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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Historia de un caballo

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¿Qué sucedería si jugáramos a ver el mundo como animales, libres de la razón y la capacidad de elegir de los seres humanos?

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El ruso que escribió esta obra respetaba más a los animales que a los seres humanos: los veía más nobles e inteligentes que los hombres ─retratados siempre como individuos egoístas y soberbios en sus historias─, y afirmaba sentirse más seguro entre ellos.
          
León Tolstói, quien siempre lamentó haberse casado al punto de no recomendárselo a nadie ─«cada matrimonio es infeliz a su manera» decía en Anna Karénina─, llegó a querer tanto a su caballo personal que hasta pidió ser enterrado con él cuando falleciera.
            
Un caballo de pura sangre y larga zancada.
            
No en vano el aristócrata conde aseguraba haber pasado montado sobre él siete largos años: era su medida personal de placer y compañía inteligente. Y no en vano es que en muchos de sus libros ─como también ocurre en Anna Karénina─ apareciese de improviso un caballo benefactor.
            
El animal como un equilibrio del ser humano.
            
O como el espejo que nos devuelve la imagen de nuestra propia animalidad.

                                                     *****

El caballo nació moteado ─con manchas: pío─ y eso definió su suerte. Se suponía que los caballos de pedigrí debían tener un color único.
          
Desde el primer momento Patizanco es rechazado por los hombres. Luego, cuando sea viejo, lo será de los hombres y el resto de la manada.
          
─En esta obra el caballo pasa por manos de personas que lo tratan como un ser que no siente nada, como si los animales no tuvieran sentimientos y pudieran manifestar dolor y penas: se les trata como a objetos, olvidando su condición de seres vivos ─dice Tati Alcántara, actriz.
          
─Entre otras cosas, este caballo manchado es una alegoría a esa habilidad que tiene el hombre para crear categorías y estereotipos ─dice Franklin Dávalos, actor─. La historia nos habla de cómo nos la arreglamos para discriminar todo lo que nos rodea, y sobre cuán dulces y cuán salvajes podemos llegar a ser los seres humanos.
           
─Esta obra muestra lo que sucede cuando alguien es distinto de los demás: su sometimiento, su estigmatización ─dice Mariano Sábato, actor─. Y claro, ¿por qué apelar a algo tan insignificante como el color de la piel? ¿Eso determina al ser? ¿Esa banalidad justifica toda su desgracia? Y más aún, una desgracia establecida por otros.
           
Y dice:
           
─En este caso, ¿quién determina qué pelaje es el correcto para nacer?
           
Como parte de su desgracia establecida por otros, en plena etapa de apareamiento el caballo es castrado para evitar la posibilidad de que reproduzca especímenes como él. Tras el trauma, una tristeza infinita lo invade hasta que un altivo príncipe militar reconoce en el animal una cualidad de la que parecen carecer los demás equinos de estirpe de la región: una larga zancada.
            
Como el caballo de Tolstói.
            
El animal se hace famoso y le permite ganar mucho dinero a su dueño hasta que este, entregado a excesos, se derrumba y pierde todas sus propiedades: el caballo también decae y se enferma y es relegado a penosos trabajos de carga. Así, hasta envejecer.
            
Las dos vidas ─animal y humana─ corren en paralelo.

                                                     *****

─Un día Tolstói vio a un caballo viejo amarrado a un árbol y trasladó su vida entera hacia la de un hombre para reflejar todo lo que había experimentado durante años ─dice Jorge Chiarella, director─. Pero, en especial, quería mostrar a ese ser que, si bien en su juventud había sido una maravilla, luego se convertiría en una piltrafa.
           
En cierto momento Patizanco también sufre el acoso de los caballos jóvenes de su manada, y le enrostran con frialdad que su estado es despreciable: como si la vejez pudiera ser una elección.
           
Al escritor ruso le tomó más de veinte años terminar este cuento que tituló como Jolstomer, el nombre de un pura sangre que realmente existió a fines del siglo XIX.
            
A pesar de tener solo unas cuantas páginas, el texto narra todo un universo: la degradación física y espiritual del género humano.
            
─Lo que Tolstói hace es vulnerarnos con un caballo herido, un ser tan noble y cercano al hombre ─dice Franklin Dávalos─. A través de un caballo viejo te hace reflexionar sobre qué ocurre con la vejez, cómo asumimos la vejez en nosotros y en quienes nos rodean, y en cómo nos marginamos de muchas maneras.
           
En buena parte de la obra se percibe la mirada del animal sobre el mundo.
            
Un distanciamiento que permite apreciar los efectos de los actos del hombre.
            
─Tolstói muestra los dos lados al mismo tiempo: el extremo del caballo y el extremo de los seres humanos, víctima y victimario en simultáneo ─dice Franklin Dávalos─. Utiliza esta figura para ofrecer dos puntos de vista opuestos que permiten divisar todo el panorama.
           
Cuando todavía era pequeño, el animal pensaba: «Me decían que yo era pío. ¿Qué es pío? Yo creía que era un caballo».
            
Cuando el animal crece, se pregunta: «El palafrenero dice que yo no me pertenezco a mí mismo, sino que le pertenezco a él. Y entonces, ¿qué soy?».
            
─Lo curioso es que el tratamiento a los animales también demuestra cómo somos los humanos entre nosotros ─dice Tati Alcántara─. Porque si bien eventualmente las personas pueden defenderse, muchas veces son sometidas a condiciones muy duras para que otros se aprovechen de ellas.

