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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Caricato

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¿Cómo es que una compañía de circo contemporáneo puede conservar la esencia de los de antaño? El nuevo espectáculo de La Tarumba demuestra que saber mantener la tradición también es un arte. Su temporada se extiende hasta el 22 de setiembre.


            Siete días.
            
Ese es el tiempo que demora un equipo compuesto por más de cien personas para levantar y organizar una carpa de circo que, solo en plastilona antiinflamable y estructuras de metal, cuesta casi medio millón de dólares.
           
Una carpa diseñada por un famoso arquitecto italiano que, por lo demás, se da el lujo de escoger a sus clientes repartidos por todo el mundo.
           
Antes de eso están los camiones que transportan los cinco contenedores con las torres de acero, la cúpula, los cables tensadores, las amarras de seguridad y los siete motores para erigir la carpa. Allí también se almacenan las graderías de varios niveles, los sistemas de luces directas e indirectas, los parlantes y los amplificadores de sonido, y los accesorios que se utilizarán sobre el escenario como básculas, redes, alambres de funambulismo, trapecios volantes, monociclos de ochenta centímetros, sogas, telas, barras rusas, bolas de goma del tamaño de una persona, columpios, tarimas y aros de danza, aparte de la carpa rectangular para los camerinos, los pisos desplegables de madera, las alfombras, los instrumentos de los ocho músicos, las cajas de maquillaje, los trajes de utilería y los souvenirs para la venta.
            
Solo en el equipamiento de esa carpa hay invertido casi medio millón de dólares más.
           
Esto, sin considerar ese bus cuyo interior ha sido transformado en un establo ambulante para movilizar a los caballos que galoparán en escena y que a su paso por la calle va dejando hilachas de aserrín y olor a abono.
           
Pero incluso antes de llegar a ese momento clave de la temporada circense de dos meses de duración, están las rutinas de entrenamientos gimnásticos al que han sido sometidos, durante casi todo un año, los treinta y nueve artistas que componen el elenco de La Tarumba: rutinas que incluyen treinta días seguidos de ejercicios intensos y siete días de ejercicios ligeros solo para equilibrar y recuperarse de los ocasionales espasmos musculares, desgarros y luxaciones que suelen sufrir los acróbatas.
           
Y mucho antes de eso todavía, está una historia de casi tres décadas de viajes, risas, talleres, presentaciones itinerantes, obstáculos, despedidas, música, censura, malabarismo, lágrimas y amor.
            
Pero, sobre todo, una historia de sueños.

                                                    *****

─En realidad es un privilegio contar con todas las culturas regionales que tenemos.
           
Fernando Zevallos, fundador y director artístico de La Tarumba, explica cómo fue gestando su proyecto hace veintinueve años.
            
─En Europa yo veía que compañías circenses como Zíngaro, de Francia, debían incluir temas artísticos con motivos hindúes, coreanos, gitanos, y reflexionaba: «Yo no necesitaría salir del Perú. Miro al sur y están Ica, Arequipa. Miro al centro y están Ayacucho, Cusco, Puno. Miro al norte y están Trujillo, Chiclayo, Piura».
           
Y agrega:
            
─En el país tenemos una riqueza cultural increíble para trabajar el circo.
           
En aquellos años ochenta de inflación económica y terrorismo, la apuesta por una fusión de arte circense con el teatro y la música parecía poco menos que una locura.
           
O una tarumba, como aclara Fernando Zevallos. Porque eso significa la palabra: locura, enajenación. Al menos, desde que Pablo Neruda gritara «¡Esto es una tarumba!» cuando, durante la guerra civil española, observara a su amigo Federico García Lorca hacer obscenos espectáculos con títeres desde las trincheras del frente de batalla.
           
─Lo cierto es que en ese momento no pensábamos lograr una fórmula exitosa: solo queríamos hacer lo que nos nacía, de lo que teníamos ganas. Y en ese momento, esa actitud de hacer circo itinerante era considerada un error.
           
