RSS

Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Televisión y ficción

Compartir:

¿Por qué nos seducen los escándalos íntimos y ciertos personajes? Según el ensayista norteamericano David Foster Wallace, algunos programas reflejarían los deseos por prescindir de la conciencia humana de ser vistos y juzgados por nuestros actos. Y no sentirnos culpables por ello.

Watch_more_TV-ed.jpg

«Las estadísticas indican que la televisión es vista más de seis horas diarias en los hogares promedio norteamericanos. En realidad, yo nunca he visto un hogar promedio norteamericano. Excepto en la televisión.

                                                      *****


            En primer lugar, la televisión hace mucho de nuestra búsqueda predatoria humana por nosotros. Si queremos saber lo que es la normalidad norteamericana ─lo que los norteamericanos quieren considerar como normal─ podemos confiar en la televisión. La televisión no es el espejo estendhaliano que refleja el cielo azul y los charcos de barro: más bien está próxima a ser el espejo de baño en el que los adolescentes monitorean sus bíceps y encuentran su mejor perfil.
           
La televisión, desde la superficie hasta lo más profundo, trata sobre el deseo.
           
La segunda gran cosa es que la televisión parece un regalo del cielo para todas esas subespecies humanas que adoran observar a las personas pero que odian ser observadas. La pantalla de la televisión solo permite una forma de acceso. Nosotros podemos Verlos. Ellos no pueden Vernos. Podemos relajarnos, sin ser vistos, como buenos mirones.

                                                     *****


            Creo saber por qué la televisión también es tan atractiva para la gente solitaria: les encanta observar desde un solo lado. Los solitarios usualmente son solitarios no a causa de una deformidad u olor o alguna odiosidad: son solitarios porque declinan asumir los costos emocionales asociados a la convivencia con otros seres humanos. Son alérgicos a la gente. Las personas les afectan.
           
Pero aún los solitarios, en casa, ermitaños, anhelan ver escenas y escudriñar. De allí la televisión. Es casi como voyeurismo. De hecho, conozco solitarios que consideran a la televisión como una verdadera deus ex machina para voyeurs. Y gran parte de la crítica ─esos críticos rabiosos que disparan contra canales, anunciantes y audiencia por igual─ acusa a la televisión de habernos convertido en una nación de sudorosos y boquiabiertos voyeurs.
           
Esta acusación es falsa, pero por motivos extraños.

                                                      *****


            Es muy interesante que bastante del voyeurismo clásico esté asociado a medios con lentes de vidrio enmarcados, telescopios, etcétera. Quizá los lentes curvos sean el porqué la analogía con la televisión es tan tentadora. Pero mirar televisión es distinto a participar del Turismo Mirón. Porque la gente a la que observamos a través de la pantalla de vidrio de la televisión no ignora que la estamos observando. Y no solo nosotros. La televisión no llega a ser una forma de espionaje porque la televisión en sí es performance, espectáculo, algo que por definición requiere de espectadores. No somos voyeurs. Solo observadores.
           
Las ilusiones de voyeurismo y acceso privilegiado [al mundo de la televisión] requieren de una verdadera complicidad por parte de los espectadores.

                                                      *****


            Ahora bien, pretender que no se es observado por la cámara es todo un arte. Si no lo creen, fíjense en cómo actúan los ciudadanos cuando una cámara de televisión los apunta de pronto: se hacen los tontos o se quedan congelados en rigor mortis. Incluso los relacionistas públicos o los políticos son, para la cámara, ciudadanos. Y a nosotros nos encanta reírnos de cuán falsos y rígidos suelen aparecer los no-profesionales en televisión.
           
Solo unas cuantas especies de personas pueden ser capaces de enfrentar el lente de esa cámara al que Emerson llamó ─mucho antes de que existiera la televisión─ «la mirada de millones». El hombre que puede soportar esta mega-mirada es una imagen ambulante, un cierto tipo de freak trascendental que, como también diría Emerson, «lleva la fiesta en los ojos».
           
Esos sujetos ofrecen la potente ilusión de estar de vacaciones de sus propias cohibiciones.

                                                       *****


            Solemos observar a estos raros personajes ─muy bien entrenados en aparentar que no son observados─ durante seis horas al día. Y los adoramos. Les atribuimos gracias sobrenaturales y deseamos emularlos.
           
Con todo, separamos lo que vemos. Los personajes son nuestros «amigos cercanos» mientras que los actores son seres extraños, imágenes, semidioses, y los ubicamos en esferas distintas, solo relacionándose o casándose entre ellos: pareciera que únicamente fueran accesibles al gran público a través de la mediación de los diarios sensacionalistas y los talk shows.
           
Dado lo mucho que observamos y lo que significa observar, es inevitable ─cuando no tóxico─ que creamos que esas personas detrás de las pantallas son ajenas al hecho de que son observadas. Y es tóxico también para los solitarios porque los sume en un ciclo de alienación.
           
Durante 360 minutos al día se nos refuerza la tesis de que el rasgo más significativo de esas personas vivas es su «observabilidad» y que el verdadero valor humano está en el observar.
           
Y que lo más interesante es parecer que uno ignora que está siendo observado».


                       * Fragmentos editados de E Unibus Pluram: Television and U.S. Fiction. Artículo publicado en A Supposedly Fun Thing I'll Never Do Again: Essays and Arguments, 1997, por Little, Brown and Co.

Escribir un comentario


Introduzca los caracteres que ve en la imagen de arriba.