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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Satélites [pt. 1]

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¿Qué une a un veterano científico peruano que de niño contaba historias al poeta Javier Heraud con un ingeniero que corre detrás de un cohete en las estepas de Rusia, un equipo de investigadores que cree en Dios y recita a Borges, y un proyecto espacial universitario que se convirtió en un hito en la historia del Perú?

            
          Era la 1.10 de la tarde de un día soleado en un pueblo ruso con hielo en las calles. Del fondo de la tierra de la base aérea de Yasny emergió un cohete de no más de cuatro pisos de altura que alguna vez había sido construido para soltar ojivas nucleares en regiones hostiles. Con una carga de combustible sólido capaz de volatilizar una ciudad, pronto el Dnepr-1 alcanzó los 28 mil kilómetros por hora: el equivalente a traspasar nueve veces la velocidad del sonido. Con ese impulso, al cohete solo le tomó trece minutos superar la atmósfera terrestre y vaciar su contenido en la larga noche del espacio exterior.
          
Al otro lado del mundo, en una pequeña instalación de un solo piso ubicada en uno de los extremos de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), un grupo de casi veinte investigadores sonrió emocionado y se abrazó para celebrar. Por las pantallas de sus computadoras se anunciaba que el contenedor con el satélite que soñaron durante años ─el primer satélite peruano en la historia─ había llegado sin problemas a su órbita alrededor del planeta Tierra.
           
Era las 2.23 de la madrugada del 21 de noviembre de 2013 y Lima, envuelta en una ligera neblina, dormía ajena a la alegría de esos científicos.
           
En esos mismos instantes, a más de 600 kilómetros sobre sus cabezas ─exactamente a 63 veces la altitud de vuelo de un avión transatlántico─, un racimo de objetos metálicos empezó a dispersarse, flotante, sobre el más absoluto vacío que uno pudiera imaginar.

 

                                                               *****

 

─Esta noticia es comparable a la que recibió el país en setiembre de 1910, cuando a través de Jorge Chávez el Perú ingresó a la era aeronáutica ─dice Jorge Heraud Pérez, coordinador del proyecto─. Más de cien años después el Perú ingresa a la era espacial con dos satélites diseñados y construidos en su totalidad por peruanos.
           
Porque efectivamente se trata de dos satélites: uno contenido dentro de otro. El mayor, un cubo de diez centímetros por lado denominado PUCP-Sat 1, acoge a uno mucho menor, el Pocket-PUCP. El conjunto en total pesa un kilo 239.7 gramos. De esa cifra el modelo pocket apenas llega a los 96.9 gramos ─poco más de lo que pesa un pan─ y mide lo que un teléfono celular: es un satélite que podría guardarse en el bolsillo de una camisa.
           
El PUCP-Sat 1 liberó al Pocket-PUCP en órbita baja los primeros días de diciembre de 2013: el satélite principal funcionó tal como estaba programado.
           
─Estamos manejando una tecnología que nunca antes habíamos tenido en el país ─dice Jorge Heraud.
           
En los días siguientes al despegue del cohete, algunos medios de comunicación cubrieron la noticia con datos de una simple nota de prensa: entre escándalos políticos y de farándula, parecía que no había habido mucho tiempo para comprender la dimensión del hecho. En canales, periódicos y portales web se podía encontrar hasta tres versiones distintas sobre las supuestas funciones de los satélites.
            
Con dudoso humor, una revista periodística de circulación nacional tituló pulgas en el espacio a los pequeños satélites peruanos. Y un diario de circulación nacional publicó en primera plana una fotografía del momento en que se encapsulaban los satélites en Italia. Lo curioso era que en la imagen no aparecían los artífices peruanos del proyecto: solo los técnicos europeos que, por azar, aquel día les había correspondido apoyar en la tarea.
           
Los noticieros televisivos confundían aún más las cosas.
           