Y luego dice:
           
─Incluso algunos actores de teatro creían que con esa propuesta estábamos banalizando, precisamente, el teatro.

                                                     *****

Entre 1983 y 1984 los tarumbos recorrían apretujados las calles, plazas, mercados y losas deportivas de Lima a bordo de un viejo Volkswagen Escarabajo: dentro y sobre la parrilla del auto cargaban algunos implementos de malabarismo y pequeños escenarios armados en madera. De pronto descargaban sus cosas, se maquillaban en plena acera, y comenzaban a improvisar los números circenses.
            
─Algunas veces los policías intentaban botarnos ─recuerda Fernando Zevallos─. Pero en realidad no sabían cómo actuar: no éramos vendedores ambulantes y no dábamos discursos.
            
Además el público ─los transeúntes─ solía defenderlos: gritaban a los policías.
           
Conforme fueron ganando más experiencia vinieron los viajes a provincias en buses, camiones, aviones, canoas y hasta hidroaviones. Una vez, invitados por Petroperú para una serie de presentaciones en sus campamentos a lo largo del Oleoducto Norte, permanecieron suspendidos en el aire durante una hora: el helicóptero que los trasladaba no podía aterrizar debido al mal tiempo. En otro momento, la expectativa de verlos fue tal que los operarios de una brigada de maquinaria pesada se las ingeniaron para improvisarles un pequeño escenario en medio de la espesura de la selva: derribaron árboles en un pequeño perímetro de ocho metros a la redonda.
            
En esos años de guerra entre militares y terroristas, las visitas a algunos pueblos del interior del país no estaban exentas de peligros.
            
Sobre todo si en plena función aparecían banderas subversivas entre la multitud.
           
Aunque nunca les hicieron daño, sí recibieron amenazas veladas y solicitudes para que dejasen de impartir talleres en algunos barrios de provincias.
           
─No lo sé, quizá lo más inmediato en situaciones límites como la de la época del terrorismo era levantar la voz, y nosotros la levantamos desde el arte ─dice Fernando Zevallos─. Porque nuestro arte propone que la violencia no debe combatirse con violencia: que si tú no estás de acuerdo con la muerte, tu misión es defender la vida.

                                                     *****

En el escenario se turnan ─en realidad se empujan, se golpean, se ponen zancadillas─ dos tipos de payasos: unos de rostro blanco, de paso marcial y sobrio vestidos con elegantes trajes coloridos y zapatillas de goma, y otros de nariz roja, caóticos y torpes, que realizan sus actos recubiertos con andrajos y zapatos cuarteados.
           
Los primeros intentan rehuir de los segundos, cuando no desalojarlos.
           
Los segundos fingen ignorarlos e igual se divierten.
           
Todos ellos son los caricatos.
            
Podrían ser el Perú entero.
           
En otro instante, dos jóvenes acróbatas intercambian posiciones en una gruesa soga que pende en vertical: se deslizan en ella, se impulsan en ella, se anudan en ella: incluso se paran sobre ella.
           
Son frágiles y delgadas señoritas capaces de soportar durante varios minutos los cincuenta kilos de su peso corporal solo en sus brazos.
           
Minutos después, los funambulistas retan su suerte desde una altura aproximada de ocho metros: lo hacen en grupos de dos, tres, cuatro acróbatas, subidos a una bicicleta cuyas ruedas de metal coinciden precariamente con el cable, a veces con los ojos vendados, y con una barra de equilibrio en las manos por toda guía en el vacío.
            
Uno de ellos, al descender un cable de acero en diagonal, se resbala, precipita, gira, despliega los brazos, se coge del alambre y vuelve a trepar con poco esfuerzo.
            
Nunca llega al piso.
           
─No, no fingimos caer ─dice Carlos Olivera─. Las veces que hemos caído durante la función han sido de verdad.
            
