RSS

Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Historia de la corrupción en el Perú

Compartir:

Fue uno de los libros más vendidos de 2013 sin necesidad de ser ficción: tras analizar la etapa republicana, el historiador Alfonso W. Quiroz demuestra que la corrupción en el Estado no depende solo de sus funcionarios: el sector privado influye más de lo que se cree.

historiadelacorrupcionED1.jpg

Alianzas políticas en el Congreso para perpetuarse en el poder.
           
Copamiento de instituciones públicas.
           
Manipulación de las reglas electorales.
            
Espionaje y represión.
           
Psicosociales y concientización por un «gobierno fuerte».
           
Políticas de amnistía.
           
Malversación de fondos de defensa y otros ministerios.
           
Fiscalización nula de las administraciones anteriores.
           
Favores de empresas extranjeras que financian campañas políticas.
           
Licitaciones fraudulentas.
           
Relaciones con narcotraficantes y contrabandistas de armas.

           
Esta es una breve lista que sintetiza las coincidencias en el ejercicio del poder de varios ─muchísimos─ presidentes de la república en la historia del país en los últimos dos siglos, según la investigación del desaparecido historiador Alfonso W. Quiroz, Historia de la corrupción en el Perú.
           
Por ejemplo, cuando una cúpula a favor de Ramón Castilla se las ingenió para colocar a gobernantes de fachada que invariablemente devolverían la posta al caudillo.
           
Más de cien años después, en 1990, la dirigencia aprista buscaría favorecer la candidatura de Alberto Fujimori.
           
Bustamante y Rivero, por ejemplo, dictó medidas de amnistía al perseguido partido aprista a cambio de que lo dejasen gobernar. Fue en vano. Manuel Odría y Manuel Prado Ugarteche hicieron lo mismo con sus enemigos de siempre a cambio de asegurarse el poder, y la apuesta les duró poco. En los últimos años, al régimen fujimorista se le ocurrió decretar una amnistía a los miembros paramilitares del Grupo Colina, acusados de ejecutar extrajudicialmente a ciudadanos peruanos.
            
A veces la búsqueda de pactos políticos trascendió las fronteras: como cuando en 1936, de acuerdo con el investigador, los apristas intentaron convencer al presidente boliviano de aquel entonces para que les ayudase a derrocar a Óscar R. Benavides. En caso de triunfo, los complotados antiimperialistas prometían que nuestro país «no se opondría a que Chile cediera a Bolivia una salida al mar a través de territorios que habían sido peruanos».
           
Y así, en ese contexto histórico de política oportunista y clientelista y supuestos líderes patriarcales ─en cada página del detallado estudio─, salta la pregunta sobre si acaso la falta de escrúpulos y la corrupción no son excesos del poder sino más bien algunos de sus fundamentos.
           
Es allí cuando Antonio Zapata Velasco, historiador principal del Instituto de Estudios Peruanos (IEP), responde:
           
─Uno puede graficar una historia tal como la has relatado, donde la corrupción empieza en la colonia con el virrey Amat, y se vincula directamente con el nacimiento de la república hasta llegar a Alberto Fujimori, el último presidente en ser analizado en el libro. Pero con lo que sabemos de la última década ─las supuestas casas de Alejandro Toledo, las denuncias de los petroaudios y los narcoindultos de Alan García─ podríamos seguir hasta nuestros días sin mayor problema. Y para conocer los casos de Ollanta Humala ─si es que los tuviera─, habría que esperar a que terminara su régimen, y que el siguiente presidente se encargase de formar una comisión investigadora.
           
Y agrega:
           
─Es decir, otra megacomisión.

 

                                                     *****

 

─Parece ser un fenómeno mundial el que hoy se hable mucho de la corrupción...
           
─Hay una correlación entre la época que nos ha tocado vivir y el fin de las ideologías y de la política: eso hace que el ejercicio del poder en muchos países esté viciado con actos de corrupción. Encontramos corrupción en la misma crisis económica de Estados Unidos: las agencias de calificación de riesgo hicieron mal su trabajo con entidades aparentemente sólidas y confiables que luego se derrumbaron. Algo así deja la sensación de que la política, como servicio a los demás, es ahora una forma de aprovecharse de los recursos ajenos.
           