Solo la BBC de Londres, en una breve nota, explicaba en términos claros el contexto del lanzamiento de los satélites peruanos. En inglés.

 

                                                     *****

 

Jorge Heraud Pérez, ingeniero en mecánica eléctrica egresado de la Universidad Nacional de Ingeniería y doctor en Radiociencia por la Universidad de Stanford, director del INRAS ─el Instituto de Radioastronomía de la PUCP dedicado a la investigación en tecnología espacial y astrofísica─, y habitual conferencista peruano de esos temas en universidades norteamericanas, dice:
           
─Es la primera vez en la historia universal que se lanza un satélite tan pequeño como el Pocket-PUCP. Y es la primera vez en la historia que un satélite ya pequeño lanza a otro todavía mucho más pequeño. Y es también la primera vez que se logra establecer comunicación entre satélites tan pequeños.
           
En principio, los satélites fueron diseñados para hacer mediciones de temperatura de sus propias estructuras en el espacio exterior.
           
Su resistencia, su comportamiento y sus fallas proporcionarán información clave para la construcción de futuros satélites. Información que, por lo demás, los gobiernos de ninguna potencia mundial permiten que se filtre más allá de sus laboratorios. Información que cuesta decenas de miles de dólares en el sector privado del extranjero. Información que no se consigue en ningún manual de Internet.
           
En sí los satélites peruanos son experimentos, globos de ensayo, pruebas de reconocimiento, evidencias en tiempo real.
           
Por lo mismo, el PUCP-Sat 1 y el Pocket-PUCP no viajarán a la Luna. No predecirán terremotos. No dirán si mañana será un día soleado. No alertarán sobre tropas militares desplazándose por las fronteras ni ayudarán a reconocer pueblos sepultados por aluviones ni dirán mucho sobre las rutas del narcotráfico entre regiones. No por ahora, al menos.
            
Lo que hacen los dos satélites peruanos está por encima de todo eso. De cualquier funcionalidad momentánea. De cualquier utilitarismo que lo postule como noticia de un solo día.

 

                                                                 *****

 

─En los últimos quinientos años nos enseñaron a olvidar nuestra capacidad de observar y concebir. Somos un país pobre porque dejamos de experimentar y hacer lo simple ─dice Jorge Heraud.
           
Esa es su respuesta cuando se le pregunta por qué invertir tanto tiempo y recursos en artefactos que ya han sido construidos y probados en otros países.
            
─Los antiguos peruanos tenían una cultura autárquica: lo que poseían lo habían descubierto por sí solos. Lo vemos aún ahora en sus obras de ingeniería, en sus arquitecturas de piedra, en su metalurgia, en sus trepanaciones craneanas, en sus tejidos casi microscópicos, en su astronomía con conocimientos científicos avanzados para su época. El Inti Raymi se celebraba cada solsticio de invierno, por ejemplo.
            
Y agrega:
           
─Esa capacidad de ver y hacer, de producir y distribuir conocimientos, lo perdimos con la colonia y comenzamos a vivir un vasallaje cultural: fuimos súbditos de un continente mucho más avanzado tecnológicamente cuyos habitantes conocían el acero, la pólvora, la rueda y viajaban en carabelas por haber atravesado distintas condiciones históricas.
           
El resultado fue que en el tiempo nos acostumbramos a que la tecnología proviniera de los demás países.
           
Primero de Europa. Luego de Estados Unidos. Ahora de Asia.
           
─Yo no digo que regresemos a la chaquitaclla o a formas muy antiguas de hacer las cosas. Lo que digo es que regresemos a la curiosidad, al aprendizaje, a la inventiva, a las ganas de descubrir por nosotros mismos, al atrevimiento por generar algo. De eso se trata. De ejercer ese tipo de libertad. Crear no para sustituir lo que ya existe, sino para sumarnos al grupo de personas que precisamente hace que las cosas existan.

