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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

El hombre elefante

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¿Qué es más monstruoso? ¿Un hombre que pese a su deformidad y la marginación intenta ser sincero y coherente consigo mismo, o una sociedad que no es capaz de cuestionarse? En este caso real, las apariencias no son sinónimo de normalidad.

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Joseph Merrick solo tenía cinco años de edad cuando un gen defectuoso en estado de latencia se desencadenó en su organismo.
           
Se trataba de uno de los cientos de genes defectuosos potenciales que todas las personas poseen por naturaleza y que dependen del azar para que pasen a convertirse en dominantes y generar males conocidos y no tan conocidos. Eso, si es que no fue un gen mutante producido por error durante el proceso infinito y cotidiano de réplica de células humanas.
            
Lo suyo estaba dentro de los miles o millones de posibilidades distintas para que se alteren las funciones naturales de cualquier cuerpo y ser convertido en una pesadilla viviente.
           
En su caso, esto se tradujo en anomalías óseas y tumores que le provocaron una cabeza cuyo cerebro parecía desparramarse por un lado de su rostro, al igual que brazos y piernas derechas a punto de estallar a causa de la hipertrofia, y una piel espesa, grisácea y marcada de surcos como la de un reptil.
           
Según descripciones de la época, sus innumerables papilomas salpicados uno encima de otro lo semejaban a una coliflor ambulante que casi se arrastraba por las calles de Londres.
            
Allí donde tenía huesos deformes, la piel respondía con la misma deformidad.
           
Por mucho tiempo se creyó que el joven inglés había sufrido de neurofibromatosis, una afección genética en la que el tejido nervioso crece de forma descontrolada hasta degradar los huesos y la piel, con terribles efectos y dolores que van más allá de la mera desfiguración. Ahora los científicos opinan que en realidad Joseph Merrick debió haber contraído el síndrome de Proteus, un desorden que le produjo el gigantismo parcial de la mitad de su cuerpo y que lo convirtió en una de las atracciones de los circos europeos del siglo XIX con el apodo de «hombre elefante».
           
Otros investigadores incluso sospechan que tuvo los dos trastornos al mismo tiempo.
            
Lo cierto es que ese gen defectuoso no solo contenía la dolencia que soportaría Merrick por el resto de sus días y que lo llevaría a soñar con una «vida normal»: también llevaba incubada una historia real que sería recordada en los próximos ciento cincuenta años por todo el mundo.

                                                                 *****

             ─La sociedad te impone el adjetivo normal, y sin embargo, no sabes cuál es el alcance de ese concepto: ¿a qué se refiere? ¿Qué es lo normal? ¿Cuáles son sus parámetros? ¿Quiénes somos nosotros para decir qué es lo normal?
            
Sebastián Reátegui, el actor que interpreta al protagonista, continúa:
            
─¿Y si en verdad nosotros fuéramos los anormales? ¿Si nosotros fuéramos los que tuvieran el alma anormal, el alma impura?
           
─Esta obra está más allá de ser la reivindicación de una persona con problemas físicos que impidieron su reinserción en la sociedad: se trata de una crítica a la idea de normalidad que por lo general se imponen los seres humanos ─dice Joaquín Vargas, el director de El hombre elefante.
            
O en otras palabras: una parábola sobre cómo los «anormales» observan a los «normales», y todo lo que podría aprenderse desde otras perspectivas no solo para enfrentar y superar las limitaciones físicas, sino también para cuestionar cualquier idea basada en diferencias.
           
Como la discriminación racial, por ejemplo. O la homofobia.
           
Esas consideraciones que a veces están en la cabeza de sujetos que se pretenden, precisamente, normales.
            
─Mi personaje, Frederick Treves, suele repetirle a Joseph Merrick que «las reglas nos hacen felices porque son para nuestro bien» ─dice el primer actor Hernán Romero─. Hasta que de pronto se percata que no necesariamente es así, porque son reglas que simplemente heredamos, que nos fueron inculcadas como verdades y que nunca pusimos en duda de acuerdo a nuestro tiempo.
            
Treves, un reputado doctor de la sociedad victoriana y médico de cabecera del príncipe de Gales, conoció a Merrick en momentos en que este se ganaba la vida presentándose en espectáculos al aire libre como un fenómeno de la naturaleza: conmovido, fue él quien lo ayudó a obtener asilo en el sótano de un hospital con una pensión de por vida.
            
