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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Rafo Ráez en Bongoacoustic

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«Creo mucho en la dignidad de la música violenta» dice el inefable rockero que este mes se presenta con Los Paranoias en una serie de conciertos donde el bajo y el bongó son las estrellas. Lo que sí no cambia: el espíritu desenfadado de sus canciones.

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En sentido estricto, una versión bongoacoustic es un formato donde se prescinde de la batería para realzar el sonido del bajo y el bongó.
           
Y junto a estos instrumentos, también los darbukas, maracas, palos de lluvia, tronadores, chaqchas y wiros de metal.
            
─Se trata de darle énfasis a las percusiones. Todos sabemos que en el rock hay un matrimonio muy interesante entre el bajo y la batería, pero si al bajo lo dejas sin su complemento, entonces automáticamente el poder de «tanque» de la batería pasa a él ─dice Rafo Ráez.
           
Y entonces explica que se trata de mostrar la otra cara de las canciones y estar al otro lado de lo que normalmente se hace, que Black Sabbath, The Beatles, Led Zeppelin ─y ni qué decir de Santana─ en algún momento tuvieron sus canciones sin batería, y que en la historia universal del rock, desde siempre, todo grupo ha intentado tener un tema grabado en ese formato.
           
De hecho, Nada como una risa tuya empieza y finaliza con un bongó.
           
Luego dice:
           
─Si lo pensamos bien, el bajo como instrumento tiene ese nombre porque precisamente, desde su concepción, ha sido pensado para tener un perfil bajo: subterráneo. Nuestra lectura es cambiar eso y convertirlo en el protagonista.
           
Rafo Ráez, el hombre que al mismo tiempo lee la Odisea de Homero ─porque le parece la letra de una larga canción─ y Pachacútec de María Rostworowski, el rockero que es capaz de dedicarle un tema a todos los cláxones vehiculares de Lima y cantar corriendo sobre el escenario, el idealista que lo mismo se esfuerza en sus conciertos ante un público compuesto por quince personas o veinte mil personas, el antropólogo que acaba de sonorizar un video de animación para la Unesco sobre el patrimonio cultural inmaterial de América Latina, el músico que de niño se moría por dibujar una historieta decente que nunca pudo esbozar ─de allí su homenaje al Dr. Merengue─, el romántico que graba discos de canciones de cuna para sus hijos por nacer, y el punk irreverente que empezó a ganarse la vida componiendo instrumentales para teatros infantiles, ese mismo hombre explica que de lo que se trata ahora es de dar un paso atrás en lo rítmico e intentar a lo que siempre aspira con cada nueva producción: llenar un vacío en la escena musical peruana.
           
Intentar algo distinto.

                                                     *****

─Tú dices «la banda» pero siempre se lee Rafo Ráez y Los Paranoias: hay allí una separación, un desdoblamiento...
           
─Bueno, es solo otra manera de presentar a un grupo de rock. Recordemos a Gene Vincent y Los Gorras Azules, Bill Haley y Los Cometas...
            
─¿Entonces Los Paranoias es tu banda?
            
─Pues sí. Yo pertenezco a la banda y la banda me pertenece a mí: hay esa doble pertenencia.
           
─Una unión con autonomía: a veces Rafo Ráez también se presenta solo...
           
─Es verdad que Raúl Loza y Eduardo Cisneros tienen otros proyectos: el primero, por ejemplo, con Radio Criminal, pero en general nos sentimos bastante orgullosos de lo que hacemos. Es más: nos sentimos bien estando juntos.
            
─¿Cuánto tiempo llevan así?
           
─Prácticamente todo el siglo XXI. De hecho, somos una banda del siglo XXI. Ya han pasado trece años.
           
Entonces le comento que, exceptuando cualquier referencia a moda en el concepto indie ─o tomándolo desde el lado más ochentero del término, tengo la impresión de que él es un verdadero indie en el rock peruano contemporáneo: que no parece que calculara sus canciones y sus discos de acuerdo a las tendencias del momento o a lo que más sonase en las radios, sino que más bien parece basarse en lo que le motiva y le incomoda en ciertas etapas de su vida.
           
Indie en el sentido de que lo que hace suena muy íntimo. Y arriesgado.
           
─¿Crees que podría ser?
           
─Eh...
            
Trece segundos de silencio.
           
─Me interesa muchísimo mi independencia porque es lo que me permite libertad musical...
           
Ocho segundos más de reflexión absoluta.
           
─Coincido también en algunas cosas con la ropa y los discos indies, puesto que esa palabra además carga con ciertas connotaciones que no puedo separar...
            
Catorce segundos.
           
─En todo caso, lo que yo aprendí del indie y del movimiento indie es que si lo puedes decir con una camiseta, no lo digas con una canción. Y no sé tanto si funciona en viceversa, pero reconozco que toda esa generación de diseñadores de ropa con estilo de rock indie viene de esa fuente y me parece genial: son personas metiéndole tanta locura a una camiseta como se le puede meter también a una canción...
            
