RSS

Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Satélites [pt. 2]

Compartir:


sateliteperuED2.jpg


                                                       *****[continúa]*****

            

            El investigador caminaba apresurado entre las calles casi despobladas de Yasny, una pequeña ciudad minera perdida en los Urales rusos, una zona de estepas desérticas cuyas temperaturas oscilan entre los -45 °C y los 22 °C. Era la una de la tarde. Había atravesado seis husos horarios por avión desde Roma hacia Moscú, y luego de Moscú a la ciudad de Orks, para culminar el trayecto en un bus. Su enamorada, otra joven peruana, lo acompañaba con una bandera peruana a cuestas.
            
Juan Jave Sagástegui, ingeniero electrónico de 28 años de edad, hijo de padres cajamarquinos y becario de una maestría en la Universidad Politécnica de Milán, sería el único peruano privilegiado que vería, en directo, cómo el cohete ascendería con su preciosa carga en la ojiva.
           
Él había colaborado en el diseño del software de monitoreo espacial y había estado en Italia junto a Jorge Heraud y Rafael Vílchez para el acoplamiento de los satélites peruanos en el contenedor-lanzadera UNISAT-5. Allí había visto cómo los técnicos de Gauss ajustaban con pernos de oro las paredes de esa caja negra que en órbita dispararía, uno por uno, los satélites.
           
Ahora rogaba llegar a tiempo para observar el despegue del Dnepr-1. Una parte de su vida estaba en ese cohete.
           
─Queríamos ir a las afueras de la ciudad pero ya no quedaba tiempo: el cohete partía en diez minutos. Corrimos buscando descampados hasta que encontramos uno. Yo quería sostener la bandera pero mi enamorada insistió en colgarlo en el poste de una señal de tránsito ─dice Juan Jave.
            T
enía sus razones para no haber sido parte de la comitiva de científicos que observaría el lanzamiento de sus satélites desde la instalación militar rusa. La secundaria: numerosas trabas burocráticas. La principal: que habría tenido que ver el lanzamiento a través de una pantalla en una habitación hermética.
           
Desde la calle estaba a tres kilómetros de distancia del cohete. La misma Yasny está considerada un mirador natural de lo que sucede en la base: es una ciudad tan reducida que desde cualquier ángulo se podía ver surgir al cohete.
           
─En Yasny es algo muy común que despeguen cohetes espaciales. Es tan común que nadie más que nosotros miraba.
           
Así es como Juan Jave aparece en el video de apenas 23 segundos: el ingeniero sujeta la bandera peruana mientras a sus espaldas se eleva el Dnepr-1. Antes de que su voz se apague por el ruido del lanzamiento, y con la voz quebrada del nerviosismo, felicita a sus compañeros del INRAS en Lima. [*]

 

                                                     *****

 

            ¿Por qué los seres humanos solemos observar al cielo? ¿Qué esperamos resolver fuera de los confines de la Tierra?
            
─Es que el universo es una frontera ─responde Jorge Heraud─. Aunque los exploradores casi nunca se hacen estas preguntas. La curiosidad es parte de la naturaleza humana.
           
Luego dice:
            
─Disfrazamos nuestras motivaciones. Nuestra programación de largo plazo está siempre disimulada de manera psicológica porque tenemos que vivir con ella durante mucho tiempo y es de corte utilitario. Por ejemplo el sexo: solo sirve para perpetuar la especie. Y por lo mismo que es tan importante es que la naturaleza la ha disfrazado. Quizá suene impopular, pero hemos creado muchos artificios alrededor del sexo. Si fuera solo sexo, es muy probable que no lo hiciéramos casi nunca. Sería aburridísimo. Como si nos dijeran: «¿Quiere reproducir algo? Solo pulse este botón». Por eso nos hemos inventado el amor, el baile, el canto, las serenatas, la seducción, el romanticismo en general. Se rodea a la práctica de un halo de interés para que resulte atractivo y garantice la reproducción de la especie: la naturaleza se protege para que haya vida hasta donde lo permita. Se trata de un esfuerzo imaginativo de los hombres para que algo no les resulte rutinario. Es lo mismo que nos sucede con los alimentos: los rodeamos de toda una mitología del gusto y de rituales colectivos.
           