Hasta antes de ese momento, el hombre elefante debía someterse a humillaciones para sobrevivir.
            
A cambio de que contribuyera en las investigaciones de su mal, y como una forma de hacerle olvidar los golpes, burlas y rechazos que había recibido durante su corta existencia, el conservador Treves intentó darle una vida «normal» basado en el típico discurso de la moral, las buenas costumbres, lo políticamente correcto y la religión.
           
A todo eso, Joseph Merrick siempre le opuso su dignidad como ser humano.

                                                       *****

─Conforme lo vamos conociendo notamos que el hombre elefante es alguien muy sensible y perspicaz, y que ese ser monstruoso al que uno en principio repudia muestra sentimientos muy comunes a mí, y hasta actúa y habla como yo hubiese querido alguna vez ─dice Mónica Domínguez.
            
La actriz interpreta a Mrs. Kendall, una dama dedicada al teatro que es contactada por el doctor Treves para que Joseph Merrick tenga una voz amiga con quien conversar en sus largos ratos de aislamiento.
            
Hasta ese momento, nunca ninguna mujer había pensando siquiera en acercársele.
           
Son el doctor y la actriz quienes llevarán a Merrick hacia una élite que no hace más que hablar de sí misma y que descubre en el desdichado sujeto una lucidez casi poética e idealista que la deslumbra: no era lo que se esperaba de alguien que había crecido marginado por todos quienes le rodeaban.
           
Más aún: en la década de 1870, era muy fácil creer que las enfermedades y los trastornos eran un castigo divino o producto del karma de vidas pasadas o cualquier otra superstición similar. El rechazo que producía el hombre elefante era automático.
            
─A pesar de haber crecido entre la incomprensión y la segregación de la sociedad, Joseph Merrick no era un hombre resentido ni ofendido ni maldecía a quienes lo despreciaban ─dice Hernán Romero─. Por el contrario, era un hombre sereno que se sentía muy orgulloso de su alma limpia. Y eso, paradójicamente, era lo que jodía un tanto a los demás.
            
Ser coherente con su propia persona era lo que desconcertaba a quienes lo conocían.
            
Coherente consigo mismo pese a su imperfección física y su soledad.

                                                       *****

Por un tiempo Joseph Merrick dejó de ser un sujeto repudiado. Su conversación pasó a ser poco menos que una moda. De una manera paternalista y egocéntrica, duques, condes, príncipes y hasta reyes británicos creían compartir algo de su inocencia y originalidad.
           
Lo rodeaban para compararse con él y sentirse mejor.
           
Entre regalos dadivosos e invitaciones a espectáculos en las salas más lujosas de Londres, el hombre elefante empezó a hacer apreciaciones que perturbaban a quienes tenía más cerca.
           
Hasta ese momento había asistido en silencio a todo lo que ocurría cerca de él.
            
─Ese cuestionamiento nace al ver cómo se vivía «normalmente» ─dice Joaquín Vargas─. Él, que toda su vida había ansiado una vida común, se percata de que hay una pregunta que nadie parece hacerse: ¿cuál es la verdadera normalidad? ¿La que plantea la sociedad o la normalidad que él imagina, una que no es perfecta pero sí ideal, donde están presentes la justicia, la igualdad, la solidaridad entre las personas?
            
Y agrega:
           
─Joseph Merrick, apartado con crueldad o aceptado con elogios, nunca perdió de vista saber quién era: siempre se sintió igual pese a todo lo que vivía: no traicionaba lo que pensaba.
            
El mismo doctor Treves empieza a preocuparse cuando su rescatado paciente ─con una sinceridad que roza la ingenuidad─ les refleja como un espejo sus defectos a partir de los llamados «principios de toda sociedad».
           
«Percibo un gesto de satisfacción en su rostro por sentirse el centro del mundo ─cavila Merrick sobre Treves y, a la vez, sobre las otras personas «normales» a las que el doctor representa─. Su autocomplacencia le impide hacer una autocrítica y, por tanto, cualquier posibilidad de cambio».
           
El médico, ejemplo intachable de todo su círculo social, incluso se llega a preguntar qué fue lo que lo impulsó hacia alguien como el hombre elefante: si la vanagloria o las buenas intenciones de ofrecerle una cierta autoestima.
           
─Cuando Merrick recién llegó al hospital era confiado, honesto, muy sencillo, no conocía el mundo. Pero cuando lo hace y se vuelve parte de esa sociedad impura e hipócrita la cuestiona al punto que hasta Treves se pregunta: «¿Realmente soy bueno o hago todo esto por egoísmo? ¿Qué principios estoy siguiendo?» ─dice Sebastián Reátegui.
           