─¿No se supone que la corrupción era propia de países en desarrollo?
           
Ni Israel ni Estados Unidos son países subdesarrollados, y sin embargo cada cierto tiempo muestran casos de corrupción. Lo que cambia, en todo caso, es el Estado. Si el Estado funciona y es responsable e interviene, los casos de corrupción son detectados, sancionados, y por tanto disuade de la posibilidad de incurrir en delitos. En contraste, en el Perú existe la sensación de impunidad, y por tanto los casos de corrupción proliferan.
           
─¿La política nacional se ha corrompido más como para merecer investigaciones de este tipo?
           
La corrupción es un tema permanente de la historia de muchos países y algunos grandes episodios, como el que tuvimos con el fujimorismo en los años noventa, despertó el interés de los investigadores locales. No olvidemos que en la última década hubo varias comisiones investigadoras sobre lo que había sucedido en ese régimen. Ahora estamos viendo los frutos del trabajo académico que se inició en esa época.
            
─En el prólogo del libro se dice que casi la mitad del crecimiento del Perú ha sido afectado por la corrupción. ¿Usted también lo cree?
           
Alfonso Quiroz era un historiador especializado en economía y solía hacer estadísticas y mediciones, un método que yo no sigo y no puedo corroborar. Pero sí puedo decir que la corrupción frena el desarrollo de las naciones porque impide la distribución de la riqueza en una sociedad.
           
─Algunos historiadores comentan que Alfonso Quiroz solo se fija «en lo malo de los gobernantes», y que por eso no queda uno solo con cabeza...
           
─Pero es que él no hace un balance de los gobiernos ni lo pretende. Por tanto, los «actos buenos» de los presidentes no son objeto de estudio. El autor solo sigue el hilo de la corrupción que definitivamente lo vincula a un gobierno específico sin necesidad de politizar el tema.

 

                                                     *****

 

En el libro, editado en simultáneo por el IEP y el Instituto de Defensa Legal, Alfonso W. Quiroz narra sintomáticos escenarios de la realidad nacional matizados no solo a partir de documentación de investigaciones históricas, solicitudes judiciales y notas periodísticas de la época, sino también con la correspondencia desclasificada de diplomáticos de Estados Unidos e Inglaterra: privilegiados testigos de cómo se resolvieron los «asuntos internos» en el Perú a lo largo de su historia republicana.
           
Uno de ellos, el encargado de negocios británico en Lima, mencionaba en 1931 que, de demostrarse las corruptelas del régimen de Leguía, estas podían dejar «en ridículo al Perú ante el mundo».
           
Y luego agregaba: «Y, a pesar de todo, son ciertas».
           
Cientos de esas observaciones salpican los márgenes del texto entero como notas a pie de página.
           
Allí también está la mención a la influencia de oscuros asesores y ministros de economía que, a la larga, resultaron desastrosos para el país. Es lo que sucedió con Nicolás de Piérola ─que, sin llegar a ser todavía presidente, ya estaba enfangado en el escándalo de la Casa Dreyfus, un típico caso de licitación fraudulenta─ o el del mismo Augusto B. Leguía.
           
El historiador también demuestra que las sospechas cotidianas de obras públicas infladas y sobrevaluadas no son temas de nuestra época: en uno de sus capítulos dedicado a los corruptos arreglos financieros de las élites del país, refiere cómo ciertos discursos de políticas de inversión parecen repetirse entre décadas, sobre todo en los hipos temporales de bonanza económica. Así, apenas unos cuantos años antes de la guerra con Chile, «se desató un frenesí en la contratación de obras públicas para la construcción de ferrocarriles, proyectos de irrigación, puentes, embarcaderos, muelles, edificios públicos y mejoras urbanas sin un cálculo sólido de su rentabilidad y factibilidad. Sin embargo, estas obras públicas se anunciaron a la ciudadanía como la varita mágica que llevaría a la riqueza y el desarrollo».
            