Dice:
            
─¿Por qué vamos al espacio? No lo sabemos. Pero creo que estamos destinados a ir hacia allá porque tenemos una programación a largo plazo. Cuando los primeros seres monocelulares salieron del mar y poblaron la tierra en algo llamado evolución y después se dividieron en clases como anfibios, mamíferos, aves, cuando se produjo ese cambio de fase entre el agua y la tierra, repito, es que se generó un gran salto en el desarrollo de la vida. Estamos programados para ese gran salto. Y esa programación significa la ocupación de otra fase: un salto biológico importante. Ese otro gran salto biológico ocurrirá para los seres humanos cuando cambiemos de medio: de la Tierra, de la atmósfera terrestre, al espacio exterior.
           
Y agrega:
           
─Lo que de alguna manera hacemos ahora es continuar esa programación. Hoy hacemos satélites experimentales, mañana satélites utilitarios, luego vendrán satélites que nos permitirán establecer colonias en otros planetas, y después saldremos del sistema solar y viajaremos entre las estrellas, y todo eso será mostrando imaginación y creatividad e inteligencia, como jugando, maquillando esa programación natural de supervivencia a largo plazo. Y el ser humano en el espacio exterior, en otras condiciones de vida, probablemente haga una mutación a una especie mejorada de sí mismo. Eso, claro, si es que antes no ocurre una hecatombe que acabe con la humanidad en este planeta.

 

                                                     *****

 

Jorge Heraud, el hombre que lee libros de cálculo tensorial, es hermano del famoso poeta-guerrillero nacional Javier Heraud, aquel que escribió ese verso de «Yo soy el río que viaja dentro de los hombres». Ambos tenían curiosidades diferentes: uno vivía para la ciencia, el otro para la literatura. Uno empapelaba su habitación con fotografías de planetas y armaba sus propios equipos de radio, el otro soñaba con una revolución.
           
Hasta ahora el director del INRAS recuerda la única vez que acordaron un saber intelectual: un día de sus adolescencias el poeta le propuso adquirir de manera compartida un libro de ensayos científicos editado en inglés.
            
A Javier solo le interesaban los ensayos como género literario.
           
A Jorge, el contenido de la investigación.
           
Cada uno pagó 7.5 soles de su bolsillo. El volumen de Great Essays in Science todavía está en su biblioteca.
            
Cuando en 1960 Javier Heraud publicó El río, su primer libro, coincidió en que le entregaron las versiones impresas el día del cumpleaños de su hermano, mayor que él por dos años.
           
─Esa noche salimos a cenar y me regaló el texto 024: eran ediciones numeradas y la cifra hacía alusión a mi cumpleaños, que es un 24 ─dice Jorge Heraud─. El libro llevaba una dedicatoria: «Para mi hermano de toda la vida, quien por las noches me contaba historias hasta quedarme dormido». Y es que como dormíamos en la misma habitación, yo me inventaba historias y se las contaba.
           
Y aclara:
            
─No las leía de ninguna parte: simplemente las imaginaba.

 

                                                     *****

 

            En la comunidad científica la clasificación de tamaños de microsatélites proviene del griego. Sonará extraño, pero a esa escala la equivalencia se basa en el peso.
           
El término mili, por ejemplo, contempla objetos que pesan de uno a diez kilos.
            
El término pico, objetos de cien gramos a un kilo.
           
El término femto, de diez gramos a cien gramos.
            
El ato, de un gramo a diez gramos.
           
