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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Dueto en Mi

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El arte no siempre enriquece vidas: también puede destruirlas. En sesiones de psicoanálisis, un doctor intenta devolverle a una famosa paciente su instinto de conservación. En el proceso, sin embargo, algo cambiará en él.

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─Hay personajes que no pueden vivir sin crear, y eso es casi inexplicable ─dice Edgar Saba.
           
Es el caso de Beethoven, quien compuso estando sordo, o el de Dostoievski, que escribió voluminosos libros pese a que sufría de epilepsia compulsiva. O de Bertolt Brecht, quien se las arregló para escribir durante las dos guerras mundiales e incluso perseguido, o de Van Gogh, sumido en la pobreza absoluta.
           
En Perú algo similar ocurriría con Vallejo y Arguedas.
            
─No olvidemos que la ficción, en todos los campos, no es más que la posibilidad de otra vida. Es el «¿Qué pasaría si yo hiciera tal cosa?» o «¿Qué ocurriría si existiera tal cosa?». En ese sentido, esto va más allá de la pulsión de vida y la pulsión de muerte de las que hablaba Freud: es una suerte de pulsión creadora.
           
Esa pulsión que en algunos casos se llama arte, agrega el director de Dueto en Mi.
           
─Con todo, lo más interesante es cuando esa pulsión empuja a ciertos artistas a dejar de ser intérpretes de un arte para convertirse en el arte mismo.
           
Y continúa:
           
─Porque cuando un artista está creando, está haciendo de la realidad una ficción para que nosotros los espectadores, desde la ficción, podamos observarla. Pero este proceso se hace peligroso cuando el artista transforma toda esa realidad ─su realidad─ en una ficción.
            
Eso es en cierto modo lo que sucedió con la célebre violonchelista británica Jacqueline Du Pre cuando en 1973 se enteró de que no podría volver a tocar su instrumento por una enfermedad y tuvo que buscar ayuda psicológica.
            
Edgar Saba dice:
            
─El peligro real se materializa cuando no existe separación entre la vida real y la posibilidad de crear.
            
Hasta el punto de desear que la vida se extinga lo más pronto posible.

                                                      *****

En una línea, la historia de Dueto en Mi se resumiría a un psicoanalista y una paciente en silla de ruedas que desconfía de la terapia.
           
En un sentido más amplio, la historia es el desafío de dos personalidades absolutamente distintas entre sí que se seducen.
            
Al final cada una descubrirá cuánto necesita de la otra.
            
El psicoterapeuta nunca lo reconocerá pero también ansía un equilibrio.
            
─Lo curioso es que también está tratando de encontrarle un propósito a su propia vida: la idea de que ella no se suicide también le dará sentido a él y su carrera ─dice Paul Vega, el actor que interpreta al doctor.
           
Por supuesto, la artista no lo hace fácil. Sobre todo cuando le critica y le pregunta qué clase de monstruo perverso es él que ante los recuerdos de sus pacientes solo encuentra enfermedades que no existen.
            
Tom Kempinski ─el dramaturgo inglés que recoge la experiencia de Jacqueline Du Pre en esta obra─ alguna vez requirió este tipo de tratamientos.
            
─La obra transcurre en uno de los espacios más íntimos que puedas imaginar: una sesión de psicoanálisis, donde las personas se encuentran en constante reelaboración ─dice Jimena Lindo, la actriz que interpreta a la violonchelista.
           
Un espacio que atrae no solo por la suerte de voyeurismo que implica por sí mismo, sino también porque los encuentros de los personajes poco a poco trasgredirán los límites profesionales y se convertirán en una lucha personal.
           
Una lucha donde la mujer es el campo de batalla del hombre.

                                                     *****

En la vida real Jacqueline Du Pre no visitó a un solo especialista: fue a tres. El primero la trató con sedantes y ansiolíticos. El segundo con terapia de apoyo. El tercero en un diván confesional.
            
Haber tocado en vivo para la BBC de Londres a los doce años de edad y ser reconocida como una niña genio del violonchelo fueron recuerdos insoportables cuando se enteró de que a los veintiocho ya estaba acabada para la música: una esclerosis múltiple ─una enfermedad desconocida aún hoy─ inutilizó los nervios de su cuerpo, provocándole dolorosos espasmos musculares, temblores e invalidez.
            
En el tiempo habría de perder hasta sus recuerdos.
           
Y con ello, la música en su cabeza.
            
─Ante esa perspectiva se sumió en una profunda depresión. Y claro, es comprensible: todos alguna vez hemos debido pensar qué sucedería con nosotros si tuviéramos que abandonar lo que más amamos ─dice Jimena Lindo.
            
Sus interpretaciones de Brahms, Dvořák y Beethoven la habían llevado a tocar con las principales orquestas del mundo y a recibir premios nacionales de varios gobiernos. El Concierto para cello de Edward Elgar sería considerada su obra maestra: precisamente esa pieza tocada en clave Mi menor.
           
Todo eso habría de desaparecer para ella de manera vertiginosa.
            
─El problema se suscita cuando el psicoanalista intenta demostrarle que lo más importante en este mundo es el instinto de conservación y la artista responde que no puede entenderla porque está en un mundo distinto: el de la música ─dice Edgar Saba.
          
«La música es la nostalgia del cielo», replica en algún momento, para luego rechazar todas las opciones que el doctor le propone para sobrevivir a su mal.
           