Eso ocurría ya entre 1868 y 1879.
           
Como si no hubieran pasado los años.

 

                                                     *****

 

─«Las formas y los efectos de la corrupción varían en el tiempo», escribe Alfonso Quiroz. ¿La perspectiva sobre lo que es la corrupción puede cambiar?
            
─En historia los conceptos están en evolución: no siempre significan lo mismo. Patria hace ciento cincuenta años significaba el lugar donde habías nacido, es decir, Pueblo Libre, Miraflores, La Victoria, Paita o Trujillo. Es recién cuando aparecen los Estados que el concepto pasa a abarcar todo un país. Si lees un escrito criollo del siglo XVIII y encuentras la palabra patria, no es que el autor estuviera pensando en el Perú: solo se refería a su ciudad de origen.
           
─Es lo que sucedió con el término nepotismo, común en el Perú del siglo XX...
           
─Y hoy el nepotismo es muy mal visto. Hace treinta años, el presidente Fernando Belaúnde ─a quien nadie considera corrupto─, trabajaba con su sobrino Vitocho: él era secretario del Consejo de Ministros. Hoy eso sería un delito: te destituirían y hasta podrías ir a la cárcel. En esos años más valía la confianza en una persona, y el nepotismo era una práctica considerada normal.
           
─Dice que nadie duda de la honestidad de Belaúnde, pero el mismo Quiroz registra los casos de corrupción de su gobierno. Contrabando, por ejemplo...
           
─Belaúnde se hizo conocido en su época como una persona recta que, sin embargo, no tenía criterio para seleccionar a sus colaboradores.
           
─Lo mismo se dice de Leguía y del círculo que lo rodeó, y ahora mismo, de Fujimori. ¿Siempre se podrá argumentar que el presidente no tuvo injerencia alguna en los casos de corrupción de su gobierno?
           
─Fujimori pagó los estudios de sus hijos en universidades norteamericanas solo con un sueldo de 1,200 soles [menos de seiscientos dólares]. Luego tuvo un nivel de vida espectacular y sin trabajo conocido en Japón por varios años, y su familia mantuvo un buen tren de vida por varios años y sin trabajo conocido. Hay evidencias claras de que lo suyo no podía provenir más que de dinero sucio. De su caso yo no tendría ninguna duda porque, ¿cómo haces para tener dinero sin trabajo?

 

                                                     *****

 

En los últimos años un nuevo discurso trata de influenciar a la población: revalorar la imagen de ciertos exmandatarios ─vivos o fallecidos, incluso antiguos candidatos a la presidencia─ a partir de sus dotes empresariales o «gerenciales».
           
Como si ahora la política nacional fuera solo un tema de gestión de recursos.
           
Es el caso paradigmático de Augusto B. Leguía, nuevamente.
           
«Leguía construyó una red de apoyo político disidente entre políticos oportunistas de clase media y nuevos ricos, quienes exigían recompensas ligadas a obras públicas, malversación de fondos, contratos para suministros y cargos gubernamentales», anota Alfonso W. Quiroz, para luego detallar sus vínculos con un magnate cauchero que causó la muerte de miles de indígenas, las solicitudes de cargos oficiales y favores que recibía de parientes y amigos, su alianza con Cáceres ─el héroe de la resistencia contra Chile─ para no ser derrocado por el ejército, el anormal financiamiento a la policía secreta y las fuerzas armadas ─que derivó en millonarias comisiones ilegales de grupos de oficiales y altos mandos─, sus triquiñuelas para manipular las reglas electorales por su interés reeleccionista, sus calculados pactos con congresistas, su amistad con empresarios ferroviarios y de venta de armas, sus conspiraciones y cálculos desde el exilio para volver a gobernar el país ─tras el golpe de Estado del coronel Óscar R. Benavides─, sus afanes de control sobre la prensa una vez retomado el poder, la construcción de edificios, avenidas y monumentos patrióticos ─que todavía hoy se celebran─ como una forma de ocultar el manejo de los fondos del Estado, sus concesiones fraudulentas a compañías trasnacionales, y su actitud proteccionista con la comercialización de drogas.
            
