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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Álbum de una familia que ya no existe

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En 1977 Roland Barthes, un filósofo francés, perdió a su madre tras una enfermedad. Desconsolado, revisó todos sus retratos: solo uno logró hacerle sentir algo distinto. ¿Qué es lo que se puede encontrar en la fotografía de un ser amado fallecido?

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«Una tarde de noviembre, poco tiempo después de la muerte de mi madre, me encontraba ordenando fotografías. No esperaba nada de esas imágenes de un ser ante las cuales lo recordamos peor que si nos contentamos con pensar en él (Proust). Por esa fatalidad que es uno de los rasgos más atroces del duelo, yo sabía que, por mucho que consultase esas fotografías, no podría nunca más recordar sus rasgos.
           
A veces reconocía solo una parte de su rostro, una similitud de su nariz y la frente, el movimiento de sus brazos, sus manos. La reconocía por fragmentos, es decir, se me escapaba su ser. No era ella pero tampoco era otra persona. La hubiera reconocido entre millares de mujeres y, sin embargo, no la 'reencontraba'.
           
No obstante, había siempre en las fotos de mi madre un lugar reservado, preservado: la claridad de sus ojos.
           
Así estaba yo, solitario en el departamento donde ella acababa de morir, hasta que la descubrí: una fotografía muy antigua. Encartonada, con las esquinas carcomidas, de un sepia descolorido, en ella había dos niños de pie junto a un pequeño puente de madera en un invernadero con techo de cristal. Mi madre tenía entonces cinco años, y su hermano, siete.
           
Observé a la niña y por fin reencontré a mi madre. La claridad de su rostro, la ingenua posición de sus manos, el sitio que había tomado dócilmente sin mostrarse ni esconderse, y esa expresión que la diferenciaba como el Bien del Mal de la niña histérica, de la muñeca melindrosa: su inocencia soberana. En esa imagen de niña yo veía la bondad que había formado su ser para siempre sin haberla heredado de nadie.

                                                        *****

            El primer hombre que observó la primera fotografía ─con excepción de Niepce─ debió creer que se trataba de una pintura: el mismo marco, la misma perspectiva.
            
Sin embargo, no es a través de la pintura que la fotografía se relaciona con el arte: es a través del teatro. Daguerre, cuando se apropió del invento de Niepce, explotaba en la Plaza del Chateau un teatro de panoramas animado por movimientos y juegos de luz: la camera obscura había dado a la vez con el cuadro perspectivo, la fotografía y el diorama.
           
Si la fotografía está próxima al teatro es gracias a un mediador singular: la muerte. Es conocida la relación original del teatro con el culto de los muertos: los primeros actores se destacaban de la sociedad representando el papel de muertos: maquillarse suponía designarse como un cuerpo vivo y muerto al mismo tiempo.
           
Así, la fotografía es como un teatro primitivo, un cuadro viviente: es la figuración del aspecto inmóvil y pintarrajeado bajo el cual vemos a los muertos.
           
Mas, suele decirse que fueron los pintores quienes inventaron la fotografía. Yo afirmo: fueron los químicos. El registro de 'esto ha sido' solo fue posible el día en que una circunstancia científica ─el descubrimiento de la sensibilidad a la luz de los haluros de plata─ permitió captar e imprimir directamente los rayos luminosos emitidos por un objeto. La fotografía es literalmente una emanación del referente: de un cuerpo real, que se encontraba allí, han salido unas radiaciones que vienen a impresionarme a mí, que me encuentro aquí.
           
En ese sentido, la fotografía de un ser desaparecido viene a impresionarme al igual que los rayos diferidos de una estrella.

                                                     *****

Un desconocido me dijo: 'Parece que usted prepara un álbum sobre las fotos de la familia'. Cuánto me desagrada esa determinación por tratar a la familia como un tejido de obligaciones y ritos: o bien se le codifica como un grupo de pertenencia inmediata, o bien se le hace un nudo de conflictos e inhibiciones.
            