El maestro de acrobacias de La Tarumba, el veterano gimnasta que acompaña al grupo desde los doce años de edad ─hoy tiene treinta y seis─, dice que si bien fingir resbalar para dar más dramatismo a los números es muy común en la mayoría de los circos, en este deciden no hacerlo. Y que simplemente previenen sus desplomes: calculan hasta sus malos movimientos.
           
─No queremos estresar al público.
           
Luego, ya vestido de payaso, él mismo jugará a volar sobre unos trapecios disponibles a doce metros, y planeará sobre una red de nylon desplegada cinco metros más abajo: la distancia suficiente como para que su cuerpo adopte una postura horizontal y sus músculos se tensen para proteger sus órganos internos.
           
Caer parado le contracturaría los huesos del cuello y los hombros.

                                                     *****

No fue fácil conseguir una carpa. La Tarumba debió esperar casi veinte años para que una entidad financiera se interesara: en 2003 una cooperativa les dio el crédito. Los bancos, tras negarse por los riesgos de invertir en un circo, solían repetirles que no deseaban cargar con la mala imagen de tener que expropiar su carpa por insolventes.
           
Hoy, año 2013, trabajan proyectos con el BBVA Continental.
            
─Ahora los bancos apoyan formaciones culturales y los artistas piensan en formar grandes empresas ─dice Fernando Zevallos─. Pero lo mejor está en que esos financiamientos no implicaron que adoptáramos nuestra esencia a algo más «comercial».
           
Su visión no era promocionar espectáculos solo por el mero negocio o como una extensión de la televisión: el arte también podía tener éxito, y no era necesario sacrificarlo por los costos y los ingresos que se pretendiesen obtener. En ese sentido, La Tarumba es un circo contemporáneo con el espíritu de los de antaño.
            
Con todo, la inversión en la carpa no fue lo único complicado que afrontaron.
            
─Una vez nos censuraron ─dice Fernando Zevallos─. Fue durante el primer gobierno de Alan García.
           
En esos años, una de sus funciones incluía a candidatos a la presidencia. Y uno de ellos ofrecía un tren ─un tren─ a cuerda.
           
─Nos presentamos en un colegio. Y a alguien no le gustó lo que vio y contactó al inspector general de educación, en aquel entonces el señor Otoniel Alvarado Oyarce.
           
Luego el director artístico lanza un suspiro y dice:
            
─Hasta ahora recuerdo su nombre.
            
Pronto el ministerio de Educación dictaría una resolución a nivel nacional en la que se advertía y prohibía el carácter subversivo de La Tarumba. Varias presentaciones programadas les fueron canceladas. Y quién sabe cuánto habría durado la medida de no ser porque un grupo de artistas peruanos ─de la narrativa, pintura, teatro, música─ se solidarizó y denunció la situación, al punto que los periodistas, en una de las conferencias del mandatario aprista, le preguntaron por qué si en su gobierno se hablaba de libertad de expresión, los tarumbos habían sido restringidos.
            
Alan García dijo no saber nada pero que, para el caso, lo resolvería.
           
De inmediato se publicó una segunda resolución donde se levantaba el veto.

                                                     *****

─Sé que nuestras propuestas pueden resultar políticas ─dice Fernando Zevallos─. De hecho, las coyunturas políticas me ayudan a madurar los libretos de las temporadas.
           
Sin ánimos de convertir las funciones en panfletos, no es casual que Caricato ─léase: caricaturas de seres humanos─ fuera propuesto en un momento en que el gobierno aparece sin rumbo, los parlamentarios se muestran capaces de pactos infames, y grandes poblaciones se enfrentan con transnacionales mineras en las regiones del interior.
            
Tampoco es casual que en el país los circos se relacionen con las fiestas patrias: es la fecha de la celebración de una cierta libertad.
           
─Suele decirse que debemos aceptar y «tolerar» nuestras diferencias, pero me fastidia ese concepto de «tolerancia» sin mayor argumentación y compromiso entre nosotros. ¿Acaso debemos aceptar a quienes desaprobamos por su comportamiento?
           