Resulta impensable ─e igualmente injustificable─ que Leguía incurriera en estas transgresiones como una forma de resarcirse de una vida de carencias: él ya era un hombre de fortuna antes de convertirse en presidente del Perú.
           
Con rigurosidad, Alfonso W. Quiroz ─también autor de Banqueros en conflicto: estructura financiera y peruana 1884-1930 y La deuda defraudada: consolidación de 1850 y dominio económico en el Perú─ demuestra que Leguía no solo concentró casi todas las prácticas de corrupción conocidas hasta ese momento ─quizá debido a la extensión de su régimen─, sino que al mismo tiempo se convirtió en una suerte de modelo a seguir por varios presidentes del siglo XX.
           
Por ejemplo, Manuel Prado Ugarteche gobernó en periodos marcados por el derroche de recursos, favorecimiento ilegal a empresas extranjeras y denuncias de narcotráfico ─su director del ministerio de Gobierno recibía sobornos de mafias de cocaína─, Manuel Odría fue sindicado por enriquecimiento ilícito, por financiar una policía secreta y por otorgar contratos de obras públicas a cambio de favores políticos ─incluso un asistente suyo fue descubierto en el negocio de armas─, Fernando Belaúnde fue aparentemente permisivo ─dado su interés en conservar el apoyo de las fuerzas armadas─ con casos de contrabando dentro de la Marina de Guerra, y Velasco Alvarado permitió abusos y corrupción durante la implementación de la reforma agraria y el manejo de empresas estatales como Petroperú y Pescaperú. Sobre esta última el historiador dice: «Sus fondos se gastaron en viajes en jet privados, equipos de fútbol y diversos lujos. Sus déficits fueron virtualmente ignorados puesto que se sabía que el Estado los cubriría generando nuevas deudas».
            
Y ahora un ejercicio mental: ¿De cuántos gobernantes de las últimas décadas no se sospecha que hayan cometido alguno de los actos históricamente condenados en Leguía y sus sucesores?

 

                                                     *****

 

─A diferencia de Fujimori, ¿Leguía sí merecería el beneficio de la duda en este tema?
            
─Lo de él es un caso complejo pues antes de llegar al gobierno ya era una persona de recursos. Pero no olvidemos lo que Quiroz registra: que tras la crisis de 1929, una comisión investigadora del Senado norteamericano que debía evaluar la conducta de sus bancos encontró que algunos de ellos, que prestaron dinero al Perú, habían sobornado a Juan Leguía, el hijo del presidente. A lo mejor Augusto B. Leguía era rico, pero si en su gobierno también se hicieron ricos su hijo, su hija, eso ya no era nepotismo: era corrupción.
           
─Pero ahora Leguía es de esos presidentes a los que se pretende reivindicar...
           
─El presidente Leguía era alguien que tenía proyectos, que quería modernizar y dinamizar el país a partir del Estado. Ese fue el concepto de su famosa «Patria Nueva». Ollanta Humala, Alan García y Alejandro Toledo, en cambio, siguen y siguieron el modelo de Fujimori de los años noventa, ese del «No hagas nada, deja que todo fluya, y dedícate más bien a condecorar gente, a hacer labores de representación del poder».
           
─¿Entonces Leguía trató de cambiar una realidad?
           
─Leguía, Velasco Alvarado y Fujimori fueron gobernantes que cambiaron lo que encontraron en el país. Ellos significaron puntos de quiebre para la política nacional.
           
─¿Fujimori también?
            
─Fujimori quiso modificar la burocracia estatal y privatizó el Estado. Quizá podamos estar en desacuerdo con su proceso de privatización, pero es un hecho que quebró una estructura. Con Velasco sucedió igual, y lo mismo con Leguía. En ese sentido fueron presidentes innovadores.
           