Con sus menos de cien gramos el Pocket-PUCP es lo que los astrónomos llamarían un femtosatélite. Eso lo convierte, por tanto, en el satélite más pequeño jamás lanzado al espacio por el hombre.
           
Una universidad norteamericana también envió un microsatélite en el Dnepr-1: otro modelo pocket. Sus propietarios creían, hasta el momento del acoplamiento de la nave, que ellos sostenían el récord mundial. Pero resultó que su proyecto pesaba 145 gramos. Casi cincuenta más que el peruano.

 

                                                     *****

 

            Los satélites peruanos aprovechan el impulso de la órbita en la que viajan: van a tal velocidad que dan la vuelta al mundo en una hora y media.
           
Su órbita es una línea ondulante que va de abajo hacia arriba y cruza el Polo Norte y el Polo Sur. Sin embargo, no siempre la órbita coincide con nuestro país: a veces hay que esperar hasta doce horas para que vuelvan a sobrevolar el cielo peruano.
           
Como los satélites no necesitan energía para moverse, las celdas solares les proveen una carga mínima para mantener encendidos sus componentes y enviar datos.
            
En el espacio hay ciertas leyes de la física terrestre que no se cumplen. Por ejemplo, la temperatura. En los laboratorios, al diseñarse un sistema electrónico, uno no se preocupa mucho por el calor o la simple distancia a la que se colocan las placas: sería necesario mil voltios para quemarlas. En el espacio exterior, en cambio, una distancia de 0.2 milímetros y una carga de cinco voltios son suficientes para destruirlas.
           
Hay otras paradojas. Como esa que ocurriría si se organizara un campeonato intergaláctico de fútbol. En el espacio con gravedad cero, si alguien quisiera hacer un gol debería patear en sentido contrario al arco: de espaldas. La pelota dibujaría una parábola sobre la cabeza del jugador e ingresaría como un obús a la portería flotante.
           
Los partidos tendrían que jugarse en reversa.

 

                                                     *****

 

Los lanzamientos de satélites espaciales son un negocio. Hay países que se dedican a ello. Uno puede ir con su dinero y pagar a una empresa para que dispare al cielo lo que desee ─siempre y cuando cumpla con ciertos requisitos de seguridad─. Sucede así en China, Estados Unidos, Rusia y Francia.
           
Hay otros países que no alquilan sus instalaciones: Japón, Corea del Sur, Irán, India y Canadá, por ejemplo. Solo los utilizan para fines militares.
           
Por lo general los lanzamientos civiles son negocios de empresas privadas que trabajan con empresas públicas.
           
Lo curioso es que si algo sale mal en el lanzamiento, la contratista no devuelve el dinero. Así haya sido su error. Sin importar que haya sido en China, Estados Unidos, Rusia o Francia, y sin importar si era un satélite pequeño de cien mil dólares o uno del tamaño de una habitación de varios millones de dólares, nadie devuelve el dinero.
           
Tratar de hacer llegar un satélite a órbita espacial es un albur.
            
─Yo tenía miedo: el lanzamiento de un Dnepr anterior a este falló ─dice Juan Jave─. Todos los proyectos que viajaban en ese cohete explotaron.
            
Hace cuatro años el proyectil ruso levantó vuelo pero no alcanzó velocidad orbital. Se sospecha que faltó combustible. Cuando los técnicos de la base de control notaron que el cohete alcanzaba su punto de no retorno y amenazaba con caer como un misil en zonas habitadas de Europa, presionaron un botón y lo hicieron estallar. Con los satélites dentro.
            
Para la comunidad científica participante todo volvió a foja cero.
           
─Los riesgos para los satélites son muchos. Desde los muy evidentes, como transportarlos a la zona de lanzamiento, hasta que el cohete estalle antes de ponerlos en órbita ─dice Jorge Heraud─. Luego, cuando se supera la atmósfera y se lanza el satélite, puede que este no entre en órbita: que sea tragado por el vacío. O que no encienda o se estrelle con alguno de los otros satélites del contenedor-lanzadera.
           
