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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

La fiebre

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Más allá de cualquier ideología y ética y de toda culpa o indiferencia, ¿podría la pobreza ser necesaria?

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«Me gustaría hacerte una pregunta: ¿Alguna vez has tenido amigos pobres? Yo lo imagino muchas veces, es como un sueño recurrente. Ha habido tanta gente de baja categoría con la que me he cruzado todos los días: gente que captó mi atención, que me habló en algún momento. Y siempre imagino que nos invitan a su casa a cenar. Y es en ese lugar cuando siento que algo ─algo─ está mal: que quizá tiene que ver con las bombillas eléctricas, o el piso que se está levantando, no lo sé, pero luego te dices "Está bien, esto está bien, todo está bien", aunque en el fondo sabes que no lo está. Y hay un olor medio pegajoso que proviene de algún lado, de algún cuarto, de algún bacín, y el televisor es una pequeña caja, y las paredes están pintadas de ese color brilloso, y hay niños enfermos que estornudan y tosen, y las sillas son duras y bajas y terminas sentado en el piso, y estás allí, retorciéndote sobre el piso mientras que de pronto alguien cambia cerca de ti el pañal de un bebé, y todos, absolutamente todos en esa casa, se muestran increíblemente amables. Y entonces una semana después te vuelven a invitar y no sabes qué decirles y vuelves a ir».
           
¿Alguna vez has tenido amigos pobres?

                                                      *****

            Si la conciencia de las personas se pudiera concretar bajo alguna forma visible, esto sería lo que se encontraría: lo que han visto, lo que han vivido, lo que se han dado cuenta, lo que nunca quisieron pensar, lo que opinan sobre sí mismas, lo que se niegan a aceptar.
           
Todo aparecería de manera vertiginosa y entrecortada, como un revoltijo de fragmentos de ideas y recuerdos, como retazos de experiencias y sueños: un mundo donde se confundiría lo que sucedió con lo que nunca pudo ser.
           
En ese sentido, La fiebre es lo más parecido a un viaje a través de la mente de alguien.
           
─La obra muestra los delirios de una persona, la forma como es atropellada por sus pensamientos, solo para darse cuenta de que por lo general decidimos pensar en que todo está bien cuando no necesariamente lo está ─dice Patricia Galfré, asistente de dirección─. Trata sobre esa elección de optar por vivir como nos da la gana en una realidad que no es tal como la creemos.
           
Diego Alva, actor, dice:
           
─La fiebre es el reconocimiento momentáneo de una realidad que se falsifica de manera constante sin que uno pueda hacer mucho para cambiarla.
           
Su personaje: un norteamericano ─periodista, médico, abogado: cualquiera─ de mediana edad que de pronto recala en un país tercermundista ─latinoamericano, asiático, africano: cualquiera─ donde una dictadura pro-derechista persigue y tortura a ciudadanos con ideas izquierdistas que buscan mejoras ─en su sistema económico, de justicia, de salud: cualquiera─. En ese contexto, una noche el viajero entra en un estado de sopor que por momentos lo lleva a recibir descargas eléctricas sobre una mesa de madera y al mismo tiempo a vomitar sobre el suelo de un hotel cinco estrellas y a la vez a enredarse en las sábanas de su cama preso de alucinaciones.
           
Por error o por voluntad propia, siente en carne propia lo que suele ocurrirles a personas desconocidas para él.
            
Enfermo.
            
El escenario luce entonces como una cámara de interrogatorios: una sucesión de preguntas-respuestas, preguntas-respuestas, y de pronto crack, el crujido seco de un hueso del cráneo, el grito agudo que sobreviene a un aplastamiento de testículos, la piel que se abre ante una descarga eléctrica, y de nuevo preguntas-respuestas, preguntas-respuestas, y de pronto una mesa con platillos en un restaurante de lujo, un viaje en taxi por la ciudad, el abrazo a una mujer a quien se amó hace mucho, y otra vez preguntas-respuestas, preguntas-respuestas, preguntas-respuestas, y de pronto la cesta de basura que alguien olvidó vaciar, los insectos que corren sobre las baldosas del baño, las botas de los militares que marchan por las calles, los rostros cansados por no dormir, y una vez más preguntas-respuestas, preguntas-respuestas, hasta llegar solo a las preguntas-preguntas-preguntas-más preguntas, y luego el fin.