─Quizá por eso la ironía de que a estos presidentes ─Leguía, Velasco, Fujimori─ se les recuerde tanto en la historia: que se hable más de ellos, para bien y para mal...
           
─Así es, se les recuerda más porque no pasaron inadvertidos para la historia: al contrario, trataron de modificarla. Fueron gobernantes que tuvieron pulso, más fuerza de los que ahora están en piloto automático y hacen poco.

 

                                                                 *****

 

Alfonso W. Quiroz escribe:
           
«La corrupción a gran escala o sistemática se produce cuando las normas favorables al desarrollo, tanto formales como informales ─las reglas que protegen los derechos de propiedad, reducen los costos de transacción, desalientan la manipulación rentista extraeconómica y garantizan los pesos y contrapesos políticos─, son inexistentes, están distorsionadas o se muestran inestables».
           
Y anota:
           
«En consecuencia, la falta de disuasivos adecuados impide contener comportamientos oportunistas y despóticos, las costumbres rentistas o las ventajas monopólicas de aquellos que tienen acceso al poder político, la administración pública y los privilegios económicos».
            
Egresado de la Pontificia Universidad Católica del Perú y la Universidad de Columbia, y excatedrático en el Baruch College y el Graduate Center del City University de Nueva York, el historiador establece una metodología de medición de la corrupción basada en los fondos que no llegaron a su objetivo público ─desviados por intereses ocultos y sobre la base de investigaciones parlamentarias y judiciales─ y por el daño causado a instituciones relacionadas con la estabilidad y la inversión económica.
            
Con estas variables, y tras establecer comparaciones entre todos los regímenes de la etapa republicana del país, Alfonso W. Quiroz concluye que fueron los de Alberto Fujimori los más corruptos de la historia. Y añade que es un cálculo a primera vista porque la corrupción es un delito subterráneo y, por lo mismo, difícil de cuantificar en toda su magnitud y efectos.
            
Solo a la revisión del primer gobierno de Alan García y los de Fujimori el investigador dedica más de cien páginas.
            
«El costo medio de la corrupción en la década de 1990 alcanzó un monto de alrededor de 1,409 millones de dólares al año, un monto equivalente al 34% del gasto gubernamental anual y al 3.1% del PBI medio anual», detalla en el libro.

 

                                                     *****

 

─Suele considerarse «normal» que un presidente peruano finalice su gobierno convertido en millonario. ¿De dónde proviene esa tolerancia a la corrupción en el Estado?
           
─Yo lo explico así: gran parte del presupuesto de la república proviene, en gran medida, de los impuestos por la exportación de nuestros minerales. Es decir, somos parte de esos países ─como México, Brasil, todo Latinoamérica─ que viven de rentas ─hoy renta minera, ayer renta guanera─: siempre rentas. Por lo mismo, en este tipo de sociedades las compañías suelen ser muy importantes frente al Estado ─para empezar, les pagan la planilla a los funcionarios─, y suele generarse mucha indiferencia por los recursos públicos entre los ciudadanos, porque las obras del gobierno no son ejecutadas con dinero que haya salido de su bolsillo.
           
─Es un dinero de actividades que no se relacionan directamente con la vida cotidiana del ciudadano...
           
─Exacto, él cree que no es su dinero y por tanto no importa. De allí que suelte frases como «Que robe pero que haga obras», o se pregunte «¿Canon minero? ¿Qué es eso?». Si fuera que me robasen a mí, al ciudadano, no me dejaría robar. Entonces, al existir ciudadanos que no fiscalizan y compañías muy poderosas, se produce una corrupción elevada.
           
─¿Y cómo funciona en otros países?
           
─Hay países que no tienen ingresos de ese tipo porque no poseen minerales ni petróleo ni gas natural, y viven más bien de los impuestos de los ciudadanos, de los equivalentes a sus impuestos a la renta que se pagan a mediados y fin de año. En esas sociedades el ciudadano exige más transparencia porque se trata de su dinero.
            
