RSS

Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Incendios

Compartir:

Elegir un camino significa descartar otros: es obvio. Pero deja de serlo cuando se piensa en las elecciones de quienes nos precedieron. ¿Se puede volver a empezar a partir de lo que enterraron nuestros padres?

incendiosED.jpg

Dos jóvenes mellizos se encuentran sentados frente al notario que lee el testamento de su madre: esa mujer esquiva y reservada que de pronto decidió permanecer en silencio los últimos cinco años de su vida.
           
En mudez absoluta.
           
En el documento la mujer solicita ser sepultada desnuda y boca abajo en una fosa. Sin cajón. Para mayor desconcierto, pide que antes de arrojar tierra cada uno de los hijos vacíe un cubo de agua sobre su cuerpo. Luego la mujer demanda que se olviden de registrar su nombre en la lápida, y mucho menos de escribir un epitafio, porque eso no se hace con las personas que no llegaron a cumplir sus promesas.
            
A continuación la madre les ruega a sus hijos que ubiquen a un padre que nunca murió como ella les había hecho creer. Las instrucciones para su búsqueda están en dos cartas que se les entrega como parte del testamento. La mujer deja también una tercera carta: una que ellos no pueden leer sino hasta estar frente a su progenitor.
           
Solo cuando hayan cumplido ese cometido es que sabrán la verdad de su procedencia y la razón de ese desesperante silencio.
           
«Hay verdades que merecen ser descubiertas», prosigue el notario.
            
Los hijos, ya aturdidos por semejantes confidencias, todavía deben escuchar una última sentencia maternal que quedará resonando en sus cabezas: «¿Dónde deciden que empiecen sus historias: desde el horror o desde el amor?».
            
En ese momento la realidad comenzará a incinerarse.

                                                     *****

─Alguien mencionó ─creo que en un diario español─ que Incendios es «la primera obra maestra del teatro del siglo XXI» ─dice Alberto Ísola, actor─. Y sin querer sonar altisonante como esa frase, debo reconocer que esta obra es impresionante porque mezcla lo épico con lo íntimo y te sugiere ─más allá de hablarte de perdón, una palabra que personalmente no me gusta─ lo importante que es la recuperación: la reconstrucción de toda una vida.
           
En otro diario europeo alguien también mencionaría que parte del impacto de esta historia es esa mezcla de epopeya griega con novela policial contemporánea con la que juega Wajdi Mouawad, el dramaturgo.
           
Una suerte de thriller en el que cada detalle descubierto va completando la historia pero al mismo tiempo la complejiza más.
           
«A mí me fascinó conocer el carácter falible de los héroes griegos y el problema de la desmesura en sus famosos relatos trágicos ─dice el autor, de origen libanés─. Sófocles no dejaba de repetir que no se debe ser presuntuoso porque nadie está a salvo de cometer lo inimaginable».
           
Lo inimaginable, en este caso, atraviesa a tres generaciones de una misma familia que se alternan y superponen de manera vertiginosa: la historia de una niña nacida en algún lugar de Medio Oriente que abandona su casa ante la pérdida de un hijo y un amante, la de una guerra en el desierto que somete por igual a víctimas y victimarios, y la de un viaje de dos jóvenes que deben reconstruir las dos primeras historias para poder comprender el distanciamiento y las extrañas peticiones de una madre fallecida.
            
─Y en ello radica ese sentido épico que efectivamente se le atribuye a la obra ─dice Rómulo Assereto, actor─. Porque se trata de una historia en la que todas las trayectorias personales, por más esforzadas que sean, devuelven siempre al mismo punto.

                                                      *****

Tres hermanos casi niños son colocados a la fuerza contra una pared. Tiemblan. Los soldados cogen del cabello a la madre de los muchachos y le gritan: «Elige. Elige a cuál de ellos quieres salvar. Elige o se mueren los tres». La mujer no comprende. No es capaz de pronunciar nada. Sus ojos desorbitados están puestos sobre el paredón y parece no entender nada. Como un intento de súplica, le suelta al soldado que cómo es posible que la empuje a decidir algo así a ella, que bien podría ser también su madre. El soldado la abofetea. Le dice que no lo insulte. Y entonces la mujer, desesperada, grita un nombre cualquiera y de pronto suenan ráfagas de ametralladora y se derrumban los dos muchachos más pequeños y la mujer cae de rodillas. Desde ese momento, y en lo que le queda de vida, la mujer se susurrará una y otra vez que ella asesinó a sus propios hijos.
           
