           
─Se supone que el grueso de las personas está tratando de equilibrar ambos lados ─o al menos eso es lo que quiero pensar─. Pero a veces hay personas que eligen quedarse solo en uno de ellos.
            
En el caso de la prostituta, ella opta por desplazar su violencia y hacerla fluir: la controla y dosifica a través de una máscara.
            
En el caso de los otros individuos que la acompañan ─tanto los que tienen una cuota de poder como los que no tienen nada─, optan por ser los más miserables y destructivos posible.
            
Le exigen más allá de sus posibilidades. Y luego la juzgan.

 

                                                        *****

 

─En la obra el egoísmo atraviesa todos los estratos sociales: no porque seas pobre significa que vas a ser más solidario con los demás ─dice Paula Zuzunaga, la otra actriz que encarna a la protagonista─. Eso es un mito.
            
En Szechuán los que menos tienen se comportan de manera tan inescrupulosa como los que más.
           
Como en la vida real.
           
─En cierto modo tiene sentido que se perciba más la indiferencia en los que están en la miseria ─dice la joven─. En los sectores de menos recursos se hace más notorio porque eres egoísta sobre las cosas más básicas: yo tengo agua y tú no lo tienes pero yo necesito esa agua y me cuesta obtenerla y no me digas que soy egoísta por no dártela porque mi familia también la necesita.
           
En ese pueblo los pobres actúan por su propia supervivencia: no se ayudan realmente.
            
─Sí, a veces la miseria puede ser una excusa facilista para cometer maldades y decir que no te quedó otra opción ─dice Álvaro Freundt─. Pero pensemos en esto: en la prensa a diario lees noticias de crímenes de magnates o hijos de magnates por las que tú o yo nos iríamos presos de por vida, pero a ellos solo les dan una palmadita en la espalda por todo castigo. ¿Qué pueden pensar los demás?
           
En ese pueblo los de la clase acomodada solo buscan conservar sus privilegios y obtener más riquezas y poder.
           
─Uno suele creer que es en las circunstancias difíciles cuando todos se apoyan para salir adelante y desarrollar la empatía. Pero no necesariamente es así ─dice Urpi Gibbons─. Quizá haya personas que sientan empatía pero también habrá otras que prefieren evitar el sufrimiento y cualquier atisbo de ese sufrimiento y harán todo lo posible para no estar cerca de quienes sufren.
           
Luego la directora dice:
           
─El solo hecho de detenerse a pensar en cómo la pasan los demás ya es bastante trabajo. Pero además, si realmente llegas a pensar algo así, te ves forzado a actuar para ser coherente con ese pensamiento. Y ese actuar ya es otra cosa, porque no es solo tomarse la molestia de hacer algo sino también de dejar de lado algunas cosas.
            
Y agrega:
            
─Hay un punto en el que uno sí es completamente incoherente: cuando ves que los demás sufren, reflexionas sobre eso, y aún así quieres conseguir una cuota de poder a través de ellos y su sufrimiento.

 

                                                       *****

 

Para cuando Bertolt Brecht terminara de escribir El alma buena de Szechuán, la Segunda Guerra Mundial ya llevaba cuatro años de haberse iniciado y el socialismo era considerado una ideología capaz de reemplazar a la del capitalismo imperante.
            
Se creía que bajo la influencia marxista el mundo ya no sufriría de clases sociales que prolongaran la injusticia y el desequilibrio económico.
            
Ya no serían necesarios los dioses y las élites.
            
Solo sería necesario formar hombres imparciales y solidarios con los demás.
           
La utopía comunista.

 

                                                       *****

 

─El ser humano es egoísta y tiene que serlo: no puedes darlo todo porque también tienes que darte a ti mismo para estar bien ─dice Álvaro Freundt─. Pero a veces el egoísmo, sumado a la ambición y la competencia ─actitudes que tampoco son malas por sí solas─, te llevan a querer progresar a costa de otras personas o de cierta moral.
           
O asciendes con la ayuda de otras personas o asciendes derribando a otras personas, dice.
           
Luego el actor suspira.
           