─¿Es el sistema de Estados Unidos y los países europeos?
           
─Así es, son países que no viven de exportar productos naturales. Por lo tanto, el manejo de sus Estados es clave.

 

                                                     *****

 

La frase cliché reza que Hay que conocer la historia para no repetirla: de tan cliché ya no suena a nada y tampoco es precisa: no considera que cada suceso histórico se presenta con peculiaridades propias que lo hacen distinto a otros.
           
Quizá una perspectiva más pragmática y utilitarista de la historia sería saber a quién le estás confiando el gobierno del país para los siguientes años.
            
La historia no como un resumen de hechos que ocurrieron hace un siglo o dos décadas sino como lo que está ocurriendo ahora mismo, ayer, la semana pasada.
            Desde sus líneas editoriales, l
os diarios son buenos ejemplos históricos.
            
«Entiendo que la historia, como estudio de algo viejo y ya sucedido, no tiene más sentido que para un especialista o alguien con cierto afán cultural ─dice Antonio Zapata─. Pero en cuanto temas que guardan relación con la vida política, si la historia no se transforma en una política pública, entonces sí que se quedará para siempre en el papel».

 

                                                     *****

 

─¿Realmente hay algún mecanismo ciudadano contra la corrupción o todo depende de un actor político en el gobierno?
           
─En buena medida depende del sistema político. Por ejemplo, si la Contraloría General de la República funcionara, la corrupción disminuiría radicalmente.
            
─¿Qué sucede con la Contraloría?
           
─Contraloría es una entidad del Estado que tiene un auditor en todas las instituciones públicas. En principio, esos auditores deberían estar en una red dirigida y centralizada. Y sin embargo, por problemas de presupuesto, no es Contraloría quien contrata a los auditores: a veces son las mismas entidades, como suele ocurrir en las municipalidades distritales. Entonces el auditor no trabaja para la Contraloría sino para el municipio, y en vez de detectar los casos de corrupción, los esconde: no trabaja para el Estado sino para quien les paga su sueldo.
            
─¿Será por eso que se dice que en el Perú la corrupción es un «lubricante» para superar obstáculos burocráticos y favorecer el «desarrollo»?
           
─De hecho así funciona. El Perú es un país excesivamente burocratizado, y son tantos los formularios que resulta más fácil depositar un billete de diez o cincuenta soles en manos del responsable que estampa un sello en media hora antes que reunir una enorme papelería que demoraría toda una semana solo por el mero formalismo.
            
─¿Con esa lógica la corrupción se justifica?
            
─Esa apreciación se refiere solo al terreno de lo micro, de lo individual: solo en ese ámbito tiene su lógica. Pero cambia cuando se pasa al nivel macro, al Estado, a la sociedad: esa lógica se convierte en un mecanismo que desvía recursos públicos hacia manos privadas. Entonces, lo que hoy puede parecer tolerable ─pasarse la luz roja y sobornar al policía con diez soles─, esa misma actitud a nivel macro afecta a una gran parte de la población. A nivel de una sola persona podrá funcionar, pero a nivel de país, de comunidad ─en la calidad de vida de nuestros hijos, por ejemplo─, la multiplicación de esos actos nos hace pobres, limitados: subdesarrollados.

 

                                                      *****

 

Otra de las definiciones de Alfonso W. Quiroz: la corrupción es «el mal uso del poder político y burocrático coludido con intereses privados».
           
Por intereses privados no se entienda solo personales. En un sentido más amplio: un funcionario público que posee un poder arbitrario y un empresario del sector privado que quiere utilizar ese poder a su favor y para ello ofrece un soborno.
           
Ambos agentes deben coincidir.
           
Precisamente la década de 1990 fue la que pareció ofrecer el mejor ambiente para que se desarrollaran negocios turbios entre funcionarios del gobierno de turno y compañías e inversionistas privados. El contexto de privatización de la economía fue el escenario perfecto para malas prácticas entre una y otra esfera.
          