Esta es una de las historias que los hermanos conocerán a partir de ese juego de enigmas que la madre les deja anotadas.
           
─Yo creo que con esas cartas la madre les deja un último regalo: la posibilidad de que descubran su origen ─dice Norma Martínez, actriz─. Y será a partir de ello que se enfrentarán a un hecho y deberán reconstruirse a sí mismos de otra manera.
           
─Las cartas son un modo de provocar curiosidad en los hijos ─dice Alberto Ísola─. Intenta pasarles una posta, decirles que de alguna forma su vida no pudo terminar y que ahora les corresponde finalizarla a ellos. En otras palabras: involucra a sus hijos para que completen el sentido de una realidad que vivieron los tres.
           
De paso, podrán reconciliarse con ella y entender por qué actuó como lo hizo.
           
A la vez, queda la duda de si la madre no fue también egoísta: legar a sus hijos una verdad que los consumirá de por vida quizá no suene tanto a redención.
           
─En realidad la mujer decide enmudecer por ellos: decide desaparecer en vida cuando se entera de todo ─dice Juan Carlos Fisher, el director de la obra─. Esa manera de actuar me genera más esperanza que pensar que lo hace por un afán de egoísmo personal: va más con una filosofía reflexiva sobre cómo es la vida.
           
Y dice:
            
─Al menos eso es lo que quiero creer.

                                                                 *****

¿Dónde decides que empiece tu historia: desde el horror o desde el amor?
           
Se supone que esa indagación por el origen podía ofrecer el camino para hallarse a uno mismo. Al menos ese era el dogma de los antiguos griegos.
            
─Pero claro, lo usual es que nosotros, para protegernos, decidamos no averiguar nada: así niegas algo que nunca se deseó hubiera ocurrido ─dice Rómulo Assereto─. Y lo que plantea la obra es todo lo contrario: que salgas de esa comodidad, de esa decisión por no saber.
            
En la historia los mellizos representan esas contradicciones de la necesidad de saber y el miedo a saber: el hijo es el impulso, la hija la meditación.
            
No puede haber daño en conocer el origen, dice Juan Carlos Fisher.
           
Ni aún el tomar conciencia de que parte del terror de ese camino individual se debe precisamente al azar y percatarse de que en verdad no se controla nada ─ni siquiera lo que se cree─ serían motivos suficientes para dejar de escarbar en ese origen.
            
─Uno tiene que saber la verdad de dónde viene y a qué pertenece: eso es importante para entenderse a sí mismo y comprender ciertas acciones que a veces, con la euforia, con la «cabeza caliente», no se sopesan.
           
Entender tu lugar en el mundo podría proyectarte hacia algo más, sentencia el director.
           
Podría ayudar a saber cómo se inició lo que nos enseñaron a desear y querer.

                                                     *****

Horror. Amor.
            
─Esa frase tiene que ver con todo ese proceso de volver al origen íntimo, personal, pero también al origen como colectivo ─dice Alberto Ísola─. Por un lado para tratar de trascender lo inmediato, sí, pero también para tratar de obtener una visión mucho más profunda y a futuro de la realidad. Y en esa realidad no estamos solos: somos varios individuos.
            
─Somos el producto de nuestra propia historia ─dice Norma Martínez─. A veces vives en la ignorancia de tu propia historia y repites patrones y comportamientos que no entiendes de dónde viene y te consuelas diciendo «Así es mi temperamento».
            
Igual a lo que sufre un país entero cuando quiere entender un proceso sin remitirse a lo que sucedió antes.
            
En el año 2009 cuatro obras de Wajdi Mouawad ─en la que se incluía esta historia de la madre y los mellizos─ se montaron en cuatro días seguidos en el Festival de Avignon, en Francia. Tiempo después recibiría el Gran Premio del Teatro de la Academia Francesa por esa tetralogía. En 2010 el director canadiense Denis Villeneuve llevaría el guión de Incendios al cine. Un año más tarde la película recibiría una nominación al Óscar como Mejor Película Extranjera.
           
En el camino el dramaturgo ha adaptado al teatro novelas tan disímiles como Edipo Rey, Don Quijote de La Mancha y Trainspotting.
           
En una entrevista para un medio extranjero Wajdi Mouawad dice: «Para los griegos la inmortalidad no consistía en la descendencia sino en hacer algo extraordinario por el bien de su ciudad: solo así su memoria sería recordada para siempre».
           
En Incendios uno de sus personajes afirma que solo hay dos caminos: o elegir contribuir a lo peor de este mundo o intentar cambiarlo.
           