 

                                                     *****

 

El PUCP-Sat 1 y el Pocket-PUCP están construidos en aluminio, el más ligero de todos los metales. Ambos poseen transistores, procesadores principales para la ejecución de comandos, placas de circuito electrónico, reguladores de energía y baterías de litio.
           
De hecho, sus procesadores no pueden ser muy complejos: cualquier rayo cósmico puede atravesar el sistema, afectar un transistor e inutilizarlos. Jugando con ese lema filosófico que dicta que lo más simple es lo mejor, los investigadores utilizaron procesadores 286 y 386, el cerebro de computadoras hoy obsoletas que hace más de una década permitía jugar las primeras versiones de Príncipe de Persia.
           
Mientras más elaborado sea un procesador más transistores tendrá, y por lo tanto correrá más riesgos.
           
Incluso la NASA, con toda su tecnología de avanzada, utiliza esos procesadores.
            
Cada uno de los componentes de los satélites lleva su propio sensor de temperatura: en total son 19 repartidos en los transmisores, en los procesadores, en el equipo digital, en las baterías. Los dispositivos de temperatura ayudarán a medir los efectos de los seis mil grados de calor que proyecta el sol cuando se está frente a él en el espacio, o el cero casi absoluto que se siente cuando se está de espaldas.
            
Los sensores son pequeños espías del funcionamiento del mismo satélite.
            
A la vez, con el registro de las temperaturas, los científicos pueden saber desde la base terrestre cómo están rotando los satélites y a qué velocidades lo hacen.
           
A eso se suman las celdas solares. Y las cámaras fotográficas.
           
Cada vez que los investigadores armaban una parte de los satélites, lo hacían en habitaciones asépticas con filtros de aire, y debían colocarse mascarillas, gorros y guantes de látex.
           
Como cirujanos que manipulaban un organismo abierto.

 

                                                     *****

 

─Todavía recuerdo esas convocatorias que el doctor enviaba por correo a todas las carreras de ingeniería ─dice Jhonnell Fernández Cornejo, asistente de investigación del INRAS y exalumno de la universidad─. Acudíamos. Estar allí era una manera de aprender y participar en algo nuevo en simultáneo: era incursionar en un proyecto muy ambicioso.
           
Ya desde el año 2002 Jorge Heraud compartía ilusiones con sus alumnos más entusiastas. Se reunían en distintos salones a conversar sobre los planteamientos técnicos del satélite. Unos años después la PUCP apostó por su sueño. Le entregó los laboratorios del INRAS y ─con la importante colaboración de empresas privadas─ una dotación de cien mil dólares para su proyecto espacial.
           
─Para nosotros un proyecto así era una oportunidad de las que casi nunca hay ─dice Neils Vílchez Lagos, también asistente de investigación y exalumno─. Y es que en las universidades del primer mundo no dan oportunidades a estudiantes de varias carreras para que participen en el diseño de un satélite: en Estados Unidos los satélites son articulados, como mínimo, por alumnos de maestrías.
            
Diseñar y ensamblar los satélites les demoró tres años: con sus días y sus noches. La universidad concedió un permiso especial a los casi treinta investigadores que en el tiempo intervinieron en el proyecto para que ingresaran y salieran del campus a la hora que lo necesitaran.
            
Así fuera las cuatro de la mañana.
           
Si bien participaron alumnos de ingeniería industrial, ingeniería mecánica, física, telecomunicaciones y hasta de gestión, en su mayoría los jóvenes eran estudiantes de ingeniería electrónica que necesitaban sustentar su tesis profesional a partir de componentes y programas del PUCP-Sat 1 y el Pocket-PUCP.
           
Debían demostrar que eran capaces de construir sistemas para satélites.

 

                                                     *****

 

            En 1999 el ingeniero norteamericano de aeronáutica Robert (Bob) Twiggs patentó el cubesat, un prototipo de satélite en forma de cubo que podía albergar una programación simple parecida a la del Sputnik 1, la primera nave espacial.
            