O que, por último, un rayo cósmico aparezca de manera inesperada y derrita los procesadores o transistores del satélite.
            
Un rayo que por lo general proviene del espacio profundo: de galaxias lejanas.

 

                                                     *****

 

            Rusia tiene varias lanzaderas espaciales construidas desde la época de la Unión Soviética. La principal está en Baikonur, ahora en territorio de Kazajistán, desde donde se enviaron las primeras misiones al espacio de la historia ─Yuri Gagarin y las naves Soyuz fueron proyectados desde allí─. Por su lado Yasny ─situada en la frontera de Rusia y Kazajistán─ fue una base implementada para lanzar misiles balísticos intercontinentales conocidos como SS-18 «Satán». Tras la caída del Muro de Berlín muchos de esos misiles fueron condicionados para entrar al mercado de satélites civiles: hoy la empresa ISC Kosmotras negocia con el Estado ruso la adquisición de esos misiles. En este caso específico ISC Kosmotras tenía un contrato con la firma italiana Gauss que, a su vez, ofreció servicios al Perú.
            
Yasny es la más barata de todas las lanzaderas al espacio en el mundo. Y los cohetes Dnepr son los más baratos para enviar algo a órbita.
           
─Ese día el cielo estuvo despejado. Y tuvimos suerte porque los días anteriores habían estado nublados y hasta se había pronosticado nieve ─dice Juan Jave─. Pero ese 21 de noviembre el cielo se nubló a la izquierda y a la derecha con un agujero por el medio donde pasó el cohete. Solo así es que pudimos registrar su trayectoria.
            
De los trece minutos que duró el ascenso, desde tierra solo se pudo visualizar al proyectil los primeros dos minutos y medio.
            
Contra lo que pudiera pensarse, el cohete partió con un ruido tolerable. Recién cuando llegó a los cuatro kilómetros de altura y rompió la barrera del sonido ─Mach 1─ es que se escuchó el rugido de todos sus tanques de combustible: una especie de trueno constante de aproximadamente veinte segundos de duración.
            
Luego de atravesar la barrera del sonido y alcanzar velocidad hipersónica, la nave ya no sonaba.
           
Cuando la estela de vapor del Dnepr-1 desapareció en el cielo, los jóvenes peruanos retornaron sobre sus pasos.
            
─Vimos el lanzamiento, hicimos la filmación, y allí mismo, en el bus de la 1.30 de la tarde, regresamos a Orks. Llegamos a las 4.30 de la tarde, y luego tomamos un taxi que nos llevaría al aeropuerto de Moscú. Mi vuelo a Italia salía ese mismo día a las 5.30 de la tarde.

 

                                                                  *****

 

            En uno de los ambientes del INRAS hay un estuche con objetos metálicos. En la tapa se lee: «Cables, borneras, fusibles, motores, disipadores, TO-220 y otras cosas raras».
           
─Todos hemos participado en todo, pero algunos nos especializamos en sistemas específicos ─dice Neils Vílchez, ingeniero electrónico, 29 años de edad─. Por mi lado yo apoyé en el diseño de la máquina de pruebas de temperatura. Pero lo que más esfuerzo me costó fue el diseño del sistema de energía del satélite.
          
─Yo me especialicé en el posicionamiento y direccionamiento del satélite en una órbita a 600 kilómetros de la Tierra ─dice Daniel Menéndez, ingeniero electrónico, 29 años de edad─. Pero lo que más trabajo me tomó fue estabilizar al satélite magnéticamente para que pudiera registrar fotografías.
            
Demoró ocho meses en implementar ese sistema. Sin errores.
            
─Hubo un momento en que se planteó lanzar al Pocket-PUCP sin paneles solares: era increíblemente complicado hacer encajar un panel solar y un régimen de carga en un artefacto tan pequeño ─dice Juan Jave─. El reto implicó un rediseño total de tres meses: más de 90 días solo en un micro-componente del satélite.
           