En la investigación se recopila, por ejemplo, la irresponsable ayuda financiera que se realizó con dinero del Estado para salvar de la quiebra a dos importantes bancos, o el permiso que obtuvo una corporación chilena para operar de forma industrial en una zona de Lima ecológicamente sensible a raíz de las reuniones de sus dueños con el exasesor presidencial Vladimiro Montesinos, entre otros casos con bancos y transnacionales mineras hoy en actividad en el Perú. A eso se suman los casi treinta decretos inconstitucionales que un exministro de economía firmara para beneficiar a grupos económicos cercanos al régimen fujimorista.
           
Ese mismo funcionario que, en el año 2000, firmaría un decreto secreto con el cual se compensaba con quince millones de dólares a Vladimiro Montesinos por servicios prestados al país.

 

                                                     *****

 

─Quiroz le dedica una breve parte de su libro a la influencia corruptora que el sector privado puede tener sobre el Estado...
           
─Es que todo acto de corrupción significa la existencia de dos partes. No existe corrupción de funcionarios solo porque estos hayan decidido serlo por sí mismos. Alguien debe estimularlos. La corrupción ocurre cuando se cruza un mal funcionario con un empresario corrupto y corruptor.
           
─Pero por lo general, cuando la mayoría de los medios de comunicación habla sobre corrupción, lo hace de la «corrupción del Estado». Rara vez señalan casos de empresas denunciadas o procesadas por corrupción, y mucho menos cuando son grandes compañías o transnacionales...
            
─Definitivamente hay allí una cuestión ideológica que considera que la empresa ─que el sector privado en general─ nunca se equivoca y nunca se corrompe, y que plantea que solo hay que observar al empleado público, al Estado.
           
─Entonces tenemos una visión desequilibrada sobre la corrupción, no real...
            
─Así es. A eso se agrega que en el Perú las empresas suelen tener demasiado peso sobre la entidad que las regula.
            
─¿Cómo es eso?
           
─Pongo un ejemplo: la Superintendencia de Banca y Seguros (SBS) tiene un peso pequeñísimo en comparación con el que tiene la asociación de bancos del país, conformada por grandes corporaciones. Si te preguntas qué poder tiene ese regulador con un peso pequeñísimo ante un regulado que es gigantesco, la respuesta es que ninguno. Es más, ahora las empresas reguladas ya no son solo los bancos sino también las AFP. Que tu regulador sea enano y tu regulado inmenso significa que estás engañando a la población.
            
─¿Y cómo se evita este tipo de situaciones en otros países? Debe ser común conforme las empresas crecen...
           
─En otros países se ha vinculado a las superintendencias de banca y seguros con equivalentes al Banco Central de Reserva del Perú, que es una entidad que tiene un peso distinto respecto a los demás bancos pues, para empezar, es el que emite la moneda. Una superintendencia, entonces, es más poderosa cuando pasa a ser una dependencia de un banco central de reserva, y allí sí puede regular y hacer su trabajo. De lo contrario, ¿qué puede ordenar?
           
─¿Y con su peso actual también puede generarse corrupción dentro de la SBS?
           
─Más bien pensémoslo de esta forma: esas doscientas o trescientas personas que laboran en esa entidad, el día que de pronto se queden sin empleo ─sea por un cambio de gobierno o por alguna otra razón─, ¿dónde encontrarán trabajo? Pues en los bancos. Por lo mismo no se pueden enfrentar a ellos: no pueden fiscalizarlos.

 

                                                     *****

 

Con frecuencia se dice que la corrupción es una cultura política que trasciende a los individuos: que así alguien no quiera cometer un acto de corrupción, termina envuelto en alguno. Con su voluntad o en contra de ella.
            
Es la justificación que suelen dar algunos malos policías o jueces cuando son descubiertos, por ejemplo.
           