Todos creen que la pena por mi madre fallecida era mayor debido a que viví toda mi vida con ella. En realidad, mi pena provenía de ser ella quien era.
            
Para mí, el tiempo solo eliminaba la emoción de la pérdida. El resto permanecía inmóvil. Lo que había perdido no era una figura sino un ser, y más aún: una cualidad ─un alma─: no se trataba de lo indispensable sino de lo irremplazable. Yo podía vivir sin una madre ─todos lo hacemos en algún momento─, pero lo que me quedaba de vida sería, por descontado y hasta el final, incalificable ─sin cualidad─.

                                                      *****

La fotografía no rememora el pasado. Su efecto no es la restitución de lo abolido ─por el tiempo, por la distancia─, sino el testimonio de que lo que ahora veo ha sido: definitivamente tiene algo que ver con la resurrección. ¿Acaso no podemos decir lo mismo que los bizantinos decían de la imagen de Cristo impresa en el sudario de Turín? Con su registro no veo un recuerdo, una imaginación, una reconstitución: veo lo real en el pasado. O más bien, lo pasado y lo real al mismo tiempo.
            
Las fechas son parte de las fotografías: hacen pensar, obligan a sopesar la vida y la muerte, la inexorable extinción de las generaciones. Yo soy el punto de referencia de toda fotografía, y es por ello por lo que esta me induce al asombro con su pregunta fundamental: ¿Por qué razón yo vivo aquí y ahora?
           
La fotografía no dice lo que ya no es sino tan solo lo que ha sido. Esa sutileza es decisiva. Es una profecía al revés: con los ojos mirando hacia el pasado, la fotografía jamás miente. A lo mucho puede mentir sobre el sentido de la cosa, siendo tendenciosa por naturaleza, pero jamás podrá mentir sobre su existencia.
           
Toda fotografía es un certificado de presencia.

                                                      *****

Todos esos jóvenes fotógrafos que se consagran a la captura de la actualidad no saben que son agentes de la muerte. Es la manera como nuestro tiempo asume la muerte: con la excusa denegadora de lo locamente vivo.
           
La fotografía debe tener, históricamente, alguna relación con la 'crisis de la muerte' que comenzó en la segunda mitad del siglo XIX. Desde luego, es necesario que en una sociedad la muerte esté en alguna parte: si ya no está ─o quizá menos─ en lo religioso, deberá estar en otra parte.
            
Las antiguas sociedades se las arreglaban para que el recuerdo, sustituto de la vida, fuese eterno, y que por lo menos lo que significaba la muerte fuese inmortal: era el monumento. Pero haciendo de la fotografía un testigo general y mortal, la sociedad moderna renunció al monumento.
           
Ahora, ¿qué hago durante todo el tiempo que permanezco allí, ante la imagen de ella? La miro, la escruto, como si quisiera saber más sobre la persona que la fotografía representa. Llego a creer que ampliando el detalle gradualmente lograré llegar hasta el ser de mi madre. La fotografía justifica tal deseo, incluso si no lo colma.
           
¿Qué es lo que va a abolirse con esa fotografía que amarillea, se descolora y se borra y que un día será echada a la basura? No tan solo la 'vida' ─algo que estuvo vivo fue puesto ante el objetivo─, sino también el amor. Es ese sentimiento como tesoro lo que va a desaparecer para siempre, pues cuando yo ya no esté aquí nadie más podrá testimoniar sobre aquel amor».


                                               *
Fragmentos de La cámara lúcida, publicado por Paidós Comunicación, 1980, en edición póstuma: Roland Barthes falleció en marzo de ese año en un accidente de tránsito.

                                               ** Editado para la revista Fotógrafos, edición número tres, Los rituales nuestros de cada día, junio de 2013.
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1 comentarios

muy interesante la perspectiva que tiene sobre la fotografía. que es una forma de caracterizar a la muerte.

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