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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Elogio del bostezo

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Alguna vez existió una sociedad que hizo del inevitable gesto del aburrimiento una bandera revolucionaria: en contra del entusiasmo por momentos fingido y complaciente, la Internacional Bostezante proponía un retorno a la natural insatisfacción. Esta es su historia narrada por uno de los nostálgicos fundadores.

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«Hace ya tiempo, con un grupo de amigos, fundamos la Internacional Bostezante. El proyecto, por supuesto, fracasó. Hundido bajo el peso de nuestros propios bostezos, el movimiento, que no se caracterizaba precisamente por su dinamismo, preveía desde el principio su propia destrucción.
           
No hubo ceremonia de iniciación. Estábamos reunidos despotricando sobre la falta de disidencia que se respira en el ambiente, sobre la apatía y resignación que produce escuchar, una y otra vez, la tesis de que ya no hay salida, la cantilena de la desaparición del sentido, y entonces, mientras discurríamos con inocultable desgana sobre cómo podría vencerse la carga de descreimiento y amargura que pesa sobre nuestros hombros, mientras nos lamentábamos de que aún la rebelión más salvaje haya sido neutralizada por el clima de desengaño y fin de los tiempos y por una herencia de claudicaciones y traiciones, alguien manifestó su hastío con la insolencia de un bostezo, ese bostezo llevó a otro y luego a otro, y así, de golpe, un grupo de amigos habíamos fundado la Internacional Bostezante.
           
Al igual que muchos proyectos absurdos de este tipo, la Internacional Bostezante se autoaniquiló en su radicalismo, colapsó a causa de su celo y exquisita coherencia. La idea central era sin embargo perfecta: estropear todo momento, cualquier ocasión de regocijo y esperanza, de felicidad y aun de tristeza, con la dinamita temible del bostezo. Se trataba de oponerse a la complacencia y la sonrisa, al embotamiento y la banalidad que han terminado por cercarnos, a través de la floración casi orgullosa del tedio.
           
Volverse odioso a fuerza de abrir constantemente la boca y comportarse como un pez.

 

                                                          *****

 

Este era el programa de nuestro clan boqueante: si te cruzas en la calle con un conocido, salúdalo con un bostezo irreprimible. Si alguien te declara su amor, ponlo a prueba con un bostezo desafiante. En el teatro, en el circo, en la presentación de un libro, haz de tu asiento el trono inamovible del bostezo. Y si aquél te regalara una sonrisa, hazle rendir cuentas en el tribunal helado del bostezo. Decididamente se trataba de un programa de ascendencia punk.

 

                                                          *****

 

El principal enemigo de la Internacional Bostezante era el entusiasmo o, más bien, la sospechosa facilidad con que cualquier idea, cualquier alternativa emanada de él, es muy pronto reabsorbida por la aplanadora de la realidad.
           
«Los desengaños del entusiasmo conducen al aburrimiento», dejó escrito Sainte-Beuve. La consigna era señalarlo, contrarrestarlo, desarmarlo: había que declarar la guerra al entusiasmo con la fuerza explosiva del hastío y humillarlo.
           
De pronto uno de nosotros dijo que el enemigo no podía ser el entusiasmo, sino el exceso de entusiasmo, pues corríamos el riesgo de desarmar nuestro propio movimiento por contradictorio, ya que aun en la rabia hay un componente entusiasta.
            
Pronto nos dimos cuenta de que nos estábamos convirtiendo en el enemigo, de que no había una forma clara e incontestable de juzgar en qué momento el entusiasmo comienza a ser excesivo ─es decir, sospechoso─, así que la incipiente pero ya descorazonada sociedad de la Internacional Bostezante se desintegró cuando nos topamos de frente, un tanto desprevenidos y boquiabiertos, con la imponente verdad de que todo entusiasmo es ya demasiado.

 

                                                          *****

 

Pero antes de que la Internacional Bostezante se desinflara pinchada por el aguijón aguafiestas de su contradictorio impulso, conseguimos lo que ni siquiera habíamos imaginado: redactar en una espontánea sesión exasperante el único manifiesto de nuestro movimiento, un breve decálogo cuyos incisos debían ser, como todo bostezo, intempestivos y desencantados al mismo tiempo:

1. Un bostezo genuino, en el momento oportuno, no deja de tener su dinamita.
           
2. La pasmosa inventiva que ha desplegado el hombre para matar a su prójimo apenas puede equipararse con su maestría para matar el aburrimiento.
           
3. Declara el Don Juan de Lord Byron: «No nos queda más que aburrirnos o aburrir». Nosotros añadimos: o ambos.
            
4. Toda la desgracia de la humanidad viene de una sola cosa: no saber entregarse a la extroversión dulcemente ofensiva del bostezo.
           
5. No te quedes callado: abre la boca y bosteza interminablemente.
           
6. A la larga el bostezo resulta más verosímil ─por implacable y lúcido─ que la alharaca de satisfacción o el gemido del inconforme.
           
7. Lema: Estridencia muda.
           
8. Quien todavía en señal de buena educación se tapa la boca para ocultar el bostezo, ha de reconocer que en el centro de su rostro resplandece, sin que nada pueda contenerla, una impresentable proclama nihilista.
           
9. Las normas de la decencia han de interesarnos en razón de nuestra facilidad para desobedecerlas. No bostezar se ha vuelto una forma de dudar de la posibilidad de la rebeldía.
           
10. La meta última es hermanar a la humanidad, por la fuerza contagiosa del bostezo, en una monstruosa exhalación de fastidio que sea capaz de sacar de quicio al mundo y obligarlo a que gire en una nueva órbita, de preferencia aberrante».


                                                                                             
Un ensayo de Luigi Amara.
                                                           
Fragmentos editados de La Internacional Bostezante.
Artículo publicado en La escuela del aburrimiento, 2012, SextoPiso Editorial, México.

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