RSS

Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

La controversia de Valladolid

Compartir:

Una histórica discusión de quinientos años recuerda cómo se sostienen las cuotas de poder y los privilegios económicos: Dios y una idea interesada de civilización solo son los pretextos. ¿Qué es lo que realmente justifica decidir sobre los demás?

controversiaAFICHE ed2.jpg

Ocurrió en los años en los que los colonos españoles marcaban el rostro de los indígenas con hierro candente una y otra vez conforme cambiaban de dueños, la época en la que los nativos eran atravesados por lanzas en grupos de trece para ahorrar en pólvora y honrar a Cristo y los doce apóstoles, el tiempo en el que se les cortaba las manos y se les abandonaba en el bosque para que intentasen sobrevivir a las fieras.
           
Eran los años en los que los soldados españoles solían encerrar a los indígenas en círculos de arbustos secos para luego prenderles fuego, ese período en el que les cortaban trozos de muslos o de pecho para dárselos de comer a los galgos de caza, el tiempo en el que se apostaba quién era lo suficientemente diestro como para abrir de una sola cuchillada el vientre de los nativos.
           
Era la época en la que los cuerpos de los antiguos peruanos servían para ensayar la efectividad de las armas de acero afiladas en las rocas, cuando no eran arrojados por miles a lóbregos socavones para extraer oro: ese metal que los indígenas creían era tragado y digerido por sus dominadores.
            
Solo así podían explicarse la ansiedad española por él.
           
En esos instantes, a miles de kilómetros de allí, en un colegio de teología de Valladolid, España, un alto representante de la Iglesia Católica convoca a un sacerdote dominico y un filósofo para debatir si esos indígenas tenían alma y merecían el tratamiento que la Corona española les estaba dando.
           
Si se demostraba que los nativos eran animales, no había por qué preocuparse ni derrochar esfuerzos en evangelizarlos: ellos nunca tendrían acceso al reino de Dios.
           
El sacerdote era Bartolomé de Las Casas, el primer capellán español en oficiar una misa en las colonias y antiguo soldado y encomendero. El filósofo era Juan Ginés de Sepúlveda, también jurista y férreo partidario de las tesis de superioridad y dominio de Aristóteles y de la razón de Estado de Maquiavelo.
           
Uno defendía a los indígenas. El otro, su sumisión.
            
Así fue como se inició la controversia.

 

                                                        *****

 

─Los conquistadores españoles no consideraban seres humanos a los indígenas: los veían como bestias de carga que podían ser aniquiladas por diversión. Un caballo les resultaba más útil y loable ─dice Alberto Herrera, el actor que interpreta al árbitro papal─. Al fin y al cabo, creían que los nativos habían sido aún más salvajes antes de que arribaran a estas tierras.
           
Los rumores de esos atropellos pronto llegarían a Europa.
            
─Fray Bartolomé de Las Casas solía presentarse en las cortes a reclamar un trato humano hacia los indígenas, al punto de que los religiosos empezaron a dudar si esos indígenas realmente merecían la esclavitud como afirmaban los colonos.
            
Es en ese momento que el Papa designa a un representante ─el legado─ para que averigüe si esos nativos americanos eran seres humanos y debían ser libres.
           
En el debate ─que en realidad duró meses y en el que participaron varios polemistas─ incluso se llevó a toda una familia de indígenas para examinarlos en busca de similitudes con los europeos. Al final comprobaron que físicamente sí se parecían: poseían la misma cantidad de dientes y el cabello les crecía de la misma manera.
            
Igual dudaban de si tendrían alma.
           
Era el año de 1550.
            
─El dilema no era tan inocente: la esclavitud beneficiaba económicamente tanto a la Corona como a la Iglesia ─dice Jorge Chiarella, director de la obra─. El Papa católico tenía dos intereses: por un lado tratar de anexionar más territorios para ejercer dominio político ─y por tanto obtener riquezas─, y por el otro encontrar nuevos individuos a quienes evangelizar y ejercer dominio ideológico.
           