─Como producto de su época, Jacqueline Du Pre todavía conservaba una visión muy romántica del arte ─dice Jimena Lindo─. En los años setenta y ochenta todavía se observaba todo como algo muy intenso: eso la llevaría a ser vehemente con su posición. Radical, los hechos en su vida no podían ser más que en blanco y negro, sin matices.
            
Desde esa perspectiva, cualquier intento que a cualquiera podría haber ayudado a aferrarse a la vida sería inválido para ella: opciones que no consideraban lo que la violonchelista llevaba dentro.

                                                     *****

Pronto el terapeuta tratará de hacer algo que ─aparentemente─ no era lo que cabría de esperarse de un hombre de ciencia: involucrarse emocionalmente.
           
Tratar de comprender ese otro mundo del que le hablan.
           
─Y eso nos lleva a un debate entre el arte y la ciencia, porque la primera pregunta que surge es quién cura a quién ─dice Edgar Saba─. Y la segunda cuestión es si la palabra ─la herramienta básica del psicoanalista─ realmente puede sanar.
            
Si en un principio el doctor era el individuo más coherente, invulnerable y seguro de sí mismo de los dos, y el más confiado, racionalista y determinista de la pareja, tras las seis sesiones con su paciente empezará a mostrarse inestable e impulsivo.
            
Poco a poco perderá la mirada clínica de su profesión.
            
─Y creo que esa parte es lo mejor de la obra ─explica Paul Vega─. Porque una reacción como esa lo humaniza: es mandar al diablo toda la teoría y la actitud de sujeto superior y decir que también es una persona capaz de quebrarse y confundirse.
            
Luego el actor dice:
            
─Es como si el doctor, por más que no pueda entender o sentir lo que le sucede a ella, expresara que lo que les ocurre a ambos es parte de la vida y que, si no hacen algo al respecto, ninguno de los dos tendrá al final una buena razón para estar aquí.
            
Las conversaciones se convierten en aprendizajes para él: que la ciencia no siempre puede penetrar en mundos no regidos por parámetros.
            
Y sobre todo, que ningún punto de vista es superior a otro si pertenecen a esferas distintas.
            
Que no hay verdades absolutas ni armonías absolutas.
            
─El psiquiatra llega a un gran descubrimiento y es el del «Hasta aquí puedo llegar»: más allá de este límite ya no hay un territorio comprensible para él ─dice Paul Vega─. Lo único que entiende luego de las sesiones con su paciente es que la música está siempre en un nivel superior a cualquier pensamiento lógico, a un nivel mucho más complejo de lo que podría entenderse desde afuera.
           
Y agrega:
            
─Él logra sentir que representan dos mundos donde necesariamente uno no tiene que ver con el otro por más que se precisen.

                                                                 *****

─Esa famosa frase que reza «Solo la verdad te hará libre» nunca me ha parecido justa ni correcta: indirectamente determina que hay una sola verdad ─dice Edgar Saba─. Yo diría más bien que lo que realmente te hace libre es la conciencia: darnos cuenta de lo que sucede en nuestra realidad y de lo que sucede en nuestro interior.
            
Tanto el doctor que defiende la vida como la violonchelista que reniega de la vida poseen sus razones: las que más los explica y los hace reconocibles como individuos con identidad.
            
Ambos son coherentes y sinceros con sus posturas.
           
─En la actualidad seguimos pensando que el hombre es lanzado al mundo con un destino ─eso es Edipo Rey, por ejemplo─, pero creo que deberíamos variar un poco esa idea y pensar que el hombre ahora es lanzado al mundo como un misterio.
            
El director explica que ese misterio solo se puede revelar en el día a día. Y que la única forma de hacerlo es a través de la ética.
            
La ética ─y no la libertad─ sería el gran tema de nuestra época.
            
─Hubo un momento en que las ciencias exactas ─las que describen la realidad, como la matemática o la medicina─ y las ciencias humanas ─las que interpretan la realidad, como la filosofía o el arte─ permanecían unidas. El griego Heráclito, por ejemplo, era filósofo, físico y poeta. Hasta que de pronto se produjo una división entre ellas que perduró por siglos. Y hoy, con los descubrimientos de la «partícula de Dios», la física parece unirse nuevamente a la metafísica.
           
Ahora el concepto de constatación científica ya no se basa tanto en eso de «Si no lo veo, no lo creo»: ahora se inclina por el «Si es probable que suceda, creo».
            
─Esa perspectiva podría ser un nuevo renacimiento ─añade Edgar Saba.
            
─Eso de extraviarte en tu arte como Jacqueline Du Pre me parece muy peligroso ─dice Jimena Lindo─. Alguien, alguna vez, me recomendó: «Para no perderte en tu personaje y esas cosas de las que suele rumorear la gente, consíguete una vida privada que valga la pena». Y creo que tenía razón.
           
─Sí, yo también pienso que la vida es más grande que el arte ─dice el director─. Y en la historia real Jacqueline Du Pre lo entendió así. Porque aceptó ser violonchelista hasta los veintiocho años de edad, pero su éxito como ser humano perduró hasta los cuarenta, que fue cuando falleció. De muerte natural.


            
Dueto en Mi de Tom Kempinski.
            
Producción: Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú - CCPUCP.
            
Dirección: Edgar Saba.
            
Elenco: Jimena Lindo y Paul Vega.
           
Lugar: Teatro del CCPUCP (Av. Camino Real 1075, San Isidro).
            
Horario: De jueves a lunes a las 8 p.m.
            
Entradas: De venta en Teleticket (de Wong y Metro) y boletería del teatro.
            
Temporada: Del 10 de mayo al 21 de julio de 2014.

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