─A mí me correspondió el sistema de transmisión de información entre el satélite pequeño y el grande ─dice Jhonnell Fernández, ingeniero electrónico, 26 años de edad─. También apoyé en la estación de tierra para enviar comandos, así como en el del control del motor para dirigir las antenas. 
            
─Lo más difícil para mí fue el sistema interno del PUCP-Sat 1 que debía liberar al Pocket-PUCP ─dice Jorge Heraud.
           
Al momento del despegue, el satélite pequeño traqueteaba dentro del satélite mayor, lo que hacía peligrar los controles internos que facilitaría su despliegue en el espacio. Su equipo lo resolvió con una especie de ostra hermética ─un clamshell─ que recubría al Pocket-PUCP de una manera tan rígida que anulaba las vibraciones.
           
─Tuvimos muchos aprietos. Pero lo mejor de trabajar entre varias personas es que las soluciones provienen de muchos lados. Y es que cuando uno está muy ensimismado en algo, no tiene la vista panorámica suficiente para resolverlo: el pensamiento se queda fijo en una sola cosa y da vueltas solo sobre eso. Entonces alguien con una mente fresca sí lo puede resolver ─dice Rafael Vílchez Dávila.
           
Él ─ingeniero electrónico, 48 años de edad, exalumno del colegio nacional Nuestra Señora de Guadalupe, miembro de las primeras promociones de su especialidad en la PUCP, padre de dos hijos todavía muy pequeños para entender su logro─ estuvo a cargo del sistema operativo principal de los satélites: de los procesadores.
           
─Yo aporté mucho trabajando en las máquinas de pruebas de vibración y en las térmicas ─dice Víctor Centa, ingeniero electrónico, 29 años de edad─. Pero lo que siempre recordaré es el trabajo en equipo: cada vez que terminábamos «nuestra» parte pasábamos a apoyar al compañero en la «suya». Todos remábamos en la misma dirección: podíamos tener ideas distintas pero la meta era lograr una solución en común.

 

                                                     *****

 

El domingo 15 de diciembre de 2013, a las 11.39 de la mañana y desde la pantalla de su teléfono celular en Milán, Juan Jave pudo visualizar por dónde andaba la criatura a la que había ayudado a perfeccionar.
           
En ese momento se encontraba atravesando el Polo Norte.
            
En 42 minutos más el bólido visitante pasaría por Perú. No por encima del país: solo por el horizonte, sobre el océano.

 

                                                                 *****

 

            ─Esto es poesía para nosotros. De hecho, la poesía es lo mismo que la ciencia ─dice Jorge Heraud─. Pero hay personas que no creen esto. Que piensan que ciencia y tecnología son apócrifas, antinaturales, inventos que no pertenecen a la naturaleza humana, tretas que esclavizan al hombre. Eso es falso. La ciencia, en la medida que es una creación del hombre, es igual que la poesía, la música, la pintura, la arquitectura. Todo lo que hacemos, todos esos códigos matemáticos, lo hacemos nosotros: no existen en la naturaleza, la naturaleza no nos entrega ese lenguaje.
           
Y dice:
           
─Viaja a la Luna y solo encontrarás polvo y rocas. Eso es naturaleza. Lo demás es creación nuestra de miles de años: un esfuerzo intelectual equiparable al que hay en toda narrativa. Y eso de separar las humanidades ─las letras─ de la ciencia es un esquema absurdo. Es como hacer que se enfrenten las pandillas de dos equipos de fútbol. Una estupidez. La ciencia, como el arte, trasciende al hombre: es un modelo o una interpretación de lo que ya existe, de lo que está fuera de nosotros. Porque los seres humanos somos dos esferas: lo que tenemos dentro y lo que tenemos fuera. Lo que está dentro del cuerpo, de nuestras cabezas, es de nosotros. Lo que está afuera lo tenemos que aprehender, comprender y controlar: eso es tomar conciencia del mundo. Así es como nace un modelo de la realidad. Pero al final todo eso que está afuera no existe: solo es una interpretación nuestra para alcanzarlo.
            