Es como si nos dijéramos: «Ya pues, debo tolerarte, no hay otra».
            
─Por lo demás, en el contexto latinoamericano, el Perú quizá sea el país que menos conciencia política tiene, y eso está relacionado a sus bajos niveles educativos. ¡Todavía votamos porque nos «cae bien» determinado personaje! Es decir, elegimos autoridades no por sus capacidades sino por sus simpatías: esa es una de las formas más peligrosas de manipular una sociedad.
           
Y dice:
           
─Creo que sí es importante que seamos personas comunes y corrientes con alguna preocupación política.

                                                     *****

Desde su estrado de madera, Amador 'Chebo' Ballumbrosio aparece como el personaje más excitado y cadencioso de la noche. El compositor de música negra que literalmente le ha dedicado la mitad de su vida a La Tarumba ─tiene cincuenta años de edad─, el percusionista que hace unas décadas salió de una tradición musical chinchana de varias generaciones para sumarse a una nueva tradición ─la circense en Lima─, ahora dirige su banda con saltos, golpes de cajón, zapateo y voces a cuello.
           
Él es el responsable de la música que acompaña la dramaturgia de cada número: esa música de fusión de géneros peruanos con funky que actúa como el hilo conductor de todas las secuencias.
           
De los clarinetes, saxos, trompetas, flautas de caña, quenas, bajos, batería y cajones de su colectivo saldrán los ritmos que proporcionan la unidad argumental a Caricato. De sus acordes dependerá que las danzas y contorsiones femeninas logren un clima de intimidad y serenidad que hará más apreciable los movimientos. O que la tierra se vuelva trepidante al soplido del didjeridú ─un tronco cóncavo y largo─ cuando los caballos corran en círculos con acróbatas que saltan sobre sus lomos.
           
─Esta vez utilizamos mucho el clarinete para darle colorido a los actos. Porque de eso se trata: de sentir la música como los óleos dentro de una pintura: que las pinceladas se sigan de acuerdo a los elementos ─dice el bucólico músico.
            
Y continúa:
           
─En general, hacemos que los números aéreos den paso a los números de tierra y luego vuelvan a ser aéreos y así.

                                                     *****

─Yo me tomé en serio el circo desde muy niño ─dice Fernando Zevallos─. Pero cuando descubrí el teatro, obtuve una mirada más rotunda sobre el arte circense.
           
A los dieciocho años, el director artístico de La Tarumba solía creer que el virtuosismo en las habilidades lo eran todo. Cuerda floja, trapecismo, malabarismo, ese era su mundo. Hasta que estudió actuación.
           
─El teatro me abrió otro horizonte: me hizo valorar a los artistas no solo porque podían hacer un triple salto mortal, sino también porque con sus actuaciones provocaban una sensibilidad sobre problemas de la sociedad. Eso me conmovió.
           
En los años noventa, y conforme se ganaba su reputación, solían decirle que utilizara el circo para adoctrinar sobre derechos humanos y campañas de salud.
           
Él solo respondía: «Si al público no le enseñamos a quererse, a tener autoestima y dignidad y lograr que se identifique con algo, ¿cómo podría entender sobre derechos humanos?».
           
Una función circense, explica ahora Fernando Zevallos, es una mezcla de artes resultado del tiempo, la fe y el esfuerzo individual. Y que lejos de esa mirada reduccionista y peyorativa que a veces existe sobre el circo, para sus integrantes este es, más bien, una divertida escuela que los lleva a asumir sus debilidades y fortalezas. «Porque si nunca te has confrontado a ti mismo, si todo el tiempo crees que eres más fuerte de lo que realmente eres, ¿cómo serás consciente de esos puntos frágiles en los que debes trabajar?».
            
