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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Después de la lluvia

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Jugar a caer desde el borde de un abismo ya no tiene por qué aterrorizar: ahora hasta puede ser excitante. ¿Es el vacío un sinónimo de liberación o es el recordatorio de que somos supervivientes de una realidad que no elegimos?

Afiche Después de la Lluvia-ED.jpg

El hombre, vestido con un impecable traje de oficina, se aferra a la baranda de metal y mira calle abajo desde la azotea de ese elegante edificio corporativo de más de cuarenta pisos.
           
Por un momento su corbata apunta al vacío.
            
Luego se inclina hacia atrás, saca un cigarrillo de su bolsillo y lo lleva a sus labios, ignorando la prohibición expresa sobre el tabaco que existe en la empresa. Acerca el encendedor y aspira todo el humo que le permiten sus pulmones. Mira hacia el cielo mientras da unas cuantas caladas más y a continuación arroja el pitillo, cenizas al viento, detrás de la baranda.
           
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho segundos, cuenta.
           
Es lo que tarda el liviano cigarrillo en desaparecer de su vista.
           
Y entonces se pregunta cuánto tardaría un cuerpo humano en recorrer la misma distancia.
           
Acaso unos segundos más.

                                                     *****

            ─En realidad es como si todos nosotros estuviéramos, de alguna forma, cayendo: como dominados por la tentación del vacío ─dice la actriz Urpi Gibbons.
            
Y agrega:
           
─Es la seducción de una fuerza que nos seduce: un coqueteo con el abismo, con el lado oscuro.
            
Escrita por el dramaturgo español Sergi Belbel, Después de la lluvia es la historia de un grupo de oficinistas que, por instantes, se entrecruzan en la azotea del exclusivo edificio donde trabajan para calmar su ansiedad de fumar un cigarrillo: ese elemento efímero que en realidad no es más que un pretexto para tratar de entablar relaciones de amistad y de amor.
            
Así sean precarias.
            
En medio de esos intentos, los personajes ríen, sufren y se muestran como nunca podrían permitirse dentro de sus empleos.
           
Más significativo aún es el hecho de que no pueden evitar asomarse por la baranda y advertir esa aterradora ambigüedad del vértigo.
           
─En una azotea, la baranda es el límite. Y el deseo de saltar es, más que nada, un acto emocional para dejar atrás todo lo que tienes ─dice Sergio Llusera, el director de la obra─. En ese sentido, es un deseo de atravesar los límites, de escapar, de aspirar a lo que no se te permite.
           
─Hay esa doble sensación de un vacío que te magnetiza pero al mismo tiempo te horroriza ─dice Alejandra Guerra, otra de las actrices─. Quizá porque va más allá de una simple idea de suicidio: es jugar a dejar de ser quien se es, una forma de liberarse de esa jaula que no es solo tu trabajo, el edificio, la empresa, sino también tu vida y hasta tu cuerpo mismo. Es una suerte de morbo del escape.
            
─Esa obsesión con el vértigo puede ser una forma de escape, sí, pero también una manera de volver a conectar contigo mismo: llegar al fondo para ver qué ocurre después ─dice la actriz Magali Bolívar.
            
Por supuesto, a lo largo de la obra ese modo de alejarse y no saber qué es lo que sigue genera las dos conocidas sensaciones: miedo pero también liberación.
            
Incluso cuando en cierto momento un cuerpo humano realmente atraviesa las ventanas de vidrio del piso ocho del edificio y se estrella sobre un vehículo estacionado en la calle.

                                                     *****

─Mi personaje es la típica secretaria rubia tonta, hueca, superficial y trepadora que consigue las cosas fingiendo que no sabe nada ─dice Alejandra Guerra.
           
Como muchas personas en la vida real sin necesidad de ser rubias.
           
─Mi personaje es la secretaria «normal» y simple, la que carece de artificios y que si siente débil lo muestra, y si se siente acomplejada, lo cuenta ─dice Urpi Gibbons.
            
Como muchas personas con verdaderos problemas de autoestima.
            