Su modelo ─que permitía una estandarización en línea─ abarataba por millones de dólares los costes de un microsatélite de investigación.
            
Solo el lanzamiento de un satélite ya tiene un precio exorbitante: cada kilo de un satélite de una tonelada cuesta diez mil dólares. Y eso aplica para la órbita más baja, la más cercana al planeta. Para una órbita más alta el precio se sextuplica.
           
Jorge Heraud supo que ese era el momento que había esperado.
           
Tras haber concebido un proyecto de telecomunicaciones satelital en Estados Unidos que el régimen militar de los años setenta pudo haber puesto en práctica, y tras haber trabajado en el Observatorio de Jicamarca, sabía que era posible que el Perú tuviera su propio satélite.
            
Al fin y al cabo, Argentina posee uno desde hace dos décadas. Y también Chile y Brasil y Colombia y, desde no hace mucho, Bolivia.
           
─Luego mi idea sobre las comunicaciones varió: existe una tesis que indica que si se contrasta el campo magnético de la Tierra con las cargas eléctricas producto de la presión de las capas de rocas subterráneas, es posible saber cuándo está por ocurrir un sismo ─dice el director─. Entonces el satélite peruano podía incorporar magnetógrafos que ayudaran a estudiar los efectos de ionización de la atmósfera.
           
Pronto se percató de que su hipótesis tardaría en demostrarse de esa manera: un solo magnetógrafo es más grande que los microsatélites que se podía permitir.

 

                                                     *****

 

Sin pruebas que simularan las condiciones de vacío del espacio exterior, todo satélite no es más que una simple maqueta: una estructura que podría desarmarse o estallar mucho antes de llegar a destino.
           
─Uno de los procesos más difíciles fueron las pruebas de vibración ─dice Víctor Centa Cueva, asistente de investigación del INRAS─. Debíamos generar las condiciones de vibración del cohete que transportaría a los satélites.
           
En Europa una sola prueba de esas habría costado siete mil euros.
           
En la NASA, diez mil dólares.
            
Se necesitaban centenares de esas pruebas para llegar a los márgenes adecuados.
           
Comprar la máquina de vibración tampoco parecía una buena idea: en el extranjero el modelo básico supera los treinta mil dólares, sin considerar los impuestos y el pago de traslado a Perú.
           
Había que armar una.
           
─El Dnepr-1 era un cohete originalmente diseñado para transportar cuatro toneladas y media de bombas nucleares: un vehículo muy rígido ─dice Jorge Heraud─. Es como si comparásemos la flexibilidad de un sedán Mercedes Benz con un volquete de carga de cuarenta toneladas. Era un traqueteo demasiado duro.
            
En el espacio, además, los cuerpos vibran dos mil veces por segundo con aceleraciones de 10G: diez veces la aceleración de la fuerza de gravedad.
           
Un solo tornillo desajustado por vibración y los satélites se desmantelarían.
           
─Probamos «ene» veces. Prueba y error, prueba y error. Siempre estábamos volviendo a comenzar ─dice Víctor Centa─. Tuvieron que intervenir los especialistas del laboratorio de acústica de la PUCP: ellos sabían mucho sobre ondas y vibraciones.
            
Hoy la máquina de prueba permanece inmóvil en la parte trasera del INRAS. Construido en metal muy pesado, el aparato está ligeramente suspendido en el aire: no debe transmitir la vibración al suelo. Su resonancia en ciertas frecuencias es tan fuerte que obliga a utilizar protectores auditivos.
           
Puede llegar a sonar como el despegue de un cohete.

 

                                                     *****

 

─Con estos pequeños satélites estamos tratando de obtener la mejor información sobre el know-how en diseño espacial. ¿Qué lográbamos planificando satélites mucho más sofisticados y costosos si de pronto se dañaban por no saber cómo funcionan los componentes en el espacio? ─dice Jorge Heraud.
           