Y mueve los ojos y la boca como queriendo agregar algo más.
           
Veintidós segundos después:
           
─Pero no recuerdo haber seguido...
           
Dieciséis segundos.
           
─Lo cierto es que me he quedado en un lugar intermedio entre el folklore, el trance y el grunge: en algún punto entre esos tres estilos, que definitivamente no son indie.

                                                                 *****

            En una pausa de su concierto en el auditorio del Británico de San Borja, Rafo Ráez no puede evitar contarle al público lo que sucede en su mundo interior.
           
Recuerdo mucho una exposición de Tilsa Tsuchiya en la que había un cuadro extremadamente hermoso: el de un pelícano. Fui tres veces a esa muestra y siempre me quedé observando el lienzo. Luego, cuando leí el catálogo de la exposición, me enteré de que a Tilsa le había costado muchísimo dibujar ese pelícano porque, decía ella, un pelícano en realidad es un animal que nadie ve: solo se percibe. «Los animales más difíciles de pintar son el pelícano y la llama ─apuntaba─, porque al mirar a esos animales lo único que haces es pensar en sus símbolos: los ves con la mente, no con los ojos». Entonces, tras fracasar varias veces para pintar esa ave, se las ingenió para primero pintar el esqueleto, y sobre el esqueleto colocar los tejidos, y ya luego encima las plumas, hasta que apareció el pelícano... ¡como un peluche! Eso me impresionó mucho.
           
Ahora, ¿quién no ha visto pelícanos en su vida? Yo recuerdo que un día, de niño, estaba en plena avenida Abancay y me crucé cara a cara con un pelícano: tenía casi mi misma altura, y su pico era un cuchillazo tan largo que ahora pienso que fácilmente me hubiera podido sacar un ojo. Y sin embargo, el animal se comportó indiferente a mí: no pensaba hacerme daño. Eso me lleva a pensar que el ser humano, cuando posee cierto poder, de inmediato empieza a usarlo para joder a las demás especies ─a las que no debería─, y sin embargo los animales, de corazón, nunca se comportan así entre ellos.
           
Un detalle más: ¿ustedes han escuchado la frase «época de vacas flacas y vacas gordas»? Pues bueno, en el Antiguo Perú, la época de vacas gordas era la época de pelícanos, porque cuando aparecían esos animales en las playas significaba que había abundancia de peces y nadie pasaría hambre. Por eso es que Chan Chán está lleno de pelícanos: porque era una invocación al futuro para que nunca faltara el alimento.
           
En todo caso, lo que quiero decir es que estos animales estuvieron mucho antes que nosotros y ojalá los respetásemos más.
           
Y empieza a tocar Pelícano.

                                                                 *****

            ─En los últimos años has devenido en una especie de calma que se nota no solo en tu música sino también en tus letras: como si existiera una tendencia a despojarte de lo rabioso. O como si, en todo caso, lo rabioso se pudiera transmitir de otra manera.
           
─Algunos temas de mis primeros discos sí eran muy calmados, como Campo minado de corazones, por ejemplo. Pero es verdad, siento que he dado una o dos vueltas sobre cierto ciclo para ver todas sus posibilidades: un ciclo que abarca desde cosas muy fuertes a cosas muy suaves, y que ha sido transitado varias veces. Es como un reloj biológico personal.
           
─¿Con qué se relaciona ese ciclo?
           
─A que creo mucho en la dignidad de la música violenta. Y a la vez también creo en la música suave, que incluso tiene la humildad de ser tocada como música de fondo, de ascensor: es una música muy noble de espíritu.
           
Una breve pausa y agrega:
           
─Si llevamos tu pregunta al extremo, es como esa vieja discusión ─a la cual no tengo respuesta─ entre arte y artesanía. La artesanía es un poco más apaciguada mientras que el arte es más transgresor: sin embargo, aquel artista que se olvide de ser artesano está condenado a ser un imbécil, y aquel artesano que se olvide de ser artista está condenado a ser un oprimido. Entonces, creo que esas dos tendencias de violento y suave se explican bajo esa lógica.
           
─Quizá más que artista, Rafo Ráez es un artesano con sus canciones, por el nivel de detalle que tiene en sus arreglos y letras...
           
─Quizá. Y ese aspecto es lo que precisamente queremos mostrar con este bongoacustic: el nivel de artesanado que hay en la banda, en especial en los bajos.

                                                     *****

Setlist de esa noche:
           
1.      Parque de los nietos
           
2.      Orientación vocacional (hip hop)
           
3.      María Ramos
           
4.      Piel de miel
            
5.      Dios serpiente
           
6.      Pelícano
           
7.      El hombre que quería ser un árbol
           
8.      La reina pastrula
           
9.      Nada como una risa tuya
          
10.   Tronador
          
11.   Los regalos del viento
          
12.  Noches sin luna (a capella y si es que se lo piden)

                                                                 *****

            En los momentos que conversa con el público y este le hace preguntas sobre su vida, Rafo Ráez suelta frases como estas:
            
─Me encanta Underworld. Y como banda, siempre nos ha gustado la música dance, la música que hace bailar, la que no necesariamente escuchas con los oídos sino con los huesos. Porque está demostrado además ─y científicamente─, que los huesos escuchan los sonidos: así que, en ese sentido, a veces hacemos música para el esqueleto de la gente.
            