Ellas y unas jóvenes más en blusa, falda y tacones con ciertas características peculiares ─una secretaria pelirroja que escucha voces en su cabeza y otra enigmática y silenciosa que no hace más que provocar misterio a su alrededor─ se refugian en la azotea todo el tiempo para fumar y contarse detalles de la vida cotidiana en la oficina, al punto de que a veces se cruzan con un jefe de área recién divorciado y preocupado por la custodia de su hija, un programador de sistemas recién casado que aspira a tener un hijo, y un joven mensajero que nunca mira a los ojos de las mujeres con las que tiene sexo.
           
La azotea es ese espacio liminar donde se pierden las jerarquías y barreras: el lugar de la verdad.
            
A ese panorama se suma la típica jefa rígida y autoritaria, autocontenida e incapaz de mostrar sentimientos y empatía por el otro ─recordatorio de un orden impuesto─ que hace que todos los demás callen e intenten disimular su adicción al tabaco apenas la ven llegar.
            
La que nunca, diga lo que diga, puede sonar simpática.
            
O carismática.
           
─La que suele buscar el control de todo: tanto de ella como de los demás. La que no deja que sus sentimientos afloren, la que cuida de que nada se escape ─ni siquiera una hilacha de sí misma─, y que por eso siempre parece a punto de estallar o quebrarse ─dice Magali Bolívar sobre su personaje─. Una pena.
            
La infeliz mujer que solo en su neurosis puede regocijarse.
           
La necesitada jefa que, cuando no hay nadie, también fuma en la azotea y disfruta el vacío que la envuelve.
            
Todo eso en un contexto en el que no llueve desde hace dos años.
           
─Mi personaje es la antítesis de la rubia, y por eso en cierto modo sufre ─agrega Urpi Gibbons─. No es calculadora: por el contrario, es demasiado transparente. Quiere trabajar, acercarse a las personas, pero su inocencia la traiciona. Y por eso todos los demás se burlan o aprovechan de ella.
           
─Mi personaje de rubia, con todo, no es tan unidimensional: aun en su superficialidad hay capas ─agrega Alejandra Guerra─. Está muy basada en las apariencias, sí, pero porque en el fondo tiene muchos miedos.
           
Miedo de ella misma en primer lugar, explica.
           
─Miedo de no ser coherente consigo, de no estar estructurada como individuo, de no tener nada detrás de su fachada, de no saber quién es en el fondo. Por eso no se calla nunca y siempre está hablando: llenando el vacío con palabras. Y por eso se articula de cualquier forma ante cualquier situación: para poder presentarse como una imagen de algo.
            
La actriz dice:
           
─Su curiosidad con el abismo en la azotea no es más que un reconocimiento de su abismo interior. Y lo presiente.

                                                     *****

«Qué pequeño se ve todo desde aquí, tan ridículo», dice en cierto momento uno de los personajes desde el último piso de ese edificio tan alto.
            
─Y es que la azotea de un edificio es una isla alejada de lo real, de la gente de carne y hueso, y eso no hace más que despersonalizarte ─dice Magali Bolívar.
           
─Porque, a la distancia, hasta las personas dejan de ser personas y pasan a verse más como pequeños puntos: diminutas hormigas ─dice Sergio Llusera─. Y comprendes que nuestros problemas, envidias, sueños, odios, promesas, todo eso pierde sentido.
           
─Sí, definitivamente en la obra todos los personajes están muy confundidos: han entrado en una suerte de loop y en el momento que se detienen se les viene encima lo que no tienen, lo que quieren ser o lo que no necesitan.
           
Magali Bolívar dice:
           
─¿Como en nuestros tiempos, no? Donde todo parece girar en trompo, donde nunca te atreves a pensar en lo que quieres y sigues el curso de las cosas sin percatarte hacia dónde estás siendo llevado. Hasta que un día, claro, te encuentras con algo que no querías para ti.