Y agrega:
           
Con todos estos conocimientos ahora seremos más eficientes para los próximos proyectos y, sobre todo, gastaremos mucho menos.
            
Solo el lanzamiento espacial de los satélites costó cerca de sesenta mil dólares. Y el diseño y construcción de los satélites, cuarenta mil dólares.
           
─¿Pero sabes? Los cien mil dólares no se han ido al espacio, no están en el cielo: se han quedado aquí en la Tierra. Ese dinero está invertido en personas, en alumnos, en ingenieros.
            
Es un dinero que ha servido para formar expertos y redirigir capacidades: ahora sabrán entender procesos y la importancia del trabajo en equipo, dice el director del INRAS, también profesor principal en la PUCP.
           
─Desde este momento podremos diseñar todos los satélites que nos propongamos. Porque todo esto ha sido un proceso educativo: hemos llevado algo de la teoría a la práctica.
           
Precisamente aquello de lo que el Perú sufre un déficit.
           
─No estamos en esto por publicidad: desde la universidad estamos promocionando toda una línea de investigación a futuro, a largo plazo. Algún día construiremos satélites mucho más grandes e incluso diseñarlos para otros mercados.
            
Y dice:
           
─No se trata de que el Perú posea por poseer un satélite. Se trata más bien de generar conocimiento al hacerlo, de pasar por todo el proceso de su diseño y construcción. Hemos creado un camino. Ahora esperamos que los jóvenes hagan suyo este proyecto y sean los abanderados de ideas mucho más ambiciosas.

 

                                                     *****

 

            No es fácil enviar un satélite al espacio exterior. Ni siquiera en el papel.
            
Si bien una empresa italiana ─Gauss─ fue contratada para hacerse cargo del acoplamiento de los satélites en el cohete ruso a través de un contenedor-lanzadera llamado UNISAT-5, fue necesario resolver ciertos trámites burocráticos desde Lima. Eso lo aprendieron durante semanas los investigadores del INRAS cuando registraron los satélites y solicitaron el permiso de lanzamiento ante la UNOOSA, una organización de las Naciones Unidas encargada de implementar las políticas internacionales relacionadas con el espacio.
           
Porque hay que pedir permiso para lanzar satélites.
            
La chatarra terrícola abunda en el espacio. En la órbita en la que sobrevuelan el PUCP-Sat 1 y el Pocket-PUCP hay cerca de 400 mil objetos, entre satélites o partes de satélites de todo tamaño. Y cualquiera de esos objetos se puede estrellar contra los nuevos satélites. A una velocidad entre los 28 mil y 56 mil kilómetros por hora, una simple tuerca es un proyectil capaz de perforar y dañar un enorme panel solar o el costoso equipo de comunicaciones de un satélite. Son cuerpos capaces de desintegrar otros cuerpos.
            
De allí que la NASA haya impuesto un plan de desorbitación: que los satélites caigan sobre la Tierra en menos de 25 años: algo que dependerá de su área y masa.
           
Para volar, los satélites deben contener la semilla de su propia extinción.

 

                                                      *****

 

Se comunican en código morse. El alfabeto de puntos y rayas inventado hace dos siglos y que difunde hasta doce palabras por minuto resulta muy útil para la transmisión de información del Pocket-PUCP.
           
Por su tamaño, este no podía permitirse un equipo digital como sí el cubo.
            
El PUCP-Sat 1 recibe y decodifica lo que le envía su hermano menor y lo convierte a texto que luego retransmite a la base terrestre.
           
─Es un sistema muy básico y no reemplazaría nunca la efectividad de internet o la telefonía celular, pero por lo mismo es muy barato ─dice Jorge Heraud─. Con esta prueba podríamos demostrar que es un sistema muy útil de envío de información para ciertas circunstancias. Así, en caso de terremotos, cuando se interrumpan las redes de fibra óptica y las señales telefónicas, puede ayudar a recoger y enviar datos de otras estaciones y zonas remotas del país: todo rebotará desde los satélites.
            