─Sí, el teatro le aporta al circo un espacio de reflexión, de vida interior, una necesidad de contar historias, algo que va más allá de una mera demostración de destrezas físicas. La música, por su parte, le ofrece el espíritu, el latido permanente. Y las artes circenses... las artes circenses son la conquista del espacio.
            
Y dice:
           
─Son la manera de concretar el sueño de volar que siempre ha tenido el ser humano.

                                                     *****

La Tarumba tiene planificado retomar sus presentaciones itinerantes por provincias, aunque esta vez con una carpa de diecinueve metros de altura y sobre un espacio mínimo de cinco mil metros cuadrados.
           
En 2012 estuvieron en Arequipa y fue un éxito. Ahora buscan ir a Trujillo, Chiclayo, Ica, Moquegua, Tacna, y quizá Santiago de Chile.
           
Además, la compañía ya ha comenzado a buscar terrenos en San Miguel y en Pachacámac. En el primer distrito se trataría de una escuela para vecinos de Lima norte. En el segundo, de un megaproyecto de varias hectáreas donde no solo se enseñaría circo, música y teatro, sino también amaestramiento de caballos y agricultura.
           
─Será un espacio donde los jóvenes interactuarán con la tierra y se relacionarán con métodos de cultivo y siembra. Así crecerían, física y mentalmente, rodeados de naturaleza.
            
Luego Fernando Zevallos dice:
           
─Yo estaría muy feliz si antes de morir lograse concretar la propuesta de Pachacámac, pues se trata de que los niños no solo aprendan a manejar un trapecio o tocar un instrumento, sino que ante todo defiendan la vida.
           
Y agrega:
           
─Porque defender la vida, en estos momentos, es defender ese mundo rural.

                                                     *****

Sin titubear, el caricato «pobre» acepta el reto de treparse al monociclo de cinco metros de altura y pedalearlo sin caerse. Se acerca a una de las torres que soportan la carpa y comienza a subir sin tropezarse ninguna vez con sus botines de punta redonda. Su natural distracción de payaso, sin embargo, le impide percatarse de que ya ha sobrepasado el asiento del monociclo: sigue escalando, seis metros, siete metros, ocho metros, sin observar nunca a su alrededor: solo hacia arriba.
            
Desde abajo, sus demás compañeros le gritan que ya no siga.
           
El público rompe a reír.
            
Y la escena, sin embargo, luce familiar: como una metáfora de la existencia de La Tarumba.



           
Caricato de La Tarumba.
            
Producción general: Estela Paredes.
           
Dirección artística: Fernando Zevallos.
           
Artistas: Carlos Olivera, Johnny Marcelo, Boris Aguirre, Alonso Cano, Juan José Chafloque, Frank García, Estefanie Guzmán, Abraham Hernández, José Antonio Jáuregui, Gary Ordoñez, Francis Ormea, Fiorella Quiñonez, Diana Paredes, Aldo Perales, Ángel Roque, Levi Roque, Jhoel Roque, Jonathan Sajoux, Daniel Salinas, Ximena Riveros, Aldo Villacorta, Alonso Villanueva, Rosario Zegarra.
            
Músicos: Amador 'Chebo' Ballumbrosio, Peter Acevedo, Camilo Ballumbrosio, César Ballumbrosio, Roberto Ballumbrosio, Francisco Chirinos, Paulo Polanco, Iván Vilcachagua.
           
Libreas: Francisco Pérez, Jhon Pérez, Edwin Mallasca, Joel Bellido, Yoner Esteban, Richard Bellido.
           
Lugar: Carpa de La Tarumba - Centro Comercial Plaza Lima Sur (Paseo de la República 15064, Chorrillos).
            
Funciones: De miércoles a domingo a las 5.30 p.m. y 8 p.m.
           
Entradas: Desde S/. 26. Miércoles y jueves todos pagan como niños. De venta en Teleticket (de Wong y Metro) y boletería de la carpa.
            
Temporada: Del 7 de julio al 22 de setiembre de 2013.

 

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