                                                     *****

En la publicidad la obra se plantea como una comedia negra, pero la verdad es que las historias de Sergi Belbel siempre dejan pensando si su intención era solo arrancar risas: al igual que en Caricias ─esa ácida pieza que fuera llevada al cine hasta con su lenguaje desenfadado─, Después de la lluvia también narra las vivencias fragmentadas de un grupo de hombres y mujeres que, de alguna forma, están destinados a entrecruzarse.
           
Una fórmula en la que una persona se refleja en otra no tanto para entenderla, sino para hacerse todo más soportable a sí mismo: como para que cada uno se vaya reencontrando mientras comparte su vida con alguien.
           
Solo que en este caso, antes de que cada una de las historias individuales llegue a su desenlace, se anuncia el fin de la sequía: que por fin lloverá sobre la ciudad.
           
En ese momento todos los personajes se paralizan y esperan con ilusión.
            
Quieren creer que con la llegada de la lluvia habrá otra oportunidad para todos.
            
─¿Por qué se llama Después de la lluvia si lo que vemos ocurre antes de ella? Pues porque lo más importante es lo que viene después ─dice Alejandra Guerra─. En ese momento empezará otro ciclo y se manifestará lo que todos están buscando.
           
─Porque es una cuestión de simbolismo: la lluvia es esperada por sus posibilidades de purificación, para que se lleve lo que uno odia y reafirme nuestros vínculos ─dice Urpi Gibbons─. La lluvia es como una puerta hacia la esperanza.
           
─Porque la lluvia es una metáfora de la liberación, es un entregarse a la vida ─dice Sergio Llusera─. Porque la lluvia trastoca el orden superficial que se ha establecido, disipa todo ese clima contenido donde todos están ansiosos y nerviosos, y genera más confianza en el futuro.
            
─Porque lo que sigue después de la lluvia solo lo puedes poner tú ─dice Magali Bolívar─. Porque, como siempre, lo que necesitamos saber es que ocurrirá algo distinto.
            
Para hacerlo todo más llevadero.
            
O para confiar en aquello que está fuera de nuestro alcance, de lo que no podemos controlar, y esperar a que ─siquiera por azar─ sea al fin lo que más anhelamos.

                                                     *****

─Alguien dijo algo sobre la obra que parece evidente, pero que no lo es.
           
Y entonces Urpi Gibbons baja un poco la voz y hace una revelación.
           
─No nos lanzamos al vacío porque no podemos. Y por eso mismo, porque no podemos, debemos asumir los roles que nos corresponden, aunque nos molesten.
           
Y explica que si solo se tratara de ser suicidas, la solución sería muy fácil.
           
─Sin embargo, nos resistimos a esa fuerza que nos seduce. Y hasta disfrutamos de ella, deslumbrados por ese abismo. Somos supervivientes, luchadores, como sea que nos comportemos.
           
Y agrega:
           
─O quizá solo sea ese juego lo que nos da fuerzas para seguir viviendo.



            Después de la lluvia
de Sergi Belbel.
            
Dirección: Sergio Llusera.
           
Elenco: Leonardo Torres Vilar, Denise Arregui, Magali Bolívar, Urpi Gibbons, Alejandra Guerra, Stefano Salvini, Carolina Barrantes y Jorge Armas.
           
Lugar: Teatro de la Universidad del Pacífico (Jr. Sánchez Cerro 2121, Jesús María).
            
Funciones: De jueves a lunes a las 8 p.m.
           
Entradas: S/. 45 (general), S/. 25 (estudiantes y jubilados) y S/. 35 (lunes populares) en Teleticket (de Wong y Metro) y boletería del teatro. 
            
Temporada: Del 11 de mayo al 15 de julio de 2013.

1 comentarios

Me pregunto por qué no mencionas en tu texto a Denise Arregui y la respuesta me sale al paso: porque está súper preciosa en el afiche de la obra y eso basta para que acapare toda la atención, para qué más referencias escritas. Una verdad es que esa foto no desmerecería en ningún afiche hollywoodense y otra verdad es que no me contengo de hacer este comentario debido a que ella no me gusta cuando no está empapada como aquí, en esta imagen recordable.

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