Las fotografías también están aseguradas. El PUCP-Sat 1 lleva dos cámaras: una externa y otra interna que permitirá ver el lanzamiento del satélite pocket.
           
Son cámaras VGA de 640 por 480 píxeles ─de menor resolución que las de los teléfonos celulares actuales─ y están programadas para disparar 25 imágenes en momentos específicos. Para hacerlo, el satélite primero debe detenerse gracias a un complicado sistema que depende de una pequeña rueda de estabilización: de lo contrario, las fotografías saldrían borrosas.
           
Como en la Tierra.
            
Los satélites pasan sobre el Perú dos veces al día. Raras veces, tres. Su viaje sobre nuestro cielo solo dura un promedio de veinte minutos: tiempo suficiente para que lo que logren registrar en el espacio ─texto o imágenes─ sea descargado.

 

                                                     *****

 

─Había un problema: el satélite debía ser capaz de detenerse en el espacio, hacer fotografías, y nuevamente seguir su viaje. Para ello construimos un sistema que almacenara movimiento para el satélite. No olvidemos que el movimiento es una magnitud física: por lo tanto puede almacenarse. ¿Y para qué debíamos almacenarlo? Porque allá, en el espacio, si algo gira, lo hará para siempre: no hay aire. En la Tierra es el rozamiento del aire lo que provoca que un objeto deje de girar. Por tanto, necesitábamos un dispositivo que generase un empuje que frenara al satélite. El problema era que esos dispositivos suelen ser muy grandes. La alternativa era almacenar todo ese movimiento en otro lugar que no sea el satélite mismo. Ese otro lugar es ahora una pequeña rueda de estabilización alimentada por baterías que se enciende por una computadora ya programada. Y es que según los principios de física de Newton, el satélite puede girar en el espacio con un movimiento constante, pero si activas una rueda que hasta ese momento ha estado en reposo, todo el sistema tratará de equilibrarse con una cantidad de movimiento constante. Si con esa rueda llegas a igualar la cantidad de movimiento del sistema ─digamos, con una velocidad de veinte mil revoluciones por minuto─, el satélite se detendrá en el espacio y tomará fotografías y hará sus mediciones.
            
Luego el joven investigador hace una pausa y dice:
           
─Creo que ya no me entiendes, ¿verdad?

 

                                                                 *****

 

─La NASA tiene un lema: «Podemos pensar en mil cosas que pueden salir mal, pero más nos preocupa las otras mil cosas que nunca hemos pensado» ─dice Daniel Menéndez Quinto, asistente de investigación─. Y la verdad es que después de este proyecto siento que soy más minucioso con todo lo que hago: un proyecto de este tipo te obliga a pensar en detalles que nunca antes habías considerado.
           
Luego dice:
           
─Con todo, he escuchado comentarios que preguntaban para qué iba a servir todo esto si lo que el Perú necesita es resolver problemas más urgentes.
           
Como los de salud, pobreza, seguridad. Corrupción política. Desempleo. 
            
─Pero se supone que ya hay especialistas trabajando en eso. En cambio, lo que hemos hecho nosotros es demostrarnos que sí podemos hacer grandes proyectos. ¡Imagínate, ensamblar satélites! Una vez que sepamos y creamos en todo esto es que recién podremos resolver nuestros grandes problemas.
           
─Yo soy ingeniero: no soy doctor ni policía ni juez. Mi especialidad es la ingeniería electrónica y trato de hacer lo mejor que está desde mi lado, desde mi profesión ─dice Rafael Vílchez Dávila, otro asistente de investigación del INRAS.
           
Al ejercer su carrera con la perspectiva de conseguir algo bueno es que siente que puede servir de motivación para otras personas con distintas especialidades, explica.
           