«Es como si al llegar al poder te percataras de que eres parte del engranaje de una maquinaria corrupta y no te quedara más alternativa que seguir ─dice Antonio Zapata Velasco─. Es una cultura política que se expresa sobre la base de ciertos delitos que no suelen ser sancionados».
           
Sin embargo, el historiador del IEP rescata lo que denomina una contracultura: que a lo largo de la historia ha habido en el país un grupo de ciudadanos que siempre se ha enfrentado y enfrenta la corrupción.
          
─Yo diría que en el Perú la población vive fastidiada con los casos de corrupción y busca desaprobarlos ─dice─. Así se explican esos apelativos de «Fujirata» o «Rómulo Ratón»: son personajes objeto de burlas y rabia popular. Lo cierto es que este es un país corrupto que no se ha dejado vencer por la cultura de la corrupción: es un país en tensión, en una batalla que casi dura doscientos años. La corrupción no está naturalizada por completo. En el Perú todavía hay indignación ante ella, todavía hay personas interesadas en revelar casos de corrupción, todavía hay debates sobre cómo se podría mejorar la lucha anticorrupción.
           
Y agrega:
           
─¿Qué es lo que podemos hacer los ciudadanos para enfrentarla? Pues promover la prensa libre, que suele estar detrás de casos de corrupción que se detectan en tiempo real y permite generar una opinión pública muy informada. Y a la vez recordar que hay otras responsabilidades que exceden nuestro alcance y que ya dependen de la clase política: esa clase que nosotros elegimos. Entonces allí nuestra opción es que cada cinco años no elijamos a los políticos de siempre: a los que ya sabemos cómo trabajan.



           
Historia de la corrupción en el Perú.
           
Autor: Alfonso W. Quiroz.
            
Editorial: Instituto de Estudios Peruanos / Instituto de Defensa Legal.
           
Fecha de publicación: Mayo de 2013 (primera edición).
           
Precio: S/. 70 y S/. 20 (edición popular).

3 comentarios

En el último párrafo se menciona a la prensa libre como herramienta para enfrentar a la corrupción. No puede haber prensa libre con grupos hegemónicos que la controlan y que expectoran a periodistas independientes que no son afines a sus intereses. La comparación entre la SBS y Asbanc es mas que reveladora.
Vaya que ha sido una sorpresa agradable encontrarme con este blog. Sigan así.

He tenido la suerte de viajar y trabajar en varios países de Latinoamérica. He trabajado con españoles en Perú, EEUU y España. Después de mucho pensar, conocer y comparar, esta es mi respuesta:
Somos un país de tercer mundo porque por lo general, el peruano no tiene respeto por el derecho ajeno. Quien tiene la posibilidad de abusar, abusa. Cometemos y toleramos el abuso es excesivas proporciones.
Este mal se manifiesta en policías coimeros, programas de TV capaces de todo por lograr mejores ratings, choferes que atropellan al peatón si este no sale de su camino, cantantes que empiezan sus conciertos con tres horas de retraso, hinchas de futbol asesinos, jueces corruptos, etc., etc. La corrupción de la clase política es el caso más visible y relevante, pero no deja de ser solo una parte del problema.
¿Y desde cuando tenemos el mal? Me temo que vivimos con él desde hace quinientos años. Nos fue inculcado en la conquista y desde entonces lo transmitimos de generación en generación. Nuestros vecinos (conquistados por España), también lo tienen, en mayor o menor grado, y por supuesto, España. Conquistadores y conquistados no hemos sabido reconocer y hacer frente a tan nocivo y persistente mal.
¿Y como curar este mal?
Se acepta sugerencias…

Estoy leyendo el libro y me parece que es un tanto tendencioso, demasiados fuentes periodisticas y pocas fuentes objetivas, mucha informacion que no tiene un sustento muy claro y sesgada, deberian hacerce mas investigacion , es un aporte a la historia del Peru, pero aun asi los historiadores deberian tomar con pinzas la informacion periodistica, recordemos que en el Peru no existe demasiada prensa independiente.

Escribir un comentario


Introduzca los caracteres que ve en la imagen de arriba.