                                                     *****

Como un ejemplo de lo arbitrario y caprichoso que puede ser el hombre con sus creencias, en la época que se publicó Jolstomer los caballos manchados eran vendidos a precios muy bajos y se les acortaba la vida con malos tratos.
           
Más de cien años después, en Europa los caballos píos son considerados como animales de cuidado y se les asiste incluso en el momento de su reproducción.
           
─Hay una enorme diferencia entre los caballos y los seres humanos que vemos en escena ─dice Mariano Sábato─. Con frecuencia las personas suele ser rehenes de su propia inteligencia y superioridad.
            
Es el caso del príncipe: una víctima de su libertad.
           
En su condición de ser humano, ni el libre albedrío ni el raciocinio es capaz de salvarlo de un envilecimiento espiritual.
            
─Patizanco actúa sin malicia, mientras que el hombre es capaz de escoger cómo comportarse y discernir lo adecuado y lo honesto ─dice Mariano Sábato─. Más aún, uno es presa de su destino mientras que el otro es capaz de elegir.
            
Y aunque suene absurdo, el animal casi resulta más coherente con su vida.
            
─Esa misma libertad que tiene el ser humano es lo que aumenta sus posibilidades de degradación ─dice Jorge Chiarella─. Es como si Tolstói dijera que no te excedas, pues es muy fácil creer que puedes hacer lo que te dé la gana y ejercer tu libertad hasta el punto de autodestruirte. Es una advertencia.
           
─Ambos personajes, príncipe y caballo, llegan a lo mismo: son abandonados y fallecen. ¿Cómo interpreto eso? Pues que somos infinitos y muy poca cosa al mismo tiempo. Que, como seres humanos, estamos a la misma altura de todo: de lo más alto, de lo más insigne, de lo más solemne, como de su contrario. Pero aún así, lo común es que te sigas encontrando con personas que se creen muy importantes.
           
Franklin Dávalos hace una pausa.
           
─Como si no supieran que el cementerio está lleno de gente imprescindible.

                                                     *****

─En los ensayos yo debía decirle: «No te quejes, no des críticas, no odies, no hagas nada que parezca provenir de una persona» ─dice Jorge Chiarella sobre Franklin Dávalos─. Mi consejo era: «Pregúntate por qué te hacen esto. O más bien, pregúntatelo como un ser que simplemente no puede entender por qué lo maltratan y destruyen cuando no ha hecho nada a nadie».
            
Se refiere al personaje del caballo Patizanco.
           
Para que su papel sea creíble, debía evitar expresar sentimientos y raciocinio: solo dolor, confusión e inocencia: rasgos que suelen expresarse en la mirada de casi todos los animales que son mortificados por los hombres.
            
En aquel entonces el protagónico actor no soslayaba la mezcla de rabia, repulsión y frustración que lo invadía cada vez que interpretaba al animal vejado.
           
Aún ahora, más de dos meses después de iniciada la obra, sigue sintiendo una extraña sensación respecto a los seres humanos.
           
─Sobre el escenario, como animal, te suceden muchas cosas, y sin embargo no puedes guardar rencor: no es que no debas por obligación, sino más bien porque se supone no estás configurado para ello ─dice Franklin Dávalos─. Y aunque mi personaje no se queja y es ingenuo me produce pesar, y todavía me resulta inevitable emocionarme en varios momentos.
           
Sobre todo en la escena en la que el caballo ─viejo y abandonado y atormentado por la sarna día y noche─ sigue a uno de los palafreneros hacia un oscuro rincón del establo pensando en que al fin lo van a sanar.
           
Su mente se detiene cuando un cuchillo destazador le atraviesa la larga garganta.
            
─Tras eso, hay un instante en el que me recobro y del que casi nadie parece percatarse ─dice el actor─. Y es que durante unos segundos cojo una toalla para secarme el rostro. Allí es cuando rompo toda esa convención del sufrimiento, de la agonía del animal. En ese lapso mi cerebro vuelve a adaptarse de nuevo a la realidad.
           
Y dice:
           
─Si no lo hiciera así podría quedarme atrapado en ese viaje emocional. Podría quebrarme.


           
Historia de un caballo de León Tolstói.
            
Producción: Centro Cultural Británico.
           
Dirección: Jorge Chiarella.
            
Dirección Musical: Fernando de Lucchi.
            
Guión: Mark Rozovsky.
           
Elenco: Franklin Dávalos, Tati Alcántara, Mariano Sábato, Janncarlo Torrese, Óscar Carrillo, Armando Machuca, Pedro Olórtegui, Mijail Garvich, Jean Pierre Vismara, Stephanie Orúe, Leslie Guillén, Claudia Rúa, Lucía Rúa, Carlos Casella, Renato Medina y Juan Carlos Morón.
           
Músicos: Guillermo Amesquita, César Sánchez, María Tuzlukova e Igor de la Cruz.
            
Lugar: Teatro del Centro Cultural Británico (Jr. Bellavista 527, Miraflores).
            
Horario: De jueves a lunes a las 8 p.m.
           
Entradas: S/.60 (general), S/.40 (jubilados) y S/.30 (estudiantes). Lunes populares: S/.45 (general), S/.25 (jubilados) y S/.20 (estudiantes).
            
Temporada: Del 14 de setiembre al 16 de diciembre de 2013. 

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