Jorge Heraud continúa:
           
─Objetivamente, es como lo que sucede con los colores: los colores no existen. Lo que vemos son longitudes y frecuencias de ondas lumínicas distintas. Lo que es rojo para nuestros ojos solo está creado por nuestro cerebro: no es así en realidad. Algunos colores tendrán longitudes más largas y otras más cortas, y eso determinará que nos parezcan más o menos intensos. Otro ser ajeno al humano podría ver esos colores algo oscuros: estaría viendo el grado de radiación de la luz sobre los objetos. Eso son los colores en verdad. ¿Te das cuenta de lo poderoso que puede ser el cerebro para transformar lo que hay afuera? Es la modelación más perfecta que hay sobre la Tierra, pero eso no impide que finalmente sea una interpretación específica de la realidad. Es como lo que hacemos con los sentimientos: cuando estamos tristes escribimos un verso. O una canción. Eso es ciencia.
           
Luego dice:
            
─Ahora, si hemos hecho estas clasificaciones arbitrarias es porque somos excluyentes. Y ese sistema, con todo lo que implica, es una necesidad humana de reconocer lo bueno y lo malo de una especie y detectar lo opuesto a ella. Hasta cierto punto, estamos programados para esquematizar lo que observamos, catalogar en estereotipos. Y por eso es que se suele pensar que todos los científicos tenemos el cabello blanco y andamos despeinados, con la pizarra de sus laboratorios atiborrada de números...
           
Y que caminan por la calle sin pantalones, le digo.
            
─Y que caminamos por la calle sin pantalones. Aunque yo siempre hago lo posible para no olvidármelos.

 

                                                                 *****

 

            La inversión de miles de millones de dólares en una carrera espacial que explore el universo no es más que un mito.
           
El espacio exterior es fascinante pero costoso: es la rama de investigación menos comprendida y, por tanto, es la que menos presupuesto global posee: apenas un 2% de lo que recibe toda la comunidad científica internacional es para estudios en ese tema.
           
A ello habría que sumarle la crisis económica mundial.
           
Por ejemplo la administración de Barack Obama lleva cuatro años seguidos disminuyendo el presupuesto de la NASA, acaba de cancelar un proyecto de diez años de desarrollo, y está licitando una nave espacial porque no puede permitirse colocar seres humanos en órbita. Y parece que así seguirá en los próximos años.
           
Es probable que durante varias décadas más las famosas escenas de colonización de Marte o de otras lunas sigan viéndose solo en el cine de Hollywood.
            
Eso no significa que el espacio exterior no ofrezca material a explorar: su potencial energético basado en recursos minerales justificaría con creces cualquier iniciativa pública o privada. Sus posibilidades de mejora de las telecomunicaciones terrestres también son enormes.
           
─Los países hacen propaganda de sus lanzamientos espaciales por demostrar poderío tecnológico y bélico ─dice Juan Jave─. Ahora mismo Japón, China e India se pelean el espacio exterior porque hay clientes privados que necesitan colocar satélites.
            
Léase: satélites de comunicaciones, satélites de detección de recursos naturales, satélites de detección de zonas deforestadas, satélites de detección de condiciones climáticas, satélites de espionaje industrial y militar.
           
A la larga, el alquiler de un satélite resulta más caro que su propia fabricación.
           
Diseñar, construir y lanzar satélites es un negocio muy rentable. Quizá tanto como el de la minería en países tercermundistas.
           
─En el Perú podríamos dedicarnos a esto. Podríamos diseñar lanzaderas-contenedoras de satélites como el UNISAT-5 ─dice el investigador─. Podríamos lanzar al espacio los satélites de otros países.
            