─Lo peor que nos puede pasar es acostumbrarnos a lo que hacemos y no tratar de ir más allá: volvernos conformistas. Allí está lo central: tener un objetivo siempre un poco mejor. No se trata de sentarse alrededor de una mesa y ponerse a pensar en grandes soluciones: solo si hacemos bien nuestro trabajo, lo que está dentro de nuestras responsabilidades y alcances, y a la vez tratamos de hacer siempre algo más, estaremos generando soluciones casi de modo indirecto.

 

                                                                 *****

 

«Fecha de lanzamiento (en horas, minutos, segundos - opcional).
            
Territorio o lugar de lanzamiento.
           
Parámetros orbitales básicos: Período nodal en minutos - Inclinación en grados - Apogeo en kilómetros - Perigeo.
           
Fecha de desintegración - desorbitación (en horas, minutos, segundos - opcional).
            
Ubicación en la órbita geoestacionaria (prevista/real).
            
Posibilidades de cambio de la posición orbital: Posición orbital anterior medida en grados este - Nueva posición orbital medida en grados este.
           
Cuerpo celeste en torno al cual describe su órbita el objeto espacial (sírvase especificar si no se trata del planeta Tierra)».
           
Esos son algunos de los datos consignados en el Registro de Objetos Lanzados al Espacio Ultraterrestre de la Oficina de Naciones Unidas para Asuntos del Espacio Exterior (UNOOSA).
            
Ahora el Perú tiene su propio libro de objetos orbitales.
 

                                                     *****

  

Otro dolor de cabeza: transportar el satélite desde el Perú hasta la zona de lanzamiento en Rusia.
           
¿Cómo recorrer medio planeta con un artefacto que no podía ser revisado en los aeropuertos bajo riesgo de contaminarlo? ¿Cómo convencer a los agentes de seguridad de que el aparato no escondía droga ni se trataba de una bomba?
            
El ambiente carga partículas de polvo.
           
Las máquinas de rayos X dejan restos de radiación.
           
Las capas de pinturas arrojan toxinas.
            
Las manos no solo tienen grasa sino células muertas.
           
Los satélites peruanos estaban prohibidos de tener algo de todo eso para ser incluidos en el cohete: si esas partículas se difundían por la cápsula principal podían dañar los controles y estructuras de los otros 31 satélites que allí viajaban.
           
Costosos experimentos con cámaras de alta precisión que no soportarían una ligera carga de polvo o células en sus lentes.
            
Acompañado de otro miembro de su equipo, Jorge Heraud llevaba el PUCP-Sat 1 y el Pocket-PUCP dentro de un recipiente Lock & Lock de plástico reforzado transparente con sello de jebe y cierre a presión: de los que se utilizan para conservar alimentos en la nevera. Esa caja debía pasar por los controles de tres aeropuertos: los de Lima, Ámsterdam y Roma. Ya en Italia la empresa contratada se encargaría de llevarla a la base aérea de Yasny.
           
─Contactamos a la cancillería peruana y les encantó la idea del primer satélite peruano. Nos ayudaron ─recuerda Jorge Heraud.
            
Los funcionarios hablaron con las autoridades de las embajadas y aeropuertos de Holanda e Italia y también con las del aeropuerto Jorge Chávez de Perú.
           
─En Lima presentamos una carta donde se explicaba el contenido del recipiente y las medidas de seguridad que debía tener. Un señor nos hizo desfilar por la banda de rayos X pero él mismo cargó la caja y evitó abrirla y someterla a ese proceso. La miraba con mucha curiosidad. Cuando atravesamos el sistema de detección e inspección nos la devolvió y felicitó y nos deseó buen viaje, diciéndonos que estaba muy orgulloso de haber tenido en sus manos el primer satélite peruano. Nunca supimos quién era.
            
En Ámsterdam se repitió el procedimiento. El cónsul peruano los recibió con un uniformado jefe de seguridad y una espigada funcionaria holandesa.
           
En Roma igual.
            
Para los satélites ya no habría regreso.

 

                                                  ***** [continúa]*****

 

 

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