«Y ahora tengo claro que lo último que quisiera ser es un idiota ─continúa el autor─. Porque para los griegos, el idiota era aquel que no se preocupaba de los asuntos públicos y solo pensaba en sí mismo».

                                                     *****

─Esta es una obra post-teatro político de los años setenta y ochenta ─dice Alberto Ísola─. Todos estos temas sobre la mirada personal y la ambigüedad de definiciones sobre lo que es bueno y malo son muy contemporáneos. No hay una ideología política y tampoco una intencionalidad maniquea y tajante.
           
Y dice:
            
Incendios parte de este clima: ¿Qué ocurre si se incendia tu hogar y tienes que volver a comenzar desde cero? Pues bien, ahora aplica esa pregunta a tu vida misma.
            
Quizá el fuego pueda ser una excusa para algo distinto.
            
Norma Martínez dice:
           
─El autor se dirige hacia el lugar más extremo y brutal desde el que se puede poner a prueba el amor. Porque claro, cuando todo va bien qué fácil es practicarlo y decir que amas. Pero cuando las circunstancias son otras, cuando los escenarios se confunden y oscurecen, allí es cuando surge la duda de si todavía tienes capacidad para amar: de si aún puedes elegir amar. Y la obra se va a ese extremo tan cruel para decirte que, incluso allí, el ser humano todavía puede decidirse sobre el amor.
           
De allí los cinco años de mudez de la madre, explica.
           
Un sociólogo francés llegó a decir que en el teatro de Wajdi Mouawad se suele encontrar un deleite de resonancia arcaica. «De allí que la amargura que suscita sus obras en los momentos más desoladores siempre contenga ciertas dosis de alivio».
           
─Pues sí, es cierto: Incendios puede llegar a ser un texto terrible pero, al igual que las tragedias griegas, es un texto sanador ─dice Alberto Ísola.
            
Y agrega:
           
─Porque... ¿cómo puedes perdonar lo que no has entendido?

                                                     *****

En un instante de la historia, los personajes se preguntan cómo es que se inició el conflicto que los llevó a una guerra entre naciones.
            
El personaje más viejo y experimentado responde que se inició porque tal bando hizo tal cosa. ¿Y por qué pasó eso? Porque con anterioridad el otro bando le había hecho aquello. ¿Y por qué llegaron a aquello? Porque tal bando había hecho algo más. Y así, en una cadena infinita hacia atrás: un permanente juego de espejos.
            
La enorme facilidad para pasar de víctimas a victimarios a víctimas.
            
─Y eso nos demuestra que constantemente estamos en un ciclo que es necesario romper ─dice Rómulo Assereto─. Que si seguimos reaccionando de la misma manera, todo eso terminará volviéndose en contra en algún momento.
           
Cuando se descubre que lo llamado azar de pronto no era tal.
           
─Y es en esos momentos en los que sientes que todo conspira contra lo que crees o quieres cuando puedes decidir cómo reaccionar: qué hacer ante lo sucedido, cómo sobrepasar la conmoción ─dice el actor─. Solo allí es cuando el azar pasa a un segundo plano: cuando decidimos qué sigue, cuáles son nuestros próximos movimientos.
           
Mientras, en medio de su viaje para descubrir la verdad, la hija también aprende algo más: que los músculos pueden tensarse tanto cuando un cuchillo se abre paso entre ellos, que luego es difícil arrancar el acero de los cuerpos.
            
Aunque después ─le explican─ todo se hace más fácil.


           
Incendios de Wajdi Mouawad.
            
Dirección: Juan Carlos Fisher.
           
Producción: Teatro La Plaza.
            
Elenco: Norma Martínez, Alberto Ísola, Miguel Iza, Rómulo Assereto, Jimena Lindo, Gabriela Velásquez, Carlos Victoria, Jely Reátegui, Andrea Fernández y Renato Rueda.
            
Lugar: Teatro La Plaza en Larcomar de Miraflores.
            
Horario: De jueves a martes a las 8 p.m. y domingos a las 7 p.m. 
            
Entradas: De jueves a domingos: S/. 65 (Entrada general) y S/. 30 (Estudiantes). Lunes y martes populares: S/. 45 (Entrada general) y S/. 25 (Estudiantes). De venta en Teleticket (de Wong y Metro) y boletería del teatro.
            
Temporada: Del 13 de febrero al 29 de abril de 2014.

Escribir un comentario


Introduzca los caracteres que ve en la imagen de arriba.