                                                     *****

Una de las paradojas de ese universo brumoso que es su cabeza: ¿Es necesario que existan poblaciones en la miseria para que sirvan a los demás?
           
Otra: ¿Nuestra tranquilidad justifica que ciertas personas la pasen mal?
           
O esta, más turbadora: ¿Hay una forma moralmente válida de vivir en el mundo?

                                                     *****

«Veo a la anciana mendigar en la calle y de pronto quiero darle toda mi billetera, que se lleve todo mi dinero. ¿Pero qué estoy diciendo? ¡Despierta, idiota! No le puedo dar todo mi dinero a la mujer. Yo tengo mis convicciones, pero hay una razón por la que no puedo darle todo mi dinero. Sí, le daré algo porque siempre hago eso, pero hay una razón fundamental por la que yo tengo dinero: porque mi don personal me permitió ganar ese dinero, porque yo trabajé por ese dinero, trabajé duro, mucho, y por eso es mi dinero, y por eso lo tengo yo, y por eso lo puedo gastar como yo quiera. ¿Por qué me puedo hospedar en este hotel? Porque pagué para estar aquí y eso me da derecho a ciertas cosas, como ser atendido y servido. ¿Pero por qué la anciana está enferma y moribunda? ¿Por qué ella no tiene dinero? ¿Acaso nunca trabajó en algo? ¡Pero qué patético! Por supuesto que trabajó, claro que sí: trabajó dieciséis horas al día en el campo o en una fábrica, trabajó y trabajó. Y tú dices que trabajas pero, ¿por qué tu trabajo te da tanto dinero mientras que su trabajo no le da casi nada? Dices que obtienes dinero pero, ¿cómo puedes ganar cierto dinero mientras que por el mismo tiempo ella ganaba casi nada?».

                                                     *****

Toy Story, Monsters Inc. y The Incredibles son algunas de las conocidas películas de animación en las que ha trabajado el actor norteamericano Wallace Shawn prestando su voz, cuando no ha estado embarcado en alguna película de Woody Allen o una sitcom de la televisión de su país.
            
En sus ratos libres, y para equilibrar un tanto la rutina hollywoodense, escribe guiones de teatro como La fiebre.
           
«Cuando yo era niño solía sentir que la gente siempre estaba escondiendo cosas y que no llegaban a expresar sus verdaderos sentimientos ─recuerda el dramaturgo─. Y es que cuando los adultos se vuelven demasiado complejos y cubren sus emociones con capas de subterfugios bien intencionados, los niños dejan de ver la realidad con claridad hasta resultar ofensivos».
           
Y así crecen.
           
Un día el guionista viajó a Centroamérica y observó la represión que ejercían un par de regímenes fascistas pro-neoliberales apoyadas militarmente por Estados Unidos. «Ver su situación y su pobreza me hizo darme cuenta de lo enferma que podía ser mi propia sociedad».
            
Después de esa experiencia es que surgieron las preguntas que se hace el protagonista de La fiebre.
           
Lo curioso es que para explicar su desazón el autor prefirió darle cierta sintomatología de enajenación y desvarío.
           
─¿Que si es cruel que el cuestionamiento provenga a partir de una enfermedad, de los delirios de una infección? No lo sé ─dice Jhoselin Baldión, actriz─. En todo caso, hay que considerar que el personaje se encuentra al borde de la muerte, y que todos los seres humanos, en ese estado, empiezan a preguntarse detalles sobre su vida.
           
Y agrega:
           
─Es como si estar en ese límite y sentirte tan vulnerable te facilitara el preguntarte por quién eres realmente y qué ha sido tu vida.