Y establece cálculos: como fabricantes, a los peruanos lanzar un satélite costaría 20 mil dólares el kilo. Pero si el kilo se vende a otros en 65 mil dólares, el diseño se estaría pagando solo. Y además, dentro de la lanzadera-contenedora se incluiría otro satélite de investigación del Perú que no costaría nada: saldría gratis.
            
─Incluso podríamos diseñar satélites para otros países o comprar plazas de lanzamiento ─que por ahora ya están copadas hasta dentro de dos años─ y luego subastarlas a universidades o gobiernos que requieran lanzar sus propios satélites ─dice─. Esto también puede convertirse en comercio. Puede ser una empresa sustentable.

 

                                                     *****

 

El presidente estadounidense John F. Kennedy, en referencia al programa espacial del viaje a la Luna, solía decir: «Estamos en este proyecto no porque sea fácil. Todo lo contrario: estamos en este proyecto porque es difícil».

 

                                                                 *****

 

            Entre 1972 y 1973 Estados Unidos envió las sondas espaciales Pioneer 10 y Pioneer 11 al espacio exterior. El astrónomo Carl Sagan, preocupado en establecer comunicación con alguna forma de vida inteligente, hizo dibujar en una placa de oro a un hombre desnudo con la mano derecha alzada en señal universal ─¿universal?─ de buena voluntad.
           
Una mujer desnuda en posición de firmes lo acompañaba.
            
El periodista norteamericano Hugh Aldersey-Williams recuerda que las activistas feministas de la época se quejaron de que en la escena la mujer no saludara a nadie. Y los activistas gay, de que no se les representara. Solo faltó que los activistas de raza negra también se opusieran a los dibujos de rasgos caucásicos.
           
Los diarios censuraron los retratos de las placas de los Pioneer. Algunos borraron sus genitales. Otros les agregaron hojas de parra.
           
Cuando se le preguntó a Sagan por qué había hecho dibujar a los individuos de forma separada ─sin que se cogieran las manos─, confesó que era para que el ser humano no apareciera como una especie hermafrodita ante un eventual sujeto extraterrestre. Un famoso teórico del arte dijo que esperábamos mucho de los seres de otros planetas: que para que nos vean como quisiéramos, sus ojos debían estar calibrados en la misma frecuencia ─lumínica─ que los nuestros.
           
Al final, debido a la gran cantidad de comentarios y críticas que provocaron sus gráficas, Carl Sagan dijo que todo esto demostraba, en última instancia, que los humanos solemos cuestionar cómo nos representamos ante nosotros mismos antes que a cualquier otra especie.

 

                                                     *****

 

─Si yo tuviera una oportunidad de lanzar un satélite personal para que me sobreviva, incluiría una especie de bitácora sobre lo que nos sucede en estos momentos ─dice Víctor Centa─. Que quien lo encuentre en un futuro lejano ─quizá mil años─ sepa cómo era la humanidad en estos instantes: que se entere de qué se nos ocurría, en qué creíamos cuando enviamos ese satélite.
           
─Yo diseñaría un satélite que nos proteja: uno que detectara los desastres naturales a punto de suceder en la tierra, que nos prevenga de los sismos y maremotos ─dice Jhonnell Fernández.
           
─Los del Voyager se me anticiparon con lo de grabar música: habría sido lo primero que hubiera enviado al espacio si pudiera. Pero creo que ya pasamos esa etapa de enviar detallitos: ahora es momento de salir nosotros al espacio ─dice Daniel Menéndez─. Me encanta imaginar que si bien los seres humanos no podemos sobrepasar los límites de la velocidad de la luz, podemos idear trucos y romper las leyes de la física para viajar entre dos puntos en el espacio. Sería un logro inmenso para la humanidad desarrollar proyectos con ese planeamiento, porque si resolvemos el factor de la barrera de la velocidad de la luz ya no habría otro límite que nos detuviera. Podríamos hacer lo que quisiéramos: ir a cualquier parte, abrir un hoyo de gusano y viajar al otro lado del universo en cuestión de segundos.
           