Para los españoles la conquista era una cruzada como la que habían sostenido contra los musulmanes siglos atrás: debían recuperar tierras para el cristianismo.
            
Los mismos indígenas americanos eran comparados con los moros.
           
─Y mira lo que son las cosas ─dice Jorge Chiarella─. Quinientos años después en el Perú se sigue pensando que ser diferente es ser inferior: que los otros merecen ser sojuzgados. Eso fue el Baguazo, eso son las arbitrarias explotaciones de metales e hidrocarburos, eso es la actual discusión sobre la unión civil homosexual.

 

                                                          *****

 

            «Los cristianos parecen haber perdido el temor a Dios», se queja Bartolomé de Las Casas ante el legado en una escena.
            
Luego coge un pergamino y recita las memorias de Cristóbal Colón: esos pasajes donde el navegante describe a los indígenas como «hermosos de corazón, desprovistos de cualquier crueldad y pacíficos como corderos: la viva imagen del paraíso antes del pecado».
            
─Si de verdad los indígenas son mansos como corderos, entonces no son hombres ─le responde Juan Ginés de Sepúlveda con fría lógica.
            
Su argumento principal: que Cristo ama esa conquista porque de lo contrario no admitiría esa matanza de inocentes.
            
«Los indios merecen su suerte porque sus pecados de canibalismo y sodomía e idolatría son una ofensa a Dios. Nosotros debemos protegerlos y llevarlos hacia la verdad. La religión cristiana es la guía universal que asegura la salvación eterna», explica el intelectual. «Nuestra victoria sobre los musulmanes es señal de que Dios nos ampara: somos una raza divina».
            
─Pues para los indios somos los enviados del demonio ─le replica Bartolomé de Las Casas─. ¿Cómo hablarles de compasión cuando los tratamos con crueldad?
            
Juan Ginés de Sepúlveda argumenta que como la palabra de Cristo jamás ha sido llevada a las nuevas tierras, esas criaturas no forman parte del pueblo de Dios: que la Buena Nueva no está hecha para ellas.
           
El fray objeta que en la Biblia se lee que la palabra de Dios es para todas las naciones del mundo y, por tanto, no hay razón para excluir a los nativos.
            
Luego dice:
           
─¿No estaremos diciendo más bien que nuestros intereses son los de Dios para justificar nuestros crímenes?
            
Entonces el legado le ordena que se calle y deje de blasfemar.
            
Juan Ginés de Sepúlveda aprovecha para insistir:
           
─Aún suponiendo que los indígenas sean inocentes, ¿no estaría justificada nuestra guerra emprendida para proteger a sus inocentes de los tiranos que los mataban en sus rituales o para devorarlos?
            
Bartolomé de Las Casas le pregunta cuál guerra.
            
─Ellos no nos hacían ninguna guerra. Ni siquiera saben por qué los estamos exterminando. Y más aún: ¿Cómo esperamos que entiendan que también han sido redimidos por la sangre de Cristo cuando lo que hacemos es matarlos en su nombre?

 

                                                        *****

 

─Sí, definitivamente esa fue una mala época para ser indígena o negro ─dice el actor uruguayo Augusto Mazzarelli.
           
Y agrega:
            
─¿Pero acaso esta es también una buena época para ser indígena o negro? Uno escucha a mi personaje, Juan Ginés de Sepúlveda, y piensa «¡Qué tal hijo de puta, vaya convicción que tiene el tipo!», pero es su contexto histórico y está peleando para defender lo que cree, no porque le caigan mal los indígenas y tenga ganas de joderlos. En cambio ahora parece ser así cuando dices «Tengo que perforar esas tierras mineras y me importa un carajo si mato a todos esos indios de mierda que viven encima».
            
Y dice:
            
─Es otra intención: hoy, por hacer dinero, los nativos te importan nada. 
            