                                                     *****

«Los pobres siempre quieren que las cosas sean diferentes, quieren cambios. Les decimos que sí, que habrá cambios, pero de una manera distinta, gradual, que los ayude y que a nosotros no nos haga daño. Pactamos: les daremos cosas, muchas cosas maravillosas, pero siempre y cuando no se lleven lo que deseen. Eso sí, deben esperar, ya les tocará su turno para recibirlas, ciertos procesos deben suceder primero. Primero debemos cosechar más para tener algo más disponible para dar, porque de lo contrario, si les damos más, nosotros tendríamos menos. Y cuando haya más, nos aseguraremos de que la moral se respete. Porque el año pasado cosechamos más e hicimos más pero a ellos no les dimos más, ¡y eso estuvo mal! Lo mismo sucedió el año anterior, y el anterior, y el anterior. Nosotros debemos asegurarnos de que se respete esa moral. Pero mientras eso sucede tengamos cuidado, porque hay algunos que se niegan a esperar, y esos son los destructores. Son los que tienen a sus hijos enfermos, moribundos, sin medicinas, sin comida, sin calzado, sin vivienda. Y luego intentan irrumpir por la puerta y entrar a quitarnos todo. ¿Acaso pueden darle nuestras casas a toda esa gente que vive en las calles? ¿Acaso gente desempleada y delincuentes, gente que hace un año se moría desesperada en tugurios, podría dirigir las fábricas y las escuelas y el país y el mundo entero? Eso hay que impedirlo. Debemos enseñarles que las cosas no son como ellos demandan, que el mundo podría funcionar para su beneficio. Debemos enseñarles que jamás deben intentar el poder, porque un gobierno suyo siempre será incompetente y siempre será cruel: porque son sanguinarios, porque no tienen educación y porque no tienen habilidades. Por todo eso, por su propio bien, algo así nunca debe suceder».

                                                                 *****

            Técnicamente la obra no tiene capítulos ni diálogos. Ni siquiera personajes distintos con los cuales ha de interactuar el protagonista: no los necesita. De hecho, es el mismo protagonista quien se deconstruye en otras cinco personalidades más que lo complementan, lo ofuscan y lo contradicen.
            
Rasgos de personalidad, diría yo ─dice Maria Gracia Vera, actriz─. Porque una persona suele tener múltiples personalidades y distintas formas de actuar a la vez.
           
Rasgos que pueden explicar la conducta a veces histérica o antipática o lujuriosa o cordial o inocente o engreída que suelen tener los seres humanos, dice.
           
─Sí, yo los llamo mis «pequeños hombrecitos» ─dice Diego Alva─. No son tanto personalidades como rasgos, aunque muchas veces pueden invadir y tomar por completo la personalidad fija del protagonista sin necesariamente ser él mismo.
           
Y dice:
            
─Por supuesto, suelo ansiar que me dejen solo pero a la vez prefiero que no se vayan, para no sentirme abandonado en esta lucha interna.
            
Rasgos que aparecen en coro y se cuestionan, que se alternan en simultáneo y que quieren sobresalir e imponerse sobre los demás todo el tiempo.
           
─Son rasgos-personajes que acompañan al protagonista y le van guiando con sus opiniones sobre sí mismos ─dice Patricia Galfré─. Por lo mismo, muchas veces no se soportan: se burlan el uno del otro y se hacen daño, tal como nosotros, que por momentos nos caemos bien y otras nos saboteamos hasta hacernos insoportables.

                                                     *****

            Más preguntas: ¿Cómo intentar que ahora no existan jerarquías cuando sobre la tierra siempre existieron? ¿Cómo modificar ese azar que determina que algunos tengan más privilegios que otros? ¿Cómo generar una conciencia sobre la desigualdad que sufre la mayoría de poblaciones del planeta entero? ¿Cómo saber si las alternativas imaginadas podrían cambiar su situación?
            
¿Cuándo son suficientes todos los esfuerzos?
            
─Al plantearnos la obra por primera vez, pensé: «Qué interesante, es una historia de reflexión social, de revolución política, que impulsará hacia algo». Porque hablaba de mensajes que probablemente muchas personas piensan pero que nunca las dicen por no sonar políticamente incorrectas ─dice Maria Gracia Vera─. Pero conforme la fuimos armando, comprendí otra cosa: que nada cambiaría. Que no había alternativas para lo que estábamos presentando.
           