─Y creo que es más fácil ascender derribando a otras personas. Por eso sucede mucho. De la otra forma debe ser más difícil: ejercer la solidaridad es complicado. Sentir empatía y ver que hay alguien abajo tratando de subir y saber que tienes que volver a bajar para darle una mano, eso debe ser muy arduo. De allí que para muchos será una opción no darse ese trabajo e ignorarlos y seguir asciendo sin importar si los pisotea.
           
Eso, sin contar que también se puede ser bueno solo por vanidad.
           
─Ser generoso significa controlar tus egoísmos personales pero al mismo tiempo tu ego ─dice Paula Zuzunaga─. Mi personaje, en un momento clave, confiesa que a ella le encantaba su imagen de «ángel de los suburbios», quizá porque era una manera de diferenciarse o caracterizarse ante los demás.
           
Al fin y al cabo había sido la prostituta del pueblo y sentía que debía expiar sus culpas de alguna forma.
           
Su generosidad podía ser una manera de purificarse. Y de llamar la atención.
           
Un egoísmo altruista.

 

                                                        *****

 

El alma buena de Szechuán propone cierta lógica: si eres muy bueno, los demás se aprovecharán de ti, y si eres muy malo, los demás te temerán, no se te acercarán y quizá por eso hasta no logren hacerte daño.
           
Gabriella Paredes duda un segundo y dice:
           
─O quizá sí te hagan daño: porque te temen. Porque uno asume un poder cuando se vuelve malo.
           
La actriz interpreta a uno de los dioses que se mostrarán indiferentes a las penurias de la protagonista: mientras ella no deje de ser desprendida y trastoque los mandatos divinos, no les importa su suerte.
           
─Y es que los mismos dioses están a prueba: tienen que sobrevivir a partir de la fe de los demás. Todos, absolutamente todos los personajes de la historia, están a prueba de algún modo. Todos anhelan su supervivencia.
           
─La verdad es que yo no creo que la prostituta sea una tonta ─dice Verónica Ríos─. No puede serlo porque ella elige y toma opciones en ciertos instantes: elige ilusionarse y elige querer, porque sabe que con amor se puede cambiar un estado de cosas y que con ilusión podemos cambiar hacia algo mejor.
          
─Yo no insistiría en buscar o formar seres humanos generosos ─dice Gabriella Paredes─. Es probable que así solo terminemos sepultando a los realmente buenos. Más bien la idea es buscar qué buenas acciones y gestos positivos puedo yo lograr en mi vida, y pensarlo también mirando hacia el colectivo: si solo piensas en ti mismo terminas ─así no quieras─ casi convertido en alguien malo. En cambio, si piensas en compartir, la generosidad y la tolerancia se harán más evidentes.
           
Así todos podrían volver a confiar en todos.
           
─Con el epílogo Bertolt Brecht le propone al público que genere su propio final para provocar su reflexión ─dice Urpi Gibbons─. Y en ese proceso es que podremos preguntarnos por qué a veces necesitamos utilizar máscaras para ser más equilibrados y coherentes con nosotros mismos.
            
La directora agrega:
            
─Pero de todas las lecturas posibles, la que sí me daría pena es que el espectador terminara pensando que más vale ser una mierda en la vida. Porque el mensaje básico, más allá de la historia y sus personajes, es que la moral no se dicta desde las alturas ni se asigna a cada quién por su posición social.



           
El alma buena de Szechuán de Bertolt Brecht.
           
Dirección: Urpi Gibbons.
           
Producción: Teatro de la Universidad Católica - TUC.
           
Elenco: Martín Berríos, Graziapaz Enciso, Ana Estrada, Álvaro Freundt, Dusan Fung, Ingrid Machiavello, Gabriella Paredes, Erick Quesquén, Martín Reyna, Verónica Ríos, Rodrigo Rodríguez, Lola Santillana, Jorge Valverde, Bárbara Vela, Brigitte Yuanett y Paula Zuzunaga.
           
Lugar: Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica - CCPUCP (Av. Camino Real 1075, San Isidro).
            
Horario: De jueves a lunes a las 8 p.m.
           
Entradas: En Teleticket (de Wong y Metro) y en la boletería del teatro.
           
Temporada: Del 13 de febrero al 2 de marzo de 2015.

2 comentarios

Muchas gracias por la nota Carlos, está buenísima.

Muy buena nota Carlos. Fue un placer hablar contigo : )

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