─Treves se da cuenta de que la normalidad que él plantea no lleva necesariamente a un fin positivo ─dice Hernán Romero─. En un momento dado el doctor se confiesa si acaso ser normal es morir. ¿Ser más aceptado resulta peor? Parece una mala broma.
           
Luego el reconocido actor hace una pausa y recita las palabras de su papel:
           
─«Mientras Joseph Merrick más se eleva en los consuelos de la sociedad, más grotesco se vuelve. Y esa es la prueba visible de que él se parece a mí: que no le encuentra sentido visible a su condición, tal como yo a la mía».

                                                        *****

Un día, poco antes de cumplir los treinta años de edad, Joseph Merrick amaneció muerto en su cama.
            
El hombre elefante, aquel individuo que tenía la cabeza más grande que su cintura, no podía dormir recostado: debía hacerlo en cuclillas, con el rostro entre las piernas.
           
Lo contrario implicaba para él una muerte por asfixia: su desproporcionado cráneo podía aplastar su tráquea con facilidad.
            
Y así fue.
           
Algunos creen que tropezó al borde de la cama y su propia cabeza, literalmente, lo desnucó. Otros, que simplemente se suicidó.
            
Que fue su último paso hacia cierta «normalidad»: dormir como todos los demás.
            
─Años después de que falleciera Merrick, el doctor Treves publicó su historia. Y aunque no decía que se suicidara, escribió que suponía que al final logró dormir como un «hombre normal» ─dice Joaquín Vargas─. Lo que yo creo, en todo caso, es que Joseph Merrick terminó un ciclo: uno que coincide con la culminación de la maqueta de la basílica de Saint Phillipe que él diseñó.
           
Una maqueta que hoy todavía se expone en el Royal London Hospital Museum.
           
El hombre elefante solía armar, en cartón, reproducciones a escala de arquitecturas de la ciudad. Luego las regalaba a quienes consideraba sus amigos.
           
Su gorro y la máscara con un solo ojo también se encuentran en ese mismo museo.
            
─No creo que se suicidara, pues Merrick era muy creyente y se fortalecía en Dios ─dice Sebastián Reátegui─. Además, él sabía de las consecuencias que podía tener descansar su cabeza sobre una almohada. Y sin embargo, era uno de sus anhelos. Pienso que intentó probar a dormir de otra forma y falló.
            
─Merrick estaba muy enfermo. Recordemos que el doctor Treves ya había dicho que estaba condenado: que su corazón seguía deformándose y su salud empeoraba de manera progresiva ─dice Mónica Domínguez.
           
─Su muerte no fue una rendición a su padecimiento ─agrega Sebastián Reátegui─. Por el contrario, Joseph Merrick se mantuvo con dignidad incluso para morir. ¿Sabes por qué? Porque hasta ese momento siguió siendo fiel a lo que creía y a lo que quería: fiel a lo que pensaba realmente.
           
¿Si esta historia no hubiese sido real habría tenido un efecto distinto?
            Pues sí: solo habría sido una fábula ─dice Joaquín Vargas─. Pero este hombre existió, y en ese sentido la obra es un homenaje a una persona de carne y hueso. Porque este señor, así como era, con todas sus deformidades y sus sufrimientos, le agradecía a Dios el tener un día más de vida. Y esa es una lección que no podemos olvidar.


            
El hombre elefante de Bernard Pomerance.
            
Dirección: Joaquín Vargas Acosta.
            
Producción: Teatro de la Universidad Católica - TUC.
            
Elenco: Hernán Romero, Sebastián Reátegui, Mónica Domínguez, Enrique Urrutia, Jerry Galarreta, Miguel Vargas, Jaclyn Ancani, Rosario Zevallos, Gabriela Alcántara, Gonzalo Talavera, Jurgen Gómez y Jorge Bardales.
            
Música: Carolina Nomberto (cello).
           
Lugar: Teatro Mario Vargas Llosa de la Biblioteca Nacional del Perú - BNP (Av. de la Poesía 160, San Borja, altura del cruce de Av. Javier Prado y Aviación).
            
Funciones: De jueves a domingo a las 8 p.m.
           
Entradas: Teleticket (de Wong y Metro) y boletería de la sala.
           
Temporada: Del 13 de junio al 4 de agosto de 2013.

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