Una vez le preguntaron a Wallace Shawn sobre qué género podía ser La fiebre.
           
De terror, respondió.
           
─A mí también me parece de terror ─dice Patricia Galfré─. Ves el montaje y sabes que no hay soluciones a lo que muestra.
           
En otras palabras, explica, haría falta superar esa consabida tendencia a separarnos y formar grupos y guetos de cualquier tipo ─hombres/mujeres, pobres/ricos, heterosexuales/homosexuales, creyentes/no creyentes─ para supuestamente hacer más comprensible la realidad.
            
─Porque sí, claro, etiquetar puede ser válido para ayudar al cerebro a adquirir conocimientos, pero ese mismo mecanismo nos hace olvidar que somos seres humanos y que, como tales, nos debemos a todos: no solo a un grupo específico.
           
Que esa forma de pensar está más cerca de una ética que de una ideología.
           
Que así es como podría empezar a asumirse las grandes decisiones.
           
─Solemos concentrarnos en lo cotidiano, en nuestro trabajo, en nuestros estudios, en nuestros vínculos con los padres, con los hijos, con los amigos, al punto de perder de vista a aquellos que no han tenido nuestras oportunidades hasta que algo nos lo recuerda ─dice Jhoselin Baldión.
           
Y concluye:
           
─Es en ese momento cuando te das cuenta de que si uno quiere un mundo mejor, hay que empezar a considerar todos los aspectos de ese mundo.

                                                          *****

            Y sin embargo.
            P
or un instante el protagonista cree que ayudando a los más necesitados podría mejorar en algo su existencia. 
            Luego se percata de que, si lo hiciera, su vida como tal tampoco existiría: que disfruta de una posición que necesita, precisamente, de ellos.
           
─No es que él no tenga ética. Es solo que tiene una ética distinta que depende de la manera de pensar con la que ha sido criado, muy diferente a la de los pobres.
            
Diego Alva continúa:
           
─Y si lo vemos desde el escenario de los que no han tenido su misma suerte, esa ética será distinta: los pobres tendrán una propia.

                                                                     *****

             «Nada está cambiando en la vida de los pobres. No hay cambio. El cambio gradual no va a suceder. El hecho de sentir simpatía por los pobres no cambia la vida de los pobres. Los padres que enseñan valores a sus hijos no cambian la vida de los pobres. Los artistas que crean obras de arte que inspiran compasión no cambian la vida de los pobres. Los ciudadanos, inspirados por los artistas y los padres con valores, no cambian la vida de los pobres. Y eso es porque la situación de los pobres no es temporal: están sentenciados. No es que tu empleada limpie para ti hoy y tú limpies para ella mañana. No es que ella vaya a dormir en la mugre esta noche y tú lo hagas mañana o alguna otra noche. No, la condena dice que ella servirá, y al día siguiente será igual, y así todos los días hasta que muera.
           
Que no se me malinterprete: siempre me ha gustado la gente que disfruta de una buena comida, la que tiene expectativas de una buena función. Todas las personas que conozco son de esa clase. Yo mismo soy una de ellas, porque siempre he pensado que es mucho más agradable querer a las personas que son felices.
            
Pero lo curioso es que todas podrían serlo».



           
La fiebre de Wallace Shawn.
           
Producción: Teatro de la Universidad Católica - TUC.
           
Dirección: Stuart Meltzer.
            
Asistente de dirección: Patricia Galfré.
           
Elenco: Maria Gracia Vera, Jhoselin Baldeón, Daniela Rodríguez, Stephanie Enríquez, Mari Palacios y Diego Alva.
           
Lugar: ICPNA de Miraflores (Av. Angamos Oeste 160, cruce con Arequipa).
            
Funciones: De jueves a domingo a las 8 p.m.
           
Entradas: En Tu Entrada (de Plaza Vea y Vivanda) y boletería de la sala. 
            Temporada:
Del 5 al 29 de setiembre de 2013.

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