─La lógica de Juan Ginés de Sepúlveda es la del neoliberalismo actual: la mirada del capital indolente, la del empresario inescrupuloso que cree que los derechos de los demás no importan: que solo le interesa el metal y el dinero ─dice Alberto Herrera.
            
Seríamos ingenuos si creemos que el pensamiento de dominación no existe más, explica.
           
─Cuando escucho al filósofo recuerdo ese dictado del neoliberalismo de que alguien siempre debe estar por debajo ─dice Alberto Ísola, el actor que interpreta a fray Bartolomé de Las Casas─. Es un argumento que se ha utilizado de miles de formas y la obra demuestra que no hemos encontrado ninguna alternativa para enfrentarlo.
            
Es esa misma lógica que ordena que en el Perú no existe la necesidad de hablar de desigualdad social y discriminación cuando supuestamente hay una evolución.
            
La que afirma que los pobres son pobres porque no hacen el esfuerzo. 
            
Es también esa lógica que se pone en marcha cuando se le prohíbe a la servidumbre el ingreso a las playas o se le confina a habitaciones miserables en las casas de quienes les pagan. O cuando alguien se cree con más derechos porque logró estudiar en una universidad o porque accedió laboralmente a un cargo de confianza.
           
La preeminencia de unos sobre otros. Las jerarquías caprichosas.
           
La discriminación es solo uno de sus efectos.
            
─La visión de Juan Ginés de Sepúlveda parte de la idea aristotélica de que hay seres que nacieron para ser dominados: el mismo criterio que más tarde utilizarían dictadores de izquierda y derecha para justificar genocidios y crímenes de raza ─dice Alberto Ísola.
           
«¿Soportaría que otros hombres deliberasen si es usted hombre o no?», le pregunta Bartolomé de Las Casas a Juan Ginés de Sepúlveda en un momento dado.
            
─Y esa pregunta me parece crucial porque abarca todas las cuestiones: las raciales, culturales, de política y género ─dice el actor─. ¿Qué derecho tiene un grupo de personas a determinar cuál es la manera correcta de vivir?
           
O en otras palabras: ¿Hasta qué punto alguien puede decidir la suerte del otro?

 

                                                        *****

 

Juan Ginés de Sepúlveda nunca estuvo en América.
           
Eso no fue obstáculo para que creyera que los nativos no eran capaces de gobernarse a sí mismos: defendía una «guerra justa contra los naturales» bajo la opinión de que los españoles debían infundirles una cultura superior y cristiana.
            
No era que los indígenas se negaran a Cristo: era Cristo quien no los aceptaba.
            
En contraste, Bartolomé de Las Casas decidió renunciar a sus posesiones para dedicarse a pregonar la misericordia por los sometidos ante el horror del exterminio que presenciaba en América.
           
Hoy este sacerdote se encuentra en proceso de beatificación.
           
─Con todo, sería difícil sostener que Bartolomé de Las Casas fue un adelantado a su tiempo ─dice Augusto Mazzarelli─. Como producto de su época, él también formaba parte de los opresores aunque de manera inconsciente: montado a caballo y con espada al cinto, condenaba todo aquello que no sonara cristiano y se condolía de esos nativos que insistían en sus dioses de piedra.
            
Aunque bien intencionado, su actitud hacia los indígenas era de paternalismo, agrega.
            
─Bartolomé de Las Casas, por más humanista que fuera, también tenía una mirada reductista ─dice Alberto Ísola─. Esa mirada era la del 'buen salvaje'. En cierto modo, ni él ni Juan Ginés de Sepúlveda querían ver las cosas en su real dimensión.
           
─Que Bartolomé de Las Casas fue bueno para los indígenas, de eso no hay duda ─dice Augusto Mazzarelli─. Ahora, si analizamos qué quiere decir ser bueno y lo vemos en un sentido más amplio, notaremos que él también contribuyó a cambiarles la vida.
           