Y agrega:
            
─Ese límite es lo único que nos retiene en esta dimensión.
           
─Yo pensaría en un satélite de observación terrestre ─dice Neils Vílchez─. Saber científicamente cómo nos vemos desde afuera, desde el espacio exterior, y qué determina nuestra realidad: mirarnos a nosotros mismos.
            
─Imaginar un satélite como una forma de trascender el tiempo no es algo que personalmente me llame la atención ─dice Rafael Vílchez Dávila─. No recuerdo bien si fue Borges quien decía que la vida es solo un momento y ese es tu momento, y cuando se va ese momento, se terminó todo. Y mira: Borges incluso detestaba pensar de que lo recordaran después de su muerte. Soy de la misma opinión. Por lo mismo, yo diseñaría un satélite con una función específica: un satélite de observación para que su información nos llegue a nosotros. Y aprender con esa información.

 

                                                     *****

 

Se supone que los satélites, al caer a la Tierra, se desintegrarán. Se supone.
            
─No, no se desintegrarán ─dice Juan Jave─. Lo más probable es que sí caigan.
            
El periodo de desorbitación del PUCP-Sat 1 y el Pocket-PUCP es de 15 años para uno y 21 años para el otro. Así han sido fabricados.
            
─Pero dentro de un par de años, a lo mucho, la radiación espacial terminará afectando a los satélites, quemará su electrónica y dejarán de transmitir: sabremos dónde estarán pero ya no habrá posibilidad de comunicarse con ellos. Se convertirán en chatarra espacial ─dice Juan Jave.
           
Y así estarán dando vueltas al planeta hasta que llegue su fecha de expiración. Y entonces, cuando eso suceda, el plasma que hay en la atmósfera a esa altura los envolverá y los fundirá y los hará caer como una finísima e inocua lluvia de metal encendido sobre el planeta.
           
Los satélites peruanos se convertirán en diminutas estrellas fugaces.

 

                                                     *****

 

Casi todos los investigadores del proyecto creen en Dios. Incluso Daniel Menéndez, el único agnóstico del equipo entrevistado, dice:
           
─Si logramos descubrir nuevas tierras y otras formas de energía y vida en el espacio exterior, habremos demostrado la existencia de Dios: aparecería como una suerte de diseñador inteligente del Todo.
           
─Einstein afirmaba: «El hombre se va a tardar en encontrar el origen de la vida, y al final se va a topar con Dios». ¡Lo sorprendente es que Einstein no creía en Dios! ─dice Rafael Vílchez Dávila.
           
Y agrega:
           
─Yo creo en Dios. Pero eso no me impide ser crítico con la Iglesia Católica y ciertos personajes dentro de ella.
            
En todo caso ya Claudio Ptolomeo, el célebre astrónomo greco-egipcio de la antigüedad, abría con estas palabras el Almagesto, su no menos célebre tratado sobre el universo:
          
«Sé que soy de naturaleza mortal y efímera, pero cuando trazo a mi antojo las curvas a un lado y otro de los cuerpos celestes dejo de pisar tierra: estoy en presencia del propio Zeus y tomo mi porción de ambrosía, el alimento de los dioses».
            
Esta frase fue escrita hace 1,853 años. Y al parecer todavía sigue vigente.



[*] [Actualmente el video se encuentra en proceso de edición en la PUCP].

4 comentarios

Muy buenoooo!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Felicitaciones ! Realmente valen un Peru! y gracias tambien a ti Carlos!

muy interesante

EXCELENTR TRABAJO, BIEN HECHO ¡FELICIDADES!

Escribir un comentario


Introduzca los caracteres que ve en la imagen de arriba.