O:
           
─Yo no quería ser músico. Con todo mi corazón, yo quería ser antropólogo. Pero al terminar la carrera me ocurrió lo que a muchos: que no era tan linda en la realidad como se veía en los libros. Eso me entristeció, y para no seguir tan triste, me puse a hacer música aun cuando mis amigos solían decirme: «Sigue en Antropología, cuñao».
           
O:
           
─Ha habido canciones en las que deliberadamente impulsábamos el bajo. Pasó con La reina pastrula, por ejemplo. Allí queríamos que el instrumento tuviera más protagonismo: que el bajo contara una historia tal como sucede en esos dibujitos animados con jazz, cuando vemos al gato acercarse para devorar al pajarito, dum dum dum dum...

                                                                *****

            ─¿Parece o en los últimos años ha disminuido tus presentaciones?
           
─A veces olvidamos que Lima tiene entre ocho y nueve millones de habitantes ─lo que tenía Nueva York en 1976─: en realidad nosotros tocamos muchísimo todas las semanas ante muchísima gente nueva que no sé de dónde sale, pero supongo que es porque estamos en una sociedad verdaderamente grande y nos movemos en un circuito verdaderamente subterráneo. Siempre estamos en muchos lugares.
            
─Es entonces un público muy disperso, no reconocible de buenas a primeras...
           
─Exacto: en una misma noche podemos tocar en Villa María del Triunfo y luego en Los Olivos, y en cada uno de los conciertos hay entre cien y doscientas personas muy jóvenes que ni siquiera sabíamos que estaban escuchándonos.
            
─¿Dirías que te escucha siempre un público subte, de gustos marginales?
           
─Yo diría que nos escucha un público por lo general joven, que cree más en la música que consigue por Internet que en la que escucha por otras vías.
           
─Una vez me dijiste que tú intentabas ser sincero con tus canciones...
           
─Es verdad, y lo sigo diciendo.
           
─Y una vez me dijiste que por cada disco que sacabas, borrabas muchas canciones, dejabas de lado muchos temas...
           
─Sí pues, hay muchas canciones que no pasan la valla. No sé si por muy detallista o por el nivel de producción. Yo diría que es más bien por el trabajo en equipo. Con todo, hay un nuevo disco, el María Ramos, que me avergüenza no haberlo lanzado ya.
           
─Esa sinceridad es la que ha hecho que conserves tu actitud desenfadada ─punk, si quieres─ incluso en los temas lentos, y a veces extrañamente irónica, como en el caso de El violador se va a Tailandia.
           
─Digamos que esa canción no es tanto una burla como un chiste cruel. Y sé que la gente lo va a entender así.
           
─Pero si alguien pensara que tu música se puede entender con el mismo feeling que se le pone a una canción de Alejandro Sanz, perdería...
           
─Jaja, sí pues, es así. Y voy a decirlo en palabras de un amigo: «Mi restaurante no tiene dulces ni salados: es un restaurante con un menú de platos agridulces». Y sí, tal vez esa sea mi función en la música peruana: ser como el amargo de angostura que todo pisco peruano necesita.

                                                     *****

Más interacción de Rafo Ráez con el público.
           
Suelen decirnos que nuestras raíces son nuestro pasado. Pero cualquiera que tenga un poquito de experiencia con las plantas, sabe que las raíces tienen futuro: las raíces son una cosa viva que crecen, que no se detienen. Ciertamente las raíces son algo subterráneo y oscuro pero definitivamente no son el pasado: en todo caso, no son más pasado que las ramas. Por eso escribí esta canción: para que a la gente no la chantajeen con eso de que tiene que vivir arrodillada ante su pasado: el pasado es algo que el mundo presente construye en cierta manera. En todo caso, si las raíces de uno están vivas, sus raíces seguirán creciendo.
           
Y empieza a tocar El hombre que quería ser un árbol.
           
Esa canción que alegremente dice: «Yo entregué mi juventud al Perú, y el Perú me hizo viejo...».


            
Bongoacoustic de Rafo Ráez y Los Paranoias
           
Producción: Centro Cultural Británico.
           
Músicos: Rafo Ráez, Eduardo Cisneros, Raúl Loza y Carlos de Paz (invitado).
           
Fechas: Miércoles 15 de mayo: Auditorio del Británico de Pueblo Libre (Av. Bolívar 598) / Jueves 16: Auditorio del Británico de Surco (Av. Caminos del Inca 3581) / Jueves 23: Auditorio del Británico de San Miguel (Av. La Marina 2554).
            
Hora: 7:30 pm.
           
Ingreso gratuito y capacidad limitada.

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