Y dice:
            
─No quiso matar a los nativos, los defendió lo que pudo, pero nunca pregonó que siguieran haciendo su vida tal como la llevaban: con su cultura, con su identidad.
            
─Al sacerdote, en todo caso, lo que lo redime es su voluntad y su compasión ─agrega Alberto Ísola─. Es un personaje que si bien no tiene la habilidad intelectual del filósofo, ha vivido todo lo que narra y por lo mismo sus palabras y vehemencia tienen ese sentido de urgencia que alerta sobre lo que estaba sucediendo.
           
Esa insistencia en denunciar la realidad fue lo que al fin y al cabo lo convirtió en una figura trascendental para la historia.

 

                                                        *****

 

Mientras los colonos españoles cometían sus excesos en América, en la Santa Sede se calculaba a cuánto venderles los perdones divinos: de allí las bulas y jaculatorias y los sepulcros debajo de los templos ─garantías de la custodia eterna─ cobrados a peso de oro.
            
─Claro, si todo el tiempo te recuerdan de que eres mortal y como quieres salvarte y yo quiero salvarte, entonces te colocas en mis manos: ese ha sido siempre el mecanismo de dominio de la religión ─dice Jorge Chiarella.
             
Y entonces explica que quizá ─quizá─ en los inicios de las sociedades fue un pensamiento muy convencido u honesto, pero en nuestra época, después de ver la trayectoria de muchos sacerdotes y los avances de la ciencia, que existan personas que todavía utilizan esos argumentos para beneficiarse es poco menos que inmoral.
            
Como cuando se ajustan los hechos de la realidad a una interpretación que solo obedece a intereses económicos y políticos: a cuotas de poder.
            
─Eso nos lleva a pensar entonces en quiénes son los que establecen las reglas de juego y en qué se sustenta su dominio ─dice el director─. Son grupos de élite ─religiosos y no religiosos─ que desean que la sociedad sea como ellos quieren, aun cuando no necesariamente tengan la autoridad moral para moldearla.
            Al final l
a decisión que tomará el representante papal para zanjar la controversia de Valladolid será poco menos que escandalosa.
           
La sorpresa ante la postura de la Iglesia Católica será la única coincidencia entre Bartolomé de Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda después de tantas censuras y desafíos personales.
           
─A estas alturas yo no buscaría condenar: solo apelaría a que esa gente con capacidad de modificar la vida de los demás tomase conciencia de lo que está haciendo con su poder ─dice Augusto Mazzarelli.
           
─Es cierto: en la obra hay una canción cuya letra dice «Para llegar a Dios hay que aprender a ser humano» ─agrega Jorge Chiarella.
            
Y finaliza:
           
─Después de todo, Dios no es más que una prolongación de esa humanidad que te lleva a ser un animal superior.



           
La controversia de Valladolid de Jean-Claude Carrière.
           
Producción: Aranwa Teatro.
            
Dirección: Jorge Chiarella.
            
Elenco: Alberto Ísola, Augusto Mazzarelli, Alberto Herrera, Javier Pérez, Janncarlo Torrese, Renato Medina, Steffani Rojas, Sergio García-Blásquez, Jeshua Falla, Edson Dávila, Kevin Sánchez y Gonzalo Candelo.
            
Lugar: Teatro Ricardo Blume (Jr. Huiracocha 2160, altura de la Cámara de Comercio de Lima y Residencial San Felipe, Jesús María).
           
Funciones: Jueves, viernes y lunes a las 8 p.m. Sábados y domingos a las 7 p.m.
            
Entradas: En Teleticket (de Wong y Metro) y boletería de la sala.
           
Temporada: Del 2 de mayo al 7 de julio de 2013.

1 comentarios

Excelente como todas tus publicaciones Carlos.

Escribir un comentario


Introduzca los caracteres que ve en la imagen de arriba.